Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

viernes, 14 de junio de 2013

Forrest Gump: una película de terror

Una de las películas de terror más exitosas que se rodaron a mediados de los años noventa del pasado siglo (cómo suena eso de "el pasado siglo", ¿eh?) es Forrest Gump, de Robert Zemeckis. El público corriente la vio como un simple melodrama pseudohistórico que recorría los últimos decenios de la vida de los Estados Unidos, a través de los ojos de uno de esos protagonistas como les gusta a los guionistas de ahora: absolutamente antiheroico (todos esos "intelectuales" contemporáneos que se preguntan asombrados en voz alta por qué nuestro mundo actual está tan deteriorado moral y socialmente siguen sin tomarse la molestia de comprender que los modelos a seguir que nos proponen masivamente el cine, la televisión, los libros y los medios de comunicación en general están bastante lejos de los antiguos héroes: gente arrojada, valiente, idealista, viril, capaz de sacrificarse por los demás... No, hoy lo que se nos propone como ideal es un tipo turbio, a menudo al otro lado de la ley, más a menudo fracasado, todavía más a menudo superado por las circunstancias... En el mejor de los casos, se ensalza la figura del "hombre común", miedoso, atolondrado, confuso y completamente materialista. Presentar a un héroe como "los de antes" se interpreta hoy como algo pasado de moda y también como poco políticamente correcto, o incluso directamente fascista, en la costumbre habitual de abusar de esta palabreja sin saber por cierto qué significa exactamente). 

Sin embargo, Forrest Gump pertenecía, y sigue haciéndolo aunque mucha gente no se haya dado cuenta, al género terrorífico. ¿Por qué? Porque se emplearon las técnicas audiovisuales y de montaje más novedosas del cine de aquel momento, el año 1994, para insertar literalmente al personaje interpretado por (el insufrible) Tom Hanks en grabaciones originales reales, en las que aparecían personajes históricos de verdad. Así pudimos 
contemplar, por ejemplo, a Forrest saludando personalmente a varios presidentes norteamericanos, desde Kennedy a Nixon, en un programa de televisión junto a John Lennon o asistiendo al tumulto por la entrada de los primeros estudiantes negros en una universidad del sur de los Estados Unidos. Nada de eso era cierto, por supuesto. Todo fueron montajes, pero montajes tan extraordinariamente bien hechos que cualquier persona de hoy día sin formación que viera la película y a la que se le dijera que esos fragmentos son reales se lo creería sin ningún problema. De hecho, cada cual puede hacer la prueba con personas a la que conozca y que no hayan visto este largometraje: invitarles a ver el DVD o sugerirles que la vean vía Internet y luego comentarla, a ver qué les ha parecido. Incluso plantearles el gancho directamente y cuestionarles, por ejemplo: "¿Te has dado cuenta de que en la peli intercalan grabaciones originales de sucesos que ocurrieron de verdad para dar más realismo a la historia?" Y esperar luego sus sorprendentes comentarios al respecto.

¿Que alguien no termina de ver el terror en todo este asunto? Pues lo diré así de claro: si en 1994, hace casi veinte años, existía ya la tecnología suficiente para hacernos creer en la realidad de unos hechos que jamás existieron a fin de utilizarlos para el montaje de una simple película de cine, ¿qué tecnología no existirá hoy, a disposición de gobiernos y servicios secretos para hacernos ver y creer en cosas que tampoco existen pero que se nos presentan como si fueran tan reales como nuestra propia vida? 

Un periodista británico llamado Richard Last lo resumió gráficamente con estas palabras: "En los viejos buenos tiempos, la ficción abundaba más que la verdad, porque resultaba siempre más espectacular y por tanto más atractiva para el espectador. Pero éste podía diferenciar entre una y otra, sabía cuándo se le ofrecía cada una de ellas. Con el implacable avance de las técnicas televisivas, ahora nos encontramos en una especie de tierra de nadie en la que los hechos reales y la ficción se mezclan indiscriminadamente, se desdibujan hasta el punto de que ya nadie sabe diferenciarlas." Cualquiera que se haya detenido un momento a reflexionar sobre el engaño se ha percatado enseguida de que la peor de las mentiras es la que lleva parte de verdad. De hecho, es una de las técnicas más populares para la manipulación de masas. Pensemos en un ejemplo fácil. Supongamos por ejemplo que queremos reducir las asambleas
políticas de representación ciudadana porque cuantas menos cámaras parlamentarias haya, y menos políticos tengan aquéllas que queden, más fácil será controlar a unas y a otros de manera, digamos, poco democrática (el razonamiento me lo facilitaba Mac Namara a raíz de las propuestas en Europa para eliminar el Senado en varios países: resulta obvio que es más fácil controlar, digamos, a 100 congresistas que a 100 congresistas y a 100 senadores). Entonces, obviando el hecho de que esas cámaras parlamentarias se crearon como representación real de los ciudadanos libres para controlar a reyes, presidentes y prebostes varios evitando así su dominio absoluto sobre un país (y obviando en consecuencia la posibilidad de que, en lugar de eliminarlas, lo que habría que hacer es reformarlas de verdad para arrancarlas de manos de la partitocracia y devolvérselas a los ciudadanos libres, sus legítimos dueños) el mensaje que se lanza es: "El Senado es innecesario, y además si lo suprimimos nos ahorraremos un dineral".

En esta frase la segunda parte es una verdad; pero la primera es una mentira. Es verdad que se ahorraría mucho dinero público al eliminar esta cámara parlamentaria (igual que se ahorraría también dinero suprimiendo hospitales, juzgados u otros servicios públicos), pero es mentira que sea innecesaria. Sí es inútil en su estado actual, como un simple, cómodo y estéril retiro para políticos de segunda fila, pero podría ser muy útil, tal vez incluso más que el Congreso de los Diputados, si de verdad existiera voluntad de que lo fuera y se racionalizara su funcionamiento así como el número y la calidad de los senadores. No obstante, el ciudadano-rebaño no llega a ese punto de reflexión: se queda en el "nos-ahorraremos-un-dineral" y por supuesto apoya que se desmantele la que, en teoría, debería ser una de sus escasas garantías de poder influir en la vida pública a través de una representación directa, frente al creciente poder ejercido por las elìtes financieras a través de las políticas.

En su interesante Homo videns, el italiano Giovanni Sartori incide en el poder fabuloso que han adquirido los medios de comunicación para manejar al ciudadano sin que éste se entere o, mejor dicho, se quiera dar por enterado. En especial, la televisión, que, haciendo buena la descripción de las inteligentísimas viñetas de Sturmtruppen del inolvidable Bonvi, se ha convertido ya en "el arma definitiva del Doktor Goebbels, ach!". Sartori nos recuerda que la televisión es, hoy, la primera escuela del niño que aprende, antes que nada, que sólo existe lo que aparece en la pantalla. Más tarde, aprenderá también cómo llevarse con padres o amigos, cómo tratar a una pareja, cómo actuar en la vida..., de acuerdo con lo que vea en esa pantalla. Como en tiempos pretéritos, cuando la mayoría de la población era analfabeta y se enteraba de las cosas a través de esculturas y pinturas o gracias a las noticias que traían trovadores y viajeros o mediante la interpretación que unos pocos con el suficiente conocimiento hacían de los hechos, la gente se forma cada vez más a través de la imagen (de lo que le cuenta la pantalla de turno, ya sea la de la televisión, la del PC, la de la tableta o la del teléfono móvil) y no de la lectura, y mucho menos de la reflexión sobre lo leído. "Si es cierto que la democracia es el gobierno de la opinión y que los medios, en especial la televisión, son en gran medida formadores y transmisores de la misma, entonces la importancia que adquieren como instrumentos de y del poder es enorme", advierte Sartori. Un psicólogo amigo mío, especializado en sexología, me comentaba los problemas tremendos de relación que tienen tantos de nuestros contemporáneos porque su educación sexual se ha basado en las revistas y los videos porno, no en el sexo real, y por tanto se ven constantemente frustrados al tratar de imitar en pareja (por supuesto sin conseguirlo jamás) las fantasiosas recreaciones visuales que les fascinaron en soledad.

Con este panorama, nunca ha sido más fácil engañar no ya al público, sino al propio sector de la comunicación desde dentro del mismo y por razones diversas: desde estrategias globales de los grandes directivos de los grupos importantes de la información hasta mezquinos intereses personales de sujetos concretos. Véase el caso del joven periodista Jonah Lehrer, que saltó a la fama hace ahora cerca de un año y no precisamente por su deontología profesional. Lehrer era redactor de una revista de prestigio en EE.UU.: nada menos que The New Yorker, donde escribieron ilustres del periodismo yankee como J.D.Salinger, Truman Capote o John Updike. Era un tipo muy respetado pese a su corta carrera profesional..., hasta que se descubrió que tenía la costumbre de plagiarse a sí mismo en Internet e inventarse declaraciones de personajes como por ejemplo el cantante Bob Dylan. No es un caso, ni mucho menos, aislado. En 1980, otra periodista aún más joven que él que no llegaba ni a los treinta años y se llamaba Janet Cooke publicó en The Washington Post (otra auténtica institución de la prensa estadounidense) un reportaje titulado La historia de Jimmy sobre un chaval de ocho años adicto a la heroína, con la que ganó un premio Pulitzer: el equivalente a los Óscar en la profesión periodística... Poco después de recibir el galardón reconoció que se había inventado a Jimmy. Y el resto del reportaje. ¿Un tercer caso? El de Jack Kelley, un profesional algo más talludito que trabajaba para el diario USA Today y que figuraba también entre los candidatos al Pulitzer, del que se descubrió que se había inventado cerca de una decena de crónicas de impacto, incluyendo el del caso de una mujer que había muerto (aunque en realidad no existía) al huir de la dictadura cubana en una lancha. Hay muchos más ejemplos, pero como muestra es suficiente.

Durante mi infancia escuché en numerosas ocasiones el siguiente argumento de autoridad utilizado por los adultos: "Es que lo ha dicho la radio". Es decir, si en un programa o un informativo radiofónico se daba una noticia concreta acerca de lo que fuera, se daba por sentado que esa noticia era cierta y que todo había sucedido de verdad como se estaba contando. Nadie se atrevía a discutir la veracidad de la noticia o de alguno de sus detalles... De la misma exacta manera que la plebe, en la Edad Media, daba credibilidad a una información porque "es que lo ha dicho el señor obispo" o "el señor feudal" correspondiente. ¿Disponemos hoy de mayor discernimiento que nuestros antepasados? ¡Todo lo contrario! Estamos dispuestos a jurar tal o cual cosa porque, según decimos hoy:"Es que lo he visto en la tele" o, de forma más moderna, "en Internet".

Como si nunca se hubiera rodado Forrest Gump.

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