Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

viernes, 22 de marzo de 2013

Apriti Sesamo

No todos los maestros han desaparecido. Cada época tiene los suyos y, cuando uno los reconoce, la sensación principal que le embarga es el asombro por no haberlo visto antes cuando siempre lo ha tenido delante de las narices. Es, de hecho, la misma explicación acerca de la inmutabilidad e inaccesibilidad de la Sabiduría, siempre a salvo del ignaro o el ambicioso, pero no porque esté encerrada bajo siete llaves sino porque uno simplemente no la puede ver (o la puede ver pero no comprende lo que ve), de la misma forma que un niño pequeño no tiene la altura precisa para encaramarse hasta la balda donde se "esconden" los tarros de mermelada... Franco Battiato es uno de esos maestros de nuestro tiempo, no un simple músico (un disfraz como otro cualquiera), pero para acceder a cierta dimensión de sus canciones hay que comprender de qué está hablando, a qué está cantando concretamente. En lo personal, tengo la ventaja de que es uno de mis profesores en la Universidad de Dios. De hecho, es el responsable de Música y Ritmos, una asignatura por cierto esencial ya que la música, no las matemáticas, es el verdadero lenguaje de los dioses. Es por ello por lo que la mayoría de las veces me resulta bastante sencillo entenderle ya que utiliza ante el público general las mismas claves que en nuestras clases.

Anoche Franco Battiato ofreció una clase magistral en el Teatro Circo Price de Madrid: durante dos preciosísimas horas asistimos a uno de los mejores (tal vez el mejor) conciertos de cuantos le he visto desde que allá por los años ochenta del pasado siglo se dejó caer por primera vez por Madrid. Sobre todo, teniendo en cuenta que el hombre frisa los setenta años en esta vida y mostró un entusiasmo y un saber hacer que ya quisieran muchos de los que se quejan tras prejubilarse a los cincuenta y pocos. Tal vez, también por la edad que ya atesora, nuestro siciliano favorito dio la impresión de ejecutar una auténtica despedida de su público "normal", con una selección muy medida de su amplísima discografía dictada con precisión de cirujano desde su alfombra mágica: ésa en la que tanto le gusta sentarse para cantar sus historias a la antigua usanza, a medio camino entre Nasrudin y Khalil Gibran.
 "Y ahora, una canción un tanto autobiográfica..., bueno, otra canción un tanto autobiográfica", como dijo en cierto momento, consciente de que uno sólo puede expresar lo que lleva dentro, y nada más. Él se encuentra además en esa edad en la que puedes decir lo que te dé la gana porque ya no hay nada (más) que ganar o perder y nada superfluo te importa lo más mínimo (sobre todo si estás en el Camino): ni las ventas, ni los aplausos, ni las críticas, ni las glorias mundanas en general..., ni por supuesto las absurdas y decepcionantes entrevistas que en general le han deparado los medios de comunicación españoles durante las fechas de promoción de su nuevo disco: Apriti Sesamo (Ábrete Sesamo).

Fue precisamente el contenido de este disco, uno de los más explícitos en su carrera, el factor determinante del resultado final del concierto. Sobre todo porque interpretó sus versiones en español, idioma al que no traducía sus relatos musicales ya desde hace bastantes años. Y aunque en general prefiero escuchar sus composiciones en su original italiano, sí es cierto que este último trabajo parece confeccionado para ser traducido y cantado en nuestro idioma. En todo caso, en un mundo tan materialista y mezquino, tan horribile como reza uno de los temas contenidos en este álbum, poder degustar su mensaje supuso una verdadera bocanada de alegría y libertad. De saber que, todavía y pese a la época oscura que hemos escogido vivir, quedan en pie algunos estandartes... En realidad, Apriti Sesamo habla de lo mismo que sus discos anteriores, pero nunca antes lo había hecho tan claro. Especialmente en temazos como Un irresistible reclamo ("Qué hermoso era cuando estábamos unidos perfectamente al lugar y las personas que habíamos elegido antes de nacer"), Testamento ("No nos hemos muerto nunca, no hemos nacido jamás") o Cuando éramos jóvenes, por citar sólo algunos ("La oscuridad es hostil con el que ama la luz"). Canciones en la misma línea publicadas en años anteriores nunca han sido entendidas por la audiencia en general. Por ejemplo, el caso de El animal, que no habla precisamente de amor como tantas veces se la ha presentado, sino justo de todo lo contrario: allí se refiere a la toma de conciencia de lo que es uno de verdad y cómo ese uno espiritual está sometido y esclavizado al animal humano material. Es el animal el que "te quiere a ti", el que "se toma el café" y lo controla "todo", para sufrimiento del espíritu, al que todo eso le da igual (incluso el amor del animal por otro animal) y que lo único que ansía es liberarse de la crucifixión de los cuatro elementos, a los que también alude la canción. O como en el archiconocido Centro de gravedad permanente, que jamás ha sido una simpática canción discotequera sino el grito de desesperación del Yo interior en busca de las reglas que controlan este universo. El propio Franco Battiato suele representarlo quedándose inmóvil, en cierta posición, al llegar al estribillo. La era del jabalí blanco ya contaba lo mismo, pero de distinta forma y con un guiño especial a René Guenon...
 
Anoche, la primera parte del concierto sirvió para desgranar poco a poco la mayor parte de las canciones de su nuevo álbum, en un momento bellísimo para cualquier verdadero iniciado en el secreto musical de nuestro hombre. Durante un largo rato, ciertas puertas hacia Otra Parte fueron abiertas de par en par y, en algún momento, casi llegó a hacerse tangible a los ojos físicos el mismísimo Bifrost, el puente hacia el Walhalla. Y pudimos entrever la Casa de Origen, donde vivíamos "antes de llegar aquí a la Tierra". La alfombra mágica encadenó Apriti Sesamo con una de las más hermosas plegarias compuestas para la noche, L'ombra della luce, y un clarividente resumen del destino, L'oda allo inviolato. Y una tras otra, como perlas maravillosas, fueron engarzándose ese puñado de declaraciones del Ser, incluyendo el emocionante recuerdo a Gurdjieff en Perspectiva Nevski ("y mi maestro me enseñó qué difícil es descubrir el alba dentro de las sombras...") y el definitivo Nómadas ("forastero que buscas la dimensión desconocida, la encontrarás..., al final de tu camino") que toda la sala coreó de principio a fin de manera impresionante. 

Luego llegó el momento de aproximarse a la realidad material, de aterrizar poco a poco, y sonó una canción más contemporánea que nunca: Povera patria, que fue recibida con una ovación como no podía ser menos viviendo los tiempos que vivimos ("mi pobre patria..., aplastada por abusos de poder de gente infame que no conoce el pudor..., se creen los dueños todopoderosos y piensan que les pertenece todo... Los gobernantes, cuántos perfectos inútiles bufones en esta tierra que el dolor ha devastado"). Entonces se rompió el concierto con los aires más rockeros de mediados de los años noventa que dieron paso a la parte final, más convencional, con el repaso a los grandes éxitos de siempre y el público entregado. Franco Battiato se puso en pie y, desencadenado, se abandonó a sus peculiares pasos de baile a pesar de su edad. Y llegaron la poderosa Bandiera Bianca, la sensualísima La estación de 
los amores, el monumental Voglio vederte danzare ("como los zíngaros del desierto"), la arrolladora Cucurrucucú y el himno de los himnos: el Centro de Gravedad Permanente ("busco un centro de gravedad permanente, que no varíe lo que ahora pienso de las cosas y de la gente"). Como curiosidad, en los bises tuvo un recuerdo a los años sesenta, con una psicodélica y frenética puesta en escena e interpretación de Aria di revoluzione.

Al salir de la sala, con el alma todavía embriagada por lo que acababa de ver, regresé a mi apartamento del campus de la Universidad de Dios embargado por una sensación contradictoria. Pensaba en aquéllos que aún no han escuchado a Franco Battiato o, peor, que habiéndolo hecho no hayan logrado ir más allá del aspecto externo. Por un lado, les compadecía por no poder gozar de todo lo que este maestro tiene para ofrecer. Por otro lado, les envidiaba porque en algún momento del futuro puede que alcancen a levantar el velo y entonces, sin saber qué es lo que está pasando en realidad, disfrutarán de él e, hipnotizados, será como si vieran amanecer por vez primera.




No hay comentarios:

Publicar un comentario