Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

viernes, 2 de noviembre de 2018

Notas literarias

Escribo cuando puedo la continuación de mi Trilogía del dios demente cuya primera parte, Tuerto, fue publicada por Alberto Santos Editor en julio de 2017. La segunda parte se titulará Muerto y creo que es la primera vez que tengo claro el título, no ya de una novela, sino de una serie de tres, antes de escribirlas físicamente. Ya están escritas en mi cabeza y de lo que se trata ahora es de extraerlas de ahí y plasmarlas en sendos bosques de letras. De hecho, la tercera parte, su conclusión definitiva, se llamará EternoEs éste un proyecto que me interesa particularmente por una serie de razones demasiado larga para explicar aquí. Aunque, si lo pienso bien, casi todo lo que he publicado (veintintantos libros ya y no sé cuántos relatos, tanto en papel como en digital) lo he hecho no por pasar el rato o porque me divierta con ello sino porque quería contar cosas concretas. Aún más, porque quería leer cosas concretas, no las encontré por mucho que estuve buscándolas y al final tuve que ponerme a escribirlas para poder leerlas y quedarme a gusto.

Nunca he padecido esa legendaria "enfermedad" que se supone afecta a los escritores: el miedo a la hoja en blanco, a que te falte la inspiración o a que no sepas cómo continuar una historia (de hecho, ninguno de los escritores de verdad que he conocido la han sufrido o me han dicho jamás que la sufrieran). Es más bien al contrario: las ideas nunca faltan y se acumulan, gritan en la cabeza luchando por materializarse, por expresarse en público... Y el problema real es encontrar el tiempo para sentarse y parirlas de manera ordenada porque hago demasiadas cosas a la vez. Siempre he hecho demasiadas cosas, pero la vida es tan fascinante que resulta difícil renunciar a unas por dar prioridad a otras..., por fortuna soy inmortal y lo que no termine de hacer ahora sin duda lo haré más adelante. 

Una pregunta corriente cuando hablas de literatura con personas que nunca han escrito ni tienen intención de hacerlo (aunque siempre he aconsejado a quien me preguntó al respecto que se pusiera manos a la obra porque es una terapia fabulosa..., no importa que nunca te vayas a dedicar profesionalmente a las letras) es "¿pero de dónde sacas todas esas cosas que se te ocurren?" cuando se trata de una obra de ficción. O bien "¿pero de dónde sacas toda esa información que manejas?" cuando se refieren a la variante de ensayo. En este segundo caso, la respuesta es sencilla: hoy día, información hay toda la que uno necesite sobre cualquier tema que desee conocer. El problema radica en poseer el criterio suficiente para seleccionar sólo la que se precisa y en aprender luego a manejarla, ordenarla y, sobre todo, darle significado.

Respecto al primer caso, creo que en alguna otra parte de esta bitácora ya me referí al papel de las musas, así que voy a citar al Viejo Fritz porque en su última obra, Ecce Homo, resumió bastante bien en qué consistía esto de la inspiración. Él se refería sobre todo a la filosófica pero, dado que su filosofía se expresó después de todo a través de sus libros más que en sus clases o conferencias, sus párrafos son exportables a cualquier tipo de literatura. Decía el maestro prusiano que "La palabra revelación, tomada en el sentido de que cualquier cosa se nos revela de pronto (...) es la simple expresión de la realidad exacta. Se oye sin buscar nada, se recibe sin preguntar lo que damos. Semejante a un relámpago, la idea brota absoluta, necesaria, sin dudas ni vacilaciones. Yo nunca he tenido que elegir en esos casos. Es un encantamiento durante el cual nuestra alma, impulsada a una tensión sin medida, siente a veces el alivio de las lágrimas, y nuestros pasos, ajenos a nuestra voluntad, tan pronto se apresuran como se retardan. Es un éxtasis que nos envuelve por entero (...) En todo esto no interviene para nada nuestra libertad voluntaria." 

Así es: la idea llega y se impone. A menudo, me he visto a mí mismo escribiendo como si estuviera viendo una película en la pantalla de la mente cuyos acontecimientos me limitara a transcribir sobre el papel, o en estos últimos años sobre el ordenador, sin intervenir en el desarrollo de la acción de ninguna otra forma. Es una especie de conexión con Otro Mundo, tal vez con ese 96 % del Universo cuya composición desconocemos según reconocen los propios científicos, que se tiene o no se tiene. Es imposible forzarla. Continúa el Viejo Fritz: "Lo más extraño es el carácter de imposición absoluta que adquiere entonces la imagen, la metáfora. Se pierde la noción de lo que son una y otra. Es como si se nos ofreciera la expresión más natural, más precisa, la más sencilla de todas. Realmente, según palabras de Zaratustra, las cosas vienen por sí mismas a nosotros, deseosas de transformarse en símbolos (...) Con el ala de cada símbolo vuelas hacia cada verdad. Para ti se abren por sí mismos todos los tesoros del verbo, todo ser quiere transformarse en verbo, todo porvenir quiere aprender a hablar con tus palabras. Tal es mi opinión experta acerca de la inspiración. Y estoy seguro de que no hará falta retroceder muchos millones de años para encontrar a alguien que tenga derecho a decir: y la mía también". Tampoco hacía falta proyectarse muchos años en su futuro, nuestro pasado, para encontrar esas palabras en escritores posteriores.

No obstante, la idea hay que alimentarla. El grandioso JRR Tolkien lo explicó con claridad meridiana al referirse a El Señor de los Anillos afirmando que historias como aquélla "no nacen de la observación de las hojas de los árboles ni de la botánica o la ciencia del suelo, sino que más bien crecen como semillas en la oscuridad, alimentándose del humus de la mente: todo lo que se ha visto o pensado o leído, y que fue olvidado hace tiempo (...) La materia de mi humus es principal y evidentemente, materia lingüística”. Lo cierto es que su humus se alimentaba también, y especialmente, de mitología y religión. 

Uno de los primeros artículos que escribí hace ya muchos años sobre el género fantástico y que, paradójicamente, no llegó a ver la luz (creo recordar que por el cierre del fanzine que iba a publicarlo), detallaba el origen de buena parte de ese humus en un momento en el que en España no había demasiado conocimiento sobre esta tradición en concreto. Desde los nombres de algunos personajes, extraídos directamente de las sagas nórdicas (como Frodo, uno de los nombres del dios Freyr, o Gandalf, uno de los elfos importantes en algunos cuentos de las Edda), hasta el concepto original de casi todas sus criaturas (desde los huargos de los relatos escandinavos a los trolls centroeuropeos o el dios Orco de los latinos..., en realidad su única aportación en ese sentido fue la creación de los hobbits, que no son otra cosa que una especie de híbrido entre los duendes, los espíritus familiares y los británicos de su época, como él mismo), pasando por todas las tramas y subtramas de su maravillosa trilogía (desde la lucha eterna del Bien y el Mal hasta el poder del anillo, incluyendo el mito de el-rey-que-vendrá, el dragón guardián de tesoros, el viaje de poder o la espada que ha de ser forjada una vez más, entre otros). 

Por eso siempre he dicho que el gran mérito de Tolkien no fue su imaginación, ni siquiera su capacidad para inventarse las lenguas de las distintas razas que pueblan su obra sino su capacidad para reconstruir (y para hacerlo de forma tan hermosa) el corpus de mitos europeos que había sido progresivamente abandonado y estuvo próximo a la aniquilación por culpa del suicida abandono de las pequeñas poblaciones ligadas al entorno natural para emigrar masivamente hacia la ciudad, a partir de la revolución industrial del siglo XIX. De ahí, también, su éxito, entre los pueblos europeos o de origen europeo (con los cuales conectan directamente todos los temas y personajes de los que él habla). En ese sentido, Tolkien como divinidad literaria de pleno derecho no fue un avatar de Brahma, sino más bien de Vishnú.

Y aún así, ¿acaso se le puede reprochar algo? ¡Todo lo contrario! Hace mucho tiempo que nadie ha logrado escribir nada nuevo porque la verdad es que nada nuevo queda por escribir. Todas las historias que se nos puedan ocurrir ya han sido contadas en algún momento del pasado, y no me refiero a la época de Cervantes o Shakespeare sino al pasado muy lejano, por lo que cada vez que leo alguna frase publicitaria del estilo "un nuevo autor, profundamente original" o "una obra que te sorprenderá por sus novedosas ideas" no puedo sino sonreír al pensar en la ingenuidad de los consumidores que puedan comprar libros basándose en semejantes recomendaciones. En ese sentido, el papel del escritor me parece que no es tanto el de inventarse ideas nuevas (tarea cuasi imposible) sino el de reescribirlas y preservarlas así para la sociedad de su tiempo, redescubrirle las maravillas de las que disfrutaron las gentes de otras épocas pero reinterpretándolas con las palabras de la suya. Después de todo, las andanzas de personajes como los ahora rampantes superhéroes de Marvel, tan cinematográficamente de moda, no son muy diferentes de las de la pléyade de antiguos dioses sumerios o griegos.

(Por cierto, y antes de que se me olvide, como era de esperar Tolkien se refería al tema de la inspiración de manera muy similar a Nietzsche. Suyas son también las palabras en las que, hablando de su Silmarillion, aseguraba que las ideas para escribirlo "surgieron en mi mente como cosas dadas y se vinculaban entre sí a medida que iban llegando. Una tarea absorbente, aunque llena de interrupciones, no sólo por las necesidades de la vida, sino porque mi mente volaba hacia otro polo y se entregaba a la lingüística; no obstante, siempre tuve la sensación de registrar algo que ya estaba allí, en alguna parte, jamás la de inventar”.)

Hay, además, en el acto de la creación literaria, un detalle desconocido por el gran público, a propósito de lo que sucede una vez que el autor ve su obra terminada. O, mejor dicho, una vez que se fuerza a sí mismo a darla por terminada para publicarla, porque ningún escritor digno de ese nombre considera jamás finalizados sus textos, que se le aparecen siempre necesitados de corrección: añadir o quitar ciertos párrafos, utilizar otras palabras diferentes que expresen mejor sus impresiones, terminar de redondear una idea que se niega, a pesar de todo, a mostrarse del todo...

Ese detalle es el agotamiento en el que se ve sumido el autor una vez termina de dar a luz a su "hijo", da igual que se trate de una poesía, una obra de teatro o un novelón de 900 páginas. "¿Pero cómo se va a quedar uno agotado después de escribir un libro? Agotado te quedas después de una jornada en la mina o llevando sacos en la obra", argumenta por ahí al fondo algún materialista. 

Bueno, recurro de nuevo al Ecce Homo, donde el Viejo Fritz describe así esa sensación, exportándola más allá de la producción literaria: "algo que yo llamo el odio de lo grande. Todo lo grande, una obra, un hecho, se vuelve inmediatamente contra su autor. Por haberlo llevado a cabo, el autor se tornó débil, no es capaz de soportar su obra, de mirarla cara a cara (...) se siente angustia de todo y ante todo, lo cual es debido al enorme derroche de las fuerzas defensivas que caracteriza el acto creador, la acción hija de lo más íntimo, lo más profundo y personal de cada ser. Se cumple una abolición, una inanición de las pequeñas capacidades defensivas. Por último, se digiere mal y se desea tanto la inmovilidad como se sienten escalofríos, y se desarrolla el instinto de la desconfianza."

Aún a riesgo de someterme a las iras de los políticamente correctos y siguiendo la estela de Nietzsche, creo con sinceridad que mutatis mutandis el hombre que da a luz obras literarias experimenta un proceso parecido al de la mujer que da a luz a sus hijos físicos. Desde la alegría de la concepción hasta los sufrimientos a la hora del parto, así como el agotamiento físico posterior. Tal vez porque el hombre no puede dar a luz físicamente, necesite hacerlo intelectualmente y sea ésa una de las principales razones por las que siempre ha habido más escritores que escritoras. Escribir, hay que insistir una y otra vez para los incautos que consideran éste un camino fácil y rápido hacia la gloria y el dinero, no es un placer: es una necesidad.



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