Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

viernes, 22 de abril de 2016

Análisis y predicciones

Una de las ventajas de trabajar como periodista es la inmensa cantidad de información que puedes llegar a manejar al día y con la cual es posible, si dispones de una mente abierta y del tiempo suficiente, elaborar una composición de la realidad, no digo que verídica, pero sí más aproximada a lo que está sucediendo a tu alrededor de lo que nunca llegará a obtener la mayoría de los mortales. Éstos ya tienen bastante lidiando con su propia pista americana diaria (pareja, familia, trabajo, amigos, enemigos y demás), por lo que no les queda tiempo, ganas, ni capacidad para reconstruir el relato de lo que ocurre. Por eso se limitan a tragar su ración diaria de potaje informativo seleccionado para ellos por un número sorprendentemente reducido de fuentes. 

Y es que con la información periodística sucede lo mismo que con la información que se encuentra en Internet. Me ha pasado a menudo que, investigando en ciertos asuntos y tratando de comprobar datos concretos, los buscadores de la red me han ofrecido miles, decenas de miles, millones de resultados de webs diferentes..., pero la cruda verdad es que cuando examinas una por una esas páginas en teoría distintas te das cuenta de que todas o casi todas contienen los mismos textos y son clones más o menos redecorados de las apenas dos, tres o cuatro páginas que inicialmente contenían algo sí ciertamente interesante. Y me estoy refiriendo sólo a información, no a opinión. Webs de opinión hay tantas y tan variadas como ombligos en las barrigas de los usuarios de Internet y, en general, tienen el mismo valor que los susodichos ombligos. Esta bitácora es, por cierto, una de ellas, un precioso y redondo ombligo más.

Recuerdo lo que me contaba Mac Namara a finales del mes pasado sobre los atentados en Bruselas y de lo cual dejé constancia en una reciente entrada: el hecho de que casi todas las noticias que recibimos de los medios de comunicación occidentales sobre lo que se supone que hacen o dejan de hacer los moloquistas del Daesh provienen tan sólo de dos personas con nombres y apellidos. Sin embargo, aparecen repetidas una y otra vez, ilustradas de manera diferente, en cientos de periódicos, programas de radio y televisión, webs y medios digitales, de manera que un observador incauto, de los que ignoran cómo se generan las noticias que consumen, podría ser fácilmente engañado pensando que hay mucha información o muchos comunicadores que disponen de información sobre el tema y que la están poniendo en común. Pero lo cierto es que todos esos medios no hacen más que barajar y presentar de manera diferente, cada uno la suya, lo que cuentan esas dos personas. Únicamente dos.

 Insisto en ello porque, cuando uno se para a pensarlo, resulta bastante obvio que deberíamos suspender esa credulidad automática que solemos mostrar hacia informaciones que resulta tan complicado verificar, pero que no cuestionamos sólo porque nos la facilita uno o varios medios de prestigio. Los científicos honestos nunca dan por bueno el resultado de ningún experimento, por extraordinario que parezca a primera vista, si no son capaces de replicarlo personalmente (hoy sabemos que hasta Gregor Mendel se inventó algunos de los datos que luego presentó oficialmente como verídicos en su investigación sobre guisantes y genética, para que cuadrara mejor la formulación de sus leyes). Los periodistas honestos tampoco deberían dar por buena, sin más, ninguna información que provenga de una única fuente y aún menos si resulta que siempre es la misma única fuente.

Aunque pudiera parecer que hablamos de un caso extremo, no lo es tanto. Un elevadísimo porcentaje de las informaciones que llegan al público padecen del mismo defecto de fábrica original, en mayor o menor grado. Un puñado de agencias informativas, cada una de las cuales cuenta con un número por fuerza limitado y a menudo privilegiado de fuentes, genera 9 de cada 10 informaciones que llegan al ciudadano promedio occidental todos los días del año. Noticias que influyen en su manera de pensar y de opinar, que inspiran modas, que crean o destruyen tendencias, que indican qué temas de conversación son los "interesantes" y cuál es la forma "correcta" de discutir sobre ellos y también los asuntos tabú sobre los que sólo se puede opinar de una manera muy concreta..., o directamente no se puede hablar (y esto está sucediendo ahora mismo en las supuestas democracias consolidadas que se presentan como el sistema político más cool hoy día en el Viejo Continente).

Combinemos ese manejo con la técnica más utilizada hoy para la presentación de la información: las pantallas electrónicas... ¿Por qué son tan atractivas? ¿Por qué nos dedicamos a hacer zapping en lugar de apagar una televisión cuando estamos cómodamente sentados ante ella, aunque sólo tengamos la opción de ver anuncios o un programa que no nos gusta? ¿Por qué nos pasamos el día mirando una y otra vez la pantalla del teléfono móvil aunque no tengamos amigos ni conocidos que nos llamen o que nos dejen mensajes en nuestras redes sociales?

 Porque nos hipnotizan, literalmente. Aunque nuestro cerebro nos diga, al leer esta entrada del blog en la pantalla del ordenador, que delante de nosotros tenemos un texto escrito e ilustrado con fotografías, eso no es cierto: lo que se esconde debajo de la interfaz es un montón de píxeles que laten, brillantes y de manera organizada y regular, para darnos la impresión de que, tanto el texto como las fotografías y el mismo "papel" sobre las que aparecen, existen. Sabemos que no es así, mas nos dejamos engañar sin muchos problemas. Esa pulsión predecible, constante, de luces que florecen intermitentemente ante nuestra mirada es la que absorbe nuestra atención, captura nuestra conciencia y nos encadena a la pantalla a través de nuestros ojos. Es lo mismo que sucede cuando un hipnotizador profesional se apodera de nuestra voluntad utilizando unos pulsos lumínicos o bailando un reloj como si fuera un péndulo delante de nosotros.

Todo esto no es ningún secreto, insisto, pero aún así actúa. Y lo hace porque no somos en absoluto dueños de nuestra atención. Nos vamos detrás de aquello que nos atrae, nos proyectamos, nos identificamos y ahí quedamos enganchados durante un tiempo indefinido. No es extraño, entonces, que un estudio publicado en 2010 a partir de datos recogidos entre niños de 8 a 16 años advirtiera de que los menores españoles empleaban entonces una hora y media diaria en estudiar y... ¡cuatro horas diarias delante de una pantalla (consola, televisión o internet) para otras actividades! Los tiempos frente a esa ventana de lo inexistente se incrementaban a medida que los chavales cumplían años y, mientras 7 de cada 10 estudiantes de Primaria decían que les gustaba estudiar, sólo 4 de cada 10 en Secundaria tenían la misma opinión y preferían la compañía de la pantalla.

El poder disociador de este peligroso elemento para la conciencia se reflejaba en otros datos del informe. Por ejemplo, que 1 de cada 2 alumnos de Secundaria con suspensos reconociera tener problemas para concentrarse al tratar de estudiar..., reconociendo que un 48 % escuchaba música (mientras "estudiaba"), un 35 % estaba conectado a Internet al mismo tiempo y un 25 % tenía la televisión puesta a la vez que trataba de quedarse con alguno de los conocimientos contenidos en sus libros. Y éstos son datos de hace 6 años. Hoy día las cosas son sensiblemente peores, como puede apreciar cualquiera que se tome la molestia de observar a las personas (sobre todo las más jóvenes) que caminan por las calles de las ciudades españolas absortas por las pantallas de sus móviles.

De hecho, mientras preparaba este artículo esta misma semana, se publicaba otro estudio actualizado correspondiente a 2015, en el que se denunciaba que los niños de entre 4 y 7 años (edades aún más bajas que las incluidas en el documento anterior) pasan una media de más de dos horas diarias delante del televisor. Aún más, resulta que ese tiempo lo consumen como audiencia no en las horas en las que (teóricamente) se exige a las cadenas  de televisión que no emitan contenidos inadecuados, sino entre las 22:00 y las 24:00 horas, la franja del llamado prime time. Esos padres indolentes e irresponsables que permiten a sus hijos ver de todo (y seguramente sin explicarles lo que significa lo que están viendo) serán seguramente los que lloriqueen y echen la culpa al "sistema", así en general, cuando dentro de unos años sus vástagos les "sorprendan" con actitudes todavía más indolentes e irresponsables, egoístas, violentas e incluso decididamente peligrosas y/o delictivas... 


En algún lugar de ese libro repleto de crímenes y aventuras titulado La Biblia leí en cierta ocasión un fragmento en el que se advierte claramente de que "los pecados de los padres los pagarán los hijos". Se supone que en la época en que aquello fue escrito no existían los televisores, pero lo que sí es cierto es que había algunas personas con dos dedos de frente (no muchas, tampoco: este tipo de gente nunca ha sido una especie muy abundante en este planeta).
Así que no es nada extraño que la sociedad entera acabe convertida en mera arcilla en manos de quienes deciden en última instancia hacia dónde quieren dirigirla, de acuerdo con sus propios intereses. Estos titiriteros no suelen obligar a nadie de manera directa, pero empujan, incitan, influencian..., acumulan una fuerza invisible que acaba forzando a comportarse de cierta forma a tantas personas que se dicen a sí mismas estar actuando por su propia voluntad. He visto personalmente a muchos colegas prejuzgar, autocensurarse e incluso desestimar determinadas informaciones de importancia, no porque utilizaran un criterio informativo realista ni tampoco porque quisieran manipular de manera consciente, sino por razones vagas ("no, esto no puede ser así...", "ahora no tengo tiempo para tonterías...", "este individuo no va a saber más que lo que dice oficialmente el conjunto de su gremio...", etc.) que no sabrían justificar ellos mismos si profundizaran en las mismas, pero que están relacionadas siempre con esa presión casi imposible de detectar cuando estás siendo sometido a ella.

Los creadores de esa presión (o, mejor dicho, los que saben cómo crearla y ordenan a sus fieles lacayos que actúen en consecuencia) normalmente no suelen aparecer en primera, ni en segunda, ni siquiera en tercera línea... El poder real nunca se ha ejercido a plena luz, esto es un hecho. Y los que, emulando al gran visir Iznogud, suspiran por sentarse en el trono imperial del califa con la idea de que así mandarán a su gusto no tienen ni idea de en qué consiste de verdad el Juego.

El rol del periodista, de todas formas, tiene también sus riesgos, el primero de los cuales, indudablemente, es el de resultar sepultado por la propia información, ya que la cantidad de datos que se puede acumular para el análisis en un momento dado es colosal. Eso, siempre que logre sustraerse él mismo de la capacidad hipnótica de las pantallas y de la presión invisible. Así que, aparte de un estado de conciencia lo más elevado posible, una curiosidad extraordinaria, un nivel mínimo de intuición, una mente siempre abierta a cualquier cosa y un fondo de cultura general que debe ser lo más profundo posible, la única manera de sacar provecho a la privilegiada posición de oteador que confiere esta profesión pasa por entrenar técnicas específicas, como la captación de luces rojas (esos "inocentes" chispazos que no parecen tener la menor importancia pero que son lo bastante raros y fuera de lugar como para despertar sospechas) y la detección de  patrones (lo que permite una selección muy rápida del trigo entre la paja).

Cuando esto se consigue, uno es capaz de "predecir" el futuro. Porque también he tenido la fortuna de conocer a periodistas (y otros que no lo eran, pero sí disponían de las cualidades antes enumeradas) que han logrado no ser sometidos, o al menos han podido liberarse de ellas, por las grandes fuerzas que discurren por debajo de la apariencia, y adelantar así escenarios que luego se han cumplido milimétricamente de acuerdo con sus previsiones. Cuando les pregunto cómo son capaces de afinar tanto en sus aciertos, suelen encogerse de hombros y contestar asegurando que era "lo lógico" o sentencias por el estilo. 

De hecho, toda esta reflexión viene a propósito de la experiencia concreta que tuve no hace mucho con uno de estos periodistas, cuando los grupos sociales e ideológicos que terminaron conformando el partido de Podemos empezaron a cobrar fuerza en el escenario político español con su fundación formal en enero de 2014 y sobre todo tras sus primeros éxitos de los comicios pocos meses después. En aquella época, sus dirigentes no definían claramente en público su ideología sino que insistían en autodenominarse "el partido de la gente" diciendo que "no somos de izquierdas ni de derechas sino de todo el pueblo" y que llegaban dispuestos a terminar con los problemas generados por los partidos políticos "viejos".

El analista al que me refiero me dijo entonces, textualmente, lo siguiente: "Podemos no es más que la siguiente etapa en el juego de máscaras protagonizado por el Partido Comunista Español, un partido de por sí bastante 'viejo' y de aspiraciones tradicionalmente radicales, aunque sus dirigentes traten de presentarse como moderados. Y España es un país que vota mayoritariamente opciones de centro, más hacia la derecha o hacia la izquierda, pero de centro. Así que el PCE reconoció hace muchos años que nunca podría obtener en las urnas una mayoría suficiente para alcanzar el poder. Por ello fundó Izquierda Unida en 1986: IU nunca fue un partido, sino una federación de partidos..., dominada por el PCE. Pensaban que de esta manera crecerían electoralmente al camuflar sus siglas, pues muchos votantes que difícilmente votarían a una formación comunista sí lo harían a una organización con una etiqueta más generalista, calificada 'de izquierdas'. Y así fue. No obstante, este experimento también tocó techo e incluso empezó a perder fuelle y diputados, así que se hizo necesario volver a mudar la piel. Había que sustituir IU por una nueva máscara y así nació Podemos, cuyo nombre y su eslogan 'Sí se puede' son por cierto una copia descarada del 'Yes, we can' de Barack Obama. Todos los dirigentes de Podemos provienen del PCE y de su entorno. En los próximos meses veremos un juego de tira y afloja, de sacar pecho públicamente, de lanzar declaraciones sobre quién representa mejor a los trabajadores oprimidos y el resto de demagogia barata. Luego se producirá un progresivo acercamiento de IU hacia Podemos, una posterior alianza y finalmente una fusión entre ambos en un 'nuevo proyecto de izquierdas'. Lo cierto es que IU como tal desaparecerá dentro de la marca de Podemos aunque también es muy probable que ésta acuñe un nuevo nombre para englobar la organización que está muriendo dentro de la organización que acaba de nacer. La víbora volverá a mudar la piel y parecerá un animal distinto pero..., en todo caso, seguirá siendo el PCE con otro nombre. Todo esto lo veremos más pronto que tarde."

Este pronóstico data de principios de 2014, cuando aún no habían pasado muchas de las cosas que han sucedido estos meses. Me he acordado mucho de la previsión de este periodista mientras veía las supuestas peleas fratricidas entre IU y Podemos que ahora (a la vista del, en efecto, progresivo acercamiento y la finalmente anunciada alianza entre ambos grupos ante lo que parece la inevitable repetición electoral que nos espera en junio) da la impresión de que no fueron más que otra gran obra teatral para entretener sobre todo a sus potenciales votantes.

El periodista me contó otros interesantes análisis y predicciones, algunos ciertamente chocantes pero que, vista su capacidad de acierto, podrían hacerse realidad también. Tengo la libreta abierta para comparar lo que sucederá en el futuro inmediato con lo que me dijo en su momento.







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