Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Periodismos

El Periodismo vive una crisis severísima desde que Internet se instaló en nuestras vidas y encima lo hizo acompañado de un teléfono "inteligente". De pronto, cualquier ciudadano tiene la posibilidad de, mágicamente, convertirse a sí mismo en periodista, publicando lo que quiera no ya en sus blogs y en sus redes sociales sino lanzando sus propios newsletters o boletines e incluso sus -limitados- diarios regulares (hay aplicaciones muy interesantes por ahí), con los contenidos que le interesan y con el sesgo que más le guste a nivel particular. Es decir, sin tener necesariamente en cuenta la realidad de las cosas; más bien al contrario. 

Pese a lo que pudiera esperarse en un primer momento, este "periodismo ciudadano" o, más bien, estos escritos de opinión personal que pretenden pasar por información verídica y que ha sido incluso elogiado de manera extravagante por algunos profesionales ha tenido un espectacular crecimiento en la red. Hasta tal punto, que ha afectado de forma muy seria al consumo de medios de comunicación tradicionales porque se ha instalado un estado de ánimo que se hace preguntas del estilo "¿quién necesita a los medios de comunicación cuando la propia sociedad es capaz de informarse a sí misma?" 

Los que defienden semejante planteamiento podrían hacer la prueba de reconstruirlo sustituyendo a sus protagonistas por los de otras profesiones y se darían cuenta del infantilismo que lleva aparejado. Por ejemplo, "¿quién necesita médicos y hospitales cuando tenemos madres y abuelas en nuestras casas que nos dan las medicinas que necesitamos en un momento dado?" o "¿quién necesita agricultores y ganaderos cuando puedo cultivar lo que me dé la gana en mi huerto urbano e incluso tener alguna que otra gallina en el patio de mi casa?" 

Parece bastante obvio que, salvo que uno viva en un rancho lejos de todo y de todos al estilo del Viejo Oeste, donde no tenga más remedio que ser autosuficiente (un estilo de vida que, por cierto, siempre he envidiado), a lo largo de nuestra existencia vamos a necesitar algún que otro médico y hospital para tratarnos de las dolencias más variadas y de algún que otro agricultor y ganadero, con su red de distribución y comercialización incluida, para tener comida en nuestro plato.

El manejo de la información no es una tarea sencilla, aunque así se lo parezca a tantos aficionados a hablar de lo que no saben (por cierto, uno de los deportes favoritos de los españoles, aunque después de tantos viajes por el mundo empiezo a pensar que, en realidad, es patrimonio cultural de todos los homo sapiens) y su mal uso trae consigo problemas importantes. No hace mucho tuve ocasión de hablar con uno de los principales responsables de la lucha contra 
incendios en la Comunidad Autónoma de Madrid y me explicó las grandes preocupaciones y contratiempos que aportan las redes sociales a la hora de enfrentarse a una de estas catástrofes, precisamente por culpa del "periodismo ciudadano" que, entre otras cosas, aporta falsas alertas e información incompleta y contraproducente, aunque a veces sea fruto de la buena intención. Mas las buenas intenciones suelen empedrar el camino del infierno, como ya sabemos, y al final dificultan una tarea eficaz y sobre todo rápida a la hora de controlar las llamas. Este problema no es únicamente madrileño, ni siquiera español. Al lado reproduzco un mensaje anónimo de WhatsApp que se hizo muy popular en Chile en enero de este año con motivo de los incendios que asolaron este país iberoamericano y que terminaba con una frase que lo dice todo: "Será verdad?"

Es cierto que ser un periodista licenciado no es sinónimo fiable de profesionalidad y objetividad. Sin embargo, la vocación -por un lado- y la formación -por otro lado-, además de la experiencia en medios de comunicación considerados como tales (y una serie de imprescindibles características personales como la curiosidad, la tenacidad, la facilidad de expresión, una mente de verdad abierta a todas las posibilidades...), moldean mínimamente a la persona y le capacitan para desarrollar esta labor. Tampoco se puede negar que la objetividad pura y dura no existe, pero un periodista capacitado al menos desarrollará cierta tendencia hacia ella, cosa que un "periodista ciudadano" despreciará de forma olímpica, en el afán de defender en exclusiva sus ideas. "Yo sé lo que está pasando de verdad y lo voy a contar porque todos éstos no lo hacen" es su frase de cabecera (y mira quién escribe esto: un conspiranoico declarado). 

Hay que tener en cuenta que una de las más importantes razones por las que hoy día proliferan los "periodistas" ciudadanos es la creciente desconfianza popular hacia los grandes medios de comunicación. Es una desconfianza justificada y, cuando uno trabaja el tiempo suficiente en ellos, comprende bien por qué. Creo que he citado en alguna ocasión en esta bitácora a John Swinton, quien fuera redactor jefe nada menos que del The New York Times, el periódico que para muchos sigue siendo una especie de "palabra-de-Dios" (y no entiendo por qué ya que, como todos los medios de comunicación, es capaz de publicar las historias más prestigiosas e interesantes pero también las mayores barbaridades y tergiversaciones; en el caso de España, sus corresponsales y, sobre todo, sus editorialistas han demostrado sus limitaciones en más de una ocasión al hablar de nuestro país). No me importa traer a colación una vez más el famoso discurso de Swinton durante la cena organizada en su honor por sus compañeros con motivo de su jubilación. Es más, voy a publicarlo entero a continuación, aunque no es un secreto para nadie. Se conoce desde 1880, cuando lo pronunció, pero es perfectamente aplicable al año en curso. Sucedió que uno de sus colegas, entusiasmado y corporativista, propuso un brindis por la libertad de prensa. Y él contestó lo siguiente:

"- No existe lo que se llama prensa independiente, a no ser que hablemos de un periódico en alguna pequeña población rural. Vosotros lo sabéis. Yo lo sé. No hay una sola persona entre vosotros que se atreva a expresar por escrito su honrada opinión porque, si lo hicierais, sabéis perfectamente que no sería nunca publicada. A mí me pagan 150 dólares semanales para que no publique mi honrada opinión en el diario en el que he trabajado tantos años. Muchos de vosotros recibís un salario parecido por un trabajo similar. Si alguno de vosotros estuviera lo bastante loco como para escribir su honrada opinión se encontraría en la calle, buscando un empleo. Cualquier empleo, siempre que no fuera de periodista. El trabajo de periodista en Nueva York consiste en destruir la verdad, mentir claramente, pervertir, envilecer, arrojarse a los pies de Mammon (ese diosecillo del Mal del que también hemos hablado alguna vez en este blog), vender a su propia estirpe y a su patria, con tal de asegurarse el pan cotidiano. Vosotros lo sabéis, yo lo sé. Así que, ¿a qué viene esa estupidez de brindar a la salud de la prensa independiente? Somos herramientas y esclavos de hombres extraordinariamente ricos que permanecen entre bastidores. Somos sus marionetas, sus títeres: ellos tiran de los hilos y nosotros bailamos al son que ellos quieren. Nuestros talentos, nuestras posibilidades, nuestras vidas..., son propiedad de otros hombres. Somos prostitutos intelectuales."

Reconozco que para los menos informados resulta bastante duro pensar que las cosas no han cambiado mucho en los últimos 140 años. Sobre todo, para muchos periodistas que no llevan el tiempo suficiente trabajando en esta profesión como para descubrir cómo se mueven las cosas, más allá de cómo parecen moverse. 

En la época de Swinton, la mayoría de sus colegas era perfectamente consciente de lo que él contaba. En la actualidad, no. Hoy no hace falta disponer de tantos vigilantes pendientes de que se hable sólo-de-lo-que-hay-que-hablar como a finales del siglo XIX. No es necesario tener tantos censores en nómina por la sencilla razón de que en su defecto se aplica una autocensura brutal (inculcada a través de una educación permanente dirigida de forma peculiar) de cuya verdadera importancia no son conscientes muchos periodistas que creen actuar con libertad. A ello hay que sumar una suficiencia intelectual generalizada que dispara su egocentrismo haciéndoles creer que son más importantes de lo que realmente son. 

A lo largo de los últimos 35 años he conocido a muchos colegas de profesión que han confundido su rol. Conductores "estrellas" de programas audiovisuales que se expresan como auténticos predicadores (y no sólo de derechas; muy al contrario, proliferan más los de izquierdas), columnistas y tertulianos que siempre hablan con aplastante rotundidad y "de buena tinta" de casi cualquier cosa (aunque si rascas un poco en su conocimiento real, enseguida te percatas de que a menudo sólo están al corriente de aspectos superficiales), especialistas que llevan años cubriendo una materia concreta y se creen por ello más autorizados que las verdaderas autoridades en esa materia, becarios recién llegados a la profesión que se creen más capacitados que los que les llevan años y hasta decenios de delantera... 

Todos ellos han olvidado o, tal vez, se han ocultado a sí mismos, que el papel del periodista no es el de protagonista de la información, sino el de testigo directo de esa información. Un testigo privilegiado respecto al resto de la sociedad que, justamente por eso, soporta una carga importante de responsabilidad en su trabajo a la hora de trasladar al resto de los ciudadanos lo que han tenido ocasión de ver en primera fila. Un testigo que debe guardarse sus propias opiniones para no influir en la información con la que trabaja: debe ser el cauce que conduce el río desde la montaña hasta las poblaciones del valle, pero no el río mismo.

Para aquéllos que se frotan las manos en este momento diciendo "después de todo, me está dando la razón", tengo un mensaje breve pero contundente: que haya muchos periodistas cuyo trabajo final sea dudoso porque ejercen su oficio bajo presiones y manipulaciones no quiere decir que los "periodistas ciudadanos" puedan suplirles porque éstos últimos están sometidos a presiones y manipulaciones similares que les hacen igual de poco fiables o aún menos. 

Tomemos un ejemplo claro: Julian Assange. ¿Quién es Assange? "Un periodista perseguido por EE.UU. por publicar verdades que avergüenzan al gobierno norteamericano y que lucha por la libertad de prensa y la transparencia informativa" es una de las respuestas típicas que me han dado distintas personas al hacerles esta pregunta. Pero no es cierto que sea periodista. A pesar de que Wikipedia, esa especie de Biblia-sagrada-de-las-enciclopedias que es mucho menos fiable que cualquier enciclopedia clásica, le describe como "programador, ciberactivista, periodista y activista de Internet australiano", no existe constancia alguna de que Assange haya trabajado (ni estudiado) jamás como periodista. De este proclamado (no se sabe muy bien por quién) icono de la libertad informativa mundial sólo está claro que se ha dedicado a la programación informática (suele ser un buen refugio oficial para los hackers) y que fundó una web, WikiLeaks, a través de la cual ha publicado documentos secretos de algunos gobiernos e informes anónimos (que pueden ser suyos o no), con denuncias e informaciones diversas. Algunas de ellas parecen ciertas pero otras no, o al menos no han podido ser comprobadas. 

De hecho, para ser un supuesto "amante de la transparencia y la libertad de información" hay muy poca información disponible acerca de él. Aparte de su supuesto origen australiano, nadie parece saber a ciencia cierta dónde nació, ni cuándo, ni a qué se dedicaba su familia, ni qué estudió exactamente (se dice que estuvo en casi 40 escuelas y en media docena de universidades australianas, pero no tiene ningún título oficial de ninguna carrera), ni en cuántos países diferentes ha estado ya que parece ser lo que vulgarmente se conoce como "un culo de mal asiento", ni de qué ingresos ha vivido la mayor parte del tiempo. Por no haber, no hay ni siquiera un informe público sobre las cuentas de WikiLeaks: cuánto dinero maneja, de quién lo recibe y en qué lo gasta. Con un perfil de ese tipo, Assange igual podría ser un agente encubierto de algún servicio secreto. O de alguna organización, también secreta, no al servicio de ningún gobierno. 

Pues bien, este "periodista ciudadano" tan conocido y de historia personal tan significativamente oscura ha sido considerado (incluso a día de hoy lo sigue siendo entre las personas más ingenuas) una especie de gurú mucho más fiable que los periodistas capacitados, cuando a estas alturas está más que demostrado que, como todos los homo sapiens, también tiene un precio. Las investigaciones judiciales en marcha por el gran circo del independentismo catalán han permitido encontrar la factura que acredita parte de los pagos que el "honorable" Puigdemont y sus secuaces dedicaron al lobby encargado de apoyar internacionalmente su proceso de sedición. Un total de 2,3 millones de euros de los presupuestos de todos los ciudadanos catalanes (sólo durante 2017..., podemos echar cuentas de lo que llevan malversado los independentistas desde que Artur Mas decidió dar vía libre a este delirio) se destinaron a comprar la opinión de personajes conocidos para que apoyaran el proceso independentista. Entre esos famosillos figuraban Yoko Ono -esa conocida intelectual y no menos inspirada compositora musical- y..., vaya, vaya, el propio Assange.

Así que ahí tenemos al avispado investigador, el defensor de la transparencia informativa, el descubridor de los grandes secretos que ocultan los gobiernos, el luchador infatigable por la libertad..., que tan capacitado se ha creído para descalificar a España por su "insoportable opresión" a los "pobres catalanes" cobrando un montón de dinero para hablar sin saber de lo que habla. Por ejemplo, mostró su absoluta ignorancia respecto a uno de los medios online más populares en Cataluña y en el resto de España: El Mundo Today. Ésta es una de las webs más divertidas que puede encontrarse hoy en las redes españolas y, en cierto momento, quiso hacer una broma sobre la combatividad proindependentista de Assange con uno de sus tuits humorísticos. El "periodista" australiano saltó como un león confundiendo a El Mundo Today con el diario El Mundo y haciendo incluso su propio chiste malo al decir que era un diario "estúpido today (hoy), mañana, siempre". Incluso cuando otro usuario de Twitter le explicó más tarde que se equivocaba, Assange se refirió a El Mundo como un medio "ferozmente estúpido".

Leer a Assange en todo lo referido al tema catalán es deliciosamente desmitificador ante la sarta de tópicos (Inquisición incluida, of course, como no podía ser menos), mentiras e invenciones que ha utilizado este individuo mano a mano con los independentistas, sobre todo a través de Twitter. Véase el caso de este otro mensaje que se hizo también muy famoso, y en el que un señor que presume de conocer bien a España y a Cataluña es incapaz de referirse correctamente a uno de los personajes más populares de la Historia de ambas: el escudero de don Alonso Quijano, alias don Quijote. O sea, a Sancho Panza, al que calificó como ¡¡Pancho Sánchez!! (lo que por cierto tuvo como víctima indirecta al actual líder socialista Pedro Sánchez que durante los días siguientes a la publicación de este tuit tuvo que soportar numerosas alusiones a su nombre como Pancho en lugar de Pedro). El tuit, por cierto, muestra también el desconocimiento del independentista de turno, que se queja de "la clase de españoles que hemos tenido que enfrentar en los últimos 300 años"..., como si Cataluña no fuera parte de España no desde hace 3 siglos sino desde hace milenios, y así lo atestiguan los documentos de la ocupación romana. E incluso el famoso papiro de Artemidoro, geógrafo griego que vivió entre finales del siglo II a.C. y principios del I a.C., que explicaba que en su época ya se consideraba toda la península ibérica, Portugal incluida, como una unidad.

No quiero terminar este artículo sin apuntar un hecho importante. Dije antes que en 35 años he encontrado muchos periodistas confundidos. Pero quiero dejar constancia de que también he conocido a bastantes colegas que, aunque minoría, son perfectamente conscientes de quiénes son, a qué se dedican y cuáles son sus deberes profesionales. Gente que conoce el panorama y sabe las dificultades que conlleva este oficio cuando uno quiere practicarlo de verdad e informar correctamente a la sociedad. Héroes anónimos que luchan contra la autocensura y (cuando es necesario también) contra la censura pura y dura (que la hay, aunque sea soterrada, pero actúa de forma implacable para ciertos temas, más de lo que cualquier persona ajena al oficio podría imaginar) y que hacen lo posible y lo imposible por desarrollar esta profesión usando un concepto clave cuando hablamos de tratamiento de la información: honestidad. A menudo, estos periodistas de raza, que aún existen, no pueden publicar sus historias en los medios de comunicación donde trabajan, pero lo hacen a través de otros medios, como los libros de investigación o incluso los de ficción.

Un compañero de un diario económico me dijo hace algunos meses que, respecto a la profesión, se declaraba "pesimista a corto plazo y optimista a largo plazo". Estaba convencido de que aunque ahora las perspectivas sean muy malas (el Periodismo es, porcentualmente, el segundo sector más castigado en España por la última crisis económica -o, mejor dicho, financiera- después del de la construcción), con el tiempo la sociedad se hartará del caos informativo en el que vivimos hoy sumergidos y que es rentabilizado por todo tipo de oscuros intereses  (la manipulación informativa de los independentistas catalanes es un caso claro, maquillando imágenes de cargas policiales de los Mozos de Escuadra en años pasados para presentarlas como si hubieran sido hechas hace unos días por la Guardia Civil o la Policía Nacional, por poner un solo ejemplo). En su opinión, será la propia sociedad la que pida de nuevo el regreso de los profesionales. 

Veremos si es así. No estamos atravesando una crisis cualquiera, ni con el Periodismo ni con la civilización en general, sino una crisis mucho más grande, más de lo que parece y con consecuencias impredecibles... O ésa es al menos la opinión de Mac Namara, que últimamente siempre me habla de lo mismo, de que andamos metidos en un auténtico Kali Yuga que no está muy claro cuándo y, especialmente, cómo terminará.

Aunque, después de todo, cada cosa que empieza tiene un final..., y el final de una cosa implica siempre el comienzo de otra nueva.