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Ambos psicólogos decidieron reproducir la historia neotestamentaria del buen samaritano que aparece en el Evangelio de San Lucas y que es tal vez una de las más conocidas parábolas pronunciadas por Jesús en defensa de la misericordia, la piedad y el amor al prójimo. En ella se relata cómo un viajero que transitaba por el camino entre Jerusalén y Jericó fue asaltado por unos bandidos que le golpearon, robaron y dejaron por muerto. Dos personas teóricam
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Darley y Batson se propusieron replicar el suceso con estudiantes del Seminario de Teología de Princeton y para ello se reunieron, uno por uno, con un grupo de ellos. A cada estudiante le pidieron que preparara una charla sobre un tema extraído de la Biblia y luego se acercara a un edificio próximo para exponerla. Según lo hiciera, así recibiría una calificación que le serviría en su carrera en el Seminario. En realidad, el objetivo es que en el camino entre ambos edificios se encontraran con un tipo contratado para quedar tirado en medio del callejón, tosiendo y lamentándose, con los ojos cerrados, como si le pasara realmente algo malo. Y la pregunta, claro, es cuántos estudiantes pasarían de largo y cuántos se detendrían a ayudarle. Y por qué.
Para enriquecer el estudio, los psicólogos introdujeron tres factores variables:
1º.- Todos los estudiantes rellenaron, antes de comenzar el experimento, un cuestionario idéntico sobre las razones por las que habían decidido estudiar Teología. Se les pedía que explicaran si es que ésta era una herramienta útil para dar sentido a su propia vida o acaso les atraía ayudar a los demás o tal vez crecer interiormente de manera espiritual. Debían señalar el motivo principal que les animaba en su trabajo.
2º.- Se escogieron temas distintos para improvisar las charlas. A unos estudiantes se les pidió que la desarrollaran sobre la importancia del clero profesional a la hora de fomentar la vocación religiosa y a otros se les propuso que hablaran precisamente de la parábola del buen samaritano.
y 3º.- Justo antes de salir del edificio principal con destino al otro en el que tenían que dar la charla (y previamente encontrarse al tipo tirado en la calle), a unos se les azuzó con frases como "¡Vete deprisa, ya llegas tarde! ¡Te están esperando hace rato! ¡Cómo se nos ha podido pasar la hora! ¡Corre, no te demores más!" mientras que a otros les dijeron frases más calmadas como "Aún tienes tiempo, aunque podrías ir yendo para allá".
Planteado el experimento podemos hacer un ejercicio de predicción sobre quién hizo de buen samaritano y quién no. Casi todo el mundo que ha tenido oportunidad de examinarlo a priori dice que los seminaristas que con mayor probabilidad se pararon a ayudar al hombre necesitado de ayuda fueron los que (1º) en los cuestionarios previos insistieron en la idea de cursar Teología para ayudar a los demás o los que (2º) precisamente por haber recordado la parábola estaban predispuestos a reconocer la situación y ofrecer su compasión al necesitado... Sin embargo ninguna de esas variables fue la determinante. De hecho, según las conclusiones de los propios Darley y Batson, "no incrementaron de manera significativa la conducta en ayuda del hombre" sino que "al contrario, más de un seminarista a punto de dar una charla sobre el buen samaritano se tropezó con la víctima y siguió su camino a toda velocidad" sin reparar en ella. Así que el factor 3º se reveló como el decisivo: ¡lo que contaba a la hora de ayudar era si el estudiante llegaba tarde a su charla o tenía tiempo de sobra! Entre los estudiantes que iban con prisa, sólo 1 de cada 10 se detuvo a ayudar. Entre los que tenían tiempo de sobra, el 63 por ciento ayudó al tipo en la calle.
En resumidas cuentas: unas simples palabras ("Apúrate, que llegas tarde"), una orden que llegó
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Creo que esto resuelve mucho del clásico problema acerca de la existencia o no del libre albedrío entre los mortales.
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