Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

viernes, 19 de octubre de 2018

Un anciano sonriente

Decía Desmond Morris que el hombre no es más que un mono desnudo y no le faltaba parte de razón. Aunque yo soy de los que piensan que son los monos los que descienden del hombre y no al revés (lo cuenta con todo detalle el Popol Vuh maya), es evidente para cualquiera que tenga ojos que por desgracia el homo sapiens está, a día de hoy, mucho más cerca de la animalidad que de la humanidad. La corrupción, la violencia, el desprecio, la rapiña, el odio, la mentira o la estupidez con las que suele conducirse a diario (entre otras "virtudes" tan características de lo que hoy llamamos, sin que en verdad se lo merezca, ser humano) son pruebas incontestables de que la civilización que tanto nos gusta considerar como "moderna" y "avanzada" no lo es en absoluto. Y eso, por más que hayamos desarrollado teléfonos móviles que son auténticas oficinas miniaturizadas, creado medicinas para curar la mayor parte de las enfermedades que mataban a nuestros antepasados o enviado una nave espacial hasta el mismo borde del Sistema Solar. 

La buena noticia es que, a diferencia de los animales (por mucho que les duela a aquéllos que dicen amar más a un perro o un gato que a un hombre o a una mujer), los homo sapiens tienen una oportunidad de ir más allá, de llegar a ser humanos de verdad, siempre y cuando sean capaces de trascender su actual condición a base de un duro y continuado trabajo sobre sí mismos. De hecho, no creo que haya una tarea más importante, más noble y cada vez más necesaria en el mundo para cada uno de nosotros que afrontar ese heroico esfuerzo que supone reconstruirse desde dentro y autoelevarse desde el punto de mediocridad donde nos colocaron cuando éramos pequeños y en el que por lo común nos dejamos estar hasta el último de nuestros días. Es decir, parirse a uno mismo -ser "hijos del Hombre"- y así alcanzar un grado de dignidad y una capacidad de comprensión de la vida que lamentablemente jamás llegarán siquiera a atisbar miles de millones de personas. Personas que, aunque algunas de ellas estén convencidas de lo contrario, carecen de una vida que se corresponda con ese título, sino que son más bien utilizadas como simples engranajes de una maquinaria que no pueden ver. O como cabezas de ganado de esta granja llamada Tierra.

Somos criaturas muy frágiles, sobre todo desde el punto de vista mental. La familia, el colegio, los amigos, la pareja, las costumbres, las leyes, la religión, la finanza, la política, la cultura..., la sociedad entera conspiran para introducir en nuestro interior distintos mandatos y órdenes contradictorias, de acuerdo con los intereses, las esperanzas o los deseos de cada uno de nuestros "programadores". Esto genera, entre otras consecuencias, dos especialmente dramáticas: primera, un enorme desconocimiento sobre nuestra verdadera identidad y sobre qué es lo que nos interesa hacer durante los exiguos años de los que disponemos en este planeta y, segunda, un caos interno colosal que sepulta casi todas las posibilidades de "despertar" a ese conocimiento de quiénes somos mediante la adecuada orientación. Echando mano una vez más de los siempre atinados mitos griegos, somos como Jasón pero, primero, sin saber que lo somos y que por tanto hemos nacido para heredar el trono de Yolco y, segundo, incapaces por nuestra ignorancia de plantearnos siquiera el viaje a la Cólquida, ya no digamos de emprender el propio viaje o siquiera reunir a los argonautas. En lugar de eso, nos contentamos con una vida de miseria y hambre labrando una tierra infértil, mientras echamos la culpa a los dioses o a la suerte de nuestra "poca fortuna".

Los sabios de todas las épocas eran muy conscientes de la desventaja con la que el ser humano parte en la vida en su afán por llegar hacia las estrellas y por eso idearon distintas estrategias para ayudar a las almas más despiertas. Una de las más conocidas es la creación de historias y mitos, como el de Jasón, el de Hércules, el de Perseo..., y el resto de las grandes leyendas griegas que ocultan varios niveles de lectura. El más sencillo de ellos es el que nos presenta estas narraciones como simples aventuras más o menos divertidas o emocionantes para entretener a la gente al amor de la lumbre. Luego, hay niveles intermedios y relativamente fáciles de alcanzar, gracias a los cuales es posible descubrir lecciones morales o de vida. El nivel más profundo, que requiere un mayor esfuerzo de penetración y quintaesencia, revela a menudo una sabiduría práctica que incluye la descripción de poderes y fuerzas de la Naturaleza, muy reales por más que seamos incapaces de verlos con los ojos físicos... 

El objetivo último de estos sabios era que estas historias sirvieran de inspiración para aquéllos que las escucharan, en especial entre los más jóvenes, con independencia de la comprensión a la que pudiera conducir a cada uno su capacidad de discernimiento. Así, un niño que oyera hablar acerca de un héroe dispuesto a salvar a su pueblo cumpliendo todo tipo de hazañas para ello querría emular a ese ser brillante y convertirse él mismo en un protector de los suyos, dispuesto a sacrificarse por la comunidad. Un hombre que escuchara la narración de un caballero protector de su dama, amándola y respetándola y dispuesto a tener una historia de amor inolvidable con ella, se vería inspirado a hacer lo mismo con su propia mujer. Los que escucharan las maravillosas aventuras de los viajeros en exóticos países anhelarían conocer más y mejor acerca del mundo y de esta manera aumentar su propia comprensión de la vida, en lugar de permanecer encerrados en su pequeño pueblo sometidos a las mismas rutinas y a la monotonía de una vida anodina. Los protagonistas de estos relatos asumían el papel de encarnación de la bondad, la virilidad (o la femineidad, dependiendo del sexo del personaje), el valor, la generosidad y otras virtudes, mientras que los villanos, a su vez, desplegaban su panoplia de vicios y defectos en la lucha por salir triunfantes de la que, casi siempre, salían perdiendo.

Se buscaba inspirar lo mejor en la sociedad. Y se buscaba hacerlo aprovechando el carácter primate del homo sapiens que, igual que sus primos los monos, disfruta imitando conductas ajenas. De hecho, es uno de sus grandes problemas, puesto que el hombre vulgar suele fracasar en la vida porque no hace cosas: juega a que las hace... Porque juega a amar en lugar de amar de verdad, fracasa en el amor. Porque juega a esforzarse en lugar de esforzarse de verdad, fracasa en sus ambiciones personales. Porque juega a vivir en lugar de vivir de verdad, sus últimos días en este planeta suelen ser muy amargos (¿Y no deberían ser éstos precisamente los días más amables, si hubiéramos vivido realmente y hubiéramos aprovechado el tiempo para averiguar quiénes somos y en qué consiste este circo de varias pistas por el que deambulamos toda la vida? Sin embargo, he conocido pocos ancianos sonrientes y satisfechos, agradecidos. Y esto tiene poco que ver con sus dolores físicos o las limitaciones propias de la edad)

Durante siglos, las gentes escucharon y, como pudieron, trataron de imitar las leyendas de héroes y heroínas, ejemplos de un destino digno, estrellas en las que inspirarse... Pero hoy día, ¿qué tenemos? El siglo XX ha traído consigo una terrible decadencia en este sentido. Los responsables de la civilización de la imagen han pervertido la estrategia de los sabios y le han dado la vuelta por completo. Utilizando el cine primero y, enseguida, la televisión ("El arma definitiva del doctor Goebbels, ach!", como diría uno de los personajes del gran Bonvi, el creador de las inolvidables tiras de los Sturmtruppen) han mutado la intención original y tanto las nuevas historias como sus protagonistas son muy diferentes de la mayoría de narraciones que la generaciones anteriores escucharon directamente de los labios de sus mayores.

Ahora no hay abuelos o, simplemente, personas mayores buenas narradoras, que sean capaces de contar esas leyendas, sino frías pantallas que nos rodean por todas partes y a todas horas para adoctrinarnos: en teléfonos móviles, en relojes digitales, en pantallas de portátiles y tabletas, en televisores cada vez más grandes... Pantallas en casa, en el trabajo, en los escaparates, en los ascensores, en los medios de transporte... Brillantes y en movimiento, inoculando fácilmente su relato en la mente de una audiencia sin capacidad de reacción, sin ganas de reflexionar sobre lo que está viendo, hipnotizada como el pajarillo por la serpiente que se dispone a devorarle.

Y los mitos que cuentan esas pantallas, salvo honrosas excepciones (que justo por eso brillan tanto cuando de pronto aparecen..., en esta bitácora hemos hablado de algunas de ellas) ya no contienen casi historias de buenos y malos sino de malos y peores. No se propone como modelo a un guerrero o a una reina sino a un corrupto o a una prostituta. No se ensalza la actitud heroica, viril y sacrificada, sino la egoísta, interesada e incluso rastrera. No está de moda usar lo más bello del lenguaje (y más de nuestro lenguaje, uno de los más hermosos de la Tierra) sino las palabras más soeces y hediondas. No hay finales felices sino tristes. Por supuesto que no se habla (¡anatema!) del camino de crecimiento interior, si no es para burlarse de él, porque a los protagonistas sólo les interesa el dinero y la riqueza material. Se confunde al mago con el charlatán y a la espiritualidad con la autoayuda. Se echa basura sobre todo lo bueno y honrado y admirable que puedan tener distintos personajes históricos mientras se explica sólo, y con todo lujo de detalles, su parte mala... "¡Humanizamos a los personajes! Nadie hoy se cree la existencia de los dioses o los personajes puros y de buen corazón que no existen en la vida real" argumentan los creadores de tanta bazofia que vemos en las pantallas. Me divierte sobre todo ese argumento de "No hay blancos y negros en la vida, sino grises", que demuestra cómo tantos autores de nuestros días ignoran por completo el sentido simbólico y de enseñanza de los mitos. Además de faltar a menudo a su propio razonamiento, al mostrar historias absurdas donde todos los grises son del mismo tono.

Y lo mismo que sobre las obras de ficción cabe decir de los magazines y la telerrealidad. Incluso de algunos informativos. En esos programas que alcanzan altas cuotas de audiencia aparecen personajes delirantes como si fueran normales, se potencia el odio en todos sus aspectos -a veces el machismo y el hembrismo al mismo tiempo de manera esquizofrénica-, se ensalza a los vagos pero listos que son capaces de vivir sin dar golpe parasitando vidas ajenas trabajadoras pero ingenuas, se ataca sistemáticamente e incluso se prohíbe -en un sistema supuestamente democrático donde hay libertad de expresión según para qué cosas-  algunas  ideas al tiempo que se bendice y promociona otras que no son precisamente mejores...

¿Cómo tenemos luego el valor de quejarnos de las cosas que están pasando en nuestra sociedad? ¿Cómo va a ser la gente de nuestros días mejor que la de siglos pasados si nuestros hijos, en lugar de soñar con ser héroes y guerreras, reyes y reinas, descubridores y viajeras, sabios y mujeres de poder..., en lugar de querer imitar modelos dignos de admiración, aspiran a ganar mucho dinero de un momento para otro y vivir sin dar ni golpe el resto de su vida mediante el puro expediente de acostarse (ya ni siquiera casarse) con un famoso o famosa para luego hacer un "tour" contándolo por las televisiones?

El homo videns, como diría Giovanni Sartori, ha hecho realidad la vieja profecía de Aldous Huxley, que sabía mucho sobre estas cosas a nivel personal: "Las personas llegarán a amar su opresión, a adorar las tecnologías que deshacen su capacidad de pensar".

Éste es el Kali Yuga, la Edad del Hierro en la que todos los que estamos aquí y ahora hemos elegido vivir por alguna razón. Pero aún en esta época (más en esta época que en cualquier otra) es preciso aceptar el reto y luchar hasta el último momento. Así que concluiré este artículo con una historia inspiradora. Es una historia moderna, humana. No la protagoniza ninguna divinidad, ningún personaje tocado por la mano de un ser sobrenatural. Y es real.

Es la historia de Helen Keller, una niña norteamericana que víctima de unas fiebres quedó sorda, ciega y muda cuando sólo tenía un año y medio. Es difícil pensaren una prueba más dura, para ella y para sus padres. ¿Alguien que no padeciera esas limitaciones es capaz de imaginar lo que significa pasar la propia vida encerrado dentro de uno mismo, en plena oscuridad? Hasta los siete años no tuvo manera de comunicarse con el exterior (se me hace difícil hasta imaginar cómo pudo aguantar ese período sin, literalmente, dejarse morir) y creció comportándose de forma insoportable, desquiciada por su suerte. A esa edad, sin embargo, su suerte cambió cuando su familia, a través del Instituto Perkins, contactó con Anne Sullivan, la tutora que le recomendaron para encauzar la vida de Helen. 

La propia Anne había tenido una vida dura: con una infancia de miseria, una infección en los ojos le provocó la ceguera casi total y al morir su madre fue ingresada en un asilo para ancianos donde murió su hermano Jimmie, que había entrado con ella. El Instituto Perkins fue la salvación de Anne, porque allí consiguió ser acogida, aprendió a leer pese a su ceguera y a desenvolverse bastante bien. Tras varios fracasos, recupera al fin la vista gracias a una operación de sus ojos y vuelve a la vida normal. Era una profesora ideal para tratar a la niña de los Keller.

La relación entre Helen y Anne fue inicialmente muy complicada y su evolución da para un libro y hasta una película (ambos existen). La fuerza interior de la tutora terminó imponiéndose a la rebeldía de la muchacha, con episodios emocionantes como la vez en la que la primera pone la mano de la segunda debajo de un chorro de agua fresca y luego escribe la palabra "agua" en su mano varias veces hasta que la pequeña capta la relación. De esta manera la muchacha sorda, ciega y muda aprendió una treintena de palabras en pocas horas.

Y, a partir de ahí, el milagro. Helen Keller aprende a leer en Braille a los diez años y se comunica escribiendo letras en las manos de quienes les rodean. Cambia su carácter y despliega una inesperada voluntad de hierro a partir de entonces para conocer el mundo que no puede ver ni escuchar, en lugar de continuar prisionera dentro de sí misma. Al enterarse de la existencia de una chica noruega en sus mismas condiciones que había aprendido a hablar, se propone hacer lo mismo y lo consigue a través de una escuela especializada de Boston. Desarrolla sus sentidos del olfato y el tacto hasta extremos increíbles. Aprende latín, francés y alemán y, en la Universidad de Radcliffe se gradúa con honores. Obtiene los títulos de doctora en Filosofía, Letras y Ciencias. Se relaciona con algunas de las mentes más brillantes de Estados unidos en su época como Alexander Graham Bell o Mark Twain. Participa en el rodaje de la película Liberación y en obras de teatro en el Palace de Nueva York. Viaja por todo el mundo para ayudar a personas con sus mismos problemas, dándoles consejos sobre cómo afrontar sus limitaciones y esperanza para superarlas. Recibe honores y reconocimientos en distintos países... 

Anne Sullivan, su gran apoyo durante más de cuatro decenios, falleció en 1936 tras recibir la medalla Roosevelt por su "hazaña de cooperación de carácter único y trascendental significado". La nueva amiga y secretaria de Helen fue Polly Thompson, con quien vivió hasta su muerte en 1968. Tenía 88 años. Y era en aquella época una anciana sonriente, una anciana sordociega pero sonriente. Así al menos aparece en la mayoría de las fotos de sus últimos años, como ésta que reproducimos. Hace poco, fue instituido el Día Internacional de la Sordoceguera el 27 de junio, en homenaje a la fecha de nacimiento de Helen Keller. 

¿No es ésta una historia maravillosa? ¿No nos hace pensar: "si esta mujer con sus tremendas limitaciones, construyó una vida que merece la pena ser recordada, no sé de qué me estoy quejando yo"? Y entonces, ¿por qué es una historia tan desconocida para las personas que no tienen una experiencia directa con las personas que padecen este tipo de problemas? ¿Por qué no está cumpliendo su función de inspirar a la sociedad? 

Uno de mis principales objetivos, si llego a viejo en la actual reencarnación, es precisamente ése: llegar a ser un anciano sonriente.



     













viernes, 12 de octubre de 2018

El Valle de los Caídos

Por razones que ahora no vienen al caso pero que no son en absoluto las que podría imaginar cualquiera que pasara accidentalmente por esta bitácora, hace unas semanas tuve la oportunidad de pernoctar en la hospedería del Valle de los Caídos un par de días. Una habitación austera, una cocina igual de austera y un entorno natural fabuloso, por lo feraz y por lo tranquilo. Hay una energía muy especial en toda esa zona de la sierra de Madrid y con un poco de atención es fácil de captar. Si uno se detiene en medio del bosque, cierra los ojos y despierta su atención profunda, casi puede tocar las vibraciones que palpitan alrededor, como si estuviera sentado sobre un animal gigantesco que respirara con suavidad, indiferente a cualquier amenaza porque conoce su propia y colosal fuerza y en consecuencia no teme a nada. No en vano fue elegido precisamente este sitio para la construcción de este impresionante monumento, cuya gigantesca cruz está en línea con el colosal (y misterioso) monasterio de El Escorial, previo paso por el monte Abantos, que era ya sagrado en la época de los celtas.

En cierta ocasión, alguien que posee ciertos conocimientos, digamos, extraordinarios me explicó, haciendo referencia a este lugar, que las históricas tensiones políticas entre Madrid y Barcelona en el fondo tenían mucho que ver con las energías acumuladas en esta zona de la sierra madrileña y las contenidas en el famoso macizo de Montserrat. En opinión de esta persona, ambos son los dos puntos más potentes de toda la península ibérica en lo que se refiere a las energías telúricas acumuladas y por eso las dos ciudades más grandes de España están condenadas a andar a la gresca per saecula saeculorum, ya que buscan imponerse una a la otra, desde un plano que está más allá de lo simplemente material. El hecho de que Madrid domine el panorama parece sugerir que esa fuerza extraordinaria sería mucho mayor aquí que en Cataluña. Esta misma persona me comentaba, con cierto grado de jocosidad, que "si la capital del reino fuera trasladada un día a Barcelona, no tengas duda de que el independentismo catalán se disolvería en un tiempo increíblemente corto, pero a continuación comenzaría la rebelión contra el Estado..., desde Madrid".

(A este respecto, guardo un cariñoso recuerdo de uno de los relatos que más me he divertido escribiendo, El derbi, que fue publicado en la antología de Minotauro Franco, una historia alternativa. Allí compartí páginas con auténticos gigantes del género fantástico en español como Juan Miguel Aguilera, Javier Negrete y Rafael Marín, entre otros, coordinados todos por el gran Julián Díez. El leit motiv de la antología era, como indica el título, la creación de un puñado de ucronías sobre cualquier momento de los famosos "cuarenta años", aunque en realidad fueron menos, pero en este país nos gusta redondear los aniversarios. Escribí El derbi -que, por cierto, tuvo una buena acogida entre los críticos, excepto uno que se tomaba a sí mismo demasiado en serio- un tanto molesto conmigo mismo por no haber sido capaz de crear otro de los cuentos allí publicados: el genial Ñ de David Soriano, que es una de las narraciones ajenas que más me han gustado de las que he leído en toda mi vida..., y he leído unas cuantas. Su argumento es magnífico: partiendo de la base ucrónica de que en la Edad Media fue Cataluña y no Castilla la que triunfó como principal reino español y terminó construyendo el Estado moderno, resulta ser Lérida y no Madrid la capital de España en el siglo XX. Aparte de esta "pequeña variación", el resto de la Historia es similar, guerra civil de 1936/1939 incluida. El cuento relata la transición española durante los años setenta pero con un dictador de origen catalán -en lugar de gallego- que acaba de morir tras gobernar los casi cuarenta años de rigor y un nacionalismo castellano rampante que reclama sus derechos históricos -y su propia lengua: el castellano, porque en toda España el idioma "español" es el catalán- desde la "nacionalista" ciudad de Valladolid a donde acaba de regresar el exiliado expresidente castellano equivalente al Josep Tarradellas real.) 

Mezclar energías telúricas con política suena, aparentemente, raro pero los actuales partidos políticos españoles, con su máscara de racionalidad y seriedad -corrupción incluida-, esconden a muchos personajes -y muchos de ellos, muy conocidos: de ésos que vemos en la televisión a todas horas- cuyas actividades privadas sorprenderían a los ingenuos ciudadanos contemporáneos presos del materialismo y el consumismo, que están convencidos de que cosas como la brujería, el satanismo, los hechizos y otros conceptos similares no sólo son supercherías sino que pertenecen al pasado. En realidad, esos elementos nunca han dejado de existir. Hay multitud de ejemplos a lo largo de la Historia aunque, irónicamente, muchos de los que están dispuestos a creer cualquier teoría conspiranoica -especialmente las más irracionales- siempre que suceda en Estados Unidos, Alemania o Inglaterra luego son reacios a pensar que en España también puede ocurrir algo parecido. Pero lo cierto es que ocurre. 

Por poner un ejemplo, ahí tenemos el magnicidio en 1870 del general Juan Prim, del que siempre se nos dijo que había muerto tras el tiroteo de unos republicanos resentidos: las heridas que le produjeron no fueron mortales, pero causaron una infección que a la postre acabó con su vida. Sin embargo, en 2012 una comisión científica (cuyos resultados dieron forma al libro publicado dos años después, Matar a Prim, escrito por Francisco Pérez Abellán) concluyó que en realidad el entonces presidente del gobierno español había sido estrangulado, mientras se le dejaba desangrarse. Además, el libro de Pérez Abellán desvelaba la implicación en todo el suceso de algunos miembros de cierta "discreta sociedad" de la que el propio Prim también formaba parte. Alguien con poder debió asustarse ante "la polémica creada" porque inmediatamente se formó otra comisión de investigación que llegó a conclusiones radicalmente diferentes, confirmando la versión oficial. Luego, se echó tierra sobre todo este fascinante asunto, a pesar de que según el propio Pérez Abellán, podría rastrearse un muy interesante "hilo conductor" entre éste y los magnicidios posteriores de Cánovas del Castillo (1897), José Canalejas (1912), Eduardo Dato (1921) y Carrero Blanco (1973). Sí, cinco jefes de gobierno fueron asesinados en España en cien años. ¿No es un tema interesante y bien conspiranoico para escribir una investigación a fondo? Sobre todo, cuando es evidente que la inmensa mayoría de españoles -sobre todo, las generaciones más jóvenes- ni los recuerda ni sabe cómo murieron.

Volviendo a la hospedería del Valle de los Caídos, no fue iniciativa mía pasar la noche allí. Lo cierto es que hasta entonces ni siquiera era consciente de la existencia de la susodicha hospedería, que se encuentra en la parte de atrás de la fachada más conocida de este curioso lugar: la basílica. Ésta sí la había visitado en alguna ocasión, años atrás, picado por la curiosidad histórica y por el morbo político y periodístico que sin duda alberga el lugar, por contener las tumbas de Francisco Franco y José Antonio Primo de Rivera. Tampoco deja de ser irónico que los restos de ambos reposen allí, teniendo en cuenta la historia particular de cada uno de ellos, incluyendo su mutua animadversión y las sospechas de que Franco no hizo todo lo que pudo haber hecho para evitar el brutal asesinato (una condena a muerte por fusilamiento se convirtió en un auténtico "tiro al pato" con decenas de balas acribillándole a pocos metros de distancia, entre las burlas y los vítores de los asistentes) de José Antonio a manos de los milicianos republicanos en la cárcel de Alicante. Para el "Generalísimo", el fundador de Falange Española tenía mucho más valor como "mártir de la causa" que como incómodo aliado y rival por el liderazgo político. Quizá por eso sus lápidas están enfrentadas, cada una a un lado distinto del altar central de la basílica.

Así que, estando en la hospedería, surgió la posibilidad de visitar la basílica pero acompañado por alguien que la conoce muy bien, Pablo Linares, el presidente de la Asociación para la Defensa del Valle de los Caídos. Fue muy interesante ir desmontando uno por uno los embustes que estos días campan a sus anchas por las redes sociales y aún por algunos medios de comunicación que dicen ser serios pero son manifiestamente incapaces de contrastar las informaciones que no cuadran con la ideología, no ya del medio, sino de los dizque periodistas que trabajan en ellos y que han renunciado al código ético profesional que exige honestidad a la hora de separar la información de la opinión. Veamos algunas de ellas. La mentira se señala entre comillas y en cursiva, la realidad va después.

"Se construyó para conmemorar la victoria de los franquistas." No, fue desde un principio concebido como un inmenso recordatorio de la tragedia que supuso la guerra civil de 1936/1939 y como un símbolo de reconciliación. Por eso fueron enterrados allí tanto caídos del bando franquista como del bando republicano: más de 33.000 personas en total (un 58 % de las cuales murieron en las filas franquistas y el otro 42 %, en las republicanas). Dentro de la basílica se encuentran varias alegorías de ese carácter de apaciguamiento. Por ejemplo, todos los ángeles con espadas mantienen ésta con la punta hacia abajo, en señal de fuerza bajo control, no de invitación a la guerra ("¿Y por qué tiene que haber ángeles con espadas en un sitio de reconciliación?", pregunta el ignorante de turno, olvidándose ya de que es un monumento para recordar una guerra). Un símbolo especialmente potente es el que encontramos en el pasillo que va a dar al altar mayor, donde existen seis figuras encapuchadas en dos grupos de tres, uno frente al otro, aunque ninguno de los dos está en un plano superior. Incluyo una imagen de uno de los dos grupos. Representan a los ejércitos de tierra, mar y aire de ambos bandos, las figuras son gemelas e indistinguibles (respecto a las que están enfrente de cada una), de manera que es imposible saber cuáles representan a unos y cuáles a otros. Se reconoce así el valor de los que lucharon y murieron en los dos bandos, no sólo en uno.

"Murieron unas 20.000 personas en su construcción y la mayoría de ellos eran presos políticos, obligados a trabajar de sol a sol como esclavos." No, es una opinión más falsa que un billete de seis euros partiendo de la base de que, durante la construcción del monumento (entre 1940 y 1958), trabajaron unas 6.000 personas en total. El número real de fallecidos, todos por accidentes de trabajo, es incierto pero en todo caso inferior a 20 (a alguien se le debió ocurrir que poner un "1.000" detrás de "20" hinchaba de manera conveniente el número de fallecidos laborales). Respecto a los presos republicanos, el número real de los que participaron fue de unos 2.000, y sólo durante los 7 primeros años. Y no eran presos "políticos": todos ellos tenían delitos de sangre (es decir, habían asesinado a una o más personas durante la guerra civil). Pero lo más grande (y ahora es cuando le estalla la cabeza a más de un lector ocasional del blog) es que todos ellos se presentaron voluntarios, por una muy buena razón: trabajar allí les permitía reducir su condena en una proporción que llegó a ser de 6 días de prisión por 1 de trabajo. No sólo eso, sino que cobraban lo mismo que los trabajadores libres y podían tener a sus familias alojadas en los poblados construidos dentro del valle, que todavía se conservan. Lo cierto es que muchos de los presos continuaron trabajando allí una vez redimidas sus condenas, por las buenas condiciones laborales. Hay un libro esclarecedor sobre todo esto. Lo escribió Alberto Bárcena Pérez y se titula Los presos del Valle de los Caídos. Surgió de su documentadísima tesis doctoral, sobre la que trabajó con miles de actas oficiales durante más de siete años. Es el estudio más completo que existe al respecto pero..., no he visto a Bárcena invitado en ninguno de los programas de televisión que regularmente se organizan sobre esta polémica.

* "Es un mausoleo de Franco."  Ésta es una de las mayores estupideces, y de las más repetidas, porque Franco jamás dio orden de ser enterrado allí. De hecho, se sabe que su familia tiene desde 1969 una cripta en un panteón propio ubicado en el cementerio de Mingorrubio, en El Pardo a unos 50 kilómetros del Valle de los Caídos, y donde de hecho está enterrada Carmen Polo, su viuda, desde 1988. Franco está sepultado en la basílica porque así lo decidió el rey Juan Carlos I, de acuerdo con el gobierno que entonces presidía Carlos Arias Navarro y con el apoyo pleno del Ayuntamiento de Madrid, a los tres días de su fallecimiento. Su propia hija confesó que ella misma se enteró de que iba a ser enterrado allí el día antes de que lo cubrieran con la lápida, porque en familia siempre se habló de la cripta del Pardo como el lugar idóneo.

* "El gobierno de Pedro Sánchez lo exhumará a la fuerza." No puede, por muchas proposiciones que su grupo apruebe en el Congreso de los Diputados o por muchos decretos que quiera imponer su gobierno..., si no se salta la ley a la torera, en cuyo caso estaríamos ante una profanación de tumba pura y dura. Y no puede, porque legalmente la autorización para la exhumación depende de la familia y del prior, ya que la autoridad sobre la basílica no es de Patrimonio Nacional sino de la Iglesia. Mientras la familia y el prior no lo autoricen, nadie puede desenterrar a nadie en el Valle de los Caídos. Además, uno de los principales argumentos jurídicos que quieren utilizarse para esta exhumación es inviable: el monumento se construyó para los que murieron en la guerra y ése no fue el caso de Franco, ergo según las propias indicaciones del régimen franquista no debería estar allí. Pero resulta que, según el Derecho Canónico, el fundador y benefactor de un edificio religioso tiene la potestad de ser enterrado en él y, de hecho, así podemos comprobarlo en tantas capillas, iglesias, catedrales y otros edificios religiosos de todo el planeta que guardan en su interior las sepulturas de los reyes, nobles o gentes con posibles que financiaron sus respectivas construcciones. 

En su libro, Bárcena reconstruye una historia que simboliza todas las mentiras que en los últimos años se han lanzado sobre el Valle de los Caídos por una serie de oscuros intereses que cualquier lector con dos dedos de frente puede investigar por su propia cuenta. Es la de uno de los personajes más famosos de la historia de este conjunto monumental: Justo, el "Matacuras". Justo Roldán Sainero fue un miliciano socialista y de la UGT que durante la guerra civil asesinó a un número indeterminado de sacerdotes y guardias civiles -la cifra varía según las fuentes aunque, al menos en una ocasión documentada, se jactó públicamente de haber matado a siete de los primeros y a otros tantos de los segundos, y de ahí venía su apodo-. Fue condenado por ello al final de la guerra y tuvo la suerte de conseguir un puesto en las obras, donde ofició distintos trabajos, desde guarda a cocinero hasta terminar como clavero de la abadía. Así pudo redimir su condena inicial de 30 años de prisión en sólo 7, en unas condiciones muy ventajosas cobrando su sueldo, su antigüedad, su plus familiar, sus gratificaciones por trabajos especiales, etc. Llegó a ser ayudante personal del regidor de las instalaciones, Emilio Martínez Masté, quien había sido teniente de la Guardia Civil. El hecho de que el Matacuras (y Mataguardiasciviles) hubiera podido llegar a ser clavero de un monasterio y ayudante de un guardia civil (y que lo fuera cuando ya era un hombre libre, pero siguió en el Valle de los Caídos por su propia voluntad durante los 13 años siguientes al fin de su condena) dice mucho sobre la inmensa montaña de engaños, tergiversaciones y falsificaciones históricas se ha ido acumulando en los últimos años sobre este lugar tan peculiar.

Y ya que mencionamos antes la existencia de esos personajes públicos cuya vida privada resulta ser chocante cuando se compara con su trayectoria pública, hay que decir que también existieron durante la época de Franco. Sí, ésa que nos han contado que fue tan católica, tan romana y tan apostólica, cuando hubo ciertas circunstancias extrañas documentadas que no suelen aparecer en los libros de Historia (con Franco ha pasado en cierto modo un poco como con Felipe II, que nos dicen fue uno de los monarcas más católicos jamás habidos cuando resulta que su corte albergaba la mayor concentración de la época de alquimistas, astrólogos, brujos y hasta pensadores herejes, mientras que en el monasterio de El Escorial -ése cuya planta resulta ser del mismo tamaño que la gran pirámide de Keops- contenía la mayor biblioteca de ocultismo del momento). Por ejemplo, ya que estamos hablando del Valle de los Caídos y hemos citado de pasada a la pirámide más famosa, recordemos que uno de los primeros diseños para la obra era..., una pirámide.

La idea partía, según dijeron ellos mismos en un largo artículo que apareció en 1940 en la publicación falangista Vértice, del arquitecto Luis Moya, el escultor Manuel Laviada y el vizconde de Uzqueta, que plantearon construir esta obra aunque más cerca de la capital: en un cerro entre el cementerio de San Martín y el Hospital Clínico. El artículo recogía todo tipo de detalles de su propuesta, que incluía una pirámide de 150 metros y otros elementos, como un inmenso arco triunfal, dentro de una ciudadela "acrópolis de este siglo" y "ordenada a la española, como el Escorial" -de nuevo la referencia al monasterio...-. La pirámide se construiría con hormigón y sería hueca, para acoger una enorme basílica, así como las tumbas de los caídos y el sepulcro "no de un democrático soldado desconocido sino de un Héroe único". El acceso a este peculiar templo estaba previsto también con aire monumental: un atrio hundido entre muros de granito con hornacinas y jardines elevados alrededor y un acceso de cuatro carriles en cada sentido.

El propio Valle de los Caídos posee otros secretos interesantes para investigar, desde la presencia de algunas peculiares representaciones angélicas hasta los enigmáticos "juanelos", pasando por la propia apariencia de la zona de la hospedería, que me recordó mutatis mutandis la disposición e incluso el aspecto físico de ciertos templos egipcios como el de Hatshepsut. Y para aquéllos a los que les rechina el tema de la cruz, el cristianismo y demás debido a sus ideas políticas o religiosas (o antirreligiosas), sería bueno recordar también que la cruz es un elemento sagrado -especialmente en Europa- mucho antes de Jesús y del advenimiento de la Iglesia católica. De hecho, una real bandera europea debería contener tal vez más cruces que estrellas, pero ésa es ya otra historia...

viernes, 5 de octubre de 2018

Como hogueras

El historiador británico Arnold Toynbee es uno de esos tipos interesantes que, habiendo existido de verdad, pueden ser adaptados como estupendos personajes secundarios para un thriller. En el caso de Toynbee, podría aparecer por ejemplo como consultor del protagonista, para facilitarle alguna pista decisiva en su investigación, mostrando en sus escenas un aire a medias despistado a medias irónico con el que los espectadores o los lectores de la historia empatizarían de inmediato. Este hombre fue, entre otras cosas interesantes, profesor de la siempre peculiar London School of Economics, miembro del servicio de inteligencia del entonces Ministerio de Relaciones Exteriores del Reino Unido y delegado de su país en la Conferencia de Paz de París -ésa que en 1919 preparó los documentos necesarios para dar vía libre al delirante Tratado de Versalles-. Sólo con estas tres pinceladas de su curriculum es fácil empezar a imaginar los conocimientos que Toynbee tendría sobre el mundo real, tan superiores a los de la mayoría de sus contemporáneos, así como los retorcidos poderes a los que hubo de servir, más o menos conscientemente, a lo largo de su exitosa carrera.

Teniendo en cuenta tanto su profesión como el momento histórico que le tocó vivir, no es nada extraño que se dedicara especialmente a analizar los mecanismos mediante los cuales nacen, crecen y mueren las civilizaciones, hasta desarrollar una sólida teoría sobre sus ciclos de vida. La idea principal que decantó tras estudiar cerca de una treintena de culturas diferentes a lo largo de la Historia es que una civilización sólo puede salir adelante si, primero, responde con éxito a los desafíos que le plantea la sociedad en la que está enmarcada (y a los propios condicionantes físicos impuestos por la Naturaleza) y si, segundo, ese éxito lleva aparejado nuevos retos que, a su vez, deberán ser superados y generar otros, en un movimiento idealmente interminable. Por decirlo con otras palabras: tendrá éxito si actúa como el ciclista que empieza a recorrer el camino en bicicleta..., y ya no deja de pedalear porque ésa es la única forma de mantenerse en el tiempo. En el momento en el que los integrantes de una civilización renuncian a seguir enfrentando desafíos y se acomodan en lo logrado, la decadencia está servida y sólo es cuestión de un plazo más o menos largo que sea destruida, de la misma forma que, en el momento en el que el ciclista deje de pedalear, la bicicleta inevitablemente terminará por pararse o caerse, víctima de la inercia.

Toynbee concedió especial importancia a la religión como una de las principales herramientas de las que a su juicio dispone el homo sapiens para afrontar y superar los sucesivos retos que se le presentan a lo largo de la evolución. Incluso llegó a interpretar la Guerra Fría como un enfrentamiento religioso entre la herencia del judeocristianismo en Occidente y la del marxismo en la URSS. También describió la importancia de los líderes nacionales a la hora de crear y poner en marcha una civilización duradera ya que, contrariamente a esa idea tan popular hoy día,  jamás una de ellas ha sido generada por "el pueblo" (un concepto vago y difuso donde los haya, y por tanto un perfecto comodín para todo tipo de argumentaciones demagógicas) sino por las elìtes de ese pueblo (sean éstas militares, intelectuales, financieras o cualesquiera otras) que han sabido organizarle, darle un sentido y conducirle en su devenir histórico. Y prueba de ello es que la decadencia de las sociedades se produce coincidiendo con el declive de sus líderes, que dejan de ser hombres relevantes y de valores reconocidos, capaces de unir a las gentes de su país, para transformarse en burdos tiranos o en despreciables demagogos: en ambos casos, especialistas en enfrentar a hermanos contra hermanos.

De hecho, uno de las ideas que siempre me llamó más la atención del análisis de Toynbee es su conclusión, rotunda, de que las civilizaciones no suelen ser asesinadas sino que ellas mismas se suicidan. Esto es, una sociedad no es destruida por causas naturales (y aquí el historiador se revuelve seriamente contra los mitos apocalípticos que tanto parecen gustarle al homo sapiens desde la época de la Atlántida) sino que perece, casi siempre, debido a la autodestrucción inducida por el comportamiento de sus propios habitantes. Tal vez el caso más fácil de comprender para aquéllos a los que la Historia no les interesa demasiado sea el de la Antigua Roma. La hoy llamada "ciudad eterna" adquirió su gloria gracias a una serie de valores -la disciplina, la austeridad, la virilidad, el honor...- que desplegó sobre todo durante la época republicana y que, transmutados a su contraparte oscura -la holganza, la irresponsabilidad, el libertinaje, el exceso...- durante la época del imperio terminó provocando su declive y su final hundimiento en el fango. 


En puridad, Roma no fue destruida por los bárbaros de allende sus fronteras como nos ha contado Hollywood (cuánto daño ha hecho la fábrica de sueños a la realidad histórica) sino por su propia corrupción, de la misma forma que un cuerpo enferma no tanto por la existencia de gérmenes y parásitos a su alrededor sino por la debilidad en un momento dado de su sistema inmunológico (es esa debilidad la que permite la penetración de los gérmenes y, con ellos, de la enfermedad porque, cuando se encuentra fuerte y sano, éstos son rechazados). Acaso fuera esa previsión respecto a lo que podía venir en el futuro, ese temor al desastre, la fuerza de fondo que inspiró a los conspiradores contra Julio César. Ellos pasaron al recuerdo cultural como traidores contra una figura tan atractiva como conocida (o aparentemente conocida: la mayoría de las personas han sido informadas sólo acerca de cierta versión de César popularizada por la industria cultural, pero les sorprendería descubrir otras facetas suyas no tan divulgadas, si bien de dominio público entre los historiadores). Para Casio, Bruto, Casca y los demás, el verdadero traidor era César, que aspiraba a perpetuarse como dictador y con ello rompía la tradición republicana (y simbólicamente destruía sus valores). Paradójicamente, el asesinato del hijo más famoso de la casa Julia condujo a Roma precisamente a aquello de lo que querían librarla los conspiradores pues, tras la guerra civil entre la facción republicana y la de los vengadores de César con Marco Antonio y Octavio a la cabeza, éste último se proclamó finalmente emperador con el nombre de Augusto.

Hoy asistimos en directo a un proceso similar de deterioro. La civilización occidental se está suicidando ante nuestros ojos aunque, eso sí, en alta definición, pantalla OLED y sonido en Home Cinema. Y con muy "buen rollito". Y a cámara lenta. Los grandes manipuladores de la opinión pública llevan siglos advirtiéndonos de que el fin del mundo (que, en realidad, nada tiene que ver con el del planeta) sería provocado por una gran catástrofe: la caída de un asteroide gigantesco, una pandemia global, la guerra nuclear... Pero a menudo los fines de mundo se materializan poco a poco. Después de todo, los bárbaros que invadieron Roma no ocuparon el imperio por la fuerza, estrictamente hablando. No se enfrentaron contra lo que quedaba de las antiguamente poderosas legiones más que en un puñado de ocasiones. No arrasaron el imperio a sangre y fuego porque en realidad no querían destruirlo, sino apoderarse de él para disfrutar de una vida mejor de la que tenían hasta entonces. La mayor parte del tiempo la invasión se llevó a cabo de manera pacífica, con grandes movimientos de familias en busca de tierras donde asentarse o tratando de asimilarse en las urbes, sin más... La degenerada clase política romana y, en verdad, la corrupta sociedad del imperio (y eso incluye a la sociedad al completo, no sólo a sus dirigentes) fueron incapaces de resistir a los bárbaros (a los que sus ancestros habían mantenido a raya durante siglos), más por su propia decadencia personal que por la fuerza de los recién llegados. Luego, los desequilibrios aportados por éstos completaron el trabajo, el poder de Roma se desintegró y el mundo se deslizó hacia la Edad Media (que, por otra parte, no fue esa etapa tan siniestra que se nos presenta habitualmente, pero ése es otro cuento...).

Los signos se multiplican a nuestro alrededor: en España, en Europa, en Estados Unidos, en el entero Occidente. Por todas partes nuestra civilización padece de dirigentes rastreros que mienten para llegar al poder y siguen mintiendo una vez instalados en él, porque venderían a su propia madre y a sus hijos a cambio de mantenerse un día más disfrutando de sus poltronas. Padece de líderes de opinión y dirigentes sociales presas del fanatismo y la incultura y para los que, quienes no piensan como ellos, no son simplemente gentes con otro punto de vista, sino enemigos que hay que aniquilar. Padece de "expertos" económicos y financieros a los que, más que la prosperidad de nuestras naciones, les interesa la de sus propios bolsillos y para los cuales la estabilidad sólo tiene valor si ganan más dinero con ella que con una crisis. Padece de líderes religiosos y morales cuyas conductas personales y de las instituciones que representan suelen estar muy alejados de los mandamientos que predican. Padece de medios de comunicación que se dicen libres pero que no pueden hablar de según qué cosas porque están atenazados por la censura y, peor, por la autocensura derivada de la ignorancia o del temor a las represalias. Y lo peor de todo: padece de ciudadanos embrutecidos por el inmenso escaparate del consumismo, por el derroche absurdo de recursos, por los hipnóticos espectáculos de masas en sus distintas modalidades y por la verborrea políticamente correcta de los creadores de opinión que les dicen lo que deben pensar, lo que deben decir y lo que deben hacer.

Esos creadores de opinión, enemigos declarados de Eros, promueven la cultura de Tánatos por todas partes. Por citar algunos de sus "logros":

* El enfrentamiento gratuito y permanente entre hombres y mujeres, basado en falsas premisas (que ha terminado por conducir a una insoportable congoja existencial a muchas mujeres que se sienten amenazadas por el fantasma de ejércitos de hombres violadores y asesinos, pero también a muchos hombres que no saben muy bien qué se espera de ellos y se debaten entre la pérdida absoluta de su virilidad y el refuerzo de sus conductas más primitivas como reacción a la injusta presión generada contra todo lo masculino).

* La destrucción de la natalidad local a través de todo tipo de políticas infames (lo que luego permite a los adoradores de Tánatos justificar la "necesidad" de importar mano de obra prácticamente esclava del tercer mundo debido al envejecimiento de la población que ellos mismos han impulsado) para diluir las poblaciones diferentes, con la riqueza propia de cada una de sus particularidades, en un magma único de seres sin arraigo, sin costumbres, sin tradiciones, sin recuerdos..., en una manada de gentes zafias y robotizadas destinadas a trabajar y consumir, sin más.

* La demolición sistemática del núcleo familiar que ha sido la base de nuestra civilización (convirtiendo el hecho de tener un hijo en algo muy parecido a comprarse una mascota a la carta, promoviendo una creciente irresponsabilidad de los padres hacia sus hijos para que sea "papá Estado" quien se encargue directamente de su educación o, mejor dicho, su adoctrinamiento e imponiendo como "normal" a la mayoría de la sociedad la imagen de todo tipo de familias desestructuradas).

* La condena de guías tradicionales de conducta, desde la religión hasta las costumbres, pasando por conceptos como la caridad, la patria o el linaje que, con sus imperfecciones, dieron sentido a la vida de millones de personas que en el pasado no estaban preparadas para apuntar hacia objetivos más elevados en el camino de perfección personal (lo que ha derivado en un creciente número de gentes angustiadas ante una existencia que se les antoja vacía y carente de sentido, sin metas ni objetivos más allá de "pasarlo bien" el próximo fin de semana).

* La demonización encubierta de las personas mayores, cuya experiencia y conocimientos siempre fueron valorados en épocas de civilizaciones sanas mientras que hoy, desde el momento en el que dejan de ser "productivas" para el sistema, empiezan a ser despreciadas y arrinconadas porque "abuelo, los tiempos han cambiado, que no te enteras de nada" (y vemos cómo progresivamente se defiende alargar la edad de jubilación -para exprimir aún más a la persona- al tiempo que se promociona la eutanasia -para facilitar la eliminación de los "elementos improductivos"-).

De vez en cuando se publica algún estudio científico que alerta de esta progresiva decadencia, pero no suele aparecer destacado en los medios y apenas suscita algún comentario jocoso. Un ejemplo reciente es del mes de junio y corresponde a la investigación noruega publicada en la revista norteamericana PNAS según el cual las personas nacidas a partir de 1975 tienen un cociente intelectual menor que el de sus predecesores. El caso es que las puntuaciones recogidas en los tests de inteligencia elaborados a lo largo del siglo XX mostraron una subida a nivel mundial durante mucho tiempo pero una decena de investigaciones publicadas en los últimos años indica que ahora sufrimos el efecto contrario en los países más desarrollados: el cociente intelectual de los más jóvenes ha empezado a estancarse e incluso a disminuir (lo que, por otra parte, no debería extrañar a nadie viendo el grado de alienación de la sociedad contemporánea, cada vez menos dispuesta a esforzarse y aprender, con jóvenes enganchados a la nueva droga masiva: la pantalla de sus dispositivos electrónicos donde todo es fácil y todos sucede ya). Es interesante constatar que esa reducción del cociente se está produciendo en los países europeos desarrollados, no en los del tercer mundo donde, al contrario, asciende (la explicación oficial es que llega un punto en el que es difícil mejorar más, sobre todo en aquellas naciones donde se empezó antes y por tanto el margen para crecer es mucho menor).

Los lectores habituales de este blog, que han leído las cosas que cuenta mi gato conspiranoico MacNamara, saben también que existen elementos muy activos a la hora de acelerar la decadencia de las civilizaciones: parásitos a los que les conviene que así suceda porque sacan provecho del proceso. Y saben que la decadencia podría ser detenida y revertida, como de hecho sucedió en alguna ocasión, pero para ello la sociedad debería despertar y, por desgracia, la inmensa mayoría de nuestros contemporáneos han perdido las ganas de luchar: prefieren dejarse llevar plácidamente, tomando el sol en bañador con el mojito en la mano y tumbados sobre sus colchonetas de moda..., mientras la corriente de agua les arrastra sin ellos darse cuenta hacia una enorme catarata. Estoy seguro de que MacNamara también leyó hace unos días los resultados de otra investigación científica que se publicó en la revista Proceedings of the Nacional of Sciences, firmada en esta ocasión por varios investigadores de universidades norteamericanas. En ese documento se explicaba que la globalización (sí, ese fenómeno que nos venden todos los días como maravilloso y deseable, con su multiculturalismo, que jamás ha funcionado en ninguna parte, y su gobierno mundial, que nunca funcionará mientras no esté integrado por personas verdaderamente honestas y elevadas en lo espiritual) ha sido, históricamente, uno de los principales factores de la destrucción de sucesivas civilizaciones en los últimos 10.000 años.

Los científicos estadounidenses, que utilizaron el consumo de energía a lo largo de las épocas como principal área de su investigación, se encontraron con que la globalización no es un fenómeno reciente sino que las culturas de la antigüedad estaban mucho más relacionadas entre sí de lo que se creía oficialmente. Por tanto, al caer una de ellas, las de al lado también lo hacían, como si se tratara de un efecto dominó, al verse severamente afectadas. El estudio analiza varios milenios pero se detiene hace unos 400 años, según han explicado sus autores, por los cambios de las economías orgánicas a las de combustibles fósiles. Aun así, han reconocido que las tendencias de sincronización entre culturas continúan hoy y a mayor escala, obviamente, debido a la fuerte interdependencia de las distintas sociedades actuales.

Algunos lectores de este blog también conscientes de nuestra decadencia contemporánea me han preguntado a veces qué podríamos hacer para frenar el desmoronamiento civilizatorio que vivimos y mi respuesta es siempre la misma: nada. Nada como civilización, porque para eso necesitaríamos una especie de iluminación general que no se va a producir, por más que los apóstoles de la famosa Nueva Era se desgañiten diciendo que estamos a las puertas de un cambio interdimensional y demás zarandajas. La ley de la entropía es implacable en el mundo material. Sin embargo, sí podemos hacer, y mucho, a nivel individual. No es una cuestión de egoísmo. Los Vedas, los antiguos libros sagrados de los hindúes (que, como tantos otros textos arcanos, explicaban las cuatro edades de la Humanidad, progresivamente descendentes), nos dicen que en el Kali Yuga será (aunque a estas alturas podemos utlizar ya el presente de indicativo como tiempo verbal: o sea, que en el Kali Yuga es) más fácil progresar internamente con menos trabajo que en las eras anteriores, debido al ambiente de general calamidad. O, en buen español: a río revuelto, ganancia de pescadores.


Así que, en lugar de entristecerse o arredrarse ante el espectáculo de indignidades, bajezas e infamias que estamos viendo en la actualidad (y que irá a peor, no a mejor, en el futuro inmediato), debemos afrontar la situación con buen ánimo, incluso con alegría, ante la posibilidad que nos ofrece para crecer dentro de nosotros. Hoy, más que nunca antes, hay que mostrarse corteses y educados con los que nos rodean, hay que leer y reflexionar en profundidad, hay que mantener la calma ante la adversidad para poder aprender de las lecciones que a diario nos pone la Vida ante las narices, hay que esforzarse por ser cada día mejor, hay que amar con todo el corazón, hay que tener palabras amables y de ánimo para todos aquéllos que las merezcan, hay que cantar en voz alta, hay que ser justo y honesto y trabajador y buena persona, aunque los demás no lo sean. Porque un ser humano digno de ese nombre debe ser fiel a sí mismo siempre, tanto en la cumbre como en el abismo, si es que pretende mantener su anhelo de trascendencia y eternidad. Escoger el camino del chimpancé, por cómodo o seguro que parezca, sólo le conducirá a ser un chimpancé. Y nosotros queremos ser como el Sol, que se inmola constantemente a sí mismo en un supremo sacrificio de generación de luz y calor que le garantizará la inmortalidad. Por eso hemos de seguir brillando y, si es posible, ya no como velas, sino como hogueras.

Hoy ha abierto sus puertas la Universidad de Dios para un nuevo curso, que promete ser aún más intenso (¡aún más!) que los anteriores. Abróchense los cinturones...