Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

viernes, 14 de diciembre de 2018

Un tigre con Photoshop

Si alguien piensa que el nivel del Periodismo actual deja bastante que desear, que vaya atándose los machos ante el que viene. Cada vez tenemos más gente joven (y no tan joven, en realidad, pero los mayores saldrán antes del mercado laboral por pura ley de vida) en los medios de comunicación que confunde información con opinión, se cree que una investigación periodística pasa por meter el dedo en el ojo y se arroga el derecho de "orientar" a su audiencia sobre lo que debería pensar respecto a cualquier tema, en lugar de limitarse a mostrar los hechos tal cual éstos son y que la audiencia opine lo que quiera. Ojo, no son todos los jóvenes, porque también conozco a unos cuantos que verdaderamente llevan la profesión en la sangre y se están esforzando por honrarla, pero sí un elevado porcentaje de ellos. Hablo con conocimiento de causa: llevo más de veinticinco años ocupándome directamente de la formación de becarios de Periodismo en distintos puestos por los que he pasado (no sé por qué me han destinado tantas veces a esa labor porque nunca la he pedido..., aunque quizá sea justo por eso). 

En todo este tiempo me he esforzado en tratar de inculcarles el sentido de responsabilidad por cada una de las líneas que escriban y la necesidad de ser honestos (ya que es imposible ser objetivos, la necesidad también de tender hacia la objetividad) cuando uno se ocupa de información pura y dura (lo que hay en esta bitácora, supongo que está bien a la vista, tiene que ver más con la opinión personal que con la información). Y es que el único privilegio del periodista (y no es pequeño) pasa por ser testigo y representante de la sociedad allá donde la propia sociedad no llega o no le dejan llegar, para luego contarle lo que ha visto. No para indicarle lo que debe hacer en función de lo que ha visto (para inclinarla hacia su ideología personal) ni para creerse que en lugar de testigo es, él mismo, el protagonista (conozco periodistas que se creen ministros, presidentes de corporaciones y hasta parte de la familia real, porque trabajan para esas instituciones, cuando nunca han sido nada más -y nada menos- que periodistas).

Ejemplos hay muchos, pero uno especialmente cegador por lo llamativo es lo que ha ocurrido con el "pelotazo electoral" del partido VOX en las elecciones andaluzas. Sentí bastante vergüenza ajena al escuchar a los "analistas" de tantos medios de comunicación sorprendiéndose después de conocerlo, ante un resultado que no tiene nada de sorprendente... Porque cualquiera que haya seguido mínimamente de cerca la campaña electoral andaluza estaba avisado de ello. Por ejemplo, no había más que comparar la asistencia a los mítines de unos y otros partidos. O percatarse del volumen de informaciones publicadas sobre la corrupción relacionada con los ERE de la Junta de Andalucía (muchísimo peor, tanto en cantidad de dinero escamoteado como en el lugar de donde fueron robados los fondos, que todos los casos juntos de corrupción achacados al antiguo gobierno del Partido Popular) y los escándalos de cargos autonómicos con droga y puticlubs, al más puro estilo gangsteril. Eso, por no mencionar el efecto en Andalucía de los destrozos que a nivel nacional el elefante socialista está causando en la cacharrería española desde que tomó el poder por la puerta de atrás (algo que le gusta mucho a ciertos individuos de trayectoria francamente detestable como el amigo George Soros, para cuyas organizaciones trabajó en su día el actual presidente del gobierno y a quien por cierto recibió sin tapujos en el Palacio de la Moncloa al poco de aposentarse allí).

Con VOX ha sucedido exactamente lo mismo que con Alternative für Deutschland en Alemania o con Donald Trump en Estados Unidos. En los tres casos fue fácil predecir su ascenso electoral, sin necesidad de ser politólogo. Particularmente, no soy especialista en política pero seguí sus respectivas evoluciones por curiosidad y no me equivoqué a la hora de prever su progresión, porque el apoyo que recabaron se produjo a cara descubierta, sin cábalas raras, sin movimientos extraños, siempre a la vista de todo el mundo..., menos de los periodistas que se dejaron dominar en cada país por su ideología personal para teñir la realidad y pensar que así se transformaría a su gusto. Pero aunque tomes una foto a un tigre de Bengala y lo conviertas en un dulce gatito gracias al Photoshop el tigre sigue siendo tal y si te acercas a él te dará unos cuantos zarpazos y después te devorará.

Aún más patética que la "sorpresa" por los resultados fue la inmediata descalificación de los mismos "analistas de prestigio" de un partido político al que han tachado de extrema derecha, racista, xenófobo, machista, homófobo, anticonstitucionalista y antieuropeísta. El pack completo de descalificación incluye todo tipo de insultos, los mismos que no se han dedicado a otros partidos políticos que sí padecen ese tipo de actitudes constantemente (VOX acaba de llegar y habrá que ver lo que hace) y sobre los que no se dice nada. El gobierno de Pedro Sánchez (del que no hace falta explicar gran cosa porque él se autodestruye día a día con su narcisismo espantoso y su política de insistir en que sale el sol y hace un día magnífico cuando todos vemos que es de noche y está lloviendo) está hoy de pie apoyándose en independentistas catalanes y vascos, en cuyas filas hay antiguos asesinos terroristas (sí, yo me acuerdo, no hace tantos años de eso, de cuando salías a la calle con miedo por si te "tocaba" verte envuelto en un atentado, en la época en que llegó a haberlos casi a diario; ésa que nos dicen que hay que olvidar para siempre, mientras a cambio nos dan la lata todos los días con Franco) que hoy van de luchadores democráticos, que aspiran a destruir lo que queda de España dinamitando la actual Constitución (que tiene muchos, muchísimos puntos que arreglar pero que, hay que reconocerlo, ha permitido a nuestro país vivir un período de pacificación extraordinariamente raro en su Historia, plagada de guerras civiles e internacionales) y que aspiran a conservar medios feudales de controlar económicamente a la población (como los fueros vascos y navarros, contra los que Europa ha alertado ya a España en varias ocasiones por la discriminación que suponen para el resto de españoles). Ese gobierno también se apoya en hipócritas de ultraizquierda que dicen defender a la mujer mientras en chats privados fantasean con azotarlas hasta sangrar, que se definen como parte del pueblo más necesitado cuando viven en chalets de lujo o en pisos de barrios de referencia y que claman contra la pobreza cuando ganan más dinero en un año por opinar sobre lo primero que se les viene a la cabeza que lo que ingresa una familia de trabajadores reales -él y ella, y a veces alguno de sus hijos mayores-.

Un amigo me pasó hace unos días un texto que comparaba a tres partidos políticos (dos españoles, VOX y Podemos, y uno francés, el Frente Nacional ahora rebautizado como Agrupación Nacional, de Marine Le Pen) a tenor de lo que propone cada uno de ellos en sus respectivos programas electorales y sus idearios como formaciones políticas. Un test que arroja resultados muy curiosos. Entre otros puntos, se planteaban los siguientes:  ¿Están a favor de subir los impuestos?  En los programas de Le Pen y de Podemos, sí; en el de VOX, no. ¿Quieren suprimir la actual Constitución y abrir un "proceso constituyente" (eso que los horteras llaman "un tiempo nuevo", porque todos los horteras quieren pasar a la Historia de un modo u otro)? Le Pen (en Francia) y Podemos (en España) sí; VOX, no. ¿Quieren controlar los medios de comunicación? Le Pen y Podemos, sí; VOX, no. ¿Justifican la violencia y la subversión callejera como medio de cambio social (aquello de "cómo no lo gano con votos en las urnas lo gano con bofetadas en la calle")? Le Pen y Podemos, sí; VOX, no. ¿Tienen candidatos "interraciales" en el patido? Le Pen y Podemos, no; VOX, sí. ¿Sus seguidores emplean simbología y estética ultras? Los de Le Pen (de carácter derechista) y Podemos (de carácter comunista y anarquista), sí; los de VOX, no (aunque para algunos "periodistas" lucir la bandera española equivale a ser un ultra). 

Tras examinar con un poco de objetividad la situación, uno llega rápidamente a la explicación de por qué VOX ha explotado en Andalucía y por qué ahora lo hará en las siguientes elecciones, incluidas las generales, pese a las encuestas oficiales del gobierno que siguen pronosticando el ascenso en votos del PSOE y la ausencia absoluta de VOX en el dibujo del arco parlamentario final donde, según los cálculos del actual CIS, no obtendrán ni un solo diputado. A la espera, pues, de llevarnos otra "sorpresa" en unos meses más, lo que está sucediendo es extremadamente simple: un número creciente de ciudadanos españoles están hasta la coronilla de que les tomen el pelo. Están hartos de que les estafen unos políticos que se dicen socialistas pero que están especializados en "socializar" los recursos sólo entre familiares y amigos y a los que no les importa destruir el país y enfrentar a la gente entre sí, con tal de mantenerse en el poder. Están hartos de que les estafen unos políticos que se dicen de derechas pero que practican unas políticas económicas, sociales y de corruptelas muy similares a las de los socialistas. Están hartos de que les estafen unos políticos que se dicen comunistas y antisistema cuya única ambición real es llegar a vivir a cuerpo de rey a costa del sistema al que tanto critican. Están hartos incluso de unos partidos minúsculos (éstos sí, de extrema derecha) para los que el futuro se escribe con la misma letra que se escribía Franco, pese a que éste se murió (¡Atención todo el mundo, a derecha e izquierda: Franco ya se murió!) hace 43 años, nada menos. Muchos de esos españoles hartos votaron en su día a Podemos, engañados por la falsa promesa de que "no somos de izquierdas ni de derechas, somos los de abajo contra los de arriba" y ahora, decepcionados, lo han hecho, y lo volverán a hacer, a VOX.

(Y no, no soy de VOX, no los he votado nunca. No me caen ni bien, ni mal. Analizo la evolución de este partido como la de los demás. Como lo hago con la política internacional o con otras cosas que pasan, aunque en este caso no necesito la ayuda de Mac Namara... Pero el solo hecho de que tenga que escribir estas palabras de justificación demuestra hasta qué punto nuestra sociedad contemporánea se está convirtiendo rápidamente en una tiranía, cada vez más lejos de la democracia y la libre expresión.)

Hay algo peor, en el Periodismo del futuro, que la manipulación ideológica para intentar que la sociedad piense como uno quiere que piense (la verdad es que ni siquiera los periodistas más ideológicamente definidos son líderes de opinión reales, sino muñecos a sueldo de quien les ha iniciado en esa ideología) y es la ignorancia. Esto sí que es preocupante, porque el nivel de ignorancia y la falta de cultura general entre los jóvenes actuales (entre la inmensa mayoría de ellos, no sólo los que estudian o quieren dedicarse al Periodismo) son pavorosos. Es el fruto podrido y obvio de una serie de leyes educativas, a cual peor, impuestas sucesivamente por el PSOE y el PP durante sus respectivas etapas de gobierno desde los años 80' para acá, que han descapitalizado culturalmente a la sociedad española hasta convertir a muchas personas en simples borregos con conocimientos limitados que son fáciles de movilizar con los adecuados instrumentos de ingeniería social.

Un ejemplo: una de esas personas a las que he tutelado en su empeño por dedicarse a esta profesión tenía que elaborar una noticia sobre unos premios internacionales. Al revisársela, descubrí que sólo dos de los premiados tenían asignada la nacionalidad y le indiqué que buscara la del tercero, para incluirla en la información. Recuerdo que le comenté: "Por el nombre, este premiado debe ser holandés pero compruébalo", ya que tenía unos apellidos de sabor flamenco. Al cabo de un rato me dijo: "Lo he buscado en Google, pero debe estar mal porque me dice que es sudafricano y no es negro: es un hombre blanco, rubio y de ojos azules". Claro, un boer, pensé yo. O, mejor dicho, un descendiente de boers. Pero entonces me fijé en lo de "debe estar mal porque me dice que es sudafricano y no es negro". Y le pregunté a esta persona: "¿Qué sabes de Sudáfrica?" Me contestó: "Es un país que está en el sur del continente, un país de negros que sufrieron mucho por el 'apartheid', y el presidente es Nelson Mandela. O era, no sé". Ésta es la respuesta de una persona que ha terminado la carrera de Periodismo y el Máster correspondiente. Que mañana seguramente esté informando en alguna parte.

Pensé en explicarle unas cuantas cosas a esta persona. Por ejemplo, que Sudáfrica es una creación europea. De colonos holandeses y también alemanes y franceses, y posteriormente británicos, que convirtieron unos territorios despoblados, en cuyas fronteras apenas vivían algunas tribus de xhosas y zulúes (emigrados allí desde otras zonas de África), en la nación más rica de todo el continente. Pensé hablarle de cómo la Compañía Holandesa de las indias Orientales fundó lo que hoy es Ciudad del Cabo durante el siglo XVII, aunque antes que ellos fueron los portugueses los primeros en llegar al Cabo de las Tormentas que el monarca luso cambió después de nombre por Cabo de Buena Esperanza, por la promesa de riquezas que esperaba obtener con el comercio con los lejanos territorios del Este, en Asia. Y de cómo el Imperio Británico le mojó la oreja a portugueses y holandeses, desatando incluso la llamada guerra de los boers (fueron dos guerras, en realidad) porque ambicionaba quedarse con ese importante puerto para controlar el comercio y porque quería también el oro y los diamantes que se descubrieron allí. Por cierto, que los ingleses crearon en Sudáfrica los primeros campos de concentración de la historia para encerrar a familias enteras de boers (cuyas casas y tierras quemaron de forma brutal) en condiciones infrahumanas, peores incluso que algunos famosos campos de este estilo durante la Segunda Guerra Mundial. Pero nadie hace películas ni escribe libros sobre eso.

Pensé que también podría hablarle también del apartheid, la palabra más famosa del idioma afrikaner, que significa "separación" y que instituyó en Sudáfrica el mismo régimen de vida basado en el segregacionismo racial que de hecho habían impuesto británicos y holandeses en otros países donde fundaron colonias. Por ejemplo, en Estados Unidos donde hubo que esperar hasta 1957 para que los primeros 9 estudiantes negros pudieran entrar en una escuela secundaria en Little Rock, Arkansas. Y donde el acceso a la universidad para esta raza llegó algo después (por cierto, el mismo Estados Unidos donde se cometió probablemente el mayor genocidio de la Historia conocida contra los pueblos indios). El apartheid sudafricano era un detestable sistema de segregación que convertía a los negros en personas de segunda clase, sin derecho a votar ni a viajar libremente, sin posibilidad de ganar lo mismo que un blanco por el mismo trabajo, sin permiso para estudiar en las mismas zonas que los colegios blancos, etc. Hasta 1994, ayer mismo, no hubo elecciones de verdad democráticas en Sudáfrica, en las que Nelson Mandela fue elegido presidente por mayoría absoluta en representación del CNA, partido que se ha apoderado de la poltrona y no lo ha abandonado desde entonces.

Claro que también habría que añadir que a pesar de que han transcurrido ya nada menos que 24 años desde el fin del apartheid contra los negros, el país no ha logrado remontar las tensiones raciales y económicas. Los niveles de violencia, crimen y violaciones han sido en los últimos años superiores incluso a la época de dominio blanco. ¡Algunas cifras oficiales hablan de 50.000 homicidios por año! Es, además el país del mundo con mayor número de afectados por sida (nada extraño teniendo en cuenta que su expresidente Jacob Zuma decía alegremente que él podía tener relaciones sin problemas con mujeres seropositivas porque cuando terminaba se duchaba y eso arreglaba el problema). Y la reforma agraria que pretende basarse en la devolución de supuestas tierras arrebatadas a los negros en la época colonial olvida que muchas de esas tierras no eran de nadie cuando los colonos boers llegaron allí. Mucho menos, de los negros actuales, descendientes en buena parte de etnias foráneas, ajenas a la xhosa y zulú (que recordamos fueron tan emigrantes allí como los holandeses, franceses y británicos), cuyos ancestros emigraron hacia Sudáfrica precisamente porque a pesar del segregacionismo blanco tenían mejores oportunidades para salir adelante que en sus tierras originales. La "impaciencia" por esa devolución ha llevado en los últimos años a la comisión de crímenes verdaderamente horrorosos contra granjeros blancos (hombres, mujeres y niños: he visto fotos infernales pero no voy a reproducir ninguna de ellas aquí, aunque se pueden encontrar con cierta facilidad en las redes sociales). La policía sudafricana reconocía el asesinato de 74 personas en granjas de blancos sólo entre abril de 2016 y marzo de 2017, por 58 el año anterior en la misma etapa. A ello hay que sumar cientos de denuncias de ataques a esas granjas. Tal y como van las cosas, el miedo es que pase lo mismo que en Zimbabue, el país vecino donde se expropió sin más las tierras a los blancos y se le entregó a negros sin suficiente preparación, lo que derivó en una agricultura mal gestionada y, al final, una hambruna colosal. 

Los crímenes contra los granjeros blancos y las últimas leyes impuestas desde Johannesburgo que promueven un apartheid contra los blancos, por ejemplo prohibiendo que puedan tener un puesto de trabajo si hay un negro que se presenta al mismo empleo, ha generado una silenciosa ola migratoria de la que absolutamente nadie habla en ningún medio de comunicación. Según algunos estudios, desde 1994 hasta hoy se calcula que cerca de un millón de blancos (en torno al 16 % de la población total de blancos) ha abandonado el país. Y teniendo en cuenta que son menos del 10 % parece cuestión de (poco) tiempo que el país termine completamente oscurecido.

Respecto a Nelson Mandela, es uno de esos personajes idealizados hasta la náusea por intereses no siempre bien explicados y él mismo declaró en alguna ocasión, cuando permanecía en prisión, que una de sus mayores preocupaciones era "la falsa imagen" que proyectaban de él al mundo exterior porque "me consideran un santo que nunca he sido, incluso aunque definas a un santo como un pecador que continúa intentándolo". Recordemos que hablamos del hombre que formó parte del comité central del Partido Comunista Sudafricano, que dirigió el grupo terrorista Umkhonto we Sizwe (Lanza de la Nación) que dejó su propio rastro de muertos -niños incluidos- en sucesivos atentados y que dio el visto bueno al necklacing: la salvaje práctica de colocar un collar de neumáticos ardiendo en torno a los miembros del CNA que eran considerados como traidores o confidentes. Ese hombre cuyo coraje se ensalza por sus críticas al dictador nigeriano Sani Abacha pero que guardó un pudoroso silencio respecto a otros regímenes dictatoriales e incluso hacia la deriva corrupta de sus sucesores en el propio gobierno sudafricano. Y que mantuvo relaciones personales con multimillonarios de diverso pelaje que le beneficiaron personalmente, aunque él decía que "sé ordeñar a los hombres de negocios para las buenas causas". Ya he hablado de él más en profundidad en otra entrada de este blog.

Pensé en hablarle sobre ésta y sobre otras cosas relacionadas con Sudáfrica a esta persona recién llegada al Periodismo porque, por mucho que le moleste a los abanderados de lo políticamente correcto, nadie es del todo bueno y nadie es del todo malo. Hay muchas escalas de grises, más allá del blanco y el negro. Y una de las mejores cosas de esta profesión es que te permite llegar mucho más lejos en el conocimiento de las cosas y de las gentes.

Pero mi aprendiz de periodista estaba sólo interesado en sí podría librar durante el próximo puente para irse de fiesta un fin de semana largo.








viernes, 7 de diciembre de 2018

Are you ready?

Dice Mac Namara que el cine se inventó no sólo para entretener a la gente de forma mecánica (historias de todo tipo hemos encontrado desde siempre en los libros y, antes, las narraban nuestros ancestros junto a la hoguera..., pero en ambos casos se necesita de una participación activa de la audiencia, mientras que la imagen en movimiento se limita a inyectar el cerebro de una audiencia pasiva y entregada) sino para predecir el futuro. O, siendo más exactos, para crearlo. El comportamiento y la educación de la sociedad occidental contemporánea deben más a las escenas populares del llamado séptimo arte que al ingente trabajo de tantos profesores aún enamorados de su maravillosa profesión y empeñados en construir seres humanos que merezcan de verdad ese nombre. 

Ejemplos hay todos los que uno quiera buscar. Me pregunto cuántos atracos, asaltos, secuestros y otros crímenes se habrán organizado en el mundo real inspirados en los cuidadosamente planeados de las películas (hay algunas de ellas en las que el argumento es básicamente el desarrollo de un plan criminal y su ejecución). Y que nadie hable de exageración, cuando todos hemos aprendido de esta manera que para robar algo de gran valor la norma básica es  ponerse guantes con objeto de no dejar huellas dactilares o que para matar a alguien y salir airoso del asunto lo más importante es que no aparezca el cadáver de la víctima... "Qué barbaridad, aunque sepamos eso, no vamos a hacerlo, es sólo una ficción" piensan los ingenuos que, en efecto, nunca lo harían, obviando que en el mundo existe mucha gente sin escrúpulos dispuesta siempre a aprender nuevas formas de vivir a costa de los demás. Aunque no hay que ir tan lejos para comprender cómo la pantalla (da igual que sea la del cine, la de la televisión o la del teléfono "inteligente") es capaz de moldear al homo sapiens sin que éste lo aprecie a corto plazo. Veamos algo más sencillo: lo que ha sucedido con el tabaco. 

Los protagonistas de la mayoría de las películas rodadas hasta, al menos, los años 80 del siglo XX y ambientadas en época contemporánea nos mostraban al tipo duro (o a la vampiresa) de turno fumando y transmitiendo así el mensaje de que para ser una persona interesante era necesario consumir cigarrillos, puros o (el colmo de la intelectualidad) pipas. En aquella época, fumar se convirtió así, gracias al cine (y a otros ámbitos donde se proyectó la industria, empezando por el de la publicidad pura y dura) en un símbolo de distinción asociado a una personalidad seductora, atractiva y triunfadora. Cada marca de tabaco tenía su target publicitario específico, el más famoso de los cuales fue el de Marlboro identificado con los vaqueros del Oeste: si uno fumaba sus cigarrillos podía creerse uno más de aquella gente dura, fuerte y muy masculina. Un John Wayne contemporáneo... Más tarde, la ciencia demostró lo que la experiencia ya había enseñado a muchas familias directamente: el lento y doloroso suicidio al que equivale el consumo regular de tabaco. Llegaron las denuncias millonarias de los afectados por cáncer y el descrédito para productores y distribuidores. Poco a poco, los fumadores terminaron desapareciendo de la pantalla hasta el punto de que hoy están prácticamente proscritos (lo cual tampoco tiene mucho sentido, y hablo ahora como escritor, porque puede que un personaje concreto deba ser fumador ya que así lo exige el desarrollo de su arquetipo o la época de la historia en la que está inmerso..., pero esto es muy típico del homo sapiens: o todo o nada, ignorando los términos medios). Lo cierto es que la ausencia del tabaco de la pantalla se ha traducido en una drástica reducción del número de fumadores en el mundo real y eso no es coincidencia.

En esta línea, hay una serie de películas rodadas especialmente en los últimos treinta años, todas ellas relacionadas con el futuro más o menos inmediato, que de alguna manera parecen impulsar al mundo en direcciones concretas, marcando las aspiraciones y los deseos que "debemos tener", queramos o no. Por ejemplo, existe una proliferación increíble de historias relacionadas con robots, androides e inteligencia artificial, precisamente en una época en la que, ¡oh, sorpresa!, se ha multiplicado exponencialmente el trabajo científico en esa dirección. En esta bitácora hemos tratado varias veces los avances en robótica, que tanto satisfacen a los ansiosos de novedades tecnológicas y que personalmente creo que deberían ponernos los pelos de punta. Pero es que podemos ir más allá, con proyectos a los que ya se están dedicando muchos millones de dólares para hacer realidad el cyborg: el hombre máquina. Una de las empresas en punta de lanza en este sentido es Neuralink, perteneciente al millonario e inventor de moda, Elon Musk. El objetivo de esta compañía es fabricar un disco duro lo bastante potente como para poder volcar en él la experiencia de una mente humana y convertirla así en una serie de archivos manejables. La idea es mezclar a humanos y máquinas porque en su opinión es la única forma de que "la IA no destruya a la humanidad". Así de literalmente lo explicaba en una entrevista para un programa de una cadena norteamericana de televisión. La misma en la que sugirió que tal vez el Universo no fuera más que una simulación informática y, en consecuencia, nosotros simplemente un conjunto de bits con apariencia de seres humanos.

Musk utilizaba en aquella entrevista el mismo argumento que hemos usado en este blog (y que usaría cualquiera con dos dedos de frente) para este asunto y es que "a medida que los algoritmos y el hardware mejoren, la inteligencia artificial superará a la inteligencia biológica por un margen sustancial, es obvio". Y describía muy gráficamente la situación: "podríamos seguir el mismo camino que los monos cuando una de las especies de primate, el homo sapiens, se volvió mucho más inteligente que los otros primates y los encerró a todos en hábitats muy pequeños... Y así hoy quedan muy pocos gorilas de montaña, orangutanes y chimpancés". La única diferencia, añado yo, es que la IA seguramente ni siquiera se quedaría con un puñado de humanos en sus zoológicos (que no serían tales, en puridad, sino más bien granjas o laboratorios pues ningún robot "perdería el tiempo" paseando en un zoo). Y ello porque igual que existen muchas personas que carecen de sensibilidad hacia los animales, hay muchas otras que por fortuna sí la tienen y se preocupan por su bienestar. Sin embargo, la frialdad de las máquinas tendería a ejecutar una decisión unánime y, en caso de decidir que los homo sapiens son insuficientemente productivos o inútiles sin más, los exterminarían a todos sin un ápice de compasión.

Respecto a Neuralink, tras recordar que en esta compañía reúne a lo más granado de su equipo de ingenieros, pronosticaba que su futuro disco duro cerebral será una realidad en más o menos un decenio. Y que actuará "a través de una interface de electrodo a neurona en un nivel micro..., un chip y un montón de pequeños cables que serán implantados en tu cráneo". Como sucede siempre en lo que respecta a las nuevas tecnologías, las aplicaciones médicas y sanitarias son el argumento perfecto para probar cualquier novedad, sin sentirse responsable de lo que pueda suceder más tarde. Musk esgrime razones sensatas en este sentido, como la ayuda a las personas que padecen problemas de inmovilidad por lesiones medulares ("Ya sabemos cómo hacer esto: implantar electrodos en la corteza motora del cerebro, hacer luego un bypass en la parte seccionada de la médula y disponer de microcontroladores locales cerca de los grupos de músculos, para restaurar el uso de las extremidades") o las que padecen Alzheimer y otras demencias seniles ("La gente pierde la memoria a medida que envejece, es increíblemente triste que una madre olvide a sus hijos, y eso también puede ser resuelto").

Otras razones aducidas en la entrevista hacían referencia a la política (invocando "una especie de democratización de la inteligencia, de modo que no sea monopolizada por gobiernos y grandes corporaciones"), la manipulación informativa ("La AI puede hacer una propaganda increíblemente eficaz que influye en la dirección de la sociedad. Por ejemplo, en período electoral puede perfeccionar un mensaje viendo la retroalimentación que tiene en Internet y haciendo que ese mensaje mejore ligeramente en milisegundos") y, por supuesto la seguridad (con un ejemplo de Ciencia Ficción ya que advierte de cómo se puede hacer "un enjambre de drones asesinos por muy poco dinero. Simplemente tomando el chip de identificación facial que utilizan los teléfonos móviles y con una pequeña carga explosiva en un dron estándar. Haciendo un barrido del edificio hasta encontrar a la persona buscada y que los drones choquen contra ella y exploten. Podrías hacerlo ahora mismo, no se necesita nueva tecnología").


Y hay una justificación más que, desde luego, no tiene vuelta de hoja: "A propósito, ya tienes algo de esto funcionando de una forma un tanto extraña, tienes una capa digital terciaria actuando a través de tu teléfono, tus ordenadores, tu reloj. Básicamente, estos dispositivos tecnológicos ya forman una capa terciaria sobre tu cognición." Musk nos recuerda así que, de todas formas, ya estamos en parte controlados por la IA. Y tiene razón. Aunque muchas personas no se dan cuenta, lleva ya tiempo entrometiéndose en nuestra vida subrepticiamente: termina las palabras de nuestros correos electrónicos o nos sugiere directamente expresiones de respuesta, inserta anuncios de los temas que más nos interesan en las páginas web que visitamos, sugiere rutas para transitar en coche, etc. La IA hace todo eso y más captando y analizando la información que manejamos con mayor asiduidad, así como nuestros hábitos y costumbres. Y nosotros, que somos por naturaleza acomodaticios, empezamos aceptando alguna que otra sugerencia y terminamos haciendo todo lo que nos dice, porque es más descansado no pensar. Y la cosa irá a peor en los próximos meses, visto que uno de los regalos tecnológicos estrella de las próximas Navidades serán los altavoces "inteligentes" que se están colando como mayordomos virtuales en un creciente número de hogares y cuya capacidad de espionaje está más que demostrada...

Puede que la intención de Musk sea buena en el fondo pero ¿de verdad que no se le ha ocurrido algo mejor que el viejo si-no-puedes-contra-ellos-únete-a-ellos? ¿La forma de salvar a la humanidad es despojándola, aún más, de lo que le hace humana y acercándola, aún más, a la máquina? 

Hace poco vi una película especialmente interesante sobre la IA. Está basada en un libro (como casi todos los guiones curiosos que rueda Hollywood desde hace muchos años), una novela de Ciencia Ficción que se titula Ready Player One (Preparado, jugador uno, un mantram que traerá muchos recuerdos a los nostálgicos de los primeros videojuegos) firmada por Ernest Cline. La película está dirigida por Steven Spielberg, que ha tocado el asunto de la inteligencia artificial en otras ocasiones. La más relevante, en A.I. Inteligencia Artificial, un largometraje basado en Los superjuguetes duran todo el verano de Brian Aldiss. Inicialmente iba a ser rodado por el gran Stanley Kubrick pero por azares del destino cayó en manos de Spielberg y el resultado final fue según la crítica manifiestamente mejorable pero estoy seguro de que debió llamar la atención de Muks, teniendo en cuenta "la humanización de la máquina" que defiende, sobre todo en su parte final. 

Respecto a Ready Player One, transcurre en un futuro cercano y bastante sombrío. Es el año 2045 y la gente sobrevive como puede porque la Tierra está al borde del colapso (como suele decir Mac Namara: "si los Amos tienen una diversión favorita, ésa es promocionar el apocalipsis, en cualquiera de sus formatos"), por lo que la única forma de evadirse es un juego de realidad virtual cínicamente bautizado como Oasis que, como es natural, disfruta de un éxito arrollador entre los abrumados humanos del futuro. No importa ser pobre, no tener futuro, carecer de amigos o de pareja en la realidad pues basta con sumergirse en el mundo de Oasis, regido por una potentísima IA que mantiene en marcha todos los escenarios, para asumir el avatar que más le guste a cada uno y dedicarse a lo que le dé la gana: desde trabajar hasta divertirse, guerrear o viajar, previa recolección de monedas virtuales para costearse el correspondiente equipo. 

El creador de esta realidad alternativa es un tipo llamado James Halliday, un genio informático obsesionado con los años 80' que ha huido toda su vida del mundo real, refugiándose en los escenarios nacidos de su imaginación (de hecho, encaja bien como uno de los arquetipos de "ofendidito" contemporáneo que encontramos hoy día por doquier, aunque con dos diferencias: está entrado en años y disfruta de una cantidad obscena de dinero). Halliday y su antiguo compañero de trabajo, Ogden Morrow, se han hecho ricos con Oasis y la empresa GSS (Gregarious Simulation Systems) con la que lograron implantarlo en todas partes, pero luego se pelearon y se separaron (más tarde sabremos que Morrow se casó con la chica que le gustaba a Halliday, entre otras razones porque éste no tuvo el cuajo suficiente para luchar por ella, encerrado como estaba en su mundo de miedo y autocompasión). Cuando comienza la película, Halliday ha muerto hace cinco años. Poco después de fallecer, se revela públicamente que su videojuego contiene un "huevo de pascua", un mensaje secreto oculto al que sólo puede llegarse jugando. La persona que lo descubra se convertirá en su heredero universal, tanto de la fortuna económica como de la propia GSS. 

El protagonista de la historia es un joven huérfano pobre (otro joven huérfano pobre más que añadir a la legión de jóvenes huérfanos pobres y finalmente triunfadores de las novelas juveniles) llamado Wade Watts que vive con su tía y sus sucesivos ligues en un  desolador suburbio norteamericano. Como la mayoría de sus contemporáneos, vive más tiempo dentro de Oasis que fuera de él, encarnando en una dinámica identidad llamada Parzival. Wade es uno de los muchos jugadores que aspira a encontrar el huevo de Pascua y por tanto se incluye a sí mismo en el grupo de los gunters o egg hunters (cazadores del huevo). Aunque intenta convencernos de que se basta y se sobra, no está solo en su aventura. Sus apoyos son su, al principio, rival y luego novia Art3mis y sus amigos Hache, Daito y Sho. También hay un archivillano, claro, que se llama Nolan Sorrento, responsable de IOI (Innovative Online Industries, que tiene un logo muy curioso), la empresa que da servicio en red a Oasis y que aspira a hacerse con el huevo no sólo por apoderarse del dinero de Halliday sino para imponer un peaje económico de acceso al juego y hacerse aún más rica. El argumento de la película es la competición para conseguir el premio final y la única forma de conseguir pistas para averiguar dónde se encuentra encerrado es hallar previa y sucesivamente tres llaves de cobre, jade y cristal.

En teoría, la novela/película es un homenaje a los años 80' y a la cultura pop con multitud de referencias musicales, cinéfilas y de videojuegos. Un verdadero festival para ese tipo de personas que los yankees calificaron en su día con el calificativo de nerds (equivalente a empollones o personas valiosas por su inteligencia y conocimientos, sobre todo científicos, pero torpes para la relación social y aislados dentro de sus propios miedos). La mayoría de las críticas de la película han ido por ahí y se ha llegado a convertir en un desafío descubrir todas las referencias que aparecen en el largometraje, desde la versión cinematográfica de El resplandor rodada por Kubrick hasta el archiconocido DeLorean convertido en máquina del tiempo de Viaje al futuro o el gigante de hierro de la película (y el libro previo) homónima.

Sin embargo, existe también un curioso nivel de significados simbólicos en esta historia, mucho menos comentados, que dan una profundidad inesperada a esta "película de entretenimiento juvenil". Por ejemplo, el nombre de los protagonistas. Él se llama Parzival, como Perceval o Parsifal, el más inocente de entre los caballeros del rey Arturo que logró hallar el Santo Grial (por cierto que hay una irónica alusión a "la santa granada" de Los caballeros de la mesa cuadrada de Monty Python, donde se parodia la famosa Quête, la Búsqueda). El Grial de la película es, naturalmente, el huevo de Pascua y cualquiera que conozca algo de simbología entiende la importancia de ambas referencias: tanto el huevo como la Pascua. Y ella se llama Art3mis. O, lo que es lo mismo, la diosa griega Artemisa, también conocida como Diana, la Cazadora. Sorrento utiliza, para luchar contra ambos y contra sus amigos (y finalmente contra todos los gunters) a un ejército de empleados que se llaman los sixers (los seises..., un número singular ¿no es cierto?). Dejo a otros intrépidos buscadores el placer de descubrir el resto de alegorías.

Sin embargo, el punto más llamativo de la película, y también el más escondido porque está a la vista pero no se insiste en ello, no es la actividad de los personajes sino el mundo real que describe o, más bien, esboza. Se trata de un planeta ubicado treinta años en el futuro que es muy similar al actual, en el cual la pobreza se ha extendido hasta límites difíciles de concebir para el occidental pero habituales en el tercer mundo. De hecho, la gente normal no vive en pisos de edificios corrientes sino en contenedores metálicos instalados sobre armazones ligeros de torres, en medio de un paisaje de basura y suciedad. Parzival tiene su "cuartel general" en un basurero de coches, donde aprovecha todo tipo de materiales para conectarse a Oasis..., porque incluso en estos nidos de miseria siempre hay una pantalla gigante en el paisaje para animar a conectarse a la red. 

Ése es el mundo, me insiste Mac Namara, al que quieren llevarnos los Amos y en ese sentido esta película es "predictiva". Se trata de crear un futuro en el que la vida del ciudadano valga todavía menos que en la actualidad: una existencia torpe, inútil para la propia persona (que se limitará a trabajar para el sistema y gastar en él todo lo que pueda ganar y más) y en la que no hará falta esclavizarla físicamente, por cuanto estará presa de la peor de sus fantasías: su propia fantasía, de la que no querrá salir.

En Ready Player One, la gente utiliza las gafas de realidad virtual y usa también otros complementos como los guantes para poder actuar en el interior de Oasis. Los más afortunados disponen incluso de un traje completo para sentir desde una caricia sensual hasta una patada mal dada en el bajo vientre. Todo esto existe ya, hoy día, aunque algunos gadgets no han sido comercializados todavía. El personaje de Sorrento cuenta con un espectacular asiento modular dotado de todos los avances..., y guarda su contraseña de acceso a la red en un papelito manuscrito junto a él (sí, todos los guiones tienen sus debilidades y sus puntos absolutamente irreales). Lo más importante en todo caso son las gafas ya que, como nos recuerdan todos los expertos, al menos el 90 % de los estímulos cerebrales los recibimos a través de los ojos, así que quien controle nuestra mirada controlará nuestra atención.

Y ese control se aprecia en una escena muy especial, en la que Parzival y sus amigos engañan a Sorrento haciéndole creer que está en el mundo real cuando lo cierto es que se encuentra aún en Oasis. Vamos hacia ese momento ahora mismo, con los avances en IA, realidad virtual y demás: hacia el momento en el que los videojuegos estén tan bien hechos y atrapen hasta tal punto nuestra atención que no sabremos exactamente si estamos en la realidad o fuera de ella. Y, lo peor de todo, no nos importará.

Aunque, ¿y si estuviéramos en ese punto ya? ¿Y si perteneciéramos a una gran simulación que se parece tanto a la realidad que de hecho creemos vivir en la realidad? ¿Y si fuera tan fácil "predestinar" nuestro futuro porque, al ser un simple montón de archivos, bastaría con que nuestro programador cambiara determinados parámetros a su voluntad?









viernes, 30 de noviembre de 2018

El rey que cazaba leones

He leído un cuento en redes sociales que está ilustrado con imágenes medievales pero cuyo contenido y desarrollo se me antojan mucho más antiguos. Quizás incluso mesopotámicos. Lo transcribo a continuación cambiando algunos detalles (diré león por leopardo y dioses por dios, por ejemplo) y de esta manera creo que encaja mejor en la que debe ser su real antigüedad... Es la historia de un rey al que le gustaba mucho cazar y salía a practicar su diversión favorita con su sirviente preferido. En cierta ocasión, disparó a un león y, dándole por muerto, se acercó hasta donde se encontraba el animal. Pero éste, en sus últimos instantes de vida, se revolvió y le atacó. El sirviente, que se había quedado atrás para dejar que su amo disfrutara del momento, acudió enseguida en su ayuda y remató al animal aunque no pudo evitar que el rey perdiera un dedo debido a la furia del león moribundo. Rápidamente, le atendió para curarle.

Enfadado, el rey gritó y blasfemó entonces contra los dioses afirmando que, si éstos fueran buenos de verdad y le hubieran protegido de la manera adecuada, el león no le habría atacado -olvidando que el animal había sido su víctima- y mucho menos hubiera quedado mutilado en aquel lance. El sirviente trató de tranquilizarle pidiéndole que no insultara a los dioses, porque éstos habían protegido siempre a su linaje y a su reino y hacía mal en querer indisponerse con ellos. Además, aseguró que todo lo que hacían era por un motivo concreto y que nunca se equivocaban en sus decisiones.

El rey se indignó verdaderamente por el hecho de que su sirviente favorito no le diera la razón y le preguntó, con desprecio:

- Entonces, si decido encadenarte y arrojarte a una celda oscura, aún sin que hayas cometido crimen alguno que motive esa orden, ¿estarías de acuerdo en que los dioses darían el visto bueno a esa injusticia y entenderías que eso sería, después de todo, lo mejor para ti?

- Aunque esa orden no obedeciera más que a vuestro capricho, la aceptaría sin más porque, si pasa, es que así está escrito que debe pasar y será lo mejor para mí, de acuerdo con la voluntad de los dioses -contestó el sirviente con sincera modestia.

Preso de la rabia y sin comprender el porqué de la absoluta tranquilidad de aquel hombre, el rey cumplió su amenaza y, en cuanto regresaron a palacio, ordenó encadenarle y encerrarle en una de sus peores mazmorras. Luego, se olvidó de él.

Unos meses más tarde, el rey salió de nuevo a cazar, acompañado esta vez por su nuevo sirviente favorito. No encontraron ninguna pieza digna de ser perseguida y rendida por sus armas. Buscando algún animal que mereciera la pena, se alejaron más de lo prudente hasta que llegaron a salir del reino y se internaron en un territorio inexplorado. Allí fueron sorprendidos de pronto por un numeroso grupo de guerreros desconocidos y hostiles, que les desarmaron y capturaron sin dificultad. Luego les llevaron a su pueblo y allí les encerraron.

- ¿Qué haréis con nosotros? -preguntó el rey intentando mostrarse sereno e invocando su autoridad, allí inexistente.

- Seréis ofrecidos a nuestro dios, porque él reclama sacrificios humanos regularmente y es nuestra obligación y privilegio saciar su hambre -le contestaron los que les habían capturado.

Dicho esto, el sirviente fue llevado hasta un altar y, delante del rey y de todo aquel pueblo desconocido y violento, fue degollado en honor al dios en una ceremonia terrible. La muchedumbre reaccionó con gritos de alegría a los últimos estertores de la víctima, mientras su sangre empapaba el lugar. Desesperado, el rey intentó resistirse cuando le forzaron a caminar hacia el sitio del sacrificio, pero no pudo evitar ser arrastrado por sus captores y colocado en el mismo altar.

Entonces el sacerdote encargado del sacrificio encogió la nariz y negó con la cabeza y, ante la decepción de los presentes, ordenó que el rey fuera liberado y expulsado del pueblo, como si fuera un apestado. Aturdido, apenas acertó a preguntar por qué le habían perdonado la vida y recibió una respuesta seca y cargada de menosprecio:

- Te falta un dedo. No estás completo, no eres una persona digna de ser ofrecida a nuestro dios. Deja de ofenderle con tu vergonzosa presencia y lárgate de aquí o te mataremos igual, pero a palos: como a un perro.

Así que se marchó corriendo y no se detuvo hasta alcanzar su reino y, luego, su palacio. Una vez allí mandó liberar a su antiguo sirviente favorito y que fuera aseado, vestido y perfumado antes de llevarle de nuevo a su presencia. Cuando estuvo ante él, le contó con todo detalle cuanto le había ocurrido en la última cacería y concluyó con un humilde reconocimiento:

- Tenías razón, aunque no quise escucharte: los dioses nunca se equivocan. Hicieron que aquel león me arrancara un dedo porque de esta manera salvaría mi vida.

El sirviente no dijo nada. Se limitó a asentir y sonreír.

- Pero hay algo que no entiendo. ¿Por qué no fueron buenos contigo, también? ¿Por qué no evitaron que yo te encadenara y encerrara, cuando no habías hecho nada malo, excepto salvarme la vida primero y tratar de aconsejarme bien después?

- Oh, sí que fueron buenos. De hecho, muy buenos -explicó el sirviente-. He estado varios meses descansando en la celda, a la sombra y sin trabajar, sin que nadie me molestara. Además, si no hubiera permanecido todo este tiempo en la mazmorra, mi lugar lógico habría estado a tu lado durante la cacería así que el sirviente muerto hubiera sido yo y no el otro que te acompañaba, puesto que yo también conservo mis diez dedos.

Y es exactamente así, como se cuenta en este relato de desconocida antigüedad (ahora que lo pienso, podría ser una de las historias de mi profesor de Misticismo y Paradojas, el mulá Nasrudin), la manera en que funciona la vida. Todos los días nos pasan cosas que no terminamos de comprender en primera instancia (a veces, ni siquiera en la última) y que calificamos de buenas o malas en función del placer y satisfacción o del dolor e incomodidad que nos generan a corto plazo. Sin embargo, estamos incapacitados para determinar la bondad (o maldad) real de esos sucesos. En la mayoría de las ocasiones no llegamos a evaluar correctamente la importancia de lo que pasó hasta mucho tiempo después, una vez que hemos certificado las consecuencias reales que han tenido en nuestras vidas. Y para entonces constatamos con sorpresa que lo que en un tiempo nos pareció un desaire de la fortuna o incluso un drama personal, en verdad terminó convirtiéndose en lo mejor que nos pudo pasar en aquel momento a tenor de las circunstancias dadas. O viceversa.

He aquí el porqué de la necesaria impasibilidad que nos enseña en la Universidad de Dios otro de mis profesores: Epícteto, el de Filosofía. Nos ha repetido una y otra vez que uno debe mantenerse imperturbable, impávido, suceda lo que suceda, sin prestar oídos al fracaso y la tragedia y aún menos al triunfo y el éxito. 

Aunque aparecen a nuestros ojos con ropajes muy diferentes y siempre intentan llamar nuestra atención, todos ellos son fantasmas. 







viernes, 23 de noviembre de 2018

Controlando chinos

Se viene hablando de ello en público desde hace pocos años (aunque los trabajos para refinar la idea existen desde hace mucho más tiempo) pero en los últimos meses se ha confirmado que nos encontramos al comienzo de una de las principales pesadillas de las ucronías más pesimistas de control social: un Gran Hermano real, como el descrito por Orwell en sus textos, que por cierto deberían ser de obligado conocimiento (aunque en España, el nivel intelectual del ciudadano medio es tan lamentable que combinar ambos conceptos, Gran Hermano y obligado conocimiento, da como resultado destacado una enorme legión de millones de zombificados espectadores del programa de televisión cuyo título parodia al gran protagonista de 1984). Como no podía ser de otro modo, el Gran Hermano real se está ensayando ahora, ya, en este mismo momento, en un régimen comunista. Para ser más concretos, en China, en medio del atronador silencio de esas (falsas) democracias occidentales que dicen defender la libertad del individuo y que en realidad están todas ellas arrodilladas ante el poder de Mammón, ese diabólico dios de nombre chocante (y seguramente falsificado: es demasiado parecido al del benévolo y amoroso Amón) que se encarga de ayudar y promover la avaricia y el vicio del dinero.

(Entonaban los Monty Python, hace ya casi cuarenta años, aquello de I like chinese -Me gustan los chinos-, una graciosa cancioncilla en apariencia políticamente correcta en cuya letra destacaban frases como "Yet they're always friendly and they'ready to please" -"Son siempre amistosos y dispuestos a agradar"- pero con alguna que otra advertencia añadida. Por ejemplo: "There's nine hundred million of them in the world today/You'd better learn to like them, that's wat I say" -"Hay novecientos millones de ellos en el mundo hoy día/Lo que digo es que será mejor que aprendas a apreciarlos"-. O, más directamente,"The chinese will survive us all without any doubt" -"Los chinos nos sobrevivirán a todos, sin ninguna duda"-. Como cualquier persona inteligente, los miembros del grupo británico sabían que tú puedes ser una perla rara, una entre cien mil mucho menos valiosas, pero perecerás y desaparecerás irremediablemente sepultada si esas cien mil te caen encima, porque en el mundo de lo material el número es la base de cualquier victoria a largo plazo. Mac Namara me lo ha explicado muchas veces con distintos ejemplos al hacer referencia al bombardeo psicológico sistemático que sufrimos los europeos desde el final de la Segunda Guerra Mundial -demonizando la maternidad, inventando mil y una sexualidades a cual más extravagante, destruyendo el núcleo familiar de todas las maneras imaginables, promocionando hasta la saciedad el aborto incluso cuando no es necesario o invocando la solidaridad y el amor al prójimo para abrir las fronteras de par en par, entre otras tácticas- con el objetivo de reemplazar demográficamente a la población autóctona europea y, si es posible, aniquilarla por completo. Suena brutal, cuando uno no se ha tomado la molestia de estudiar el asunto a fondo, pero es exactamente así.)

Sin embargo, ése es otro tema. Hoy estábamos con lo del Gran Hermano. Esa misma China llena de chinos simpáticos (tal vez no tan simpáticos, según me han contado diversas personas que han tenido oportunidad de vivir entre ellos en su país y ampliar la foto fija que tenemos aquí del sonriente vendedor en las tiendas de todo a cien; supongo que habrá de todo, como en todas partes) es el escenario donde se está aplicando ya, sin que nadie diga ni mu, la transformación definitiva del homo sapiens en homo ganado. Desde el 1 de mayo (¡precisamente el 1 de mayo, una "fecha curiosa", como diría mi gato conspiranoico!), el gobierno del presidente Xi Jinping ha puesto en marcha la implantación del carnet de buen ciudadano, con la idea de que esté plenamente operativo en 2020. Dentro de dos días, como quien dice.


Como a los animales no hay que asustarles para evitar que protesten o se rebelen, es necesario aplicar esta iniciativa pasito a pasito. Por eso, las primeras medidas son sólo castigos menores y para los que han actuado mal se mire como se mire. Así, según la Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma china, las personas que usen billetes de transporte caducados, faciliten falsa información sobre terrorismo o fumen en un tren son penalizadas prohibiéndole su acceso a trenes y aviones durante un año. Parece algo correcto: el que la hace la paga y tampoco es un castigo tan relevante. Ahora bien, es la misma técnica que cuando se introduce un impuesto nuevo. Para evitar el rechazo inicial, se impone de entrada una cantidad a cobrar irrisoria..., y cuando el ciudadano se acostumbra a pagar esa minucia se le puede empezar a subir progresivamente.

Así que primero los chinos se están acostumbrando a las sanciones por actividades decididamente malas y, más tarde, éstas se ampliarán a cualquier tipo de actos que no le gusten al gobierno, hasta crear un sistema de puntuación de "buenos" y "malos" ciudadanos según sus hábitos sociales, el tipo y la frecuencia de productos que consuman, las amistades que tengan, etc. La evaluación ciudadana para considerar "buena" o "mala" a una persona es tan delirante, que entre las penalizaciones figuran las de aquellos ciudadanos "que ofrezcan disculpas poco sinceras". Y cuando el sistema esté funcionando, los puntos que obtenga cada ciudadano le permitirán alquilar una vivienda (o no, aunque disponga de dinero suficiente), matricular a sus hijos en una escuela privada (o no, aunque la tenga al lado de su casa y pueda pagarla), trabajar en determinados empleos (o no, aunque esté capacitado para el puesto al que aspira), obtener un préstamo (o no, aunque sea un ciudadano económicamente intachable) y hasta ser recibir tratamientos de la sanidad pública (o no, aunque no tenga dinero para pagarse una privada). El gobierno chino dice que así se construirá una "cultura de la sinceridad" que promueva "la honestidad, la confianza y la integridad" porque "mantener la confianza social es glorioso""las personas confiables podrán ir a cualquier lugar bajo el cielo, mientras que aquéllas que no lo merezcan no podrán dar un solo paso". Poesía legal.

"Es imposible, no podrán hacerlo, hay demasiados chinos para poder controlarlos a todos", dice un escéptico allí, al fondo de la sala. De hecho, hoy hay más o menos unos 1.300 millones de chinos (han aumentado un poco respecto a la época en la que los Monty Python cantaban su canción). Demasiada gente..., en apariencia. Pero sí, es posible. Y lo es gracias al estricto control de las autoridades chinas sobre Internet y las redes sociales (al cual se pliegan hasta las, en Occidente, todopoderosas compañías del estilo de Google y Facebook, que aceptan las limitaciones impuestas desde el gobierno de Pekín. Y también gracias a los varios cientos de millones de cámaras de vigilancia instaladas ya en su país, muchas de las cuales funcionan con inteligencia artificial. Y por si fuera poco, hay ocho empresas privadas (el ocho es el número de la suerte para los chinos) que han recibido el visto bueno oficial para desarrollar cada una su propio sistema experimental en este sentido y puntuar a ciudadanos clientes. Una de ellas, la más conocida seguramente por aquí, es Alibaba. Chris Tung, uno de sus directivos, reconocía en una entrevista hace unos meses que "no se pueden imaginar la cantidad de datos personales a que tenemos acceso". Literalmente, saben qué tipo de películas ve una persona en concreto, qué música oye, qué estilo de vida tiene. Todo. 

Un ejemplo gráfico de hasta dónde han llegado las cosas a día de hoy es el de la empresa Face++, dedicada al reconocimiento facial, que dispone ya de una tecnología tan refinada que permite, a partir de imágenes tomadas en escenarios públicos como una estación de tren, identificar a 120 personas por segundo. Repito: 120 personas por segundo. Combinando esas imágenes tomadas directamente de la calle con las bases de datos oficiales a las cuales tiene acceso directo, esta compañía puede localizar con relativa facilidad (y avisar a la policía para su detención) a todo tipo de "criminales y personas buscadas", como se jactan sus técnicos. Ojo a la expresión empleada: criminales y..., personas buscadas, que no tienen por qué ser criminales. Sólo buscadas, porque por algún motivo resultan incómodas para las autoridades. Face++ se fundó en 2011 y hoy dice trabajar, además de con el gobierno chino, con cerca de 300.000 empresas y particulares en todo el mundo. En algunas ciudades como Shanghai o Hangzhou, su tecnología ya se utiliza para llamar la atención de ciudadanos que no cumplen la ley -o que simplemente se despistan- y tienen paneles grandes en la calle donde se muestra la cara del peatón que ha cruzado indebidamente saltándose un semáforo o del ciclista que se ha metido por dirección contraria. Su rostro sólo desaparece de ahí si pagan la multa correspondiente.

(Esto del reconocimiento facial para supuestamente facilitar la vida de las personas se ha puesto de moda también en esta parte del mundo por culpa de los teléfonos móviles que utilizan ese sistema para desbloquearse. Particularmente, he de decir que nunca he metido mi rostro en uno de esos teléfonos, ni por supuesto mi huella digital. Las compañías que venden estos terminales han asegurado reiteradamente que no recopilan esa información porque no llega a salir de los propios aparatos, pero los centros comerciales también insisten todos los años por estas fechas en que ya están de camino tres reyes magos de Oriente en camellos para traernos regalos.)

El diario The Global Times publicó que ya en 2010, en la provincia de Jiangsu, se intentó imponer un programa de control social de este tipo que incluía la evaluación de la postura política de los ciudadanos. En el carnet de puntos asociado, una de las razones que restaba crédito a los sancionados era el hecho de que uno pudiera ser calificado de "peticionario". Adquiría ese calificativo si se dedicaba a viajar a Pekín para quejarse ante la administración central del comportamiento de las autoridades locales. Atención: a uno le convertían en "mal" ciudadano con independencia de que su queja tuviera razón o no, sólo por el hecho de osar quejarse. Los habitantes de la región protestaron y el programa se retiró..., de momento. ¿Qué pasará en 2020, cuando se haya implantado el proyecto general? No es difícil de imaginar.

"Ay, cómo son estos chinos..., pero eso pasa en su país. Nosotros no nos dejaríamos", vuelve a comentar el mismo escéptico de antes, con la misma supina ignorancia. 

Y es que seguramente los lectores veteranos de esta bitácora ya estarán enterados pero, para los que no, me gustaría recordar que el pasado miércoles el Senado de España aprobó la nueva Ley de Protección de Datos, supuestamente redactada para proteger a los ciudadanos de nuestro país de los abusos en el sector informático. Sus "señorías" aprobaron la norma con 220 votos a favor y sólo 21 en contra. En el Congreso de los Diputados, todo el mundo había votado a favor. "Protejamos a los españoles de las empresas internacionales y también de las nacionales e incluso de algunos particulares..., todos ellos muy malvados porque quieren recopilar información sobre los ciudadanos sin su consentimiento para aprovecharse y venderles luego todo tipo de productos", era el discurso general de los dirigentes políticos. 

Pero..., resulta que esa ley contiene un artículo, el 58 bis, que permite a "partidos políticos, coaliciones y agrupaciones electorales" recopilar "datos personales relativos a las opiniones políticas de las personas" y que, además, declara que la propaganda electoral a través de Internet "no tendrá la consideración de actividad o comunicación comercial". Es decir, los partidos se reservan la capacidad de poder hacer sin pedir permiso lo que está estrictamente prohibido que haga nadie más en España. Una compañera se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo y redactó y publicó una información al respecto que ha abochornado a todos los partidos parlamentarios españoles. 

Y cuando digo todos, son todos. Porque resulta que todos votaron a favor de concederse a sí mismos el privilegio de espiar y clasificar a los ciudadanos españoles en "buenos" (si tienen intención de votarme) o "malos" (si van a votar a otro). De hecho, esto significa abrir la puerta a la creación de perfiles personales basados en la ideología de cada ciudadano que -no creo que haya nadie tan ingenuo como para pensar lo contrario- se guardarían para seguir utilizándolos después del período electoral contemplado en la redacción de la ley. Lo que no esperaban los líderes políticos españoles es que se publicara esa información denunciando la maniobra, que cayó como una bomba entre los medios de comunicación, y, a la hora de ratificar el voto en la Cámara Alta, cuatro partidos, con una actitud especialmente cínica, decidieron votar al revés de como lo habían hecho en la Baja echándose públicamente las manos a la cabeza ante este atropello a los ciudadanos e incluso planteándose recurrir la ley al Tribunal Constitucional. Así funciona la hipocresía: mientras nadie se entere, se puede actuar de manera indigna con total impunidad, pero si la historia sale a la luz, uno debe ponerse al frente de las protestas del "pueblo". La misma compañera que escribió la noticia, a la que he felicitado por hacer honor al oficio de periodista, me contó que algunos expertos le habían revelado que "este tipo de violación de la intimidad vía Internet es bastante frecuente en realidad, pero ilegal; lo que intentan ahora es hacerlo legal".

Esos expertos también le comentaron que "el partido actualmente en el gobierno, el PSOE, es quizás el que más ilegalidades de este tipo ha cometido hasta ahora en Internet, y por eso ha sido el más interesado en sacar adelante la nueva ley". No sólo en Internet, de hecho. Personalmente, hace ya muchos años que otros compañeros de profesión me revelaron la existencia -e incluso me enseñaron alguno de estos documentos- de los muy detallados informes elaborados regularmente por al menos una de sus fundaciones (y, en honor a la verdad, de las de otros partidos políticos también) sobre los periodistas de mayor influencia en España, clasificándolos de acuerdo con su ideología, sus puntos débiles y otros datos personales y profesionales. 

Lo que ha sucedido en todo caso con la tramitación de la nueva Ley de Protección de Datos es especialmente preocupante si tenemos en cuenta que el pasado mes de septiembre la vicepresidenta del mismo ejecutivo, Carmen Calvo, no tuvo pudor alguno en plantear en una conferencia pública (¡Además, en medio de las XVI Jornadas de Periodismo de la APE, la Asociación de Periodistas Europeos!) la necesidad de imponer la censura en España. Por supuesto, con  "justificaciones adecuadas" como la, a su juicio, alarmante proliferación de noticias falsas, bulos o malas prácticas..., como si todo esos vicios no fueran desde siempre el-pan-nuestro-de-cada-día entre los riesgos de esta profesión. Calvo argumentaba que "la situación es tan inquietante y el riesgo es ya tan grande que necesitamos empezar a tomar decisiones que nos protejan", o sea regular la libertad de expresión y el derecho a la libre información, porque según ella "no lo resiste todo" y hay que proteger los valores que están "muy por encima de nuestras individualidades"

Siguiendo el mismo discurso que tantas veces hemos escuchado en las dictaduras declaradas como tales -especializadas en matar al mensajero- la vicepresidenta tenía el cuajo de asegurar sin que le temblara un músculo que "la sociedad entera se ha divorciado de toda una profesión" (la periodística) porque los ciudadanos "ya no confían en lo que leen u oyen". Como era de esperar, no hizo autocrítica preguntándose si a lo mejor los ciudadanos no confían en lo que leen, entre otras cosas porque los periodistas recogen lo que dicen los políticos y éstos mienten más que hablan (y su gobierno sabe bastante de esto, como cualquier observador objetivo ha podido comprobar en los últimos meses ante la batería de medidas y contramedidas incoherentes que todos conocemos y no hace falta repetir aquí). Su conclusión: "necesitamos información, pero que sea veraz". O, lo que es lo mismo: necesitamos la información que el gobierno decida que es veraz.

Ojo, que no es el único partido que dice estas cosas. Ni mucho menos. Hay que recordar que el que fuera ministro de Justicia del gobierno anterior, Rafael Catalá, del Partido Popular, ya propuso sancionar a los medios de comunicación que publicaran filtraciones. Es el mismo mensaje: que sólo se publique lo que el gobierno quiere que se publique. Y una de las declaraciones más polémicas del entonces recién llegado líder de Podemos, Pablo Iglesias, fue aquélla en la que abogaba por el control público (léase, el poder gubernamental) de los medios. También tenemos ahí ese informe que presentó hace unos meses Reporteros Sin Fonteras denunciando el acoso a periodistas en la Cataluña controlada por JuntsXCat y ERC: desde la persecución del que fuera consejero de Interior de la Generalitat, Joaquim Forn, contra el director de El Periódico, Enric Hernández, hasta los actos de violencia de los seguidores de estos partidos políticos contra Telemadrid, Crónica Global, La Sexta y otros medios. Y así todo.

He sido y soy el primer crítico de la falta de independencia que tan a menudo padecen los medios de comunicación (no sólo los españoles) y también de otros problemas que han ensuciado la labor del Periodismo desde que existe como profesión regulada. Pero también soy el primer defensor de la libertad de expresión (como de todas las libertades) y de la necesidad de una prensa sin las manos atadas, capaz de ejercer de contrapoder ante la tentación totalitaria de todos los partidos, da igual cómo se definan en el espectro político. Todo el mundo debe poder decir lo que quiera. Y, eso sí, responsabilizarse automáticamente y asumir las consecuencias de lo que ha dicho si ha incurrido en una ilegalidad. Particularmente, no me extrañaría figurar ya en más de un listado de "buenos" o "malos" periodistas pero ¿qué le importa eso a un inmortal?






viernes, 16 de noviembre de 2018

La conspiración, para el que la conspira

Una de las películas más sugerentes de Mel Gibson, un cineasta que a día de hoy continúa crucificado por los popes de Hollywood a pesar de sus rituales peticiones de perdón y de sus recientes intentos de volver a primera línea, se titula Conspiracy Theory (La teoría de la conspiración, aunque en España llegó a los cines con el título recortado de Conspiración, sin más): fue rodada por Richard Donner y estrenada en 1997. Relata la historia de un taxista neoyorquino llamado Jerry Fletcher (Gibson) que está verdaderamente obsesionado por las conspiraciones, hasta el punto de rozar la paranoia. Es su tema favorito de conversación con sus clientes (uno de ellos es, precisamente, Donner quien aparece haciendo un cameo) y el contenido de un boletín que distribuye entre un puñado de suscriptores. Pero Jerry tiene otra misión en la vida: la protección, sin que ella lo sepa, de una abogada llamada Alice Sutton (Julia Roberts), que trabaja en el Departamento de Justicia de los Estados Unidos y de la que está enamorado. Ella piensa que el taxista está simplemente desequilibrado pero acaba descubriendo que las tramas secretas de las cuales él le habla, o al menos una de ellas, son muy reales. Y, además, le afectan directamente...

Para el recién llegado al mundo de las conspiraciones la película puede resultar un thriller un tanto bizarro y bastante exagerado, pero un público más veterano en la materia como mi gato Mac Namara o como más de un lector habitual de esta bitácora sabrán reconocer ciertos guiños y detalles del guión (sin ir más lejos, en los primeros cinco minutos del largometraje) y no podrán evitar asentir con una sonrisa en algunas escenas concretas. Las turbias maniobras de la CIA, las armas sísmicas, los efectos de la fluorización del agua, los misteriosos helicópteros negros que aparecen en escenarios complicadosla implantación de microchips en los seres humanos, el programa MK-Ultra, el mítico 'disparador' de El guardián en el centeno, el Nuevo Orden Mundial... Temas todos ellos que hoy resultan muy reconocibles por el connoisseur de lo conspiranoico, pero que a finales de los 90 no eran todavía muy conocidos entre el público español (a pesar de que por esas fechas ya había triunfado en la televisión la popular serie Expediente X). La película cuenta además con alguna sorpresa añadida como el hecho de ver a Patrick Stewart interpretando un papel de "malo": el del doctor Jonas. 

A día de hoy, todavía no tengo muy claro si esta película se rodó para ridiculizar a los conspiranoicos o para defenderlos. O tal vez para ambas cosas al mismo tiempo. Como explican todos los cineastas que han tenido la oportunidad de sobrevivir a la experiencia para contarlo posteriormente en sus memorias o en alguna entrevista en profundidad, Hollywood es un nido de víboras manipuladoras. Y como detallan todos los conspiranoicos de pata negra, su principal misión es la de fabricar el mayor número posible de cuidadas dosis de programación mental que serán posteriormente insertadas en el público bajo una apariencia cultural o de entretenimiento. Esta programación está destinada a forzar a la sociedad a pensar en lo que quienes pagan la "fábrica de sueños" (nuestros viejos conocidos: los Amos) quieren que el público piense, de manera que actúe de manera previsible y así pueda seguir esclavizado sin darse cuenta.

En ocasiones, algunos productores y guionistas de lo que yo llamo "la Resistencia" consiguen introducir unas notas discordantes en la sinfonía general de sueños y firman unas películas sorprendentes que alteran la nana predominante y pueden llegar a despertar a los espectadores de sueño más ligero. Lo hacen porque esa gente de la Resistencia tiene ciertos conocimientos acerca de lo que está sucediendo de verdad y luchan a su manera disfrazados de sirvientes de Hollywood, boicoteando desde dentro mismo de sus entrañas su secreta misión de control social. Hemos comentado algunas de esas películas tan "especiales" en esta bitácora: MatrixEl show de TrumanBraveEnemigo públicoProyecto BrainstormDark CityLa Bella y la BestiaLa misiónCuando el destino nos alcance, Están vivos... Y tantas otras. Lo que las diferencia de lo que los eruditos a la violeta llaman mainstream no es el formato (algunas se presentan como un thriller, otras como inocentes dibujos animados, a menudo son de ciencia ficción...), ni la época en la que se desarrollan (cualquier lugar del pasado o del futuro, un instante del presente, un tiempo alternativo...), ni los protagonistas principales (un chico, una chica, un chico y una chica, un grupo de amigos, un animal...), ni mucho menos el equipo cinematográfico (un director concreto, unos actores particulares, un compositor famoso de bandas sonoras...). No, el meollo de la cuestión está en el guión: en lo que cuenta la película y, a menudo, sobre todo en lo que no cuenta pero sugiere.

Y es que esta gente de la Resistencia comprende que la idea de la conspiración no es ninguna estupidez, como se intenta presentar cada vez más a menudo en los medios "serios" de comunicación, colonizados hoy por nuevos inquisidores que defienden implacablemente la fe en lo cotidiano, como profetas soberbios de todo-aquello-que-no-se-sale-ni-debe-salirse-de-lo-normal, a no ser que forme parte de lo que se conoce como disidencia controlada (por ejemplo, puedes y debes tatuarte cuanto más mejor, envenenando así tu piel a largo plazo, y además puedes mutilarte con piercings..., pero no se te ocurra pensar más allá de las opciones políticas formales). La conspiración, como deduce en poco tiempo cualquiera que haya estudiado la Historia a fondo, da igual en cualquier época, es una de las realidades recurrentes y mejor comprobadas a lo largo de los siglos de los que guardamos memoria. 

Conspiradores (cada uno a su estilo y por sus propias razones) fueron los que asesinaron a Julio César, los que organizaron la Revolución Francesa o los que desataron la Primera Guerra Mundial con el asesinato del archiduque Francisco, por citar sólo tres ejemplos. Y actividades secretas protagonizadas por gobiernos las ha habido a cientos, incluso en tiempos modernos y por ejecutivos supuestamente democráticos y defensores de sus ciudadanos que en realidad utilizaron a éstos como si fueran su propiedad privada. Esto se ha demostrado hasta la saciedad, aunque nunca suele citarse en los artículos de los estudiosos "escépticos" y "racionales" que se ríen de la "ingenuidad" e "ignorancia" de los "creyentes en conspiraciones". En esos artículos se habla reiteradamente de tonterías como la Tierra plana o los extraterrestres de todo tipo y tamaño que nos invaden, rodean y meriendan..., pero brillan por su ausencia hechos demostrados y publicados como los despiadados experimentos del gobierno de Estados Unidos con la sífilis en ciudadanos negros de Tuskegee (Alabama) o los que llevó a cabo el del Reino Unido en el metro de Londres desparramando en secreto la bacteria Bacillus globigii para estudiar posibles efectos de la guerra biológica en la capital británica. De ambas experiencias, y de otras aún peores, hemos hablado aquí.

Por estos motivos, la conspiranoia no deja de ser un comportamiento lógico de personas bien informadas frente a la actitud hipócrita, cínica y canalla (y en nuestros días cada vez más desvergonzada) de los gobernantes habituales (los que se ven y también de los que no se ven) del homo sapiens. Son capaces de mentir, engañar, robar, manipular, estafar, traicionar y cometer en general cualquier tipo de crímenes imaginables, hasta los más abyectos, incluso contra los ciudadanos que pagan sus sueldos como funcionarios del Estado (hasta un presidente del gobierno o de una república, hasta un rey en una democracia parlamentaria, no son en el fondo más que funcionarios, si bien con enorme poder), con tal de permanecer en sus respectivas poltronas y seguir disfrutando de los privilegios que les suponen.

Un ejemplo de los nuevos inquisidores lo tenemos en la serie de artículos publicados por cierta revista en su día muy vendida en papel que hoy lucha como puede (como todas) para mantenerse en pie tratando de adaptarse a los nuevos tiempos de Internet y el "todo gratis". En esos textos, se descalifica sin más a los investigadores de conspiraciones y a aquellas personas interesadas en los resultados de su trabajo por admitir la posible veracidad de "retorcidas teorías sin pruebas" equiparando algunos hechos ciertamente muy sospechosos de ser el resultado de una conspiración verídica con otros que no son más que inventos de gente con mucho tiempo libre. Y es que ya sabemos que mezclar verdades con falsedades es una técnica muy vieja para esconder la realidad pues, al descubrirse la parte falsa del hecho relatado, se descalifica sin más la parte real por considerarla también falsa.

En uno de estos artículos, la susodicha revista define al conspiranoico como compulsivo, autodidacta y capaz de memorizar los detalles más nimios de la teoría a la que se entrega. Afirma que nunca cambia de opinión respecto a sus creencias y que "siempre encuentra pruebas de que su hipótesis tiene visos de realidad" (esta última frase me ha hecho reír un rato..., es evidente que si uno no encontrara "visos de realidad" en una teoría no estaría dispuesto a darle crédito, sea conspiranoica o no). Interesarse por las conspiraciones no sólo puede llevarle a uno a "convertirse en un paranoico", sino que ¡oh, anatema! puede catapultarle, si adquiere poder, a la categoría de "tirano" dispuesto a desencadenar "procesos muy destructivos" como supuestamente le sucedió a Hitler, Stalin, Lenin o Mao Tse Tung. 

Como esta descripción resulta un tanto endeble hasta para el autor del texto, a continuación echa mano de un estudio italiano basado en Facebook: durante dos años los investigadores colgaron más de 4.700 noticias falsas, algunas con un aire científico y otras conspiranoicas puras y duras, para ver cómo reaccionaban los lectores. Según sus conclusiones, el 91 % de los defensores de las teorías de la conspiración eran incapaces de distinguir una broma absurda de una postura excéntrica pero argumentada. Vale, podríamos creernos el estudio italiano, si no fuera porque le pasa exactamente lo mismo a la inmensa mayoría de consumidores de Facebook, con independencia de que sean conspiranoicos o no. Y para demostrarlo, sin ir más lejos, tenemos el famoso caso de la influencia que nos cuentan tuvieron las fake news en los votantes de las últimas elecciones presidenciales en Estados Unidos. Nuestra revista insiste: no, esa investigación de los italianos confirma otros trabajos similares que aseguran que los conspiranoicos carecen de habilidad para el pensamiento crítico, tratan de evitar contacto fuera de su círculo de interés y son incapaces de advertir cuándo se burlan de ellos. Vaya, parece que también es exactamente lo mismo que sucede con otros grupos de personas que nada tienen que ver con las conspiraciones, como los fanáticos de un club de fútbol, de un movimiento religioso o de sectas políticas como los independentistas que han ensuciado con churros amarillos buena parte de Cataluña.

Sí le doy la razón a la revista cuando dice que, de momento, hay pocos estudios sobre la conspiranoia. Bueno, le doy la razón en parte, porque hay pocos estudios publicados. Hace ya unos años, en este mismo blog, dejé por escrito algo que me explicó tiempo atrás cierta persona con conocimiento de causa: existen bastantes más investigaciones de las que podríamos imaginar (y es lógico, desde el punto de vista de los Amos) para tratar de averiguar por qué algunas personas poseen una fuerte capacidad de resistencia a ser "engullidas" por la masa y seguir el camino del rebaño como todos, sin preguntarse "cosas raras". Hay un interés evidente en conocer si estos librepensadores lo son por algún raro motivo biológico o por un condicionamiento diferente o por ambas razones o por qué, en cualquier caso, y si es posible reeducarlos para devolverlos al redil.


El resto del artículo va en el mismo tono, con afirmaciones y argumentos tan flojos como los ya descritos. Por ejemplo: "sus webs y foros se nutren de medias verdades" y las campañas para desacreditarlos consiguen "justo lo contrario: reforzar su creencia en una maquinación". Como si fuera una conducta humana muy diferente de la descrita en otros colectivos, como los citados un par de párrafos más arriba. Por cierto, el texto contiene algunas inexactitudes flagrantes, escritas sin sonrojo alguno. Entre ellas, calificar la hoy demostrada influencia de ciertas sociedades secretas como la francamasonería o el iluminismo en la Revolución Francesa como una simple "historia creada con éxito" pero no real. O referirse al "hoy casi desaparecido mundo de la ufología" cuando no han dejado de registrarse casos de avistamientos no aclarados durante los últimos años y esta misma semana conocíamos uno de los últimos con declaraciones de pilotos de distintas líneas aéreas en Irlanda. Pilotos: gente formada técnicamente, no aldeanos sin conocimientos científicos.

El caso de esta revista no es único, en absoluto. La versión española de cierto diario on line supuestamente prestigioso pero que (al menos en nuestro país) no se puede decir que haya alcanzado el nivel de influencia que esperaban sus impulsores, publicó hace unos pocos años un artículo advirtiendo soterradamente de lo peligrosos que son "los que creen en tramas ocultas". Su descripción insistía en que "tienden a ser personas muy inteligentes" que "sienten que sus capacidades no han sido adecuadamente reconocidas y se enorgullecen al encontrar fallos en los razonamientos de otros". ¿Muy inteligentes? ¿No habíamos quedado en que eran una pandilla de crédulos ignorantes? Este diario decía que los rasgos característicos del conspiranoico son (agarrémonos, que vienen curvas) "ansiedad, falta de control sobre la propia vida, extremismo político, pesimismo, tendencias paranoides subclínicas, sesgos de razonamiento, escasa confianza en la ciencia y las autoridades y un vínculo con otras creencias marginales como las paranormales". Le faltaba añadir que, además, prefieren la tortilla con cebolla y la pizza con trocitos de piña. 

Lo más divertido es que después de soltar esta andanada de descalificaciones que casi parecen describir a un mad doctor de película, el diario hace referencia a un experimento científico publicado en Psychological Science, según el cual "los conspiranoicos no son tan diferentes del resto" de personas de la sociedad (!). Es más,  el propio equipo de investigadores que lo elaboraron sugería analizar el perfil de los llamados escépticos, los que descartan absolutamente la existencia de cualquier tipo de contubernio de importancia, ya que en su opinión esto tampoco tiene sentido: "¿Acaso confían ciegamente en las autoridades y los medios?", se preguntaba.

Otro diario online de más reciente creación publicaba en febrero de este mismo año el enésimo artículo crítico contra la conspiranoia que, al mismo tiempo y de forma completamente contradictoria, ¡incluía "ocho teorías de la conspiración que resultaron ser ciertas"! (aunque sólo en parte, según advierten). Entre otras, reconocía el uso de drogas psicodélicas por parte de la CIA para experimentos de condicionamiento mental. Este diario llega a citar (¡oh, milagro de la divulgación conspiranoica!) nada menos que al proyecto MK-Ultra, que para tantos ciudadanos (muchos periodistas supuestamente informados incluidos) suena a organización secreta enemiga de James Bond. También recuerda la conspiración de las empresas tabaqueras para ocultar a la sociedad el daño a la salud de sus productos, sobre todo en forma de cáncer, disfrazando el consumo de cigarrillos, puros y demás variantes en un signo de elegancia, distinción y buen gusto, con ayuda de la publicidad. Y, en el mismo sentido, la conspiración de las empresas azucareras para ocultar que el consumo excesivo de azúcar provoca importantes trastornos de salud como los cardiovasculares, llegando a "subvencionar" estudios "científicos" para "demostrar" que los problemas de dieta había que achacarlos sólo a las grasas saturadas (por cierto, hablando del azúcar, ahí va una sugerencia: la próxima vez que cualquiera de los lectores se acerque a un supermercado, tómese la molestia de leer las etiquetas de los productos procesados que ofrece a la venta y verá qué sorpresa... ¡Prácticamente todos los productos -yo he llegado a encontrarlos hasta en el pan integral o las bolsas de patatas fritas- llevan azúcar en su composición! ¿Por qué? ¿Y qué relación tiene eso con la auténtica epidemia de diabetes que sufrimos en Occidente?).

Hablar libremente es ya casi una utopía en nuestras democracias contemporáneas. Pensar va por el mismo camino. Pero, en el fondo, ¿no hace eso más interesante la vida?