Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

martes, 19 de octubre de 2010

El timo de la pobreza de Etiopía

Todos hemos visto en algún momento esas imágenes terribles (antes eran fotografías en blanco y negro, ahora son videos a todo color y pronto las tendremos hasta en 3D) de africanos, especialmente niños, desfallecidos por la pobreza, la guerra y sobre todo el hambre en el interior de una choza que es más bien una chabola ruinosa o incluso al aire libre, ya que no tienen lugar donde protegerse. Las más dramáticas son las que reúnen en un mismo plano una madre de cuerpo esquelético, pechos desinflados y mirada perdida que sostiene a su hijo de vientre grotescamente hinchado y extremidades reducidas a huesos y pellejo mientras las moscas prácticamente se los están comiendo. Es muy difícil conservar la tranquilidad de espíritu después de ver algo así y más cuando miramos a nuestro alrededor y nos percatamos de que estamos rodeados de lujos (aunque, como nuevos ricos que somos, nos hayamos acostumbrado con rapidez a ellos y los consideremos ya como algo "normal"). Porque auténticos lujos son, para estas pobres gentes, no ya los televisores de pantalla plana y las camas con sábanas limpias, sino la misma disponibilidad de luz eléctrica y agua caliente las 24 horas del día. Por no hablar de la comida, tanta comida que a menudo se nos echa a perder en el frigorífico y/o nos obliga a iniciar periódicas dietas que no sirven para gran cosa.

Si somos conscientes de esto..., toc, toc, la Señora Culpa ha llegado a casa... 

Gracias a esta incómoda y melodramática dama, hacen negocio a costa del hombre común numerosas organizaciones amparadas en siglas humanitarias así como los pomposos y corruptos representantes oficiales de gobiernos inexistentes en países inexistentes (que sólo aparecen como tales sobre los mapas políticos, ya que en la realidad nada controlan ni en el fondo desean controlar en sus presuntos territorios), entre otros. Con la Señora Culpa (y con su marido, el Señor Miedo) se maneja con mando a distancia al occidental medio, especialmente al europeo, que además de estar espiritualmente perdido en el desordenado mundo contemporáneo es sin duda el ser más ingenuo de toda la raza humana y por eso mismo el más fácil de convencer de las mayores tonterías políticas, las más grandes manipulaciones históricas y económicas y las teorías científicas más absurdas. Sólo hace falta que cualquiera de estas cosas lleve el marchamo de autoridad correspondiente: "-Es que lo ha dicho Fulanito, que es premio Nobel de no sé qué..."

Quedan algunos francotiradores dispuestos a reventar el juego (¡y no todos están en la Universidad de Dios!) que de vez en cuando se atreven a desenmascararles y afearles la conducta. Por desgracia, no suele suceder nada, porque los gobiernos y las multinacionales que les controlan poseen herramientas poderosas para defender sus intereses y objetivos (entre los cuales figura el hecho de que África continúe lo más desestabilizada posible para expoliarla con la mayor tranquilidad) y, peor, porque el ciudadano occidental prefiere no pensar y limitarse a comprar su tranquilidad de conciencia haciéndose socio (o sea, pagando) de una ONG cuya labor en el fondo le da igual: una vez abonado el precio, tampoco le preocupa demasiado si gracias a su colaboración mejora o no la cosa. Casi mejor que no, porque así puede seguir pagando y sentirse a cambio "solidario" y "humanitario".

Pero quedan los francotiradores, como digo. Por ejemplo, ese equipo de Human Rights Watch que ha estado seis meses trabajando en Etiopía para poder decirle al mundo lo que por otra parte ya sabíamos y nos habíamos empeñado en olvidar porque es un hecho molesto: que el gobierno de Etiopía, ése que periódicamente genera una avalancha de imágenes terribles como las que antes describimos para luego extender la mano y pedir ayuda económica para sus hambrientos, usa luego el dinero no en socorrer a sus gentes o mejorar su situación sino en "controlar la población, castigar a los disidentes y minar a la oposición" (cuando no en comprar armas para sostener guerras incomprensibles con vecinos como Eritrea). Cuidado, estamos hablando de uno de los países que recibe más dinero del mundo a fondo perdido en concepto de ayuda exterior: ¡unos 3.000 millones de dólares anuales (unos 2.150 millones de euros al cambio) que suponen nada menos que la tercera parte de su presupuesto como país!

El documento, que se ha publicado hoy y que por cierto no he visto destacado en los grandes medios informativos, lleva el explícito título de "Desarrollo sin libertad: cómo la ayuda financia la represión en Etiopía" y describe las prácticas de la corrupta clase política local encabezada por Meles Zenawi (aquí a la derecha, este individuo fue investido a primeros de este mismo mes por cuarta vez como primer ministro, mientras los opositores políticos se consumen en las cárceles locales) que emplea las "solidarias" donaciones occidentales para mantener "un estado virtual de partido único (es decir, una dictadura) con un balance deplorable en materia de derechos humanos". Hablando en plata, los miembros de HRW comprobaron cómo las autoridades etíopes se negaban a distribuir semillas, fertilizantes e incluso comida, aparte de "otros elementos de ayuda al desarrollo y a la supervivencia", a aquéllos que no son políticamente afines no ya a Zenawi sino al cacique local. Luego, cuando esta gente se muere de hambre, se convierten en perfectos modelos fotográficos para seguir exigiendo más y más a "los países ricos".

Engañar al ciudadano medio (especialmente si es europeo, insisto) es muy muy fácil y más si se trata de darle pena. Un caso muy famoso es el de la imagen que el fotoperiodista surafricano Kevin Carter tomó en otro infierno africano, Sudán (donde la tragedia de Darfur, entre otras cosas, sigue desarrollándose con sordina), y que fue publicada por The New York Times en marzo de 1993. Una niña a punto de morir, sola y abandonada en medio de la nada, mientras un buitre espera pacientemente para devorarla. La foto le valió el reconocimiento mundial y el Premio Pulitzer en 1994, además de crear un dilema moral de dimensiones estratosféricas (¿por qué no hizo nada por la niña? ¿podía hacer algo realmente? ¿es acaso pornografía emocional tomar y distribuir luego una foto así?) y alimentar una oleada tras otra de brutal hostilidad, sobre todo por parte de los que jamás se levantarían del sillón ni para ayudar a su anciana madre a cruzar la calle y sin embargo se sienten legitimados para juzgar a los demás. Carter se suicidó poco después de recoger el galardón; según la leyenda, torturado por los remordimientos..., por haber incluso esperado, según propia confesión, unos 20 minutos a que el carroñero posara de la manera adecuada para incrementar el dramatismo de la composición... Sí, es una imagen poderosa, tremebunda, simbólica...

Y falsa.

Dos fotógrafos españoles, José M. Arenzana y Luis Davilla, descubrieron la impostura de la imagen, tal y como se había interpretado desde que se hizo pública y así lo contaron a todo aquél que quisiera oírlo,  pero a día de hoy la inmensa mayoría de los compasivos, solidarios y engañados habitantes occidentales siguen creyendo que es real ("Y si no lo es, no importa, refleja muy bien una realidad", según me dijo un día una persona muy molesta porque le hubiera hecho caerse del guindo y sin atender a razones como que, si la interpretación de esta imagen es falsa, ¿qué nos hace pensar que no lo son tantas otras con las que nos bombardean a diario los medios de comunicación, que a menudo son los primeros engañados a sí mismos?). Les refuerza en su creencia el hecho de que Carter se suicidara, según se dice, por culpa de la imagen, aunque el propio fotógrafo surafricano también intentó aclarar en numerosos foros cómo la había tomado y no le dejaron. Ya sabemos que una imagen vale más que mil palabras.

Según ha relatado Arenzana, Carter (a la izquierda) era uno de los cuatro fotógrafos conocidos en Johannesburgo como el Club del Bang-Bang: especializados en inmortalizar con sus cámaras la brutalidad de la violencia, la guerra, las violaciones y la hambruna. Eran yonkies de emociones fuertes que disfrutaban haciendo su trabajo (lo cual debería decirnos ya algo acerca de su personalidad) sin importarles que "la muerte les mirara de cerca o la sangre les salpicara la lente". Su vida personal era caótica y deprimente, propia de las personas que han fracasado emocionalmente y se vuelcan exclusivamente en su trabajo. En el caso de Carter, además de consumir muchos litros de alcohol, fumaba una combinación de drogas conocida como White Pipe, que incluía marihuana, barbitúricos y mandrax, y ya se había intentado suicidar tiempo atrás. Así las cosas, dos de los miembros del grupo habían recogido ya premios a su labor, incluyendo también el Pulitzer, por fotos aún más terribles que la de la niña y el buitre, pero Carter y su compañero Joao Silva, que le acompañó a Sudán, aún no tenían ese reconocimiento y andaban buscándolo como locos. Por eso se fueron en busca de "la" foto que pudiera elevarles de categoría profesional y equipararles a sus colegas de banda.

La imagen esperaba en Ayod, un poblado "a mil kilómetros del lugar civilizado más cercano" que albergaba un feed center o centro de distribución de la ayuda alimentaria de la ONU y que acogía a unas 15.000 personas que huían de los tiroteos y buscaban comida y medicinas para aliviar sus sufrimientos. Carter y Silva se separaron, retándose a ver quién de los dos hacía la mejor foto. Y fue el primero quien se encontró a la niña..., a unos veinte metros de la puerta del poblado, junto a la empalizada del feed center y rodeada de gente que pasaba por allí. La niña no está derrumbándose, abandonada por los suyos y a punto de morir, sino defecando en el estercolero del poblado, adonde acuden todos los miembros de la tribu que tenían ganas de hacer de vientre como se decía antes o acelerar el tránsito intestinal como se dice ahora. El buitre está esperando, sí, pero no para abalanzarse sobre la niña, sino para hurgar en sus deposiciones en busca de algo de carroña que llevarse al pico. 

El propio Luis Davilla tuvo ocasión de tirar unas fotos similares en el mismo sitio cuando los dos fotógrafos españoles estuvieron en Ayod meses después de publicada la fotografía de Carter. También aparece una niña y no sólo un buitre, sino dos.

Nadie sabe lo que ocurrió con aquella niña, en realidad. Tal vez lograra sobrevivir y llegar a mayor (dentro de la exigua esperanza de vida en tantos puntos del continente negro), tal vez fuera tiroteada días después por los crueles milicianos sudaneses, tal vez falleciera de hambre cuando el feed center de la ONU se retirara. Lo que es seguro es que ella no llegó a enterarse de que su imagen había dado la vuelta al mundo. Y de que se había transformado en una metáfora de la catástrofe humanitaria de Sudán, hasta el punto de pasar a engrosar la categoría de imágenes-irreales-que-parecen-muy-reales con las que el fotoperiodismo nos ha engañado en los últimos setenta u ochenta años: desde el ave impregnada de petróleo porque los malvados iraquíes quemaron los pozos de Kuwait (cuando en realidad era un animal fotografiado durante el derrame de un petrolero norteamericano en Alaska) hasta el miliciano republicano herido en Cerro Muriano en la imagen de Robert Capa (que hoy sabemos fue un montaje de propaganda).

En cuanto a Carter, el papel que dejó como último testamento en el interior del vehículo donde se suicidó conectando una manguera al tubo de escape para inhalar el dióxido de carbono decía entre otras cosas que había llegado a un punto "en el que el sufrimiento de la vida anula la alegría (...) estoy perseguido por recuerdos vívidos de muertos, de cadáveres, rabia y dolor. Y estoy perseguido por la pérdida de mi amigo Ken" (uno de sus colegas del Club del Bang-Bang, finalmente alcanzado en un tiroteo). Ni rastro del presunto remordimiento por la foto de la niña y el buitre. Sólo el hastío vital del que se ha pasado la vida hurgando en la basura y al final ha acabado cubierto por ella.


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