Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

viernes, 9 de noviembre de 2018

A empujones

Mac Namara tiene la teoría de que, a pesar de toda la pompa y circunstancias con las que suelen adornarse, hace mucho tiempo que los premios Nobel dejaron de ser esa herramienta de mejora de la humanidad para lo cual los fundara Alfred Nobel (acaso nunca llegaron a ser lo que él deseaba) y pasaron a convertirse en un reconocimiento exclusivo para amiguetes y servidores de los Amos. Un gran y enorme terrón de azúcar, acompañado de palmadita en la espalda, para recompensar a los más obedientes. Y la verdad es que, viendo su historial (en especial, el más reciente), estoy de acuerdo con mi gato conspiranoico. Por poner algún ejemplo claro, que un individuo como Barack Obama recibiera el premio de la Paz u otro como Bob Dylan, el de Literatura, por muy famosos, icónicos o cool que puedan resultar entre las gentes del decadente mundo occidental contemporáneo, demuestra que la selección de valores a premiar en los candidatos está, digamos, un poco alterada.

Pero si hay uno de esos galardones que siempre me ha rechinado es el de Economía. En realidad, este premio no lo creó Nobel. Recordemos que el famoso ingeniero sueco fue una de las mentes científicas más creativas de su tiempo y desarrolló un total de 355 inventos, de los cuales el más famoso (y tristemente utilizado) fue la dinamita. No fue el único explosivo que desarrolló su empresa pues, entre otras cosas, creó la balistita, precedente de la cordita (explosivo más conocido del mismo tipo, aunque posterior, así llamado porque durante su fabricación podía ser prensado en largas cuerdas) y otros fulminantes militares. La leyenda cuenta que Alfred quedó muy impresionado cuando, al morir su hermano mayor Ludvig (por cierto, uno de los hombres más ricos de su tiempo gracias al negocio petrolífero en el que introdujo grandes innovaciones: desde los oleoductos hasta los petroleros) en 1888, un diario francés se confundió y se apresuró a publicar un obituario demoledor con el título de 'El mercader de muerte ha fallecido',  creyendo que el difunto era él. El artículo hacía referencia a la "principal" contribución de Alfred al mundo: una manera más eficiente de que los hombres se mataran unos a otros.

Angustiado por el recuerdo que dejaría de su paso por la Tierra, se fijó entonces en la labor humanitaria que había desarrollado Ludvig y que muchas de las personas que lloraron su pérdida destacaron. Su hermano mayor no sólo se había dedicado a hacer mucho dinero sino que se había preocupado de que más gente lo ganara con él (a través de la participación en los beneficios de sus compañías) y de que las condiciones laborales de sus trabajadores fueran mejores (les construyó espacios sociales que incluían desde salas de billar hasta bibliotecas, puso en marcha un hospital y varias escuelas, plantó un parque enorme e incluso creó un banco cooperativo para ellos). ¿Podría Alfred hacer algo parecido? Durante los siguientes siete años se dedicó a darle vueltas a la cabeza y, finalmente, casi trece meses antes de que verdaderamente le llegara el turno de partir hacia el Otro Mundo, firmó el que sería su último testamento, con el cual daría la sorpresa a sus deudos cuando el notario lo abrió oficialmente tras su fallecimiento en diciembre de 1896.

En él encomendaba a sus testamentarios que "la totalidad de lo que queda de mi fortuna" constituyera un fondo "invertido en valores seguros" cuyos intereses serían distribuidos anualmente entre las personas que hubieran hecho el descubrimiento o invento más importante en los campos de la Física, la Química y la Fisiología o Medicina, la persona que hubiera escrito "la obra más sobresaliente de tendencia idealista" (no es el idealismo lo que predomina, por desgracia, entre los premiados) en Literatura y la que hubiera trabajado "más o mejor en favor de la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos existentes y la celebración y promoción de congresos" por la Paz. Así nacieron estos galardones y así comenzaron a ser entregados a partir de 1901, si bien hoy no se reparten los intereses del fondo, sino que existe una cantidad fijada de dinero para cada homenajeado.

Sin embargo, el Nobel de Economía en realidad no es tal. Su verdadero nombre es el de Premio en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel y fue creado por un banco ("a quién le extraña", apunta Mac Namara mientras escribo esto) en 1968 (empezó a ser entregado en 1969). Aunque concebido por el Banco de Suecia, oficialmente lo gestiona la Real Academia de las Ciencias del mismo país. Es decir, no depende de la Fundación Nobel, pero tiene la misma dotación económica que los que otorga esta institución, se anuncia junto a los suyos y se entrega el mismo día, como si fuera una "ampliación" de la voluntad del inventor de la dinamita. Tras asumir la propuesta de los financieros, la Fundación anunció que no permitiría la creación de otros "premios Nobel" adicionales para materias más cercanas al espíritu original de la idea, como las Matemáticas o las Ciencias Históricas. ¿Por qué permitió entonces el de Economía cuya existencia, por cierto, ha sido muy criticada por muchos profesionales del sector e incluso por algunos de los propios premiados como Gunnar Myrdal y Friedrich Hayek? ¡Misterio! ("Como si no lo supieras", insiste mi gato conspiranoico poniendo los ojos en blanco).

El caso es que una de las principales razones por las que esta categoría me resulta chocante es el hecho de que un invento científico, una obra literaria o un esfuerzo concreto por la paz nos puede gustar más o menos, puede parecernos más o menos original o potente o creativo o determinante para el desarrollo humano pero ¿una teoría económica? ¿En serio desde la época de Nobel alguien ha sido capaz de desarrollar una teoría económica de importancia que no existiera ya, siendo las más populares en los últimos siglos el liberalismo, el capitalismo y el comunismo? Estudiando las motivaciones de los jurados en la lista de galardonados del llamado Nobel de Economía encontramos motivos tan ambiguos como poco determinantes para mejorar esta actividad como el que sirvió para el premio del primer año a Ragnar Frisch y Jan Tinbergen ("por el desarrollo y la aplicación de modelos dinámicos en el análisis de los procesos económicos") y a otros homenajeados como Kenneth Arrow ("por sus contribuciones a la teoría del equilibrio económico y del bienestar"), Milton Friedman ("por sus éxitos en el campo del análisis del consumo, la historia y teoría monetaria y su demostración acerca de la complejidad de la estabilización política"), Amartya Sen ("por sus contribuciones al análisis del bienestar económico") o Edmund S. Phelps ("por sus investigaciones sobre la interacción entre los precios, el desempleo y las expectativas de inflación"), por citar algunos.

Es que, con la misma, se podría crear un Nobel de la Cocina con motivaciones parecidas: "por el desarrollo y la aplicación de la cebolla en la cocina de la tortilla de patatas", "por sus contribuciones a la teoría del equilibrio entre aceite y vinagre en la ensalada", "por sus éxitos en el campo del análisis de cuántos huevos hay que consumir a la semana, la historia y teoría de los diferentes tipos de sopas y su demostración acerca de la complejidad de un buen menú", "por sus contribuciones al análisis de la satisfacción producida por un menú sabroso y equilibrado" o "por sus investigaciones sobre la interacción entre la disponibilidad de cerdos, su correcto despiece y las expectativas de comer un buen jamón serrano." Por poner unos ejemplos.

Como dice Mac Namara, sólo debería haber un Nobel de Economía y debería darse una sola vez: a la persona que descubriera la forma de evitar los problemas económicos (cosa que ninguno de los economistas, premiados o no premiados, es capaz de hacer más allá de la palabrería que contengan los resúmenes de sus trabajos, viendo la montaña rusa por la que sube y baja constantemente la economía en todos los niveles y la imposibilidad práctica de predecir su evolución, aunque abunden las explicaciones a posteriori). Claro que eso no sucederá nunca, porque la clave de la economía no está precisamente en ella sino en la finanza, que es algo muy diferente, como saben nuestros lectores más veteranos.

Mantener, pues, el paripé del Nobel de Economía se hace cada vez más difícil y no hay más que ver a quién y por qué se lo han dado este año: Paul Romer, economista jefe y vicepresidente senior del Banco Mundial, por su teoría del crecimiento endógeno, que sostiene que el crecimiento económico no es el resultado de factores externos (como afirma la llamada teoría neoclásica) sino endógenos, o sea, desde dentro de la propia actividad económica. Lo que no parece una gran novedad, teniendo en cuenta además que el modelo neoclásico se supone que tiene "escasa evidencia empírica". La misma teoría afirma que el capital humano, la innovación y el conocimiento contribuyen "de manera significativa" a impulsar ese crecimiento. Esto tampoco parece una idea muy original. Ah, y también destaca las externalidades positivas (¿no habíamos quedado en que había que fijarse en los factores internos?) y los efectos spillover o derrame (teniendo en cuenta que se trata del impacto de un fenómeno o una política de un sector en otros sectores diferentes, insisto: ¿qué pasa con los factores endógenos que supuestamente son los importantes?). Es lo que tiene la jerga económica: evita analizar sus contradicciones por parte de los "profanos" porque desconecta casi automáticamente su comprensión sobre la materia, a no ser que uno no sea un "iniciado" en ella.

De hecho, es tan complicado contar algo nuevo sobre el tema (algo que parezca nuevo, aunque sea lo de siempre) que cada vez más autores investigan, más que un aspecto novedoso de los modelos económicos, la aplicación a la economía de otras ciencias. Es el caso de Richard H. Thaler,  premiado con el Nobel en 2017 "por su contribución a la economía conductual". O, por decirlo con otras palabras: por mezclar la Psicología en todo esto para enseñar cómo se puede aplicar el conductismo a los consumidores y así llevarles a consumir más y mejor. De hecho, ya en 2009 Thaler había publicado junto a Cass R. Sunstein un best seller de la literatura económica, Nudge (en español se publicó como Un pequeño empujón) donde explica esta teoría. Dos detalles que pueden darnos alguna pista acerca de lo que podemos esperar del texto: uno, fue muy ensalzado por el Financial Times (la "biblia" de los financieros), y dos, defiende como bueno el concepto de "paternalismo libertario" para "ayudar" a los consumidores a través de "esfuerzos positivos y sugerencias indirectas" a tomar sus decisiones económicas y "compensar el error humano". Las expectativas ante esta teoría del empujoncito llevó a algunos políticos internacionales a reconocer abiertamente que practicaban semejante tipo de "paternalismo". Es el caso del entonces primer ministro británico David Cameron, que anunció la creación del Equipo de Conocimiento del Comportamiento -un "equipo de empujón"- en 2010 con distintas tareas a su cargo, incluyendo "alentar a las personas a pagar sus impuestos a tiempo". Esto último se consiguió, según David Halpern, director de la unidad, sólo con añadir unas palabras a la carta enviada por la autoridad fiscal a los contribuyentes británicos. La fase decía: "la mayoría de personas pagan sus impuestos a tiempo y usted es de las pocas que está pendiente de hacerlo". Pero la carta se envió a todos los contribuyentes, no a los que se retrasaban. Con esta "sutil presión" basada en el sentimiento de culpa (una de las armas favoritas para controlarnos) aumentó el 15 % en la tasa de pagos.   

La periodista británica Mary Ann Sieghart investigó esta teoría más al detalle para averiguar cómo las influencias indirectas afectan a nuestras decisiones diarias y pueden "dirigir adultos" y "presionarlos para comportarse mejor" y que tomen "las decisiones correctas" sin que "la mayoría de las veces, nos demos cuenta de que está ocurriendo". Como bien me sopla Mac Namara al oído, ¿esto no suena muy parecido a lo que siempre se ha llamado manipulación, sin más? Sieghart propone, entre otros, este tipo de empujones:

* Con la comida: si "vendes" tus productos de manera bonita, los venderás mejor. Y cita una investigación norteamericana en la que a un grupo de estudiantes se les pidió que dijeran qué sopa sabía más buena: la de frijoles o la de frijoles de la Toscana. Resulta que la sopa sabía "un 8 % mejor" cuando era de la Toscana (aunque sospecho que era la misma sopa). Ejemplos de este tipo tenemos muchos en España. Por ejemplo, cuando nos ofrecen elegir entre pimientos y pimientos de Padrón. Si se puede escoger, mejor siempre los de Padrón..., aunque bajo ese nombre, en la etiqueta, nos encontremos con que han sido cultivados no en tierras gallegas sino en Murcia o en Marruecos. Lo que ahora se llama branding tiene que ver con esto.

* Con las colas de los supermercados: coloca mostradores accesibles para pequeñas chucherías y siempre caerá algo en el carro de la compra del consumidor. Caramelos, chicles, chocolates... Mientras uno espera la cola, tiende a consumir de manera compulsiva porque aquí hay también un elemento inconsciente de compensación: mucha gente piensa "comprar es una lata y encima tengo que estar aquí esperando..., ¡me merezco un pequeño premio!"  Si los grandes centros comerciales estuvieran interesados en promover una alimentación verdaderamente sana, sustituirían todo el azúcar extra que se vende en esos mostradores por ejemplo por zumos de fruta naturales o por agua (de la que solemos ingerir menos de la necesaria a diario).

* Con las redes sociales: haz que los demás te vean y sepas lo que estás haciendo y les animarás a hacer lo mismo. Y de esta manera te sumarás a la gran masa de "orientados" y animarás a que los demás también se sumen. Está en la base de los "like" y "me gusta" en este tipo de publicaciones. De hecho, Facebook puso en marcha su actual variedad de iconos para "puntuar" una publicación con objeto de incrementar el número de intervenciones. Ya se nos ha olvidado que hasta hace muy poco sólo se podía señalar el pulgar en alto para decir que a uno le gustaba algo, mientras que ahora hay seis ("subraya que son precisamente seis", me apunta Mac Namara) iconos y además móviles para decir que algo me gusta, me enamora, me hace reír, me sorprende, me hace llorar o me enfada. De esta manera, uno tiende a opinar casi sobre cada cosa que ve. Y, como en otros fenómenos de masificación, cuantos más clicks sume una publicación, más tenderá a acumular en el futuro inmediato.

* Con las altas automáticas: se puede aplicar a distintos campos, aunque Sieghart lo ejemplifica concretamente con el sistema de pensiones, ya que en algunos países como en el propio Reino Unido los ciudadanos son "empujados" a contratar un fondo privado de pensiones mediante un alta automática porque, si se les da a elegir, tienden a quedarse entre las últimas decisiones que toman o incluso no llegan a tomarla. Pero esto se aplica a muchos otros campos y cada vez más: se da una opción "por defecto" y uno tiene que tomarse la molestia de cambiarla si no le gusta. Lo más probable es que no la cambie, porque solemos retrasar las decisiones que implican un esfuerzo extra. Una variante de esto son los larguísimos contratos de condiciones que hay que aceptar para usar programas "gratuitos" en Internet. Seguro que alguien se los leerá, pero no conozco a nadie que lo haga. Simplemente, uno acepta todas las condiciones y empieza a trabajar con el programa, sin más. Esto ha generado algún chiste gráfico de aire macabro en Internet, como el de los satanistas que van a llevarse al miembro de una familia para sacrificarlo, tal y como especificaban las condiciones de uso..., que nadie en la familia leyó.

* Con la compra online: dile al comprador que está a punto de quedarse sin el objeto que está viendo en tu tienda en red porque lo va a comprar otra persona y tienes media venta hecha. Me gusta viajar y por fortuna he podido hacerlo en numerosas ocasiones: no es rara la ocasión que, reservando un billete de tren o avión, me encuentro con la advertencia de la página de que "sólo queda este asiento a ese precio" o directamente "sólo queda un asiento disponible para esta fecha". O, reservando un alojamiento, ese otro aviso de "sólo hoy, a este precio". Luego resulta que me encuentro asientos vacíos en el medio de transporte donde no quedaba ninguno disponible y el mío se suponía que era el último o llego al alojamiento y me encuentro con que la habitación que voy a ocupar está en oferta, más barata de lo que me costó reservarla. Y, cuando has terminado tu compra, no termina la presión. "Otros clientes que compraron lo mismo que tú también adquirieron estos otros productos" es otro "clásico" para intentar retenerte y venderte algo más.

Éstos son los empujones de los que se puede hablar públicamente, pero nuestra sociedad está llena de muchos otros que condicionan nuestras creencias, nuestros sentimientos, nuestra forma de pensar, nuestros deseos, nuestros odios... A la postre, nuestros comportamientos. Con esta manipulación soft se consigue un mejor resultado en el control y la manipulación de la sociedad. Es un poder blando, acorde con el resultado de la denominada Guerra Fría, donde los Amos experimentaron si sería más sencillo controlar a una población manu militari o regalándole los oídos. Al final, dejaron caer al comunismo y se quedaron con el capitalismo porque comprobaron que, ante un escenario de gobierno tiránico esclavizando a su pueblo siempre habrá personas que monten una resistencia organizada y, tarde o temprano, consigan derrumbarlo. Pero, en un escenario en el que el pueblo crea ser libre aunque esté igual de esclavizado (no por la fuerza sino por la manipulación), ¿para qué se va a rebelar? 

Hay dos tareas urgentes. La primera, despertar y abrir los ojos. La segunda, no volver a cerrarlos.





viernes, 2 de noviembre de 2018

Notas literarias

Escribo cuando puedo la continuación de mi Trilogía del dios demente cuya primera parte, Tuerto, fue publicada por Alberto Santos Editor en julio de 2017. La segunda parte se titulará Muerto y creo que es la primera vez que tengo claro el título, no ya de una novela, sino de una serie de tres, antes de escribirlas físicamente. Ya están escritas en mi cabeza y de lo que se trata ahora es de extraerlas de ahí y plasmarlas en sendos bosques de letras. De hecho, la tercera parte, su conclusión definitiva, se llamará EternoEs éste un proyecto que me interesa particularmente por una serie de razones demasiado larga para explicar aquí. Aunque, si lo pienso bien, casi todo lo que he publicado (veintintantos libros ya y no sé cuántos relatos, tanto en papel como en digital) lo he hecho no por pasar el rato o porque me divierta con ello sino porque quería contar cosas concretas. Aún más, porque quería leer cosas concretas, no las encontré por mucho que estuve buscándolas y al final tuve que ponerme a escribirlas para poder leerlas y quedarme a gusto.

Nunca he padecido esa legendaria "enfermedad" que se supone afecta a los escritores: el miedo a la hoja en blanco, a que te falte la inspiración o a que no sepas cómo continuar una historia (de hecho, ninguno de los escritores de verdad que he conocido la han sufrido o me han dicho jamás que la sufrieran). Es más bien al contrario: las ideas nunca faltan y se acumulan, gritan en la cabeza luchando por materializarse, por expresarse en público... Y el problema real es encontrar el tiempo para sentarse y parirlas de manera ordenada porque hago demasiadas cosas a la vez. Siempre he hecho demasiadas cosas, pero la vida es tan fascinante que resulta difícil renunciar a unas por dar prioridad a otras..., por fortuna soy inmortal y lo que no termine de hacer ahora sin duda lo haré más adelante. 

Una pregunta corriente cuando hablas de literatura con personas que nunca han escrito ni tienen intención de hacerlo (aunque siempre he aconsejado a quien me preguntó al respecto que se pusiera manos a la obra porque es una terapia fabulosa..., no importa que nunca te vayas a dedicar profesionalmente a las letras) es "¿pero de dónde sacas todas esas cosas que se te ocurren?" cuando se trata de una obra de ficción. O bien "¿pero de dónde sacas toda esa información que manejas?" cuando se refieren a la variante de ensayo. En este segundo caso, la respuesta es sencilla: hoy día, información hay toda la que uno necesite sobre cualquier tema que desee conocer. El problema radica en poseer el criterio suficiente para seleccionar sólo la que se precisa y en aprender luego a manejarla, ordenarla y, sobre todo, darle significado.

Respecto al primer caso, creo que en alguna otra parte de esta bitácora ya me referí al papel de las musas, así que voy a citar al Viejo Fritz porque en su última obra, Ecce Homo, resumió bastante bien en qué consistía esto de la inspiración. Él se refería sobre todo a la filosófica pero, dado que su filosofía se expresó después de todo a través de sus libros más que en sus clases o conferencias, sus párrafos son exportables a cualquier tipo de literatura. Decía el maestro prusiano que "La palabra revelación, tomada en el sentido de que cualquier cosa se nos revela de pronto (...) es la simple expresión de la realidad exacta. Se oye sin buscar nada, se recibe sin preguntar lo que damos. Semejante a un relámpago, la idea brota absoluta, necesaria, sin dudas ni vacilaciones. Yo nunca he tenido que elegir en esos casos. Es un encantamiento durante el cual nuestra alma, impulsada a una tensión sin medida, siente a veces el alivio de las lágrimas, y nuestros pasos, ajenos a nuestra voluntad, tan pronto se apresuran como se retardan. Es un éxtasis que nos envuelve por entero (...) En todo esto no interviene para nada nuestra libertad voluntaria." 

Así es: la idea llega y se impone. A menudo, me he visto a mí mismo escribiendo como si estuviera viendo una película en la pantalla de la mente cuyos acontecimientos me limitara a transcribir sobre el papel, o en estos últimos años sobre el ordenador, sin intervenir en el desarrollo de la acción de ninguna otra forma. Es una especie de conexión con Otro Mundo, tal vez con ese 96 % del Universo cuya composición desconocemos según reconocen los propios científicos, que se tiene o no se tiene. Es imposible forzarla. Continúa el Viejo Fritz: "Lo más extraño es el carácter de imposición absoluta que adquiere entonces la imagen, la metáfora. Se pierde la noción de lo que son una y otra. Es como si se nos ofreciera la expresión más natural, más precisa, la más sencilla de todas. Realmente, según palabras de Zaratustra, las cosas vienen por sí mismas a nosotros, deseosas de transformarse en símbolos (...) Con el ala de cada símbolo vuelas hacia cada verdad. Para ti se abren por sí mismos todos los tesoros del verbo, todo ser quiere transformarse en verbo, todo porvenir quiere aprender a hablar con tus palabras. Tal es mi opinión experta acerca de la inspiración. Y estoy seguro de que no hará falta retroceder muchos millones de años para encontrar a alguien que tenga derecho a decir: y la mía también". Tampoco hacía falta proyectarse muchos años en su futuro, nuestro pasado, para encontrar esas palabras en escritores posteriores.

No obstante, la idea hay que alimentarla. El grandioso JRR Tolkien lo explicó con claridad meridiana al referirse a El Señor de los Anillos afirmando que historias como aquélla "no nacen de la observación de las hojas de los árboles ni de la botánica o la ciencia del suelo, sino que más bien crecen como semillas en la oscuridad, alimentándose del humus de la mente: todo lo que se ha visto o pensado o leído, y que fue olvidado hace tiempo (...) La materia de mi humus es principal y evidentemente, materia lingüística”. Lo cierto es que su humus se alimentaba también, y especialmente, de mitología y religión. 

Uno de los primeros artículos que escribí hace ya muchos años sobre el género fantástico y que, paradójicamente, no llegó a ver la luz (creo recordar que por el cierre del fanzine que iba a publicarlo), detallaba el origen de buena parte de ese humus en un momento en el que en España no había demasiado conocimiento sobre esta tradición en concreto. Desde los nombres de algunos personajes, extraídos directamente de las sagas nórdicas (como Frodo, uno de los nombres del dios Freyr, o Gandalf, uno de los elfos importantes en algunos cuentos de las Edda), hasta el concepto original de casi todas sus criaturas (desde los huargos de los relatos escandinavos a los trolls centroeuropeos o el dios Orco de los latinos..., en realidad su única aportación en ese sentido fue la creación de los hobbits, que no son otra cosa que una especie de híbrido entre los duendes, los espíritus familiares y los británicos de su época, como él mismo), pasando por todas las tramas y subtramas de su maravillosa trilogía (desde la lucha eterna del Bien y el Mal hasta el poder del anillo, incluyendo el mito de el-rey-que-vendrá, el dragón guardián de tesoros, el viaje de poder o la espada que ha de ser forjada una vez más, entre otros). 

Por eso siempre he dicho que el gran mérito de Tolkien no fue su imaginación, ni siquiera su capacidad para inventarse las lenguas de las distintas razas que pueblan su obra sino su capacidad para reconstruir (y para hacerlo de forma tan hermosa) el corpus de mitos europeos que había sido progresivamente abandonado y estuvo próximo a la aniquilación por culpa del suicida abandono de las pequeñas poblaciones ligadas al entorno natural para emigrar masivamente hacia la ciudad, a partir de la revolución industrial del siglo XIX. De ahí, también, su éxito, entre los pueblos europeos o de origen europeo (con los cuales conectan directamente todos los temas y personajes de los que él habla). En ese sentido, Tolkien como divinidad literaria de pleno derecho no fue un avatar de Brahma, sino más bien de Vishnú.

Y aún así, ¿acaso se le puede reprochar algo? ¡Todo lo contrario! Hace mucho tiempo que nadie ha logrado escribir nada nuevo porque la verdad es que nada nuevo queda por escribir. Todas las historias que se nos puedan ocurrir ya han sido contadas en algún momento del pasado, y no me refiero a la época de Cervantes o Shakespeare sino al pasado muy lejano, por lo que cada vez que leo alguna frase publicitaria del estilo "un nuevo autor, profundamente original" o "una obra que te sorprenderá por sus novedosas ideas" no puedo sino sonreír al pensar en la ingenuidad de los consumidores que puedan comprar libros basándose en semejantes recomendaciones. En ese sentido, el papel del escritor me parece que no es tanto el de inventarse ideas nuevas (tarea cuasi imposible) sino el de reescribirlas y preservarlas así para la sociedad de su tiempo, redescubrirle las maravillas de las que disfrutaron las gentes de otras épocas pero reinterpretándolas con las palabras de la suya. Después de todo, las andanzas de personajes como los ahora rampantes superhéroes de Marvel, tan cinematográficamente de moda, no son muy diferentes de las de la pléyade de antiguos dioses sumerios o griegos.

(Por cierto, y antes de que se me olvide, como era de esperar Tolkien se refería al tema de la inspiración de manera muy similar a Nietzsche. Suyas son también las palabras en las que, hablando de su Silmarillion, aseguraba que las ideas para escribirlo "surgieron en mi mente como cosas dadas y se vinculaban entre sí a medida que iban llegando. Una tarea absorbente, aunque llena de interrupciones, no sólo por las necesidades de la vida, sino porque mi mente volaba hacia otro polo y se entregaba a la lingüística; no obstante, siempre tuve la sensación de registrar algo que ya estaba allí, en alguna parte, jamás la de inventar”.)

Hay, además, en el acto de la creación literaria, un detalle desconocido por el gran público, a propósito de lo que sucede una vez que el autor ve su obra terminada. O, mejor dicho, una vez que se fuerza a sí mismo a darla por terminada para publicarla, porque ningún escritor digno de ese nombre considera jamás finalizados sus textos, que se le aparecen siempre necesitados de corrección: añadir o quitar ciertos párrafos, utilizar otras palabras diferentes que expresen mejor sus impresiones, terminar de redondear una idea que se niega, a pesar de todo, a mostrarse del todo...

Ese detalle es el agotamiento en el que se ve sumido el autor una vez termina de dar a luz a su "hijo", da igual que se trate de una poesía, una obra de teatro o un novelón de 900 páginas. "¿Pero cómo se va a quedar uno agotado después de escribir un libro? Agotado te quedas después de una jornada en la mina o llevando sacos en la obra", argumenta por ahí al fondo algún materialista. 

Bueno, recurro de nuevo al Ecce Homo, donde el Viejo Fritz describe así esa sensación, exportándola más allá de la producción literaria: "algo que yo llamo el odio de lo grande. Todo lo grande, una obra, un hecho, se vuelve inmediatamente contra su autor. Por haberlo llevado a cabo, el autor se tornó débil, no es capaz de soportar su obra, de mirarla cara a cara (...) se siente angustia de todo y ante todo, lo cual es debido al enorme derroche de las fuerzas defensivas que caracteriza el acto creador, la acción hija de lo más íntimo, lo más profundo y personal de cada ser. Se cumple una abolición, una inanición de las pequeñas capacidades defensivas. Por último, se digiere mal y se desea tanto la inmovilidad como se sienten escalofríos, y se desarrolla el instinto de la desconfianza."

Aún a riesgo de someterme a las iras de los políticamente correctos y siguiendo la estela de Nietzsche, creo con sinceridad que mutatis mutandis el hombre que da a luz obras literarias experimenta un proceso parecido al de la mujer que da a luz a sus hijos físicos. Desde la alegría de la concepción hasta los sufrimientos a la hora del parto, así como el agotamiento físico posterior. Tal vez porque el hombre no puede dar a luz físicamente, necesite hacerlo intelectualmente y sea ésa una de las principales razones por las que siempre ha habido más escritores que escritoras. Escribir, hay que insistir una y otra vez para los incautos que consideran éste un camino fácil y rápido hacia la gloria y el dinero, no es un placer: es una necesidad.