Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

viernes, 24 de junio de 2016

No sabemos nada

La frase que más me gusta de la saga de Canción de Fuego y Hielo (lo que los hipsters televisivos conocen como Juego de Tronos) es "No sabes nada, Jon Nieve". Desde la primera vez que se la oí decir (se la leyendo) a Ygritte y vi la cara de tonto (se la vi leyendo también) que se le quedaba al famoso bastardo de los Stark, me llamó la atención, porque la situación describe muy bien lo que ocurre con el homo sapiens, siempre dispuesto a estropear sus posibilidades de triunfo al dejarse conducir por su soberbia, su narcisismo y su vanidad, ese trío de criminales disfrazados de elegantes consejeros, especialistas en traicionarnos a las primeras de cambio. Como Jon Nieve, cada cual está convencido de que sabe lo suficiente para atacar cualquier empresa, sobre todo las más importantes o peligrosas, con un mínimo conocimiento de la realidad sobre la que tiene que actuar que, además, suele estar alterado por una deteriorada capacidad de percepción. Y, cuando llega el fracaso, lo peor es que ni siquiera aprovechamos sus lecciones como el maestro que es sino que, además del dolor y las quejas, volvemos a desarrollar la misma estrategia si tenemos una nueva oportunidad de intentarlo. Como suele decir mi tutor en la Universidad de Dios: "el 'homo sapiens' actúa como quien va a un supermercado, hace una compra enorme, la paga y luego se va dejando allí las bolsas de comida". Y así, de fracaso en fracaso, hasta la derrota final.

Con todo lo que creemos saber, no sabemos nada de nada, como me recordaba el otro día un querido colega de mi clase en esta Universidad tan especial. Lo que parece una cosa, a la larga es otra y lo que nos enseñaron ayer como verdades inmutables, mañana serán tremendas falsedades. A pesar de que es fácil advertirlo en miles de ejemplos históricos de la antigüedad, en los que queda muy claro que el fanatismo religioso, político, económico o científico arruinó la vida de tantos de nuestros antepasados, hoy el personal no se comporta de una manera muy diferente y nos topamos en cada esquina con un puñado tras otro de fanáticos cortados por el mismo patrón que los que había en Nínive, Bizancio o San Petersburgo. O en tantos otros lugares y tiempos. La humildad y el escepticismo deberían orientarnos más a menudo pero estas virtudes han sido anatematizadas y expulsadas de nuestro entorno por los líderes de las creencias en boga, sean cuales sean. Me divierto mucho cada vez que algún sesudo intelectual o algún periodista canino de temas sobre los que escribir reflexiona en sus textos públicos sobre la existencia o no de sabios verdaderos en el mundo de hoy y llega a la "conclusión irrefutable" de que no porque, si existieran, qué duda cabe de que se manifestarían ante nosotros para "ayudar y enseñar a la humanidad a acelerar su evolución".

Si yo fuera un sabio de verdad lo único que sé seguro es que me cuidaría muy mucho de mostrarme ante las turbas hipnotizadas que oscilan entre el letargo y el enloquecimiento y que muy alegremente se autodenominan seres humanos (cuando está claro que no lo son, si uno se para a analizar los interminables casos de violencia, corrupción, guerra y demás divertimentos que nos ofrece este gran parque de atracciones) con el objetivo básico de preservar la vida. Y si quisiera de verdad ayudar a la humanidad, ya me preocuparía muy mucho de hacerlo sin llamar la atención. El método de enseñanza empleado por mi viejo maestro Sócrates, la mayéutica, se revela desde este punto de vista como una fórmula tan inteligente como eficaz.

Un ejemplo de lo poco que sabemos es nuestro propio hogar terrestre. Nos han insistido mil y una veces en que vivimos en una especie de páramo cósmico, donde la Tierra es un "milagro", el "único lugar habitado" del Sistema Solar y hasta puede que del Universo, en una especie de geocentrismo moderno en el que el Sol sigue representándose como una chincheta clavada sobre el tapiz estelar mientras los planetas forman círculos a su alrededor a distancias más o menos regulares. Todo ello ilustrado con frases del estilo "No sé qué me da más miedo: que estemos solos en el Universo o que no lo estemos". Pero resulta que la verdadera imagen de nuestro Sistema Solar, según nos ha mostrado la Ciencia, es la de una estrella lanzada a toda velocidad saltando una y otra vez sobre uno de los brazos de la galaxia como si fuera un delfín espacial y con los planetas describiendo espirales a su alrededor, no círculos, al girar y al mismo tiempo acompañarle en su carrera a través del universo. El conjunto (hay algunos videos animados en Internet donde se aprecia muy bien) recuerda al aspecto 
helicoidal de la cadena del ADN... Y, por cierto, teniendo en cuenta las llamadas "condiciones de habitabilidad" para considerar la existencia de vida tal y como ya la conocemos (es decir, sin incluir en la cifra otro tipo de seres que de momento no podemos entender y que podrían existir en formas que para nosotros son impensables) se ha calculado que sólo en nuestra galaxia hay miles de millones de planetas habitables (y la Vía Láctea es sólo una de las cientos de miles de millones de galaxias que existen). En otras palabras, sólo el trío de criminales citado en el primer párrafo puede justificar que alguien, a estas alturas llegue a pensar que de verdad podemos estar "solos" en el espacio.

Pero es que además ni siquiera sabemos qué hay a nuestro alrededor. Tenemos ya unos cuantos millones de fotografías y otros tantos millones de datos facilitados por las sondas, tripuladas o no, que hemos mandado "a las estrellas" (qué pretencioso suena eso cuando uno se para a pensar que Alfa Centauri, el sistema estelar más próximo a nosotros, se halla a más de 4 años luz, o sea más de 41 billones de kilómetros, y lo más lejos que hemos llegado ha sido con la Pioneer X a sólo 12.000 millones de kilómetros) y sólo con esto ya hay quien concluye que conocemos lo que hay dentro de la habitación..., pero seguimos tropezándonos con los muebles a las primeras de cambio.

Ha sucedido por ejemplo hace unos días, cuando la NASA confirmaba (por cierto, aprovechando que por primera vez en 68 años ha coincidido la luna llena con el solsticio de verano) lo descubierto a finales del pasado mes de abril por el telescopio Pan-STARRS 1 de Hawai: que la Tierra tiene una segunda luna, aunque tan pequeña que seamos incapaces de verla a simple vista porque es diminuta y está lejos.  Se trata de 2016 HO3 (los científicos norteamericanos, siempre tan románticos a la hora
de poner nombres a las cosas...) y mide menos de 40 por 100 metros. Su órbita es irregular, vagando a entre 38 y 100 veces la distancia de la Luna (la pongo en mayúscula para diferenciarla de la recién descubierta) pero al parecer lleva al menos un siglo girando alrededor de nosotros sin que nadie se haya percatado hasta ahora. Ni siquiera los poetas o los hombres lobo... Lo cierto es que desde finales del siglo XIX, varios científicos y otros que no lo eran tanto han asegurado sin éxito haber descubierto una segunda luna o al menos han sugerido su existencia: desde el francés Frederic Petit, en su día director del Observatorio de Toulouse, hasta el doctor Georg Waltemath de Hamburgo (Alemania), pasando por el astrólogo británico Walter Gornold. Incluso apareció a finales de los años 90 del siglo XX un firme candidato: Cruithne (fue descubierto por el australiano Duncan Waldron que, fiel a sus orígenes gaélicos, bautizó este cuerpo cósmico de apenas 5 kilómetros de diámetro con el nombre de un famoso líder de los pictos). Sin embargo, resulta que Cruithne no orbita alrededor de la Tierra, sino del Sol, más o menos a la misma altura que nuestro planeta, así que no es un satélite terrestre. En cambio, 2016HO3 sí que lo hace y por eso, aunque pequeñita, es una segunda luna en toda regla.

Volviendo a lo del páramo estelar, hemos escuchado una y otra vez que no existen planetas habitados dentro de nuestro Sistema Solar. Pero también que allí donde hay agua hay muchas probabilidades (casi todas) de que haya vida. Y he aquí que ya conocemos varios mundos en nuestro sistema que tienen agua, así que ¿de qué estamos hablando? El último en ser confirmado en este sentido ha sido Plutón. La sonda New Horizons encontró ya el año pasado evidencias de que podría haber tenido un océano líquido debajo de su corteza helada hace mucho tiempo pero una investigación  liderada por Noah Hammond y hecha pública hace unos días por la Universidad de Brown plantea la posibilidad muy real de que ese océano o parte de él sigue existiendo a día de hoy, y no necesariamente congelado. Y si eso es posible en un mundo tan alejado del Sol, "lo mismo puede suceder en otros objetos del cinturón de Kuiper". Más cerca de nosotros, Titán, la mayor luna de Saturno (que además
tiene una atmósfera seria) no sólo posee lagos de hidrocarburos en sus polos, donde los científicos creen que puede haber al menos vida microbiana, sino líquido en su interior. Otro de los satélites de este planeta, Encélado, atesora un océano tan gigantesco y vibrante bajo su corteza helada que incluso es capaz de provocar colosales erupciones de géiseres captados fotográficamente, como el de esta imagen. Y Europa, una luna de Júpiter, también tiene agua tanto en una capa externa en forma de hielo como líquida por debajo. Hemos conocido la existencia de agua en el mismo Marte, donde parece que puede haberla incluso al aire libre (o lo que haya de aire en la atmósfera marciana). Y, oh sorpresa, ¡también en la Luna! En su mismísima superficie, si bien en forma de partículas o granos minerales que proceden de las profundidades de nuestro satélite según la sonda Chandrayaan 1, confirmado también por la NASA...

Agua bajo tierra..., hummmm..., ¿y por qué no en nuestra propia Tierra? ¡Claro que sí! Julio Verne ya pronosticó en su Viaje al centro de la Tierra en 1864 que debajo de la corteza terrestre había una caverna de un tamaño colosal, capaz de albergar un océano entero, por el cual sus protagonista navegan en balsa, pescan y comen peces extinguidos en la superficie y se asustan con la lucha terrible entre un plesiosauro y un ictiosauro... Todo esto se consideró como una fantasía, especialmente desde que después de la Segunda Guerra Mundial, entre los numerosos parámetros científicos que se impusieron rompiendo con las tradiciones e investigaciones de siglos precedentes, se dictó como dogma la teoría (la teoría, que no la realidad porque, lo he escrito mil veces, nadie ha demostrado todavía que sea cierta ya que nuestro desarrollo científico no ha llegado tan lejos y ni siquiera hemos superado los 12 kilómetros de profundidad en las investigaciones contemporáneas) de que la Tierra es un planeta construido alrededor de distintas capas más o menos sólidas alrededor de un núcleo que se cree compuesto por hierro, níquel y otros elementos como azufre u oxígeno y con unas temperaturas incluso más elevadas que las de la superficie del Sol. ¿Y si en realidad no fuera así? Ahí viene lo grande: en marzo pasado un estudio geológico publicado por Nature adelantaba que, a unos 600 kilómetros de profundidad, la Tierra puede albergar otro gran océano. De hecho, ¡con más agua que toda la que hay en la superficie! Para hacernos una idea de lo que eso supone, recordemos que tres cuartas partes de ella están recubiertas de H20...

Todos estos datos mencionados en este artículo son apenas un puñado de los muchos que se están descubriendo (y a veces acallando públicamente, porque no concuerdan nada, pero nada, con la visión del mundo que nos ofrecen a diario los guardianes del statu quo) en estos últimos tiempos y que nos devuelven al comienzo de este texto. Con todo nuestro orgullo de "conquistadores" del planeta (cosa que tampoco somos, como demuestra cualquier hambruna, terremoto o impacto de asteroide, por citar sólo unos breves ejemplos de verdadero poder material), no sabemos nada, como Jon Nieve. O como Sócrates, que al menos era consciente de esta cruda realidad.



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Con este texto me despido de momento. Como quien no quiere la cosa, hemos llegado de nuevo al último viernes de junio, fecha en la que cesan las actividades y cierran sus aulas las instalaciones de la Universidad de Dios y los estudiantes abandonamos el campus con destino a nuestros hogares. Vuelvo, pues, a Walhalla y, en el mejor de los casos, no reapareceré por aquí hasta primeros de octubre. Me gustaría decir que Mac Namara se hará cargo del blog, al menos para dejar algún recordatorio durante los próximos tres meses, pero no me atrevo porque el año pasado mi gato conspiranoico decidió ejercer de lo que es, o sea un gato, y desapareció durante todo el verano. De hecho, este último curso ha estado también desaparecido la mayor parte del tiempo, lo cual no tengo claro si es bueno o malo.

Como dijo McArthur: Volveré.

O quizá no. ¡No lo sabemos!