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Recientemente el diario El País publicó una patética serie de reportajes sobre la que, haciendo un fácil juego de palabras, calificaba como "La generación más (pre)parada de la historia de España". A lo largo de una semana, los "solidarios" y "concienciados" autores de la serie daban voz a sucesiv@s jovencit@s que se quejaban de que la sociedad no les comprendía (eterna canción de pájaro de juventud) ni les ofrecía esos maravillosos puestos de trabajo a los que "tenían derecho" recién terminadas sus carreras porque por algo eran los más y mejor formados del mundo mundial. Algunas de las declaraciones de esta panda, integrada en su más amplia mayoría por llorones, quejicas e indocumentados, rozaban el ridículo más espantoso como el de una chica que peinada de peluquería y con su mejor blusa roja enfrentaba a la cámara en plan Modesty Blaise (antes muerta que sencilla) para sentenciar una frase digna del desastre del 98: "Si España no quiere saber nada de mí, yo tampoco quiero saber nada de España".
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Recuerdo también cuando empecé a ejercer y el laaaaaaargo camino hasta acceder a un puesto de trabajo en condiciones, tras los años y años de becas y contratos en prácticas, como siempre ha sucedido..., y como sigue sucediendo hoy por mucho que se quejen los "preparados". En aquellos años, no hace tanto tiempo, ni siquiera teníamos la fortuna de ser mileuristas (y hablo por mis compañeros de generación) sino más bien quinientoseuristas. Íbamos a trabajar en metro, porque no teníamos coches molones de nuestra propiedad, y escuchábamos una radio pequeñita de cascos, porque aunque no había iPods tampoco podíamos gastar el dinero en discmans. A nuestras casas les faltaban muchos muebles y complementos, comíamos sin excesos teniendo en cuenta los sueldecitos y salir un fin de semana a cenar era sólo para las ocasiones especiales. Lo de vestir a la última moda e irnos de viaje cada dos por tres, ya ni nos lo planteábamos. Trabajábamos horas y horas y horas, haciendo lo que hubiera que hacer. Y así, a base de esfuerzo, de tenacidad y de voluntad, a base de esquivar (o recibir) puñaladas, de meter codazos y de pelear por ello, a base de sacrificios que cada cual sabe lo que le han costado logramos hacernos un sitio en el mercado laboral.
Y llegar a donde estamos hoy (que por cierto, tampoco es gran cosa) nos costó todos esos años de luchas (que además no han terminado, porque el mercado es inestable y cambiante y hoy pide una cosa y mañana otra) que los "preparados" pretenden saltarse olímpicamente por su cara bonita.
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Yo he visto a muchos de esos padres sembrar y luego recoger. Padres que, por ejemplo, tanto se preocupaban por los problemas medioambientales debatiendo acaloradamente sobre la intervención en la Amazonia o en la Antártida mientras sus hijos, a medio metro de ellos, se ensañaban con los arbolitos recién plantados de la calle o tiraban el papel de su bocadillo al suelo sin que nadie les dijera nada. ¿Esos niños estarán preocupados por el medio ambiente el día de mañana? He visto a niños pequeño, cuatro o cinco años, darle patadas a sus madres cuando éstas les llevaba al colegio y ellas en lugar de reñirles y ponerles en su sitio, les dejaban hacer resignadas porque "pobrecitos, que se entretengan...". ¿Esas madres saldrán el día de mañana en un programa de televisión con su perfil a contraluz para que no se las reconozca pidiendo por favor que el Estado se ocupe de sus hijos, tan "rebeldes"? He visto a otra madre desentendiéndose de su hija pequeña porque se ha encontrado con una amiga y estaba más a gusto charlando con ella, y la niña ha salido a la calle tan campante y a punto ha estado de ser atropellada por un coche..., y en lugar de pedir perdón a su hija por no estar atenta a ella, la madre le recibe dándole una bofetada en la cara por haberse escapado. ¿Esa niña respetará a su madre?
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Los ejemplos son infinitos. Padres que exigen a sus hijos que se porten bien, no digan tacos o se limpien la porquería de las uñas mientras ellos hacen exactamente lo contrario, se enfadan cuando las fotocopias de adultos que son sus hijos repiten exactamente las mismas actitudes... No es la Biblia un libro que me guste citar, pero allí, en alguna parte, está escrito con bastante claridad que "los pecados de los padres los pagarán los hijos" y, aunque de niño esto me parecía absolutamente injusto, un rato observando la vida diaria convence a cualquiera de que es totalmente exacto.
Hay una tercera parte de culpa a repartir y ésa se la llevan los responsables políticos (no hago distingos: incluyo a todos los partidos que han compartido tareas de gobierno a lo largo de los últimos decenios) de esta España nuestra que tradicionalmente siempre ha tratado peor a sus mejores hijos (Dios, qué buen vasallo si hubiera buen señor...). Esos políticos que han vivido siempre del cuento (que lo siguen haciendo, tantos de ellos) con sueldos sobredimensionados y escandalosamente eternos, que caen tan a menudo en casos de corrupción y nepotismo, que disfrutan de todo tipo de privilegios..., mientras piden austeridad al resto de los ciudadanos.
Esos políticos a los que les conviene (porque les resultará mucho más sencillo controlarla) una ciudadanía mal educada aunque ella esté convencida de ser la mejor preparada del mundo. Esos políticos que, en fin, no han dicho absolutamente nada del dato aterrador que publicaba el diario La Vanguardia ayer lunes: a uno de cada cuatro catalanes le da exactamente igual que España sea una democracia o una dictadura según uno de los datos menos comentados (y en aumento progresivo) del último barómetro del CIS. El estudio coincide con los últimos sondeos del Centro de Estudios de Opinión de la Generalitat de Cataluña que reflejan una evolución similar: casi un 59 por ciento de los catalanes se muestran ya poco o nada satisfechos con la democracia como régimen político.
Esto debería decir algo más, algo importante, acerca del futuro de los (pre)parados.
Esto debería decir algo más, algo importante, acerca del futuro de los (pre)parados.
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