Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

viernes, 20 de enero de 2017

¿Existo?

Cuando el amigo Renato se le ocurrió aquello del "Pienso, luego existo" estaba intentando contestar una de las preguntas más angustiosas de la filosofía moderna: ¿pero, de verdad, este mundo -y, con él, yo que lo habito, lo gozo y lo sufro- es real? En su Discurso del método deja escrito que "mientras yo pensaba que todo era falso, sin embargo era preciso que yo, que era quien lo pensaba, fuera algo. Y noté que esta verdad, 'yo pienso, por lo tanto yo soy' era tan firme y tan cierta que ni las más extravagantes suposiciones de los escépticos podrían quebrantarla y que podría admitirla sin escrúpulo alguno como el primer principio de la filosofía que estaba buscando". Claro, en el año de publicación de su famoso texto, aún faltaban casi 350 años para que se estrenara Blade Runner, por lo que Renato no podía plantearse la posibilidad de que hubiera personas que no fueran tales, aunque físicamente lo parecieran y aunque -en apariencia- pensaran de forma individual. Personas que en realidad fueran robots de carne, impecablemente modelados para confundirse entre las humanas, con memorias, sensaciones, ambiciones, virtudes, defectos..., todo ello implantado en su interior como parte de su programación.

¿Con cuántas personas que son robots nos cruzamos cada día y no lo sabemos? 
¿Cuántas de ellas no saben cuál es su verdadera naturaleza de robot?
¿Soy yo mismo un robot en realidad y no lo sé?

No son pocos los científicos -y por supuesto toda esa pandilla de aficionados al materialismo compuesta en su mayor parte por adoradores de la pobre Wikipedia y otros "líderes de opinión digitales"- que niegan la existencia de los mundos sutiles, incluso su misma posibilidad de existencia, por la única razón de que no disponen de un instrumento que les permita acceder directamente a ellos y observarlos, medirlos y clasificarlos de acuerdo exclusivamente con sus métodos. Los escépticos meten en el mismo saco a los farsantes -que los hay, y muchos, desde  esos "doctores" nigerianos que reparten octavillas anunciando su capacidad de recuperar al ser amado y curar el cáncer, hasta las tarotistas bien alimentadas que manipulan sin pudor la emoción de los ingenuos en la programación televisiva nocturna- y a las personas que, honestamente, han tenido atisbos de esos mundos sutiles y aspiran a saber más sobre ellos y, de paso, sobre sí mismas. Recordemos una vez más que hoy día la Ciencia reconoce que toda la materia y energía que conocemos en el universo (y eso significa toda: desde la bacteria más diminuta hasta el cúmulo galáctico más colosal) ocupa apenas un 4 %. Es decir, el 96 % del universo es por completo desconocido para el homo sapiens. Está compuesto por algo a lo que llamamos "materia oscura" y "energía oscura", no porque sea el territorio por el que deambula Darth Vader reclutando adeptos sino porque no tenemos ni la más remota idea de qué es ni cómo funciona. De hecho, ésa puede ser la parte luminosa del universo y nosotros vivir confinados en su cloaca sin saberlo.


Teniendo esto en cuenta, ¿cómo podemos decir tan alegremente cosas como que "después de siglos de pensamiento lógico, los seres humanos hemos logrado desentrañar algunas de las leyes del universo"? ¿Quién puede garantizar que esas leyes inmutables rigen entre la materia y la energía oscura igual que en esta parte del universo material? Y, si fueran distintas, ¿no sería lo lógico considerar las leyes materiales como la excepción, dado que casi todo el universo funcionaría de otra manera? Lanzar afirmaciones tan contundentes como las que se leen en algunas entrevistas a científicos, revistas serias de divulgación, libros especializados..., me recuerda a la actitud de investigadores y hombres ilustrados de tiempo atrás (como el mismo Renato, por cierto) que estaban convencidos de la realidad de la arquebiosis o teoría de la generación espontánea. Hubo que esperar hasta mediados del siglo XIX, ayer mismo, a que Louis Pasteur demostrara de una vez por todas que la vida no nace así porque sí, por simple casualidad a partir de la materia, sea ésta orgánica o inorgánica o una combinación de ambas. Pues en este campo, como en los demás, constituye un error considerar la supuesta importancia de la caSUalidad cuando lo que existe de verdad es la caUSalidad.

(Entre paréntesis, la demostración de Pasteur consolidó un gran enigma que aún no ha sido resuelto y que es una china en apariencia pequeña pero dolorosa en el zapato del evolucionismo. Si todo ser vivo proviene necesariamente de un ser vivo preexistente, del cual es su heredero y continuador de la especie, ¿cómo nació el primer ser vivo?)

El desarrollo de estudios en torno a la física cuántica en los últimos años ha reducido aún más las supuestas certezas acerca de quiénes somos y dónde estamos. Los investigadores han descubierto que las leyes físicas "inmutables" que rigen nuestro día a día (ya no hablamos de cósmicos emplazamientos a miles de años luz de nosotros, donde pueda estar guardado el secreto de la existencia, sino de lo que somos aquí y ahora) no funcionan en el mundo de las partículas subatómicas. Nuestras células sí están sometidas a idéntica, digamos, "normativa existencial" que nuestras vacas, nuestras mesas, nuestros  insectos, nuestros coches, nuestros libros o nosotros mismos, pero las partículas que interactúan por debajo del átomo, no. Por decirlo de una manera muy gráfica y salvando las distancias: es como si montáramos un castillo con piezas de Lego y las piezas obedecieran a unas leyes y el castillo finalmente construido, a otras diferentes. ¿No resulta deliciosamente espeluznante?

Así, las partículas subatómicas pueden comunicarse entre sí de manera instantánea por alejadas que estén entre ellas, pueden viajar a placer en el tiempo, pueden estar en dos partes al mismo tiempo, pueden materializarse y desaparecer a voluntad..., entre otras posibilidades que para el homo sapiens son pura fantasía. ¿O no? Esas extrañas propiedades de estas partículas, ¿no las hemos visto en las informaciones relacionadas con los mundos sutiles y con los misterios en su día llamados "paranormales"? Pues, esa comunicación instantánea ¿no es lo mismo que la telepatía? Esas materializaciones a voluntad ¿no las hemos encontrado en tantas historias de aparecidos? Esos viajes por el tiempo ¿no han aparecido en algunos relatos de gentes extrañas que dijeron a sus interlocutores venir de tal o cual época? Esa capacidad para estar en dos sitios a la vez, ¿no es lo mismo que la bilocación? 

Hay otro detalle peculiar. El principio de incertidumbre de Heisenberg explica que es imposible conocer con precisión ciertos pares de magnitudes físicas observables o complementarias. Por ejemplo, es imposible conocer a la vez la velocidad y el momento de una partícula. Para observarla bien, es necesario bombardearla con otras partículas pero..., eso cambia de forma automática su trayectoria y por tanto invalida la exactitud de la observación. Por algún motivo es entonces imposible observar a las partículas subatómicas en acción de acuerdo con nuestras actuales tecnologías. ¿No hemos visto eso con ciertos personajes que disponían de "poderes" que empleaban en su vida diaria pero que luego no podían manifestar cuando eran sometidos a un aséptico control de laboratorio (me refiero a personajes íntegros, cuyo objetivo no era hacerse ricos sino ayudar a su comunidad, y no a gurúes que basan sus capacidades "mágicas" en simples juegos de manos y un elevado porcentaje de sugestión).

El catedrático de psicobiología del Instituto de Neurociencias de la Universidad Autónoma de Barcelona Ignacio Morgado publicó hace un par de años un interesante libro titulado La fábrica de las ilusiones en el que asumía -como lo están haciendo tantos científicos contemporáneos, cada vez más- una tesis ya enseñada por los sabios de la antigüedad pero que llevaba mucho tiempo denostada, encarcelada y olvidada en las mazmorras de la intelectualidad materialista. Y esa tesis es que, para entender y manejar el mundo, el cerebro humano crea ilusiones o, en las propias palabras de Morgado en una entrevista publicada a partir de la aparición de su obra: "este libro refleja que nada de lo que hay aquí está realmente fuera, todo son ilusiones que crea nuestro cerebro", considerando ilusión "todo aquello que hay en la mente y no tiene un correlato con la realidad". Así, presentaba el ejemplo del tacto, una "ilusión muy práctica" porque notamos las cosas cuando las tocamos pero "es el cerebro el que siente y lo sabemos porque hay personas que con un brazo amputado siguen notando el tacto en la mano que ya no tienen" aunque "no sabemos cómo hace el cerebro para que tengamos la ilusión de sentir el tacto en cualquier zona de nuestro cuerpo". 

En resumidas cuentas, el mundo entero no es sino una ilusión cerebral. Imposible no recordar aquí, por ejemplo, a la diosa Maya, la encarnación divina del concepto Ilusión según el hinduismo, que considera que todo el universo no es sino un inmenso sueño, un puñado de irrealidades por el cual transitamos, a veces danzamos, enredándonos una y otra vez y poniendo así en marcha el mecanismo kármico. Aún más, en la versión Sankhya, la más antigua de las conocidas como seis doctrinas hinduistas clásicas, encontramos a Maya identificada a la vez con Prakriti, la materia, y con Pradhana, la desconocida fuente del mundo material y..., ¿acaso otra forma de llamar a lo que hemos rebautizado como materia/energía oscura?

Volviendo al principio, recuerdo también ahora uno de los principales postulados de las Escuelas de Misterios: la identidad real no radica en el cuerpo físico, animado por una fuerza cósmica ajena, sino en esa misma fuerza cósmica, que emplea el cuerpo actual como ya lo hecho antes con otros cuerpos y como lo hará en el futuro con otros más. Luego entonces, existiré en tanto en cuanto esa fuerza cósmica exista, es decir asuma el control y se manifieste, por encima de los mecanismos puramente físicos. En caso contrario, seré un simple replicante...