Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

viernes, 5 de octubre de 2018

Como hogueras

El historiador británico Arnold Toynbee es uno de esos tipos interesantes que, habiendo existido de verdad, pueden ser adaptados como estupendos personajes secundarios para un thriller. En el caso de Toynbee, podría aparecer por ejemplo como consultor del protagonista, para facilitarle alguna pista decisiva en su investigación, mostrando en sus escenas un aire a medias despistado a medias irónico con el que los espectadores o los lectores de la historia empatizarían de inmediato. Este hombre fue, entre otras cosas interesantes, profesor de la siempre peculiar London School of Economics, miembro del servicio de inteligencia del entonces Ministerio de Relaciones Exteriores del Reino Unido y delegado de su país en la Conferencia de Paz de París -ésa que en 1919 preparó los documentos necesarios para dar vía libre al delirante Tratado de Versalles-. Sólo con estas tres pinceladas de su curriculum es fácil empezar a imaginar los conocimientos que Toynbee tendría sobre el mundo real, tan superiores a los de la mayoría de sus contemporáneos, así como los retorcidos poderes a los que hubo de servir, más o menos conscientemente, a lo largo de su exitosa carrera.

Teniendo en cuenta tanto su profesión como el momento histórico que le tocó vivir, no es nada extraño que se dedicara especialmente a analizar los mecanismos mediante los cuales nacen, crecen y mueren las civilizaciones, hasta desarrollar una sólida teoría sobre sus ciclos de vida. La idea principal que decantó tras estudiar cerca de una treintena de culturas diferentes a lo largo de la Historia es que una civilización sólo puede salir adelante si, primero, responde con éxito a los desafíos que le plantea la sociedad en la que está enmarcada (y a los propios condicionantes físicos impuestos por la Naturaleza) y si, segundo, ese éxito lleva aparejado nuevos retos que, a su vez, deberán ser superados y generar otros, en un movimiento idealmente interminable. Por decirlo con otras palabras: tendrá éxito si actúa como el ciclista que empieza a recorrer el camino en bicicleta..., y ya no deja de pedalear porque ésa es la única forma de mantenerse en el tiempo. En el momento en el que los integrantes de una civilización renuncian a seguir enfrentando desafíos y se acomodan en lo logrado, la decadencia está servida y sólo es cuestión de un plazo más o menos largo que sea destruida, de la misma forma que, en el momento en el que el ciclista deje de pedalear, la bicicleta inevitablemente terminará por pararse o caerse, víctima de la inercia.

Toynbee concedió especial importancia a la religión como una de las principales herramientas de las que a su juicio dispone el homo sapiens para afrontar y superar los sucesivos retos que se le presentan a lo largo de la evolución. Incluso llegó a interpretar la Guerra Fría como un enfrentamiento religioso entre la herencia del judeocristianismo en Occidente y la del marxismo en la URSS. También describió la importancia de los líderes nacionales a la hora de crear y poner en marcha una civilización duradera ya que, contrariamente a esa idea tan popular hoy día,  jamás una de ellas ha sido generada por "el pueblo" (un concepto vago y difuso donde los haya, y por tanto un perfecto comodín para todo tipo de argumentaciones demagógicas) sino por las elìtes de ese pueblo (sean éstas militares, intelectuales, financieras o cualesquiera otras) que han sabido organizarle, darle un sentido y conducirle en su devenir histórico. Y prueba de ello es que la decadencia de las sociedades se produce coincidiendo con el declive de sus líderes, que dejan de ser hombres relevantes y de valores reconocidos, capaces de unir a las gentes de su país, para transformarse en burdos tiranos o en despreciables demagogos: en ambos casos, especialistas en enfrentar a hermanos contra hermanos.

De hecho, uno de las ideas que siempre me llamó más la atención del análisis de Toynbee es su conclusión, rotunda, de que las civilizaciones no suelen ser asesinadas sino que ellas mismas se suicidan. Esto es, una sociedad no es destruida por causas naturales (y aquí el historiador se revuelve seriamente contra los mitos apocalípticos que tanto parecen gustarle al homo sapiens desde la época de la Atlántida) sino que perece, casi siempre, debido a la autodestrucción inducida por el comportamiento de sus propios habitantes. Tal vez el caso más fácil de comprender para aquéllos a los que la Historia no les interesa demasiado sea el de la Antigua Roma. La hoy llamada "ciudad eterna" adquirió su gloria gracias a una serie de valores -la disciplina, la austeridad, la virilidad, el honor...- que desplegó sobre todo durante la época republicana y que, transmutados a su contraparte oscura -la holganza, la irresponsabilidad, el libertinaje, el exceso...- durante la época del imperio terminó provocando su declive y su final hundimiento en el fango. 


En puridad, Roma no fue destruida por los bárbaros de allende sus fronteras como nos ha contado Hollywood (cuánto daño ha hecho la fábrica de sueños a la realidad histórica) sino por su propia corrupción, de la misma forma que un cuerpo enferma no tanto por la existencia de gérmenes y parásitos a su alrededor sino por la debilidad en un momento dado de su sistema inmunológico (es esa debilidad la que permite la penetración de los gérmenes y, con ellos, de la enfermedad porque, cuando se encuentra fuerte y sano, éstos son rechazados). Acaso fuera esa previsión respecto a lo que podía venir en el futuro, ese temor al desastre, la fuerza de fondo que inspiró a los conspiradores contra Julio César. Ellos pasaron al recuerdo cultural como traidores contra una figura tan atractiva como conocida (o aparentemente conocida: la mayoría de las personas han sido informadas sólo acerca de cierta versión de César popularizada por la industria cultural, pero les sorprendería descubrir otras facetas suyas no tan divulgadas, si bien de dominio público entre los historiadores). Para Casio, Bruto, Casca y los demás, el verdadero traidor era César, que aspiraba a perpetuarse como dictador y con ello rompía la tradición republicana (y simbólicamente destruía sus valores). Paradójicamente, el asesinato del hijo más famoso de la casa Julia condujo a Roma precisamente a aquello de lo que querían librarla los conspiradores pues, tras la guerra civil entre la facción republicana y la de los vengadores de César con Marco Antonio y Octavio a la cabeza, éste último se proclamó finalmente emperador con el nombre de Augusto.

Hoy asistimos en directo a un proceso similar de deterioro. La civilización occidental se está suicidando ante nuestros ojos aunque, eso sí, en alta definición, pantalla OLED y sonido en Home Cinema. Y con muy "buen rollito". Y a cámara lenta. Los grandes manipuladores de la opinión pública llevan siglos advirtiéndonos de que el fin del mundo (que, en realidad, nada tiene que ver con el del planeta) sería provocado por una gran catástrofe: la caída de un asteroide gigantesco, una pandemia global, la guerra nuclear... Pero a menudo los fines de mundo se materializan poco a poco. Después de todo, los bárbaros que invadieron Roma no ocuparon el imperio por la fuerza, estrictamente hablando. No se enfrentaron contra lo que quedaba de las antiguamente poderosas legiones más que en un puñado de ocasiones. No arrasaron el imperio a sangre y fuego porque en realidad no querían destruirlo, sino apoderarse de él para disfrutar de una vida mejor de la que tenían hasta entonces. La mayor parte del tiempo la invasión se llevó a cabo de manera pacífica, con grandes movimientos de familias en busca de tierras donde asentarse o tratando de asimilarse en las urbes, sin más... La degenerada clase política romana y, en verdad, la corrupta sociedad del imperio (y eso incluye a la sociedad al completo, no sólo a sus dirigentes) fueron incapaces de resistir a los bárbaros (a los que sus ancestros habían mantenido a raya durante siglos), más por su propia decadencia personal que por la fuerza de los recién llegados. Luego, los desequilibrios aportados por éstos completaron el trabajo, el poder de Roma se desintegró y el mundo se deslizó hacia la Edad Media (que, por otra parte, no fue esa etapa tan siniestra que se nos presenta habitualmente, pero ése es otro cuento...).

Los signos se multiplican a nuestro alrededor: en España, en Europa, en Estados Unidos, en el entero Occidente. Por todas partes nuestra civilización padece de dirigentes rastreros que mienten para llegar al poder y siguen mintiendo una vez instalados en él, porque venderían a su propia madre y a sus hijos a cambio de mantenerse un día más disfrutando de sus poltronas. Padece de líderes de opinión y dirigentes sociales presas del fanatismo y la incultura y para los que, quienes no piensan como ellos, no son simplemente gentes con otro punto de vista, sino enemigos que hay que aniquilar. Padece de "expertos" económicos y financieros a los que, más que la prosperidad de nuestras naciones, les interesa la de sus propios bolsillos y para los cuales la estabilidad sólo tiene valor si ganan más dinero con ella que con una crisis. Padece de líderes religiosos y morales cuyas conductas personales y de las instituciones que representan suelen estar muy alejados de los mandamientos que predican. Padece de medios de comunicación que se dicen libres pero que no pueden hablar de según qué cosas porque están atenazados por la censura y, peor, por la autocensura derivada de la ignorancia o del temor a las represalias. Y lo peor de todo: padece de ciudadanos embrutecidos por el inmenso escaparate del consumismo, por el derroche absurdo de recursos, por los hipnóticos espectáculos de masas en sus distintas modalidades y por la verborrea políticamente correcta de los creadores de opinión que les dicen lo que deben pensar, lo que deben decir y lo que deben hacer.

Esos creadores de opinión, enemigos declarados de Eros, promueven la cultura de Tánatos por todas partes. Por citar algunos de sus "logros":

* El enfrentamiento gratuito y permanente entre hombres y mujeres, basado en falsas premisas (que ha terminado por conducir a una insoportable congoja existencial a muchas mujeres que se sienten amenazadas por el fantasma de ejércitos de hombres violadores y asesinos, pero también a muchos hombres que no saben muy bien qué se espera de ellos y se debaten entre la pérdida absoluta de su virilidad y el refuerzo de sus conductas más primitivas como reacción a la injusta presión generada contra todo lo masculino).

* La destrucción de la natalidad local a través de todo tipo de políticas infames (lo que luego permite a los adoradores de Tánatos justificar la "necesidad" de importar mano de obra prácticamente esclava del tercer mundo debido al envejecimiento de la población que ellos mismos han impulsado) para diluir las poblaciones diferentes, con la riqueza propia de cada una de sus particularidades, en un magma único de seres sin arraigo, sin costumbres, sin tradiciones, sin recuerdos..., en una manada de gentes zafias y robotizadas destinadas a trabajar y consumir, sin más.

* La demolición sistemática del núcleo familiar que ha sido la base de nuestra civilización (convirtiendo el hecho de tener un hijo en algo muy parecido a comprarse una mascota a la carta, promoviendo una creciente irresponsabilidad de los padres hacia sus hijos para que sea "papá Estado" quien se encargue directamente de su educación o, mejor dicho, su adoctrinamiento e imponiendo como "normal" a la mayoría de la sociedad la imagen de todo tipo de familias desestructuradas).

* La condena de guías tradicionales de conducta, desde la religión hasta las costumbres, pasando por conceptos como la caridad, la patria o el linaje que, con sus imperfecciones, dieron sentido a la vida de millones de personas que en el pasado no estaban preparadas para apuntar hacia objetivos más elevados en el camino de perfección personal (lo que ha derivado en un creciente número de gentes angustiadas ante una existencia que se les antoja vacía y carente de sentido, sin metas ni objetivos más allá de "pasarlo bien" el próximo fin de semana).

* La demonización encubierta de las personas mayores, cuya experiencia y conocimientos siempre fueron valorados en épocas de civilizaciones sanas mientras que hoy, desde el momento en el que dejan de ser "productivas" para el sistema, empiezan a ser despreciadas y arrinconadas porque "abuelo, los tiempos han cambiado, que no te enteras de nada" (y vemos cómo progresivamente se defiende alargar la edad de jubilación -para exprimir aún más a la persona- al tiempo que se promociona la eutanasia -para facilitar la eliminación de los "elementos improductivos"-).

De vez en cuando se publica algún estudio científico que alerta de esta progresiva decadencia, pero no suele aparecer destacado en los medios y apenas suscita algún comentario jocoso. Un ejemplo reciente es del mes de junio y corresponde a la investigación noruega publicada en la revista norteamericana PNAS según el cual las personas nacidas a partir de 1975 tienen un cociente intelectual menor que el de sus predecesores. El caso es que las puntuaciones recogidas en los tests de inteligencia elaborados a lo largo del siglo XX mostraron una subida a nivel mundial durante mucho tiempo pero una decena de investigaciones publicadas en los últimos años indica que ahora sufrimos el efecto contrario en los países más desarrollados: el cociente intelectual de los más jóvenes ha empezado a estancarse e incluso a disminuir (lo que, por otra parte, no debería extrañar a nadie viendo el grado de alienación de la sociedad contemporánea, cada vez menos dispuesta a esforzarse y aprender, con jóvenes enganchados a la nueva droga masiva: la pantalla de sus dispositivos electrónicos donde todo es fácil y todos sucede ya). Es interesante constatar que esa reducción del cociente se está produciendo en los países europeos desarrollados, no en los del tercer mundo donde, al contrario, asciende (la explicación oficial es que llega un punto en el que es difícil mejorar más, sobre todo en aquellas naciones donde se empezó antes y por tanto el margen para crecer es mucho menor).

Los lectores habituales de este blog, que han leído las cosas que cuenta mi gato conspiranoico MacNamara, saben también que existen elementos muy activos a la hora de acelerar la decadencia de las civilizaciones: parásitos a los que les conviene que así suceda porque sacan provecho del proceso. Y saben que la decadencia podría ser detenida y revertida, como de hecho sucedió en alguna ocasión, pero para ello la sociedad debería despertar y, por desgracia, la inmensa mayoría de nuestros contemporáneos han perdido las ganas de luchar: prefieren dejarse llevar plácidamente, tomando el sol en bañador con el mojito en la mano y tumbados sobre sus colchonetas de moda..., mientras la corriente de agua les arrastra sin ellos darse cuenta hacia una enorme catarata. Estoy seguro de que MacNamara también leyó hace unos días los resultados de otra investigación científica que se publicó en la revista Proceedings of the Nacional of Sciences, firmada en esta ocasión por varios investigadores de universidades norteamericanas. En ese documento se explicaba que la globalización (sí, ese fenómeno que nos venden todos los días como maravilloso y deseable, con su multiculturalismo, que jamás ha funcionado en ninguna parte, y su gobierno mundial, que nunca funcionará mientras no esté integrado por personas verdaderamente honestas y elevadas en lo espiritual) ha sido, históricamente, uno de los principales factores de la destrucción de sucesivas civilizaciones en los últimos 10.000 años.

Los científicos estadounidenses, que utilizaron el consumo de energía a lo largo de las épocas como principal área de su investigación, se encontraron con que la globalización no es un fenómeno reciente sino que las culturas de la antigüedad estaban mucho más relacionadas entre sí de lo que se creía oficialmente. Por tanto, al caer una de ellas, las de al lado también lo hacían, como si se tratara de un efecto dominó, al verse severamente afectadas. El estudio analiza varios milenios pero se detiene hace unos 400 años, según han explicado sus autores, por los cambios de las economías orgánicas a las de combustibles fósiles. Aun así, han reconocido que las tendencias de sincronización entre culturas continúan hoy y a mayor escala, obviamente, debido a la fuerte interdependencia de las distintas sociedades actuales.

Algunos lectores de este blog también conscientes de nuestra decadencia contemporánea me han preguntado a veces qué podríamos hacer para frenar el desmoronamiento civilizatorio que vivimos y mi respuesta es siempre la misma: nada. Nada como civilización, porque para eso necesitaríamos una especie de iluminación general que no se va a producir, por más que los apóstoles de la famosa Nueva Era se desgañiten diciendo que estamos a las puertas de un cambio interdimensional y demás zarandajas. La ley de la entropía es implacable en el mundo material. Sin embargo, sí podemos hacer, y mucho, a nivel individual. No es una cuestión de egoísmo. Los Vedas, los antiguos libros sagrados de los hindúes (que, como tantos otros textos arcanos, explicaban las cuatro edades de la Humanidad, progresivamente descendentes), nos dicen que en el Kali Yuga será (aunque a estas alturas podemos utlizar ya el presente de indicativo como tiempo verbal: o sea, que en el Kali Yuga es) más fácil progresar internamente con menos trabajo que en las eras anteriores, debido al ambiente de general calamidad. O, en buen español: a río revuelto, ganancia de pescadores.


Así que, en lugar de entristecerse o arredrarse ante el espectáculo de indignidades, bajezas e infamias que estamos viendo en la actualidad (y que irá a peor, no a mejor, en el futuro inmediato), debemos afrontar la situación con buen ánimo, incluso con alegría, ante la posibilidad que nos ofrece para crecer dentro de nosotros. Hoy, más que nunca antes, hay que mostrarse corteses y educados con los que nos rodean, hay que leer y reflexionar en profundidad, hay que mantener la calma ante la adversidad para poder aprender de las lecciones que a diario nos pone la Vida ante las narices, hay que esforzarse por ser cada día mejor, hay que amar con todo el corazón, hay que tener palabras amables y de ánimo para todos aquéllos que las merezcan, hay que cantar en voz alta, hay que ser justo y honesto y trabajador y buena persona, aunque los demás no lo sean. Porque un ser humano digno de ese nombre debe ser fiel a sí mismo siempre, tanto en la cumbre como en el abismo, si es que pretende mantener su anhelo de trascendencia y eternidad. Escoger el camino del chimpancé, por cómodo o seguro que parezca, sólo le conducirá a ser un chimpancé. Y nosotros queremos ser como el Sol, que se inmola constantemente a sí mismo en un supremo sacrificio de generación de luz y calor que le garantizará la inmortalidad. Por eso hemos de seguir brillando y, si es posible, ya no como velas, sino como hogueras.

Hoy ha abierto sus puertas la Universidad de Dios para un nuevo curso, que promete ser aún más intenso (¡aún más!) que los anteriores. Abróchense los cinturones...



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