Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

viernes, 19 de octubre de 2018

Un anciano sonriente

Decía Desmond Morris que el hombre no es más que un mono desnudo y no le faltaba parte de razón. Aunque yo soy de los que piensan que son los monos los que descienden del hombre y no al revés (lo cuenta con todo detalle el Popol Vuh maya), es evidente para cualquiera que tenga ojos que por desgracia el homo sapiens está, a día de hoy, mucho más cerca de la animalidad que de la humanidad. La corrupción, la violencia, el desprecio, la rapiña, el odio, la mentira o la estupidez con las que suele conducirse a diario (entre otras "virtudes" tan características de lo que hoy llamamos, sin que en verdad se lo merezca, ser humano) son pruebas incontestables de que la civilización que tanto nos gusta considerar como "moderna" y "avanzada" no lo es en absoluto. Y eso, por más que hayamos desarrollado teléfonos móviles que son auténticas oficinas miniaturizadas, creado medicinas para curar la mayor parte de las enfermedades que mataban a nuestros antepasados o enviado una nave espacial hasta el mismo borde del Sistema Solar. 

La buena noticia es que, a diferencia de los animales (por mucho que les duela a aquéllos que dicen amar más a un perro o un gato que a un hombre o a una mujer), los homo sapiens tienen una oportunidad de ir más allá, de llegar a ser humanos de verdad, siempre y cuando sean capaces de trascender su actual condición a base de un duro y continuado trabajo sobre sí mismos. De hecho, no creo que haya una tarea más importante, más noble y cada vez más necesaria en el mundo para cada uno de nosotros que afrontar ese heroico esfuerzo que supone reconstruirse desde dentro y autoelevarse desde el punto de mediocridad donde nos colocaron cuando éramos pequeños y en el que por lo común nos dejamos estar hasta el último de nuestros días. Es decir, parirse a uno mismo -ser "hijos del Hombre"- y así alcanzar un grado de dignidad y una capacidad de comprensión de la vida que lamentablemente jamás llegarán siquiera a atisbar miles de millones de personas. Personas que, aunque algunas de ellas estén convencidas de lo contrario, carecen de una vida que se corresponda con ese título, sino que son más bien utilizadas como simples engranajes de una maquinaria que no pueden ver. O como cabezas de ganado de esta granja llamada Tierra.

Somos criaturas muy frágiles, sobre todo desde el punto de vista mental. La familia, el colegio, los amigos, la pareja, las costumbres, las leyes, la religión, la finanza, la política, la cultura..., la sociedad entera conspiran para introducir en nuestro interior distintos mandatos y órdenes contradictorias, de acuerdo con los intereses, las esperanzas o los deseos de cada uno de nuestros "programadores". Esto genera, entre otras consecuencias, dos especialmente dramáticas: primera, un enorme desconocimiento sobre nuestra verdadera identidad y sobre qué es lo que nos interesa hacer durante los exiguos años de los que disponemos en este planeta y, segunda, un caos interno colosal que sepulta casi todas las posibilidades de "despertar" a ese conocimiento de quiénes somos mediante la adecuada orientación. Echando mano una vez más de los siempre atinados mitos griegos, somos como Jasón pero, primero, sin saber que lo somos y que por tanto hemos nacido para heredar el trono de Yolco y, segundo, incapaces por nuestra ignorancia de plantearnos siquiera el viaje a la Cólquida, ya no digamos de emprender el propio viaje o siquiera reunir a los argonautas. En lugar de eso, nos contentamos con una vida de miseria y hambre labrando una tierra infértil, mientras echamos la culpa a los dioses o a la suerte de nuestra "poca fortuna".

Los sabios de todas las épocas eran muy conscientes de la desventaja con la que el ser humano parte en la vida en su afán por llegar hacia las estrellas y por eso idearon distintas estrategias para ayudar a las almas más despiertas. Una de las más conocidas es la creación de historias y mitos, como el de Jasón, el de Hércules, el de Perseo..., y el resto de las grandes leyendas griegas que ocultan varios niveles de lectura. El más sencillo de ellos es el que nos presenta estas narraciones como simples aventuras más o menos divertidas o emocionantes para entretener a la gente al amor de la lumbre. Luego, hay niveles intermedios y relativamente fáciles de alcanzar, gracias a los cuales es posible descubrir lecciones morales o de vida. El nivel más profundo, que requiere un mayor esfuerzo de penetración y quintaesencia, revela a menudo una sabiduría práctica que incluye la descripción de poderes y fuerzas de la Naturaleza, muy reales por más que seamos incapaces de verlos con los ojos físicos... 

El objetivo último de estos sabios era que estas historias sirvieran de inspiración para aquéllos que las escucharan, en especial entre los más jóvenes, con independencia de la comprensión a la que pudiera conducir a cada uno su capacidad de discernimiento. Así, un niño que oyera hablar acerca de un héroe dispuesto a salvar a su pueblo cumpliendo todo tipo de hazañas para ello querría emular a ese ser brillante y convertirse él mismo en un protector de los suyos, dispuesto a sacrificarse por la comunidad. Un hombre que escuchara la narración de un caballero protector de su dama, amándola y respetándola y dispuesto a tener una historia de amor inolvidable con ella, se vería inspirado a hacer lo mismo con su propia mujer. Los que escucharan las maravillosas aventuras de los viajeros en exóticos países anhelarían conocer más y mejor acerca del mundo y de esta manera aumentar su propia comprensión de la vida, en lugar de permanecer encerrados en su pequeño pueblo sometidos a las mismas rutinas y a la monotonía de una vida anodina. Los protagonistas de estos relatos asumían el papel de encarnación de la bondad, la virilidad (o la femineidad, dependiendo del sexo del personaje), el valor, la generosidad y otras virtudes, mientras que los villanos, a su vez, desplegaban su panoplia de vicios y defectos en la lucha por salir triunfantes de la que, casi siempre, salían perdiendo.

Se buscaba inspirar lo mejor en la sociedad. Y se buscaba hacerlo aprovechando el carácter primate del homo sapiens que, igual que sus primos los monos, disfruta imitando conductas ajenas. De hecho, es uno de sus grandes problemas, puesto que el hombre vulgar suele fracasar en la vida porque no hace cosas: juega a que las hace... Porque juega a amar en lugar de amar de verdad, fracasa en el amor. Porque juega a esforzarse en lugar de esforzarse de verdad, fracasa en sus ambiciones personales. Porque juega a vivir en lugar de vivir de verdad, sus últimos días en este planeta suelen ser muy amargos (¿Y no deberían ser éstos precisamente los días más amables, si hubiéramos vivido realmente y hubiéramos aprovechado el tiempo para averiguar quiénes somos y en qué consiste este circo de varias pistas por el que deambulamos toda la vida? Sin embargo, he conocido pocos ancianos sonrientes y satisfechos, agradecidos. Y esto tiene poco que ver con sus dolores físicos o las limitaciones propias de la edad)

Durante siglos, las gentes escucharon y, como pudieron, trataron de imitar las leyendas de héroes y heroínas, ejemplos de un destino digno, estrellas en las que inspirarse... Pero hoy día, ¿qué tenemos? El siglo XX ha traído consigo una terrible decadencia en este sentido. Los responsables de la civilización de la imagen han pervertido la estrategia de los sabios y le han dado la vuelta por completo. Utilizando el cine primero y, enseguida, la televisión ("El arma definitiva del doctor Goebbels, ach!", como diría uno de los personajes del gran Bonvi, el creador de las inolvidables tiras de los Sturmtruppen) han mutado la intención original y tanto las nuevas historias como sus protagonistas son muy diferentes de la mayoría de narraciones que la generaciones anteriores escucharon directamente de los labios de sus mayores.

Ahora no hay abuelos o, simplemente, personas mayores buenas narradoras, que sean capaces de contar esas leyendas, sino frías pantallas que nos rodean por todas partes y a todas horas para adoctrinarnos: en teléfonos móviles, en relojes digitales, en pantallas de portátiles y tabletas, en televisores cada vez más grandes... Pantallas en casa, en el trabajo, en los escaparates, en los ascensores, en los medios de transporte... Brillantes y en movimiento, inoculando fácilmente su relato en la mente de una audiencia sin capacidad de reacción, sin ganas de reflexionar sobre lo que está viendo, hipnotizada como el pajarillo por la serpiente que se dispone a devorarle.

Y los mitos que cuentan esas pantallas, salvo honrosas excepciones (que justo por eso brillan tanto cuando de pronto aparecen..., en esta bitácora hemos hablado de algunas de ellas) ya no contienen casi historias de buenos y malos sino de malos y peores. No se propone como modelo a un guerrero o a una reina sino a un corrupto o a una prostituta. No se ensalza la actitud heroica, viril y sacrificada, sino la egoísta, interesada e incluso rastrera. No está de moda usar lo más bello del lenguaje (y más de nuestro lenguaje, uno de los más hermosos de la Tierra) sino las palabras más soeces y hediondas. No hay finales felices sino tristes. Por supuesto que no se habla (¡anatema!) del camino de crecimiento interior, si no es para burlarse de él, porque a los protagonistas sólo les interesa el dinero y la riqueza material. Se confunde al mago con el charlatán y a la espiritualidad con la autoayuda. Se echa basura sobre todo lo bueno y honrado y admirable que puedan tener distintos personajes históricos mientras se explica sólo, y con todo lujo de detalles, su parte mala... "¡Humanizamos a los personajes! Nadie hoy se cree la existencia de los dioses o los personajes puros y de buen corazón que no existen en la vida real" argumentan los creadores de tanta bazofia que vemos en las pantallas. Me divierte sobre todo ese argumento de "No hay blancos y negros en la vida, sino grises", que demuestra cómo tantos autores de nuestros días ignoran por completo el sentido simbólico y de enseñanza de los mitos. Además de faltar a menudo a su propio razonamiento, al mostrar historias absurdas donde todos los grises son del mismo tono.

Y lo mismo que sobre las obras de ficción cabe decir de los magazines y la telerrealidad. Incluso de algunos informativos. En esos programas que alcanzan altas cuotas de audiencia aparecen personajes delirantes como si fueran normales, se potencia el odio en todos sus aspectos -a veces el machismo y el hembrismo al mismo tiempo de manera esquizofrénica-, se ensalza a los vagos pero listos que son capaces de vivir sin dar golpe parasitando vidas ajenas trabajadoras pero ingenuas, se ataca sistemáticamente e incluso se prohíbe -en un sistema supuestamente democrático donde hay libertad de expresión según para qué cosas-  algunas  ideas al tiempo que se bendice y promociona otras que no son precisamente mejores...

¿Cómo tenemos luego el valor de quejarnos de las cosas que están pasando en nuestra sociedad? ¿Cómo va a ser la gente de nuestros días mejor que la de siglos pasados si nuestros hijos, en lugar de soñar con ser héroes y guerreras, reyes y reinas, descubridores y viajeras, sabios y mujeres de poder..., en lugar de querer imitar modelos dignos de admiración, aspiran a ganar mucho dinero de un momento para otro y vivir sin dar ni golpe el resto de su vida mediante el puro expediente de acostarse (ya ni siquiera casarse) con un famoso o famosa para luego hacer un "tour" contándolo por las televisiones?

El homo videns, como diría Giovanni Sartori, ha hecho realidad la vieja profecía de Aldous Huxley, que sabía mucho sobre estas cosas a nivel personal: "Las personas llegarán a amar su opresión, a adorar las tecnologías que deshacen su capacidad de pensar".

Éste es el Kali Yuga, la Edad del Hierro en la que todos los que estamos aquí y ahora hemos elegido vivir por alguna razón. Pero aún en esta época (más en esta época que en cualquier otra) es preciso aceptar el reto y luchar hasta el último momento. Así que concluiré este artículo con una historia inspiradora. Es una historia moderna, humana. No la protagoniza ninguna divinidad, ningún personaje tocado por la mano de un ser sobrenatural. Y es real.

Es la historia de Helen Keller, una niña norteamericana que víctima de unas fiebres quedó sorda, ciega y muda cuando sólo tenía un año y medio. Es difícil pensaren una prueba más dura, para ella y para sus padres. ¿Alguien que no padeciera esas limitaciones es capaz de imaginar lo que significa pasar la propia vida encerrado dentro de uno mismo, en plena oscuridad? Hasta los siete años no tuvo manera de comunicarse con el exterior (se me hace difícil hasta imaginar cómo pudo aguantar ese período sin, literalmente, dejarse morir) y creció comportándose de forma insoportable, desquiciada por su suerte. A esa edad, sin embargo, su suerte cambió cuando su familia, a través del Instituto Perkins, contactó con Anne Sullivan, la tutora que le recomendaron para encauzar la vida de Helen. 

La propia Anne había tenido una vida dura: con una infancia de miseria, una infección en los ojos le provocó la ceguera casi total y al morir su madre fue ingresada en un asilo para ancianos donde murió su hermano Jimmie, que había entrado con ella. El Instituto Perkins fue la salvación de Anne, porque allí consiguió ser acogida, aprendió a leer pese a su ceguera y a desenvolverse bastante bien. Tras varios fracasos, recupera al fin la vista gracias a una operación de sus ojos y vuelve a la vida normal. Era una profesora ideal para tratar a la niña de los Keller.

La relación entre Helen y Anne fue inicialmente muy complicada y su evolución da para un libro y hasta una película (ambos existen). La fuerza interior de la tutora terminó imponiéndose a la rebeldía de la muchacha, con episodios emocionantes como la vez en la que la primera pone la mano de la segunda debajo de un chorro de agua fresca y luego escribe la palabra "agua" en su mano varias veces hasta que la pequeña capta la relación. De esta manera la muchacha sorda, ciega y muda aprendió una treintena de palabras en pocas horas.

Y, a partir de ahí, el milagro. Helen Keller aprende a leer en Braille a los diez años y se comunica escribiendo letras en las manos de quienes les rodean. Cambia su carácter y despliega una inesperada voluntad de hierro a partir de entonces para conocer el mundo que no puede ver ni escuchar, en lugar de continuar prisionera dentro de sí misma. Al enterarse de la existencia de una chica noruega en sus mismas condiciones que había aprendido a hablar, se propone hacer lo mismo y lo consigue a través de una escuela especializada de Boston. Desarrolla sus sentidos del olfato y el tacto hasta extremos increíbles. Aprende latín, francés y alemán y, en la Universidad de Radcliffe se gradúa con honores. Obtiene los títulos de doctora en Filosofía, Letras y Ciencias. Se relaciona con algunas de las mentes más brillantes de Estados unidos en su época como Alexander Graham Bell o Mark Twain. Participa en el rodaje de la película Liberación y en obras de teatro en el Palace de Nueva York. Viaja por todo el mundo para ayudar a personas con sus mismos problemas, dándoles consejos sobre cómo afrontar sus limitaciones y esperanza para superarlas. Recibe honores y reconocimientos en distintos países... 

Anne Sullivan, su gran apoyo durante más de cuatro decenios, falleció en 1936 tras recibir la medalla Roosevelt por su "hazaña de cooperación de carácter único y trascendental significado". La nueva amiga y secretaria de Helen fue Polly Thompson, con quien vivió hasta su muerte en 1968. Tenía 88 años. Y era en aquella época una anciana sonriente, una anciana sordociega pero sonriente. Así al menos aparece en la mayoría de las fotos de sus últimos años, como ésta que reproducimos. Hace poco, fue instituido el Día Internacional de la Sordoceguera el 27 de junio, en homenaje a la fecha de nacimiento de Helen Keller. 

¿No es ésta una historia maravillosa? ¿No nos hace pensar: "si esta mujer con sus tremendas limitaciones, construyó una vida que merece la pena ser recordada, no sé de qué me estoy quejando yo"? Y entonces, ¿por qué es una historia tan desconocida para las personas que no tienen una experiencia directa con las personas que padecen este tipo de problemas? ¿Por qué no está cumpliendo su función de inspirar a la sociedad? 

Uno de mis principales objetivos, si llego a viejo en la actual reencarnación, es precisamente ése: llegar a ser un anciano sonriente.