
Por fortuna, y a pesar de la sucesión de días nublados durante el tiempo que pasé recorriendo la región, una noche pude asistir al milagro de la Aurora Boreal: la Luz de la Tierra Interior. Es sin duda el más impresionante de los espectáculos naturales que he tenido ocasión de disfrutar a lo largo de esta reencarnación y se produjo en un momento realmente simbólico: una noche, tras una sauna, en un baño al aire libre en el que la temperatura caliente del agua contrastaba con fuerza con el frío bajo cero de los bosques oscuros que rodeaban el establecimiento de hielo y madera en el que me alojaba. Así, casi desnudo, como debe presentarse uno ante la Diosa Isis, tuve la oportunidad de contemplar por primera vez la majestuosa y silenciosa danza de la Aurora: una cortina de tonos verdes que aleteó sobre las cabezas de los hombres, ajena a ellos, concentrada en sí misma y naciendo no en las capas altas de la atmósfera, como insisten los que se dedican a engañarnos, sino en un tronco luminoso claramente visible que partía de detrás del horizonte. La Aurora emergía, lo sé, lo vi, de la Tierra Interior. Y su contemplación fue para mí la promesa de que algún día llegaré más allá del borde del océano Ártico, hasta el lugar iluminado por el Sol Negro.
Hasta entonces, me limito a soñar con ello y, hoy, asombrarme ante las noticias que me llegaban desde Tröndelag, más al sur de adonde llegué hace dos años, pero desde donde también se puede apreciar habitualmente la belleza de las Auroras. Por eso entiendo la alarma de los cientos de testigos que llamaban a las autoridades para denunciar la existencia de un misterioso fenómeno que poco antes de las ocho de esta

Como de costumbre en estos casos, se buscó la explicación fácil de "será un cohete lanzado por los suecos o los rusos..." pero ni unos ni otros habían disparado nada y así lo hicieron constar de inmedi

Mañana más.
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