Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

miércoles, 12 de octubre de 2011

La tecnología y la involución cerebral

Un investigador navarro llamado Javier Tirapu ha puesto el dedo sobre la llaga esta semana pero como de costumbre las informaciones más interesantes suelen brillar por su ausencia en los grandes medios de comunicación, cuyo espacio está preferentemente dedicado a perpetuar los decorados de lo inane en lugar de desentrañar los verdaderos desafíos del ser humano. El tal Tirapu no es un cualquiera: posee el galardón de neurociencia clínica del Consorcio Nacional de Neuropsicología y es conocido en el sector por sus estudios sobre el lóbulo frontal del cerebro. ¿Y qué es lo que ha dicho? Básicamente, que la tecnología en general e Internet en particular no nos están ayudando a ser mejores, sino más bien todo lo contrario: nos conducen por la senda de la involución intelectual.

Tirapu advierte del "apasionado" debate que existe en este momento en el seno de la comunidad científica entre "los que creen que los seres humanos cada vez son más imbéciles y los que creen que son más listos" (por cierto que sobre este debate nada nos informan los principales mass media, para los que sólo existe una parte de esa comunidad: la que se congratula de cada avance tecnológico).  Y apunta que aquéllos que piensan que la tecnología
nos ha hecho mejores suelen argumentar que es porque las personas reciben una creciente cantidad de información en un mundo globalizado donte todo funciona con gran rapidez. Sin embargo, eso lo que está consiguiendo en realidad es que el ser humano sea "cada vez más pasivo, porque esa forma de recibir información sin emitirla le está volviendo más torpe: antes teníamos que hacer muchas cosas para solucionarnos la vida pero ahora estamos rodeados en casa de pequeños 'lóbulos frontales' a los que llamamos 'mandos a distancia' y con ellos, sin movernos nada, organizamos nuestra vida dándole a los botones (...) Eso nos hace más fácil la vida pero al hacernos cada vez más pasivos nos hace también ser más y más torpes". Y ello sin contar con la necesidad de decidir cada vez más cosas en menos tiempo, ante la avalancha creciente de datos. Necesariamente, cuanto menos tiempo tengamos para sopesar una decisión más probabilidades tenemos de tomar una errónea.

Un ejemplo clásico de nuestro declive intelectual es el trabajo que se encarga en el colegio. Antes, los alumnos "tenían que ponerse en marcha para buscar mucha información y esa actividad (de búsqueda, selección, organización y síntesis de la información) potenciaba el cerebro". Sin embargo, hoy "existe una cosa que se llama Google que es un grandísimo 'lóbulo frontal' que hace la búsqueda por nosotros", cuando no resuelve también el trabajo con numerosas páginas web bien conocidas por los estudiantes desde las que pueden copiar todo tipo de trabajos. Resulta muy significativo que una de las más populares en español sea la conocida con el nombre de "El rincón del vago". 

El resultado de estos atajos intelectuales lo tenemos en la juventud actual, que dispone de mayor volumen de información de la que ninguna generación anterior tuvo jamás y no obstante es cada vez más inculta, mal educada, apática y desorientada. Cualquier profesor con un poco de interés y un mínimo de años de experiencia, o cualquier responsable de jóvenes becarios en prácticamente todos los sectores empresariales puede corroborar esto. En lo personal, yo lo sufro muy a menudo. Por diversas circunstancias, tengo la oportunidad de contactar a diario con adolescentes y jóvenes de diversas edades y no salgo de mi asombro cuando en ocasiones se me ocurre testearles culturalmente. Una anécdota entre mil: hace unos meses conversando con unos niños de 11 y 12 años me contaban que en su colegio les estaban hablando sobre la Edad Media y acababan de "estudiar" la figura de Carlomagno: "un rey muy poderoso que se distinguió por sus conquistas y por crear escuelas para los hijos de los nobles" según su definición. Yo añadí: "Bueno, y por crear el Sacro Imperio Romano Germánico, principalmente". Y los chavales me miraron como si hubiera empezado a hablarles en malayo. Por increíble que parezca, no tenían ni idea de qué era eso. Se lo expliqué sucintamente y luego me confirmaron que su profesor no les había explicado nada sobre ello. Y estoy hablando de niños normales en un colegio concertado en la capital de España, no de chavales de familias destructuradas en un colegio público de un área marginal... 

Esto se está haciendo a posta, por supuesto. Como diría mi gato conspiranoico Mac Namara, la degradación progresiva de la educación es algo en lo que los grandes partidos políticos se pusieron de acuerdo (o mejor dicho, se pusieron a las órdenes de quien se lo mandó) hace muchos años, porque les conviene. Una población cada vez más ignorante y peor educada, analfabeta funcional, es mucho más manejable por los que mandan en la parodia de democracia que constituye el sistema político vigente en las naciones "libres" del mundo.

Pero nos desviamos del asunto... El caso es que Tirapu defiende la idea de que el ser humano tuvo en el pasado un cerebro más grande (y en consecuencia poderoso) que el actual. La trampa con la cual comenzó nuestra decadencia se llama sedentarismo. La actividad ganadera y, sobre todo, la agrícola, que se extendió en la etapa del Neolítico, cercenaron buena parte de las inquietudes de nuestros antepasados y los esclavizaron a la tierra. Y, con el sedentarismo, se redujo el cerebro desde al menos los 1.500 gramos que tenía en la época anterior a los 1.400 que como media tiene hoy día.

Atención a este razonamiento, porque me parece contundente: "Existen dos grandes especies animales a los que les ha disminuido el cerebro. Una es el perro, que desciende del lobo. Otra es el hombre (¿que, podríamos decir, desciende del Hombre, con mayúscula?). Lo que tienen este común es que ambas son domésticos". Lo que le lleva a plantearse "si estaremos entrando con tanta tecnología en la segunda era de la 'autodomesticación' de nuestra especie". ¡No lo dude, amigo Tirapu! No hay más que echar un vistazo a la angustia de nuestros contemporáneos cuando se ven privados de su tecnología. ¡Cuánta gente lo está pasando fatal estos días porque resulta que su Blackberry está teniendo problemas de conexión, sin ir más lejos! 

Recuerdo ahora una aventura del Flash Gordon de Dan Barry en el que el héroe llega a una ciudad supercivilizada en la que los seres humanos no saben hacer absolutamente nada porque todo lo hacen las máquinas: desde preparar la comida hasta transportarles de un lugar a otro, construir nuevos edificios o entretenerles. Los ciudadanos de esta "maravillosa utopía" viven sin problemas ni desafíos, perfecta y melancólicamente aburridos ante una vida mecánica sin ninguna perspectiva..., hasta que un día la maquinaria falla y, fuera de su ciudad, se ven prácticamente condenados a muerte ya que no tienen ni conocimientos, ni voluntad, ni coraje para afrontar los peligros de una vida sin tecnología. Por supuesto, Flash Gordon les salvará de su trágico destino al actuar como uno de los antiguos dioses civilizadores y enseñarles a cazar y pescar, a preparar un fuego, a orientarse con el sol y las estrellas, etc.  ¿Cuántos de nosotros no somos ya como esos ciudadanos del comic y moriríamos irremisiblemente si nos abandonaran en un lugar lejos de la "civilización" sin ningún héroe al lado para guiarnos?  

Tirapu no es, por supuesto, el primero que advierte contra los riesgos de la tecnología. Ya hemos hablado, y citado textualmente, a Nicholas Carr en su demoledor ensayo Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Es uno de esos libros que muchos "intelectuales" contemporáneos miran por encima del hombro, con la consabida actitud de "sí, sí, ya sabemos que hay riesgos, pero hay que saber jugar..." Pues resulta que también lo leyó hace poco el escritor peruano Mario Vargas Llosa e inmediatamente publicó un artículo sobre la conmoción que le produjo el texto, así como la tristeza que le embargó a posteriori. El premio Nobel de literatura firma la conclusión de Carr acerca de la "extraordinaria aportación de servicios como los de Google, Twitter, Facebook o Skype a la información y comunicación, el tiempo que ahorran, la facilidad para compartir experiencias, etc." pero también está de acuerdo en que "en última instancia, todo esto significará una transformación tan grande de nuestra vida cultural y de la manera de operar del cerebro humano como lo fue el descubrimiento de la imprenta por Johannes Gutenberg en el siglo XV." Con la diferencia de que gracias a Gutenberg la lectura (y el conocimiento) se generalizó en lugar de seguir siendo una preciosa posesión de una minoría y gracias a Internet la lectura cada vez es más difícil y torpe porque la gente se está acostumbrando a la cultura visual, basada en las imágenes (igual que los analfabetos medievales) y no en las letras y su comprensión. Muchas personas me han comentado que no leen este blog porque, cito textualmente, "aunque cuentas cosas interesantes, las entradas son muy largas, escribes demasiado".

Añade Vargas Llosa que "no es verdad que Internet sea sólo una herramienta (...) No es una metáfora poética decir que la 'inteligencia artificial' que está a su servicio soborna y senusaliza a nuestros órganos pensantes, los que se van volviendo de manera paulatina dependientes de aquellas herramientas y, finalmente, sus esclavos. ¿Para qué mantener fresca y activa la memoria si toda ella está almacenada en algo que un programador de sistemas ha llamado 'la mejor y más grande biblioteca del mundo'? ¿Y para qué aguzar la atención si pulsando las teclas adecuadas los recuerdos que necesito vienen a mí, resucitados por esas diligentes máquinas?" Lo que forzosamente debería hacernos preguntar: ¿de verdad que a nadie se le ha ocurrido relacionar la "epidemia" que sufren los "países ricos" en relación con esas crueles enfermedades que son las demencias seniles, empezando por el Alzheimer, y el creciente descarte que los ciudadanos de esos mismos países hacen de su memoria e imaginación porque, total, ya obtienen todos los datos de las nuevas tecnologías sin necesidad de utilizar sus propios cerebros? 

Y trae a colación Vargas Llosa la estupidez de gentes como Joe O'Shea, que se dice profesor y filósofo (nada menos) de la Universidad de Florida, y defiende sin ruborizarse que "Sentarse y leer un libro de cabo a rabo no tiene sentido. No es un buen uso de mi tiempo, ya que puedo tener toda la información que quiera con mayor rapidez a través de la web. Cuando uno se vuelve un cazador experimentado en Internet, los libros son superfluos." El escritor peruano afirma que "lo atroz de esta frase no es la afirmación final sino que el filósofo de marras crea que uno lee libros sólo para 'informarse'". Para ser sinceros, yo pienso que es más atroz que un tarado mental como este tipo (y no es un insulto sino una definición técnica: el tal O'Shea sufre una tara, un defecto en su cerebro, si realmente entiende así el mundo) tenga una audiencia a la que dirigirse, máxime si está compuesta por estudiantes a los que contagiar con su virus de la idiotez.

También cita a otro erudito estudioso de los efectos de Internet en nuestro cerebro y nuestras costumbres, un tal Van Nimwegen que "dedujo luego de uno de sus experimentos que confiar a los ordenadores la solución de todos los problemas cognitivos reduce la capacidad de nuestros cerebros para construir estructuras estables de conocimientos. En otras palabras: cuanto más inteligente sea nuestro ordenador, más tontos seremos."



  

1 comentario:

  1. QUE GRAN VERDAD....LO SIENTO PERO ME VOY A LEER UN LIBRO...
    SALUD MENTAL PARA TODOS
    ÉXITOS
    UN ABRAZO
    LA CHIQUI

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