Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Periodismos

El Periodismo vive una crisis severísima desde que Internet se instaló en nuestras vidas y encima lo hizo acompañado de un teléfono "inteligente". De pronto, cualquier ciudadano tiene la posibilidad de, mágicamente, convertirse a sí mismo en periodista, publicando lo que quiera no ya en sus blogs y en sus redes sociales sino lanzando sus propios newsletters o boletines e incluso sus -limitados- diarios regulares (hay aplicaciones muy interesantes por ahí), con los contenidos que le interesan y con el sesgo que más le guste a nivel particular. Es decir, sin tener necesariamente en cuenta la realidad de las cosas; más bien al contrario. 

Pese a lo que pudiera esperarse en un primer momento, este "periodismo ciudadano" o, más bien, estos escritos de opinión personal que pretenden pasar por información verídica y que ha sido incluso elogiado de manera extravagante por algunos profesionales ha tenido un espectacular crecimiento en la red. Hasta tal punto, que ha afectado de forma muy seria al consumo de medios de comunicación tradicionales porque se ha instalado un estado de ánimo que se hace preguntas del estilo "¿quién necesita a los medios de comunicación cuando la propia sociedad es capaz de informarse a sí misma?" 

Los que defienden semejante planteamiento podrían hacer la prueba de reconstruirlo sustituyendo a sus protagonistas por los de otras profesiones y se darían cuenta del infantilismo que lleva aparejado. Por ejemplo, "¿quién necesita médicos y hospitales cuando tenemos madres y abuelas en nuestras casas que nos dan las medicinas que necesitamos en un momento dado?" o "¿quién necesita agricultores y ganaderos cuando puedo cultivar lo que me dé la gana en mi huerto urbano e incluso tener alguna que otra gallina en el patio de mi casa?" 

Parece bastante obvio que, salvo que uno viva en un rancho lejos de todo y de todos al estilo del Viejo Oeste, donde no tenga más remedio que ser autosuficiente (un estilo de vida que, por cierto, siempre he envidiado), a lo largo de nuestra existencia vamos a necesitar algún que otro médico y hospital para tratarnos de las dolencias más variadas y de algún que otro agricultor y ganadero, con su red de distribución y comercialización incluida, para tener comida en nuestro plato.

El manejo de la información no es una tarea sencilla, aunque así se lo parezca a tantos aficionados a hablar de lo que no saben (por cierto, uno de los deportes favoritos de los españoles, aunque después de tantos viajes por el mundo empiezo a pensar que, en realidad, es patrimonio cultural de todos los homo sapiens) y su mal uso trae consigo problemas importantes. No hace mucho tuve ocasión de hablar con uno de los principales responsables de la lucha contra 
incendios en la Comunidad Autónoma de Madrid y me explicó las grandes preocupaciones y contratiempos que aportan las redes sociales a la hora de enfrentarse a una de estas catástrofes, precisamente por culpa del "periodismo ciudadano" que, entre otras cosas, aporta falsas alertas e información incompleta y contraproducente, aunque a veces sea fruto de la buena intención. Mas las buenas intenciones suelen empedrar el camino del infierno, como ya sabemos, y al final dificultan una tarea eficaz y sobre todo rápida a la hora de controlar las llamas. Este problema no es únicamente madrileño, ni siquiera español. Al lado reproduzco un mensaje anónimo de WhatsApp que se hizo muy popular en Chile en enero de este año con motivo de los incendios que asolaron este país iberoamericano y que terminaba con una frase que lo dice todo: "Será verdad?"

Es cierto que ser un periodista licenciado no es sinónimo fiable de profesionalidad y objetividad. Sin embargo, la vocación -por un lado- y la formación -por otro lado-, además de la experiencia en medios de comunicación considerados como tales (y una serie de imprescindibles características personales como la curiosidad, la tenacidad, la facilidad de expresión, una mente de verdad abierta a todas las posibilidades...), moldean mínimamente a la persona y le capacitan para desarrollar esta labor. Tampoco se puede negar que la objetividad pura y dura no existe, pero un periodista capacitado al menos desarrollará cierta tendencia hacia ella, cosa que un "periodista ciudadano" despreciará de forma olímpica, en el afán de defender en exclusiva sus ideas. "Yo sé lo que está pasando de verdad y lo voy a contar porque todos éstos no lo hacen" es su frase de cabecera (y mira quién escribe esto: un conspiranoico declarado). 

Hay que tener en cuenta que una de las más importantes razones por las que hoy día proliferan los "periodistas" ciudadanos es la creciente desconfianza popular hacia los grandes medios de comunicación. Es una desconfianza justificada y, cuando uno trabaja el tiempo suficiente en ellos, comprende bien por qué. Creo que he citado en alguna ocasión en esta bitácora a John Swinton, quien fuera redactor jefe nada menos que del The New York Times, el periódico que para muchos sigue siendo una especie de "palabra-de-Dios" (y no entiendo por qué ya que, como todos los medios de comunicación, es capaz de publicar las historias más prestigiosas e interesantes pero también las mayores barbaridades y tergiversaciones; en el caso de España, sus corresponsales y, sobre todo, sus editorialistas han demostrado sus limitaciones en más de una ocasión al hablar de nuestro país). No me importa traer a colación una vez más el famoso discurso de Swinton durante la cena organizada en su honor por sus compañeros con motivo de su jubilación. Es más, voy a publicarlo entero a continuación, aunque no es un secreto para nadie. Se conoce desde 1880, cuando lo pronunció, pero es perfectamente aplicable al año en curso. Sucedió que uno de sus colegas, entusiasmado y corporativista, propuso un brindis por la libertad de prensa. Y él contestó lo siguiente:

"- No existe lo que se llama prensa independiente, a no ser que hablemos de un periódico en alguna pequeña población rural. Vosotros lo sabéis. Yo lo sé. No hay una sola persona entre vosotros que se atreva a expresar por escrito su honrada opinión porque, si lo hicierais, sabéis perfectamente que no sería nunca publicada. A mí me pagan 150 dólares semanales para que no publique mi honrada opinión en el diario en el que he trabajado tantos años. Muchos de vosotros recibís un salario parecido por un trabajo similar. Si alguno de vosotros estuviera lo bastante loco como para escribir su honrada opinión se encontraría en la calle, buscando un empleo. Cualquier empleo, siempre que no fuera de periodista. El trabajo de periodista en Nueva York consiste en destruir la verdad, mentir claramente, pervertir, envilecer, arrojarse a los pies de Mammon (ese diosecillo del Mal del que también hemos hablado alguna vez en este blog), vender a su propia estirpe y a su patria, con tal de asegurarse el pan cotidiano. Vosotros lo sabéis, yo lo sé. Así que, ¿a qué viene esa estupidez de brindar a la salud de la prensa independiente? Somos herramientas y esclavos de hombres extraordinariamente ricos que permanecen entre bastidores. Somos sus marionetas, sus títeres: ellos tiran de los hilos y nosotros bailamos al son que ellos quieren. Nuestros talentos, nuestras posibilidades, nuestras vidas..., son propiedad de otros hombres. Somos prostitutos intelectuales."

Reconozco que para los menos informados resulta bastante duro pensar que las cosas no han cambiado mucho en los últimos 140 años. Sobre todo, para muchos periodistas que no llevan el tiempo suficiente trabajando en esta profesión como para descubrir cómo se mueven las cosas, más allá de cómo parecen moverse. 

En la época de Swinton, la mayoría de sus colegas era perfectamente consciente de lo que él contaba. En la actualidad, no. Hoy no hace falta disponer de tantos vigilantes pendientes de que se hable sólo-de-lo-que-hay-que-hablar como a finales del siglo XIX. No es necesario tener tantos censores en nómina por la sencilla razón de que en su defecto se aplica una autocensura brutal (inculcada a través de una educación permanente dirigida de forma peculiar) de cuya verdadera importancia no son conscientes muchos periodistas que creen actuar con libertad. A ello hay que sumar una suficiencia intelectual generalizada que dispara su egocentrismo haciéndoles creer que son más importantes de lo que realmente son. 

A lo largo de los últimos 35 años he conocido a muchos colegas de profesión que han confundido su rol. Conductores "estrellas" de programas audiovisuales que se expresan como auténticos predicadores (y no sólo de derechas; muy al contrario, proliferan más los de izquierdas), columnistas y tertulianos que siempre hablan con aplastante rotundidad y "de buena tinta" de casi cualquier cosa (aunque si rascas un poco en su conocimiento real, enseguida te percatas de que a menudo sólo están al corriente de aspectos superficiales), especialistas que llevan años cubriendo una materia concreta y se creen por ello más autorizados que las verdaderas autoridades en esa materia, becarios recién llegados a la profesión que se creen más capacitados que los que les llevan años y hasta decenios de delantera... 

Todos ellos han olvidado o, tal vez, se han ocultado a sí mismos, que el papel del periodista no es el de protagonista de la información, sino el de testigo directo de esa información. Un testigo privilegiado respecto al resto de la sociedad que, justamente por eso, soporta una carga importante de responsabilidad en su trabajo a la hora de trasladar al resto de los ciudadanos lo que han tenido ocasión de ver en primera fila. Un testigo que debe guardarse sus propias opiniones para no influir en la información con la que trabaja: debe ser el cauce que conduce el río desde la montaña hasta las poblaciones del valle, pero no el río mismo.

Para aquéllos que se frotan las manos en este momento diciendo "después de todo, me está dando la razón", tengo un mensaje breve pero contundente: que haya muchos periodistas cuyo trabajo final sea dudoso porque ejercen su oficio bajo presiones y manipulaciones no quiere decir que los "periodistas ciudadanos" puedan suplirles porque éstos últimos están sometidos a presiones y manipulaciones similares que les hacen igual de poco fiables o aún menos. 

Tomemos un ejemplo claro: Julian Assange. ¿Quién es Assange? "Un periodista perseguido por EE.UU. por publicar verdades que avergüenzan al gobierno norteamericano y que lucha por la libertad de prensa y la transparencia informativa" es una de las respuestas típicas que me han dado distintas personas al hacerles esta pregunta. Pero no es cierto que sea periodista. A pesar de que Wikipedia, esa especie de Biblia-sagrada-de-las-enciclopedias que es mucho menos fiable que cualquier enciclopedia clásica, le describe como "programador, ciberactivista, periodista y activista de Internet australiano", no existe constancia alguna de que Assange haya trabajado (ni estudiado) jamás como periodista. De este proclamado (no se sabe muy bien por quién) icono de la libertad informativa mundial sólo está claro que se ha dedicado a la programación informática (suele ser un buen refugio oficial para los hackers) y que fundó una web, WikiLeaks, a través de la cual ha publicado documentos secretos de algunos gobiernos e informes anónimos (que pueden ser suyos o no), con denuncias e informaciones diversas. Algunas de ellas parecen ciertas pero otras no, o al menos no han podido ser comprobadas. 

De hecho, para ser un supuesto "amante de la transparencia y la libertad de información" hay muy poca información disponible acerca de él. Aparte de su supuesto origen australiano, nadie parece saber a ciencia cierta dónde nació, ni cuándo, ni a qué se dedicaba su familia, ni qué estudió exactamente (se dice que estuvo en casi 40 escuelas y en media docena de universidades australianas, pero no tiene ningún título oficial de ninguna carrera), ni en cuántos países diferentes ha estado ya que parece ser lo que vulgarmente se conoce como "un culo de mal asiento", ni de qué ingresos ha vivido la mayor parte del tiempo. Por no haber, no hay ni siquiera un informe público sobre las cuentas de WikiLeaks: cuánto dinero maneja, de quién lo recibe y en qué lo gasta. Con un perfil de ese tipo, Assange igual podría ser un agente encubierto de algún servicio secreto. O de alguna organización, también secreta, no al servicio de ningún gobierno. 

Pues bien, este "periodista ciudadano" tan conocido y de historia personal tan significativamente oscura ha sido considerado (incluso a día de hoy lo sigue siendo entre las personas más ingenuas) una especie de gurú mucho más fiable que los periodistas capacitados, cuando a estas alturas está más que demostrado que, como todos los homo sapiens, también tiene un precio. Las investigaciones judiciales en marcha por el gran circo del independentismo catalán han permitido encontrar la factura que acredita parte de los pagos que el "honorable" Puigdemont y sus secuaces dedicaron al lobby encargado de apoyar internacionalmente su proceso de sedición. Un total de 2,3 millones de euros de los presupuestos de todos los ciudadanos catalanes (sólo durante 2017..., podemos echar cuentas de lo que llevan malversado los independentistas desde que Artur Mas decidió dar vía libre a este delirio) se destinaron a comprar la opinión de personajes conocidos para que apoyaran el proceso independentista. Entre esos famosillos figuraban Yoko Ono -esa conocida intelectual y no menos inspirada compositora musical- y..., vaya, vaya, el propio Assange.

Así que ahí tenemos al avispado investigador, el defensor de la transparencia informativa, el descubridor de los grandes secretos que ocultan los gobiernos, el luchador infatigable por la libertad..., que tan capacitado se ha creído para descalificar a España por su "insoportable opresión" a los "pobres catalanes" cobrando un montón de dinero para hablar sin saber de lo que habla. Por ejemplo, mostró su absoluta ignorancia respecto a uno de los medios online más populares en Cataluña y en el resto de España: El Mundo Today. Ésta es una de las webs más divertidas que puede encontrarse hoy en las redes españolas y, en cierto momento, quiso hacer una broma sobre la combatividad proindependentista de Assange con uno de sus tuits humorísticos. El "periodista" australiano saltó como un león confundiendo a El Mundo Today con el diario El Mundo y haciendo incluso su propio chiste malo al decir que era un diario "estúpido today (hoy), mañana, siempre". Incluso cuando otro usuario de Twitter le explicó más tarde que se equivocaba, Assange se refirió a El Mundo como un medio "ferozmente estúpido".

Leer a Assange en todo lo referido al tema catalán es deliciosamente desmitificador ante la sarta de tópicos (Inquisición incluida, of course, como no podía ser menos), mentiras e invenciones que ha utilizado este individuo mano a mano con los independentistas, sobre todo a través de Twitter. Véase el caso de este otro mensaje que se hizo también muy famoso, y en el que un señor que presume de conocer bien a España y a Cataluña es incapaz de referirse correctamente a uno de los personajes más populares de la Historia de ambas: el escudero de don Alonso Quijano, alias don Quijote. O sea, a Sancho Panza, al que calificó como ¡¡Pancho Sánchez!! (lo que por cierto tuvo como víctima indirecta al actual líder socialista Pedro Sánchez que durante los días siguientes a la publicación de este tuit tuvo que soportar numerosas alusiones a su nombre como Pancho en lugar de Pedro). El tuit, por cierto, muestra también el desconocimiento del independentista de turno, que se queja de "la clase de españoles que hemos tenido que enfrentar en los últimos 300 años"..., como si Cataluña no fuera parte de España no desde hace 3 siglos sino desde hace milenios, y así lo atestiguan los documentos de la ocupación romana. E incluso el famoso papiro de Artemidoro, geógrafo griego que vivió entre finales del siglo II a.C. y principios del I a.C., que explicaba que en su época ya se consideraba toda la península ibérica, Portugal incluida, como una unidad.

No quiero terminar este artículo sin apuntar un hecho importante. Dije antes que en 35 años he encontrado muchos periodistas confundidos. Pero quiero dejar constancia de que también he conocido a bastantes colegas que, aunque minoría, son perfectamente conscientes de quiénes son, a qué se dedican y cuáles son sus deberes profesionales. Gente que conoce el panorama y sabe las dificultades que conlleva este oficio cuando uno quiere practicarlo de verdad e informar correctamente a la sociedad. Héroes anónimos que luchan contra la autocensura y (cuando es necesario también) contra la censura pura y dura (que la hay, aunque sea soterrada, pero actúa de forma implacable para ciertos temas, más de lo que cualquier persona ajena al oficio podría imaginar) y que hacen lo posible y lo imposible por desarrollar esta profesión usando un concepto clave cuando hablamos de tratamiento de la información: honestidad. A menudo, estos periodistas de raza, que aún existen, no pueden publicar sus historias en los medios de comunicación donde trabajan, pero lo hacen a través de otros medios, como los libros de investigación o incluso los de ficción.

Un compañero de un diario económico me dijo hace algunos meses que, respecto a la profesión, se declaraba "pesimista a corto plazo y optimista a largo plazo". Estaba convencido de que aunque ahora las perspectivas sean muy malas (el Periodismo es, porcentualmente, el segundo sector más castigado en España por la última crisis económica -o, mejor dicho, financiera- después del de la construcción), con el tiempo la sociedad se hartará del caos informativo en el que vivimos hoy sumergidos y que es rentabilizado por todo tipo de oscuros intereses  (la manipulación informativa de los independentistas catalanes es un caso claro, maquillando imágenes de cargas policiales de los Mozos de Escuadra en años pasados para presentarlas como si hubieran sido hechas hace unos días por la Guardia Civil o la Policía Nacional, por poner un solo ejemplo). En su opinión, será la propia sociedad la que pida de nuevo el regreso de los profesionales. 

Veremos si es así. No estamos atravesando una crisis cualquiera, ni con el Periodismo ni con la civilización en general, sino una crisis mucho más grande, más de lo que parece y con consecuencias impredecibles... O ésa es al menos la opinión de Mac Namara, que últimamente siempre me habla de lo mismo, de que andamos metidos en un auténtico Kali Yuga que no está muy claro cuándo y, especialmente, cómo terminará.

Aunque, después de todo, cada cosa que empieza tiene un final..., y el final de una cosa implica siempre el comienzo de otra nueva.










viernes, 10 de noviembre de 2017

Tres conferencias para iluminarse

Alguna amable lectora de este blog me ha lanzado varias e indisimuladas sugerencias para que le preguntara a Mac Namara por todo lo que está pasando últimamente en Cataluña. Argumentaba, con toda la razón, que no se está contando en público ni la mitad de las cosas que están sucediendo en realidad, más allá del show mediático que llevamos ya aguantando durante demasiadas semanas (o meses). Ella, persona curiosa y con capacidad de reflexión propia, tenía ciertas sospechas de conspiración que quería ver corroboradas, o no, por mi gato conspiranoico. Deseaba por tanto que yo le preguntara y, por supuesto, que luego contara en el blog lo que me hubiera dicho. 

Huelga decir que de hecho llevo mucho tiempo hablando con Mac Namara sobre todo esto y que, sí, me ha contado cosas muy interesantes, incluso abracadabrantes algunas de ellas, sobre la trastienda de lo que está aconteciendo y, en especial, sobre algunos personajes que no aparecen en primera fila pero que son mucho más importantes que los muñecos que vemos todos los días en las pantallas de nuestros dispositivos electrónicos. Por supuesto, no he publicado nada de ello ni pienso hacerlo (para lamento de mi lectora, a la que ya se lo expliqué en privado) por razones obvias, la primera de las cuales es que quiero seguir mucho tiempo disfrutando de un puesto de observación privilegiado y tengo verdadera curiosidad por saber cómo terminará la comedia.

Lo único que diré es que, aunque los actores del espectáculo son (casi) todos españoles, el guión del mismo en absoluto lo es y además estaba escrito desde hace mucho tiempo. Su objetivo final no se detiene en la invención de un país inexistente (si alguien tiene tan poco seso y tragaderas tan grandes como para creerse de verdad que Cataluña es algo diferente del resto de España, las tiene para cualquier trola que le quieran colar sobre cualquier remoto rincón de Europa). Estamos en realidad ante un ensayo sobre el teatro de la piel de toro de un modus operandi que pudiera ser aplicable posteriormente al resto del Viejo Continente, más en peligro de desaparecer que nunca, aunque casi nadie se dé cuenta de esto o acaso no le importe demasiado. 

Está sucediendo ahora un poco como con la última de nuestras guerras civiles, la de 1936/39, en la que ciertas fuerzas internacionales bastante oscuras ensayaron lo que, una vez terminó el conflicto celtibérico, pasó a la Historia con el nombre de Segunda Guerra Mundial. A estas fuerzas, les gusta emplear a los españoles como cobayas en sus siniestros experimentos de ingeniería social porque, entre los pueblos europeos, es uno de los que más temen por su imprevisibilidad y su temeridad, entre otras cosas, y por tanto tienen una doble razón para ir contra ellos. Así que, al igual que sucediera hace 80 años, una multitud de personas camina, hipnotizada, como un rebaño de borregos aturdidos, rumbo al matadero para ser esquiladas antes de ser sacrificadas en los altares de nuestro viejo amigo Moloch.

También diré otra cosa, de las muchas que me ha susurrado Mac Namara, para que nadie me acuse luego de escribir cosas contradictorias. Y es que, aunque he dicho que quiero saber cómo terminará todo, también he afirmado que todo estaba escrito. Si está todo escrito, debería saber ya cómo acabará ¿no? 

Pues no. Ya lo adelanta el cuarto principio hermético, el de la Polaridad: "...los extremos se tocan, todas las verdades son semiverdades, todas las paradojas pueden reconciliarse". El asunto es que el guión se desarrollaba tal y como estaba previsto cuando apareció un factor que sus autores nunca tuvieron en cuenta: los propios españoles. Las manifestaciones masivas, de millones de personas, que se han echado a la calle en toda España (empezando por la propia Cataluña, donde se ha movilizado más gente en contra de la independencia que a favor de ella, a pesar de los esfuerzos de las autoridades locales y autonómicas por disimularlo) para defender su bandera (creo que es la primera vez en esta vida que veo a tanta gente con la rojigualda puesta sin participar ningún equipo deportivo español en ninguna final) y su nación (o sea, en el fondo, a sí mismos) jamás entraron en los cálculos de los guionistas, que no esperaban a estas alturas de la película mayores resistencias de una sociedad adormecida y manipulada ad nauseam durante tantos años.

- Fíjate bien lo que te digo -me ha indicado, con bastante rotundidad, Mac Namara-. Ha sido la reacción popular, la gente en la calle, los españoles mostrando que están dispuestos a defender España, lo único que ha impedido la secesión que, por disparatado que fuera el proyecto, estaba muy cerca de consumarse. Lo único. Piensa en el significado de lo que estoy queriendo decirte...

Y hasta ahí puedo leer.

Por eso estoy verdaderamente intrigado por saber cómo continuará el show. No es posible continuar con el guión original. ¿O sí? Y, en ese caso, ¿qué sucederá si a pesar de los cambios que se puedan incluir en el texto, no hay manera de convencer a "los imprevisibles" y éstos siguen echándose a la calle? Como dice el tópico periodístico: las espadas están en alto, señores...

No obstante, como digo no puedo contar en voz alta mucho más. Todo esto me recuerda una de las historias de mi Profesor de Misticismo y Paradojas en la Universidad de Dios, el gran Nasrudin...

 Un día nos contó que le invitaron a dar una conferencia en Samarkanda para iluminar al pueblo y él fue, en principio, muy contento, porque le encanta viajar y porque un admirador de la ciudad le pagaba el viaje. Pero su sonrisa se borró de la cara cuando descubrió la multitud que le estaba esperando para escucharle. No llevaba nada preparado, como de costumbre, pues prefería dejar que fuera su espíritu el que hablara libre y contara lo que quisiera en aquel momento pero, claro, eso es lo que suele hacer ante auditorios pequeños. Se puso muy nervioso al ver que había allí varios cientos de personas y no sabía si podría estar lo bastante cómodo como para que su espíritu pudiera manifestarse. 

Ciertamente, no lo estaba. Notó que nunca sería capaz de decir algo útil a la gente allí reunida, así que diseñó una de sus estrategias peculiares: pese a sus nervios, asumió la cara más seria y segura de sí mismo que pudo encontrar en su maleta de máscaras personales, se presentó ante la muchedumbre, saludó y abrió sus manos. Y dijo:

- Supongo que si estáis aquí, si habéis venido a escucharme, es porque ya sabréis lo que he venido a contaros.

Muchos espectadores se miraron unos a otros, sorprendidos ante semejante comienzo de discurso y varios le gritaron:

- ¡No! ¡No sabemos nada! ¿Qué puedes contarnos? ¡Háblanos, maestro!

Por cierto que, como a todos los buenos maestros, no hay cosa que le fastidie más a Nasrudin que el hecho de que le llamen maestro. Así que eso le dio fuerzas para cumplir su plan y contestar:

- Si habéis venido a Samarkanda sin saber qué es lo que vengo a contar, es que no estáis preparados para escucharlo -dicho lo cual, se fue con la intención de largarse cuanto antes de la ciudad; prefería quedar como un maestro enigmático que como un maestro tonto.

El público se quedó de piedra. Todo el mundo había ido allí, algunos haciendo un viaje largo, para escucharle..., y eso era todo lo que les contaba. En medio de la confusión, el tipo que había invitado a Nasrudin, comentó en voz alta:

- ¡Qué inteligencia! 

Nadie sabe si lo dijo de verdad o de forma irónica pero, como suele suceder cuando alguien no entiende una cosa y el de al lado afirma con seguridad que aquella cosa es algo valioso de verdad, todo el mundo empezó a repetir que Nasrudin era muy inteligente para no sentirse como unos idiotas. De hecho, uno de los idiotas agregó:

- Es inteligente y al mismo tiempo breve, porque lo bueno, si breve, dos veces bueno. Y es un hombre sabio: ¿cómo se nos ha ocurrido venir a verle sin saber qué veníamos a escuchar? No podemos volver a estropear una ocasión como ésta, no le dejemos ir, pidamos a Nasrudin una nueva oportunidad.

Le encontraron a punto de marcharse y le rogaron que no se fuera, sin ofrecerles esa segunda conferencia para poder terminar de iluminarse. El mulá, que a esas alturas lamentaba mucho haberse acercado a Samarkanda y ya no sabía cómo marcharse de allí, les dijo que estaban equivocados y reconoció que no poseía conocimiento suficiente para dar ni una conferencia. A lo cual, el que había dicho que era muy inteligente, dijo también en voz alta: 

-¡Qué humildad!

Y todos lo repitieron y alabaron la actitud de Nasrudin. La constatación de que en una sola persona se reunían la inteligencia, la sabiduría y la humildad (o eso creía toda aquella gente) llevó a las autoridades de la ciudad a ofrecerle una noche de lujo en un palacio de Samarkanda, con una cena opípara entretenida con bailarinas y luego la compañía de varias huríes para calentar sus sábanas. Nasrudin también era humano, después de todo, así que se dejó convencer.

No obstante, cuando se enfrentó al público de nuevo al día siguiente (después de pasar una noche bastante divertida), su ánimo volvió a flaquear. Entre otras cosas, porque había más gente que durante la primera conferencia. Muchos habían llamado a sus amigos y familiares para que fueran a escuchar las maravillosas palabras de aquel extravagante sabio y toda la explanada estaba a rebosar. Así que decidió repetir su estrategia de la jornada anterior y, esta vez sí, largarse luego enseguida. Así que volvió a decir lo mismo:

- Supongo que si estáis aquí, si habéis venido a escucharme, es porque ya sabréis lo que he venido a contaros.

El público, instruido para no caer en el mismo error de la primera vez, contestó a gritos:

- ¡Claro, por eso estamos aquí! ¡Por eso hemos venido!

Ligeramente sorprendido, Nasrudin se quedó un instante mirando al infinito pero de inmediato se recuperó y dijo:

- Pues si ya sabéis lo que vengo a deciros, no necesito repetirlo -y volvió a dar la espantada.

De nuevo la estupefacción. Y de nuevo la voz de la misma persona:

- ¡Qué lógica!

Todo el mundo empezó a repetir que el mulá era un verdadero maestro de la lógica, lo que le convertía probablemente en el mejor jugador de ajedrez que nunca hubiera existido, aunque él nunca hubiera alardeado de ello. Era una razón de más para demandar una tercera conferencia. Bueno..., eso y la brevedad de sus conferencias. 

Fueron a buscarle y de nuevo le encontraron a punto de partir. Esta vez fue más difícil de convencer: le pidieron, le rogaron, le suplicaron..., finalmente le ofrecieron su peso en oro, además de otra noche en el palacio con todos los lujos y compañía de la noche anterior, con tal de que diera, al menos, una tercera y última conferencia. Él aceptó al fin, no sin antes obligar a las autoridades de Samarkanda a firmar un documento jurando que aparte del pago le dejarían ir en paz cuando terminara esta última intervención.

Y, tras otra noche inolvidable, el mulá se presentó de nuevo ante lo que ya era una inmensa marea humana, una muchedumbre que alcanzaba hasta donde podía ver, atraída por el magnetismo de su presencia. Nasrudin carraspeó y, por tercera vez, dijo:

 - Supongo que si estáis aquí, si habéis venido a escucharme, es porque ya sabréis lo que he venido a contaros.

Un representante de la ciudad se adelantó, para contestar en nombre de la muchedumbre y evitar así una contestación errónea:

- Algunos lo sabemos, pero otros no. ¡Ilumínanos!

Durante un instante, un pavoroso silencio se apoderó del lugar. Y Nasrudin, con una majestuosidad entrenada en las obras teatrales de las grandes ocasiones, levantó sus brazos y sentenció:

- Si es así..., los que saben que le cuenten a los que no saben.

Y se fue.




viernes, 3 de noviembre de 2017

El diario

Con todos los fuegos artificiales, tanto nacionales como internacionales, con los que nos han mareado los medios de comunicación durante los últimos meses, hay varias noticias interesantes que han pasado completamente inadvertidas. Por su propia naturaleza, muchas de ellas habrían sido tratadas con sordina de todas formas, aunque viviéramos unos tiempos más tranquilos, porque la verdad es que cuestionan la sacrosanta visión de las cosas con la que los Amos hacen comulgar a la sociedad día sí, día también. Y no es cuestión de que los durmientes abran los ojos y se desmanden, que ya hay por ahí un número, pequeño pero revoltoso, de gente extraña a la que le gusta pensar por sí misma, a pesar de la enorme cantidad de juguetes que se les pone delante para que se entretengan con naderías y a pesar también de los duros bastones de castigo que a veces se emplean para intentar que no se desvíen del camino que deben seguir.

Una de esas noticias afecta a uno de los más grandes iconos de la cultura popular en relación con la Segunda Guerra Mundial, ese conflicto sobre el cual particularmente cada vez tengo más dudas de que haya concluido de verdad y en cuya estela, en todo caso, seguimos zarandeándonos  por increíble que parezca más de 70 años después de finalizado (al menos oficialmente). El icono en cuestión es el Diario de Ana Frank.

A menudo me pregunto qué pensarían hoy en día todas esas personas que figuran en los libros de Historia si fueran capaces de hacer un viaje en el tiempo y desembarcar en nuestros días para contemplar la visión que tenemos de ellos en su futuro, nuestro presente. ¿Se horrorizaría Nerón ante la imagen popular actual que le presenta como un gordezuelo irresponsable y artífice de que Roma ardiera por los cuatro costados por el simple capricho de tocar una lira? ¿Se reiría el Cid Campeador al verse como un guerrero catolicísimo, austerísimo, fidelísimo y por supuesto invencibilísimo? ¿Comprendería
Napoleón Bonaparte que los ciudadanos corrientes sólo se acordaran de él por la derrota de Waterloo y no por todas las demás batallas que ganó en Austerlitz, en Jena, en Wagram, en Borodino, en Lützen...?

¿Qué pensaría Ana Frank si pudiera viajar a nuestros días y ver que sus sentimientos, sus reflexiones, sus pensamientos más íntimos..., todo aquello que un día consideró exclusivamente suyo, hoy son conocidos, comentados y evaluados por millones de personas, y no exactamente como ella los escribió en su forma original? Es cierto que en su famoso diario expresó su deseo de poder dedicarse algún día a escribir profesionalmente e incluso a publicar sus notas, pero la información que ha trascendido estos últimos meses es bastante chocante en este sentido y no parece responder a sus anhelos.

Brevemente, recordemos que nació en la ciudad alemana de Frankfurt am Main, que fue la segunda hija del matrimonio de judíos alemanes Otto Heinrich Frank y Edith Hollander y que su hermana mayor se llamaba Margot. Lo que todo el mundo sabe es que la familia huyó de la persecución del régimen nacionalsocialista contra los judíos en Alemania y recaló en Amsterdam, Holanda. Que, en junio de 1942, la chiquilla cumplió 13 años y recibió como regalo un cuaderno que decidió utilizar como diario, cuyas entradas comenzaba saludando a su amiga Kitty, diminutivo cariñoso de Kathe Zgyedie, su compañera de estudios en la vida real. Que el III Reich también invadió Holanda y que la familia Frank decidió ocultarse apenas un mes después del cumpleaños de la adolescente en una parte del edificio que albergaba la empresa de Otto Frank, Opekta, junto al canal de Prinsengracht, en unas habitaciones escondidas a las que llamaron "la casa de atrás", con una puerta de acceso disimulada tras una estantería, como en las películas. Que, durante poco más de dos años, hasta primeros de agosto de 1944 convivieron en aquel estrecho espacio ocho personas: los cuatros miembros de la familia Frank, los tres de la familia Van Pels y un dentista llamado Fritz Pfeiffer y durante ese tiempo sólo un reducido puñado de personas supo que estaban allí y les llevaban regularmente comida y noticias de la guerra.

Y, por supuesto, que los alemanes terminaron descubriéndoles y fueron todos detenidos y transportados al campo de concentración (KZ) de Westerbork y, de ahí, al conjunto de campos de Auschwitz-Birkenau. La familia fue separada y sólo el padre consiguió sobrevivir. Ana y Margot, que habían sido trasladadas al campo de Bergen Belsen, murieron como tantos otros prisioneros de los KZ (y como tantos otros soldados y civiles por toda Europa durante la Segunda Guerra Mundial) víctimas del tifus. Esta terrible enfermedad, surgida entre los escombros a que había quedado reducido el Viejo Continente por culpa del conflicto bélico, se las llevó a ambas, pocas semanas antes de que finalizara la guerra en el frente europeo con la rendición alemana en mayo de 1945.

Otto Frank fue el único que volvió con vida de los KZ y, tras regresar a su antigua casa de Amsterdam, decidió crear el mito de su hija al encontrar allí, según su testimonio, el diario que fue regalo de cumpleaños y del que asombrosamente dijo no haber tenido noticia alguna a pesar de los más de dos años que la familia pasó recluida en aquel reducido espacio. Lo publicó por vez primera en Holanda en 1947 y tuvo tanto éxito que fue traducido y editado de inmediato en distintos idiomas en diferentes países. En España, la primera edición (que fue publicada con el título de Las habitaciones de atrás, como se aprecia en la imagen adjunta) data de 1955, el mismo año que se estrenó la versión teatral en Nueva York -que obtendría el premio Pulitzer de teatro- y poco antes de que en 1959 se rodara la primera adaptación cinematográfica. La idea fuerza era enorme: una niña pura e inocente, la encarnación de un ángel, enfrentada al imperio del Mal con mayúsculas, que termina por devorarla. Si en lugar de judía hubiera sido cristiana, habría sido elevada a los altares... El mito adquirió tal proporción que terminó convirtiéndose en un negocio colosal, con ediciones en 70 idiomas -lectura obligatoria en el bachillerato o equivalente de distintos países-, adaptaciones a la radio, la televisión, el teatro, el cine, el cómic... No sabemos cuánto dinero ha generado porque la Fundación no publica informes regulares sobre sus finanzas pero hace pocos años anunció que dedicaba, sólo en donaciones a instituciones benéficas, en torno a un millón y medio de dólares anuales. 

El Tiempo es un maestro a la hora de desmitificarlo todo, seguramente más duro que la misma Muerte. Sólo hace falta dejar pasar el número suficiente de años para desmoronar cualquier imagen, por elaborada y sólida que se nos presente en un momento dado. En el caso que nos ocupa, las dudas sobre la autenticidad del diario comenzaron tan temprano como en 1959, si bien fue a partir de los años 80 cuando surgieron voces de diversos investigadores que plantearon seriamente si aquel gran éxito literario pertenecía íntegra y realmente a Ana Frank o no. Había grandes dudas sobre su autenticidad basándose en multitud de evidencias. La más obvia era la existencia de fragmentos de estilo muy distintos en el texto: algunos eran, evidentemente, obra de una adolescente por el tipo de contenidos y por el lenguaje que utilizaba para expresarlos pero otros rechinaban a los estudiosos porque eran reflexiones políticas mucho más adultas y complejas, incluyendo detalles a los que muy difícilmente podría haber accedido una chica de su edad en aquella época y en aquellas circunstancias. Había otros problemas técnicos: la caligrafía de las cartas que envió Ana Frank en aquella época no tenía nada que ver con la del diario, por ejemplo. O aún más llamativo: el análisis científico que realizó el Departamento Criminal Federal de la República Federal Alemana demostró que parte del manuscrito había sido redactado con bolígrafos de tinta negra, azul y verde..., pero este útil instrumento de escritura no fue comercializado en Europa hasta después de la Segunda Guerra Mundial.

Por no citar otros detalles escabrosos como la denuncia que presentó un conocido escritor y periodista de los años 50' -que por cierto había sido corresponsal en la guerra civil española de 1936/39-, el judeoamericano Meyer Levin, contra Otto Frank ante los tribunales de Nueva York. Ganó el caso, porque éste fue condenado a pagar a Levin una indemnización de 50.000 dólares de la época por "fraude, violación de contrato y uso ilícito de ideas" al no reconocer "su trabajo en el 'Diario de Ana Frank'". El texto resulta ambiguo. Algunos autores dicen que la sentencia se refería a una versión teatral del diario, que no llegaría a estrenarse. Otros se preguntan si Levin no estaba refiriéndose al propio diario...

Otto Frank quiso acallar las críticas llevando a juicio a todo aquél que dijera que el texto no había sido escrito por su hija pero al mismo tiempo reconoció que él había seleccionado los fragmentos publicados, censurando algunos de los escritos por cuestiones sexuales o familiares. Pero la duda siempre quedó latente porque, como publicó el New York Times en 1955, si según el propio padre de la adolescente el cuaderno que empleó su hija era "de pequeño tamaño" y contenía "aproximadamente 150 inscripciones", ¿cómo era posible que las sucesivas reediciones del libro contuvieran hasta 290 páginas? Las suspicacias no desaparecieron ni siquiera a pesar de todas las sentencias judiciales invariablemente a favor de la autenticidad del diario, que condenaron a penas económicas y de prisión a aquéllos que pusieran en duda  que el texto completo era obra exclusiva de Ana Frank. Se basaban, entre otras cosas, en los análisis oficiales que concluían que, pese a todo, el texto era genuino, pero..., la versión oficial cambió radicalmente a finales de 2015. 

El 1 de enero de 2016, los derechos de explotación del libro deberían haber pasado al dominio público según las leyes europeas, al haber transcurrido el tiempo legal desde la muerte de su autora (70 años, desde 1945) para que el texto pudiera ser publicado libremente por todos cuanto lo desearan. Sin embargo, la Fundación Ana Frank, que creó Otto Frank con sede en la ciudad suiza de Basilea para gestionar los recursos económicos generados por la obra y sus adaptaciones, no estaba dispuesta a perder los inmensos ingresos que todos los años genera el diario. Así que en noviembre de 2015 uno de los miembros de su consejo, Yves Kugelmann, advirtió de que los derechos no expirarían "durante muchos años", por la razón de que... ¡Otto Frank "combinó, cortó y cambió" los textos escritos por su hija y "con ellos creó una obra nueva", una "especie de collage", y por tanto había que considerarle "coautor" de la obra! Al elevar a su padre a la misma categoría que su hija y dado que él no murió hasta 1980, la Fundación quería mantener el control sobre los derechos de la obra hasta 2050. Los tribunales civiles holandeses confirmaron poco después que sí, que el manuscrito -y el negocio- seguiría perteneciendo legalmente a la Fundación al menos hasta el 1 de enero de 2037.

¿Qué se les habrá pasado por la cabeza a todos aquéllos que defendieron esta misma idea y que perdieron todos los juicios en los que se vieron envueltos, al ver que la verdad que les había sido negada durante tanto tiempo salía finalmente a la luz? Aún más, puestos a preguntarse, ¿no sería interesante también saber qué textos exactamente "combinó" y "cambió" Otto Frank y por tanto cuál es la validez exacta del contenido final?

El reconocimiento de que el padre no se había limitado a publicar lo que escribió su hija sino que había "creado" en parte la obra no fue objeto de grandes titulares ni ocupó mucho espacio informativo en los grandes medios de comunicación, al contrario que la promoción de la obra que se produce cada vez que se adapta a un nuevo formato, hay algún aniversario importante de publicación o se genera la más mínima polémica al respecto (sólo por citar las de los últimos días, me acuerdo ahora de las críticas en Alemania por bautizar con el nombre de Ana Frank a uno de sus nuevos trenes de alta velocidad, en Italia por utilizar los ultras futbolísticos su imagen para adhesivos o en Estados Unidos por la venta de disfraces para Halloween inspirados en ella).

Sin embargo, el hecho de que por fin se reconozca que el libro no fue únicamente escrito por Ana Frank sino "mejorado" por su padre es sólo la primera de las sorpresas de esta historia que tanta gente cree conocer muy bien. Otra información relevante que tampoco ha tenido mucho hueco en los medios de comunicación se refiere a la última hipótesis acerca de cómo fueron descubiertas las personas escondidas en la "casa de atrás". La versión oficial es que fueron traicionadas por alguien, aunque nadie ha podido demostrar por quién, a pesar de los múltiples trabajos de investigación al respecto. El último de ellos que conozco es el de un agente jubilado del FBI, Vince Pankoke, que, junto a su equipo, emplea técnicas de criminología y ciencia forense moderna para tratar de resolver el caso y así conseguir su minuto particular de gloria mediática. Pankoke y sus ayudantes están analizando millones de páginas de material procedente de archivos digitales de distintos países. Su teoría es que alguien les escuchó desde el exterior y avisó a los policías alemanes. El principal sospechoso siempre fue el jefe de almacén del edificio, Willem van Maaren, pero no existen pruebas para demostrar esta hipótesis.

Pues bien, hay que recordar que existe un segundo depositario oficial del legado de la muchacha judeoalemana: la Anne Frank House o Casa Ana Frank, el museo de Amsterdam levantado precisamente en el edificio original donde sucedieron los hechos en Prinsengratch y que fue salvado por el propio Otto Frank y varios amigos suyos, que presionaron a las autoridades municipales a través de la opinión pública para que no fuera derribado en su momento. En 1960 se convirtió en lo que es hoy: uno de los tres museos más visitados de la capital holandesa pues, según estimaciones de la propia entidad, cada año pasan por allí alrededor de un millón de personas. Las relaciones de la Fundación y el Museo no son cómodas, pues ambas instituciones se disputan  la memoria de Ana Frank. A la larga, el Museo tiene las de ganar puesto que ocupa el escenario de los hechos y, en cuanto a los derechos del libro, caducarán después de todo tarde o temprano.

No sorprende, entonces, que la nueva hipótesis de lo que ocurrió en el verano de 1944 haya surgido de un informe presentado por la Casa Ana Frank, sobre la base de varios años de investigación incluyendo un examen exhaustivo del diario con objeto de lanzar una versión definitiva de la obra que esperaban editar cuando expiraran los derechos a finales de 2015. Este informe se publicó en diciembre de 2016 pero a pesar de resultar muy sugerente -¿o tal vez por ello?- no ha obtenido prácticamente eco. Los historiadores que trabajaron con todos estos datos llegaron a la conclusión de que se había obviado una posibilidad que, visto lo visto, resulta muy plausible: los escondidos en las habitaciones secretas no fueron traicionados. Nadie les delató al Sicherheitsdienst o Servicio de Seguridad Alemán, el SD. Fueron descubiertos accidentalmente.

Ronald Leopold, director ejecutivo de la Casa Ana Frank, explicó que de acuerdo con esta hipótesis los policías que les detuvieron no fueron a detener específicamente a los Frank y sus conocidos sino que estaban investigando a una banda que se dedicaba a ocultar personas para evitar su traslado como trabajadores forzosos a las fábricas alemanas (de hecho, el caso de Margot) y a comerciar en el mercado negro con cartillas de racionamiento ilegales (como sucedía con los propios Frank, según consta también en el diario). Dos hombres relacionados con Otto Frank habían sido detenidos por esa causa a principios de 1944, aunque fueron liberados poco después, según recogen tanto los archivos holandeses como el propio diario. Allí, Ana Frank les llama D. y B., aunque sus nombres reales eran Pieter Daatzelaar y Martin Brouwer. Ambos representaban a la empresa Gies & Co., afiliada a la compañía Opekta de Otto Frank que tenía su sede precisamente en el edificio de Prinsengracht. Leopold se mostró tajante al explicar que la casa escondite "estaba vinculada a actividades punibles bajo la ocupación alemana" y que "es obvio que una compañía en la que la gente trabaja ilegalmente y dos representantes de ventas son detenidos por comerciar con cupones de racionamiento corría el riesgo de llamar la atención de la Policía". Los agentes del SD trabajaban de hecho en un departamento dedicado no a la persecución de judíos sino a casos de delincuencia común que implicaban el robo de dinero, joyas y valores, así como otros delitos económicos como la distribución ilegal de cupones de racionamiento o específicamente de carne. Aún más, estos policías pasaron más de dos horas en la casa, tiempo durante el cual otras dos personas que estaban en ella la abandonaron sin ser molestados. Si los agentes hubieran ido a buscar a los escondidos usando la información del supuesto traidor, no habrían tardado tanto tiempo en proceder a la detención y, desde luego, no hubieran dejado salir a nadie de allí pues podrían acusarle de encubridor...

Para quien quiera ampliar más detalles de toda la historia, existe una interesante biografía titulada The hidden life of Otto Frank (La vida oculta de Otto Frank) escrita por la investigadora británica Carol Ann Lee, también autora de Roses from the Earth (Rosas de la tierra), una reconocida biografía de la propia Ana Frank. El lector inquieto descubrirá ciertos detalles de interés ahí. Por ejemplo, que Otto y su hermano Herbert poseían un banco en Frankfurt cuya gestión parece que no resultó demasiado transparente puesto que la Justicia alemana les acusó de violar la ley regulatoria del comercio de valores con países extranjeros. Y lo hizo en abril de 1932, casi un año antes de que Adolf Hitler fuera nombrado canciller de Alemania por Hindenburg, por lo que seguía plenamente vigente la democracia de la república de Weimar y no podemos hablar de persecución antijudía. Llevados a juicio por fraude, los Frank tuvieron que cerrar definitivamente su banco.

La biografía de Lee cuenta también cómo Otto Frank consideró el matrimonio con su mujer, Edith, como "un mero acuerdo comercial". No estaba enamorada de ella, aunque sí ella de él, y por tanto no tenía muy en cuenta sus opiniones. Tal vez por eso no le hizo caso cuando, al llegar definitivamente Hitler al poder, su mujer insistió en que emigraran a Estados Unidos, previendo lo que estaba por venir. Posteriormente Otto Frank dijo sentirse "culpable" por lo ocurrido a su familia y que "no he hecho lo suficiente" para protegerlos. Tal vez pensaba en momentos como ése en que no la hizo caso. En lugar de ello, se fue de Alemania a Holanda (país que tampoco abandonó cuando fue invadido por el III Reich) con su familia y montó una compañía que vendía pectina, utilizada en la fabricación de mermelada. Uno de sus principales clientes fue... la Wehrmacht, el ejército alemán. Ver para creer. Pero la situación empeoró y, cuando en junio de 1942 Margot, por su edad, fue llamada por las autoridades de ocupación para ser deportada a Alemania con objeto de ser empleada en trabajos forzados, decidió ejecutar el plan que llevaba tiempo diseñando: desaparecer en "la casa de atrás". Por cierto, Margot llevaba su propio diario, hoy perdido. Hubiera sido interesante conservarlo y compararlo con el de Ana. El resto ya lo conocemos. Todos murieron en los KZ menos Otto Frank que, al poco de llegar a Auschwitz se sintió enfermo y fue ingresado en el hospital del KZ. Allí permaneció y fue atendido por los médicos germanos, hasta la evacuación alemana ante la llegada del ejército soviético a finales de enero de 1945...

Parece obvio que todas estas investigaciones escuecen, y mucho, en según qué foros puesto que plantean dudas profundas sobre lo que ocurrió en realidad (recordemos que la única versión que tenemos acerca de ello es la del propio Otto Frank). Sabemos hace tiempo que no hay nada que moleste más a un homo sapiens que el hecho de que alguien le despierte. Que le haga ver que algo en lo que ha creído toda su vida no era en verdad de esa manera. 

  Permanezcan atentos a sus pantallas, pues. Todo indica que el futuro nos reserva algunas sorpresas más respecto al Diario de Ana Frank (y otros personajes de la Segunda Guerra Mundial, más o menos importantes), un libro que hace mucho tiempo dejó lamentablemente de ser un testimonio humano para convertirse en una simple marca comercial.
  

viernes, 27 de octubre de 2017

Narcisos

Hace unas semanas leí una noticia muy reveladora de por dónde andamos a estas alturas de la película. Hablaba sobre una mujer llamada Laura Mesi, residente en la zona de Monza, en el norte de Italia. Esta buena señora había invitado a cerca de un centenar de amigos y familiares para celebrar con ella el día de su boda. Y digo bien: para celebrar con ella. Sólo con ella, porque se casó..., consigo misma. Tenía vestido blanco, tenía velo de tul, tenía brillantes Swarovski, tenía marcha nupcial de Mendelssohn, tenía padrino que era su hermano, tenía anillo de oro, tenía ramo de flores para tirar a sus amigas solteras, tenía banquete nupcial... Hasta tenía una tarta de tres pisos. Pero no un novio con el que casarse. Y no es que éste la dejara plantada en el altar. No lo tenía porque no quería tenerlo, por decisión propia de la mujer.

Obviamente, fue todo una performance. Una simulación (nunca olvido que, para los antiguos -y verdaderos- gnósticos, el poder máximo del Demiurgo es precisamente ése: la simulación, el hacer que las cosas parezcan ser de una manera que en realidad no son; por ello detesto la deshonestidad como concepto) de ésas tan de moda ahora, como la soberana incongruencia de celebrar una primera comunión civil. Eso sí, Mesi se gastó unos 10.000 euros en este teatrillo, que incluía un viaje de bodas a Egipto. Más tarde, explicó que había sufrido mucho con sus relaciones de pareja y que, como había cumplido ya los 40 años sin encontrar su "alma gemela", ni siquiera a un "príncipe azul" (madre mía, cuánto daño puede hacerle a una persona no saber interpretar los códigos secretos escondidos debajo de los 'cuentos para niños'...) que llevarse al catre, había decidido casarse consigo misma y prometido amarse para toda la vida y "acoger a todos los hijos que la Naturaleza quiera donarme". Ignoro a lo que se refería en este último caso: si pensaba tener "donaciones" vía fecundación in vitro, decantarse por las adopciones o incluso intentar la partenogénesis.

Lo único sensato que le leí, aunque no sé si ella misma comprendía bien lo que estaba diciendo, es cuando comentó que "si en el futuro encuentro un hombre con el que proyectar una vida en común, estaré contenta, pero mi felicidad no dependerá de él". Y es que cualquiera con dos dedos de frente y un poco de experiencia en la vida debería saber que nunca, jamás, bajo ningún concepto, ¡en ningún caso!, nadie debería buscar su felicidad en su relación con otra persona. Ser feliz es un estado sumamente escurridizo y sólo existe una forma de abrazarlo de modo, digamos, regular: a través del trabajo interior, en un camino que bien podemos calificar de espiritual y cuya meta no es otra que conocerse a sí mismo, como bien advertían en el viejo Templo de Delfos. Si alguien no es capaz de ser feliz solo, con la única compañía de su propio ser, jamás podrá serlo en compañía de otro, por más que la ilusión de los sentidos pueda darle esa impresión..., en la primera etapa de su relación. 

Lo he visto muchas veces. Recuerdo, todavía muy vívidamente aunque hace de esto más de 30 años, a una pareja de colegas periodistas con los que no había manera de irse de fiesta a ningún lado porque, fuera donde fuera nuestra pandilla de aquella época, ellos siempre terminaban "perdiéndose" para desfogarse sexualmente con unos bríos muy propios de Pan y sus silenos. No les obligábamos a venir: ellos juraban y perjuraban que les interesaban nuestros planes..., pero no lo podían evitar. Rebosaban felicidad, en apariencia. Estaban tan enganchados el uno con la otra que, para relacionarte de una manera más o menos normal con ellos tenías que hacerlo por separado, aprovechando los momentos en los que estaban alejados entre sí. En cuanto se reunían de nuevo, el efecto era el mismo que el de un imán con un pedazo de metal y se olvidaban del resto del mundo. A no mucho tardar, se fueron a vivir juntos, se casaron..., qué felices parecían.

Creo que no duraron juntos ni dos años. Ése fue el tiempo que tardaron en quemar el poderoso magnetismo que intercambiaban durante sus relaciones y la verdadera causa de su mutua atracción, lo que no tenía absolutamente nada que ver con el amor y la consecuente felicidad que creían experimentar. Porque todo se redujo a una gran borrachera de magnetismo aunque, por supuesto, ellos jamás aceptarían esta explicación. En su opinión, simplemente "se acabó el amor entre nosotros" como si el amor de verdad, perdón, el Amor de verdad, pudiera terminarse alguna vez. Como si no fuera la Fuerza más poderosa -y tal vez más incomprendida por el homo sapiens- en el Universo. En el fondo, estaban echando mano de una excusa clásica, que vemos todos los días en las portadas de las revistas del corazón, donde los famosos de diverso pelaje justifican sus cambios de pareja confundiendo constantemente el sexo (y su magnetismo invisible al ojo humano) con el amor. Otra excusa muy manida es la de "es que empezamos a vivir juntos y mi pareja cambió, ya no era como antes", cuando la realidad es más bien que "es que empezamos a vivir juntos, mi pareja no pudo mantener más tiempo la máscara (o no pude hacerlo yo) y le vi como realmente es, no como se me mostraba antes (o me vio como soy yo) (o nos vimos mutuamente)".

Sería interesante saber qué hubiera pasado si los protagonistas de Romeo y Julieta (la famosa tragedia de Shakespeare parece estar inspirada en hechos reales: algunos autores afirman que las familias Montesco y Capuleto no sólo existieron sino que mantuvieron una rivalidad política y comercial real, en el marco del conflicto entre güelfos y gibelinos) hubieran podido casarse o al menos satisfacer sus urgencias sexuales.  Lo más probable es que nunca hubieran pasado a la historia como uno de los paradigmas del más sublime amor, como César y Cleopatra, Orfeo y Eurídice 
o John Lennon y Yoko Ono (aunque una investigación exhaustiva de la "felicidad" cosechada en estos "sublimes" amores suele arrojar resultados decepcionantes). Por cierto que según una recientísma encuesta de un portal digital de bodas, la tontería de la sociedad contemporánea es ya de tal calibre que los ejemplos de pareja no se buscan en el mundo real, histórico o  siquiera mitológico, sino..., en los videojuegos. Mario y Peach, de la saga Super Mario de Nintendo, es el ejemplo más popular.

A pesar de su extravagancia, Laura Mesi no es un caso único de personas casadas, aun sin validez jurídica, consigo mismas. En el Reino Unido, Sophie Tanner hizo lo mismo a los 38 años en Brighton, por ejemplo. Y, de regreso a Italia, se conoce el caso de un hombre, también de 40 años y en este caso natural de la zona de Nápoles, en el sur de Italia, que también actuó igual. Nello Ruggiero, el susodicho, usó varias justificaciones formales para defender su decisión. Desde que lo había hecho por sus ancianos padres, cuyo sueño era verle casado, hasta su interés por evitar la marginación que decía sufrir por seguir soltero a esa edad. En cierto momento se le escapó la verdadera razón: "estoy convencido de que no podré amar a nadie como me amo a mí mismo". Le honraba esa sinceridad, si bien utilizó mal la referencia del objeto de sus amores. Porque Ruggiero, como Tanner, como Mesi y como tantas otras personas que dicen amarse a sí, en realidad lo que aman es a la imagen de sí. Estamos ante casos de manual de narcisismo puro y duro.

Supongo que todos los presentes en la sala conocen la historia de Narciso, pero por si acaso la resumo con rapidez. El gran Ovidio fue quien popularizó esta historia que ya conocían los griegos antes que los romanos y en la que una ninfa llamada Eco se enamoró perdidamente del bellísimo Narciso, hijo de un dios del río y de otra ninfa. Con semejante pedigrí, Narciso se comportaba con extremada suficiencia, mirando por encima del hombro a los demás. En cierta ocasión en la que se encontraba de caza, Eco le siguió por el bosque, henchida de amor y deseosa de dirigirle la palabra pero muy tímida y consciente de la maldición que soportaba y que la impedía hablar primero en un diálogo: sólo podía repetir la última palabra de su interlocutor (de ahí, su nombre). Pronto, Narciso se percató de que le seguían y, volviéndose sobre sí mismo preguntó: "¿Quién está ahí?" Eco, sobresaltada, permanecía escondida entre los árboles, pero contestó: "Ahí". Extrañado y creyendo ser objeto de alguna broma, él intentó emprender una conversación pero cada vez que hacía una pregunta o afirmaba algo, se encontraba con respuestas desconcertantes, que incluían la última palabra que previamente había pronunciado.

Finalmente, Narciso ordenó a la joven ninfa que se mostrara ante él y Eco abandonó su escondite y apareció radiante, abriendo sus brazos y dispuesta a achuchar a su amado..., que la rechazó cruel y vanidosamente. Tan afectada quedó ella por su desprecio, que fue consumiéndose durante el resto de sus días de manera literal, hasta que sólo quedó de ella su voz. Por eso, a día de hoy nadie puede ver a Eco pero todos podemos todavía oírla cuando decimos algo y ella nos contesta en determinadas circunstancias, por ejemplo, ante uno de los barrancos por donde ella sigue paseando melancólicamente. Los dioses se enfadaron con la actuación de Narciso y decidieron castigarle ejecutando la maldición que pesaba sobre él y de la cual el famoso vidente Tiresias había prevenido a su madre cuando todavía era un niños: le dijo que su hijo viviría muchos años siempre y cuando no llegara a conocerse a sí mismo (en este caso, era anti Delfos). 

Así pues, Némesis, la diosa de la justicia (y de la venganza), engañó a Narciso conduciéndole hasta un río. Allí consiguió lo que quería: que se viera reflejado en su superficie. De inmediato se enamoró de su propia imagen de belleza, fuerza y perfección. Narciso no se dio cuenta de que aquél era su propio aspecto y pensó estar ante un ser distinto a sí mismo, con lo que intentó entablar conversación y tirarle los tejos (o "tirarle fichas", como dicen las nuevas generaciones ahora). Sin embargo, el reflejo no era más que eso y no podía corresponderle, ni siquiera contestarle. Lo intentó durante mucho tiempo, sin resultados, hasta que cayó en la desesperación: 
 en la misma desesperación que él había causado en Eco y, probablemente, en otras aspirantes a ser objeto de su amor en episodios previos. Al final, había alcanzado tal grado de desmoralización, que decidió darse muerte. En algunas versiones sobre su final se cuenta que intentó besar a su imagen y se ahogó al caer al río, si bien la más popular es que se suicidó para no alargar su  tormento..., que para su desgracia continuará en el otro mundo, donde según los grecolatinos continúa condenado a mirar eternamente su imagen si alcanzarla. Ah, por cierto, en el sitio donde murió nació una flor nueva que fue bautizada precisamente con el nombre de narciso (aunque siempre he pensado que esta parte de la historia era simplemente una forma de atenuar la amargura de la misma).

Y así seguimos viviendo a día de hoy, cada vez de forma más obvia: en un mundo habitado por multitud de narcisos enamorados de su respectiva imagen (es importante recalcar esto: el narcisista no está enamorado de sí mismo sino de la imagen que da de sí mismo, que es algo muy diferente..., porque siempre será mucho más hermosa, casi perfecta, que la propia realidad). Narcisos que se ofenden por cualquier cosa (véase cualquier red social en cualquier momento), que exigen recibir constantemente (dando muy poco a cambio, dando nada si es posible), que no están dispuestos a sacrificar su tiempo y mucho menos su vida por su familia, ni por su comunidad, ni por su país (aunque de puertas para afuera presuman de participar en un número indeterminado de "buenas causas" o, como se dice ahora, en causas "solidarias"), que esperan que los demás se pongan permanentemente a su servicio o al menos a su disposición (sin hacer ellos lo propio), que siempre tienen la razón (argumentando sin rubor todo tipo de incoherencias y falsedades) y farfullan desde lo alto de su pedestal de superioridad moral (ahhh, ese viejo y conocido usted-no-sabe-con-quién-está-hablando)... 

Mucho de lo que está ocurriendo en Cataluña ahora mismo (más allá de las verdaderas razones de fondo y de los meandros ocultos por donde transitan y actúan personajes muy diferentes a los muñecos que vemos en la televisión que presumen de ser -y no son- los protagonistas de esta cuestión tan de moda en los últimos días) podría explicarse por este narcisismo enfermizo que posee a los homo sapiens con suma facilidad y que se manifiesta de forma tan obvia en aquéllos que se creen distintos que el resto de los españoles y, por tanto, mejores que ellos. Puesto que, es evidente, nadie quiere separarse de un grupo si no se cree mejor que el resto de los integrantes de ese grupo.

La mitología es un arma muy potente para desentrañar este mundo de ilusiones por el que transitamos. En sus enseñanzas, se lee lo que sucederá mañana porque es lo mismo que sucedió en el pasado. Narciso murió víctima de su propia vanidad. No le mató ninguno de sus enemigos sino que se mató él a sí mismo. Hoy, como ayer, es sólo cuestión de tiempo ver como algunos vanidosos terminan igual.