Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Cuestión de fe

George Orwell terminó de escribir su obra maestra, 1984, en 1948, aunque la novela no vio la luz hasta junio del año siguiente. Todos los estudiantes de la Universidad de Dios hemos leído éste y otros textos imprescindibles (como Un mundo feliz de Aldous Huxley, El Planeta de los Simios de Pierre Boulle, Farenheit 451 de Ray Bradbury y otras que desde hace tiempo conservo en la estantería más próxima al cabecero de mi cama) para poder enfrentar con éxito la Selectividad Divina e ingresar inmediatamente después en primer año de carrera. Todos conocemos, en consecuencia, el significado real de expresiones como Gran Hermano (histriónicas presentadoras televisivas aparte), Policía del Pensamiento (modernizada e interiorizada a nivel personal a través del concepto contemporáneo de lo "políticamente incorrecto"), Neolengua (un ejemplo de hoy mismo: cierta ministra de cierto gobierno que conocemos bien afirmaba textualmente que "la seguridad privada que llevaban a bordo ha ejecutado la disuasión necesaria" en lugar de decir simplemente que "los hombres armados que protegen el barco han repelido a tiros el asalto de los piratas" -con independencia de que luego haya sido eso lo que de verdad ha ocurrido-) o Habitación 101 (es curioso que la unidad más famosa del ejército norteamericano en la 2ª Guerra Mundial fuera precisamente la División 101 Aerotransportada).

Para los mortales que aún no hayan descubierto las fascinantes posibilidades de la novela de Orwell, resumiré brevemente que el protagonista de
El último hombre en Europa, título original de 1984, se llama Winston Smith y vive en un futuro próximo y demoledor basado en un régimen totalitario que pretende aparecer paternalista pero se muestra inhumano y sanguinario (según me dijo un día Mac Namara, ese futuro es para ciertos poderes tras las bambalinas no una simple ficción sino un objetivo real hacia el que trabajan para conducirnos; cuando le pregunté qué poderes eran ésos, me contestó que "mejor que no te lo diga o tendría que matarte" lo que, viniendo de un gato que habla, siempre resulta un aserto inquietante).

Winston Smith trabaja en el MINIVER o Ministerio de la Verdad que enseguida descubrimos se dedica precisamente a lo contrario de lo que predica, ya que su objetivo es alterar, manipular y destruir -e incluso si es necesario inventarse- todos los documentos históricos disponibles para conseguir que los archivos del pasado coincidan siempre con la versión oficial distribuida en cada momento por el Estado. Ejemplo: en
1984 hay tres grandes bloques mundiales que se alían o luchan entre sí alternativamente, tratando de apoderarse además de las zonas más subdesarrolladas del mundo que no pertenecen a ninguna de las superpotencias. Éstas son Estasia (una especie de imperio asiático integrado principalmente por China, Japón y Corea), Eurasia (compuesta por el también pujante imperio soviético y Europa occidental excepto el Reino Unido) y Oceanía (un a modo de Commonwealth dirigido por el Reino Unido y en el que también se integra América). Si Oceanía lucha aliada con Eurasia, Winston Smith se encarga de alterar los documentos de años pasados en los que se criticaba a los euroasiáticos y se alababa a los estásicos, entonces aliados de los oceánicos. Y si cambian las alianzas, cambia también la Historia. Pero no sólo los grandes hechos... Cuando hay algún recorte en los alimentos suministrados a la población, también manipula los datos previos de manera que oficialmente figura al revés: no sólo no hay recorte sino que ahora se aporta mayor cantidad al consumo de los ciudadanos.

Cualquier aficionado a la Historia sabe que el MINIVER existe, siempre ha existido. No con ese nombre ni con una presencia oficial, todavía, pero los esbirros a su servicio actúan alterando el pasado para adecuarlo a los dogmas de fe característicos de cada época y de acuerdo con gigantescos intereses políticos, religiosos y sobre todo económicos de las elìtes que siempre han controlado el mundo, con independencia de que se camuflen bajo uno u otro régimen políticosocial.

Una prueba concreta: en las últimas fechas se ha demostrado fehacientemente que La Bastida, en la muy murciana localidad de Totana, es la ciudad más antigua (de las oficialmente conocidas) en Europa Occidental, con más de 4.200 años. Esta localidad, ubicada en lo alto del cerro del mismo nombre, es la primera (de las que oficialmente se conocen) que en nuestro Viejo Continente muestra un trazado urbanístico reconocible así como diversas infraestructuras como la cisterna de agua con que se abastecían sus habitantes, cerca de un millar: muchos más de los que aparecen en cualquier otra población (oficialmente conocida) de la Edad del Bronce antiguo. La esperanza de vida de sus habitantes era de 40 años de edad, una de las más altas del mundo en aquel momento, y superior a la de la primitiva civilización griega que entonces trataba de levantar cabeza en el Mediterráneo Oriental. Y la talla media de estos primitivos murcianos era también notable para su época: la misma que la de los españoles de principios del siglo XX, más de cuatro milenios después.

Y bien: ¿por qué ésta no es la noticia del año y aparece en la portada de todos los diarios más importantes? ¿Por qué hemos tenido que esperar tanto para conocer algunos detalles sobre las excavaciones de este sitio maravilloso? ¿Por qué el ministerio de (In)Cultura dirigido -es un decir- por una mercenaria del decadente sector cinematográfico español no dedica ya una millonada a la investigación de este lugar fascinante y quizá determinante de la cultura española? ¿Por qué seguimos hablando de Grecia como "la cuna de la civilización europea" cuando resulta que antes de la "cuna" ya existía una "cama con dosel" en la península ibérica (y esto es sólo la puntita: existen cosas mucho más importantes que La Bastida que se están tapando porque oficialmente no se sabe cómo presentarlas al público: ¡destrozan completamente la visión oficial sobre el mundo antiguo!)? ¿Cuántos Winston Smiths trabajan para ocultar descubrimientos maravillosos como éste, que no obliguen a reescribir lo que se supone que sucedió?

En Estados Unidos, los ejemplos son mucho más recientes pero igual de llamativos. Un artículo de The New York Times contaba hace poco la obsesión de los herederos de gente famosa en la revisión de la obra de sus ilustres antepasados para "limpiar su imagen" (y para engordar sus propios bolsillos, claro). Así, Sean Hemingway, nieto del famoso (nunca he entendido muy bien por qué) Ernest, ha publicado una edición "restaurada" de París era una fiesta para que su abuela, segunda esposa del escritor, no apareciera como el bicho que era (o que Ernest retrató como tal en la novela). Pasa también con películas documentales como la británica Thriller en Manila, que se estrenó este mismo año y habla del combate de Mohamed Alí (el Cassius Clay de toda la vida, posteriormente islamizado) con Joe Frazier. Los críticos cargaron contra ella con severidad, sobre todo en Estados Unidos, porque decían que era demasiado favorable a Frazier: mostraba por ejemplo la derrota de Clay/Alí en una pelea anterior en Nueva York. Poco después salió a la venta la versión en DVD en el mercado norteamericano y lo hizo con una censura evidente de las imágenes positivas de Frazier respecto a la versión que se había visto en la pantalla.

Claro que los directores de cine norteamericanos tienen una amplia experiencia a la hora de engañar a sus espectadores (tal vez porque, como Winston Smit, viven en "Oceanía"). Uno de los más grandes y desvergonzados manipuladores de la opinión pública a través de la cinematografía es Steven Spielberg, quien posee una muy larga lista de "méritos" al respecto que algún día será necesario enumerar uno por uno. Hoy sólo recordaré uno: se tomó la molestia de borrar fotograma por fotograma las armas que aparecían en su película ET en la reedición "definitiva" para DVD con el argumento absurdo de que podían incitar a la violencia. Algo así como lo que la censura franquista hizo en España con las espadas del tebeo de El Capitán Trueno que (los lectores con más años y con cultura de la historieta se acordarán) jamás pinchaban ni cortaban ni tajaban sino que eliminaban al enemigo con golpes planos. El dibujo original de Ambrós sobre el guión de Víctor Mora sí mostraba sangre y heridas, pero los censores los quitaban de en medio y nunca aparecían en el producto final. A veces ponían tanto énfasis en su trabajo, que hasta la espada desaparecía en el entintado y los "malos" caían al suelo como si Trueno poseyera poderes mágicos. Esa censura ha sido calificada con todo tipo de improperios..., por los mismos papanatas que se deshacen en elogios hacia San Spielberg por sus intenciones pacíficas y winstonsmithsianas.

En estas condiciones, consumir cualquier producto procedente de un medio de comunicación, hoy por hoy (y me da igual la fuente: prensa, radio, televisión, cine, internet, etc) se convierte en un auténtico acto de fe.


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