
Por ejemplo, la palabra Justicia significa algo muy concreto e impersonal en sí mismo pero posee un sentido diferente según quien la emplee después de un juicio. Aquella parte a la que se le haya dado la razón no dudará en utilizarla de forma contundente y sonora, con todas las letras, casi saboreándola como si fuera un helado de frutas del bosque en un día caluroso (¡se hizo justicia!)..., mientras que aquella otra parte que haya perdido en el juicio la utilizará como eufemismo sarcástico de algo muy distinto: error, mala interpretación, quizá corrupción y, por supuesto, injusticia (sí, ya sabemos la justicia que se hace en este país...).
Si fuéramos capaces de usar las palabras para designar exactamente lo que implican, el mundo sería en verdad mejor. Lo que sucede es que entonces nos obligaríamos a expresarnos correctamente. Esto es: a decir lo que de verdad queremos decir y dejarnos de medias tintas, sobreentendidos y bueno-ya-sabes-tú-a-qué-me-refiero (mientras uno pone cara de enterado para no quedar mal, aunque cierta angustia muy particular se apodera de él porque no sabe exactamente a-qué-se-refiere y no se atreve a preguntar). Y, en realidad, ¿cuántas personas están dispuestas a soportar la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?
Así que la Filología resulta ser una ciencia fascinante, aunque en este mundo de primates decadentes en el que sólo importa la especialización técnica y/o científica (y siempre con objeto de ganar mucho dinero) sufra hoy mala prensa como "carrera inútil", igual que le sucede a la Filosofía, la Psicología y casi todos los demás estudios de Humanidades que luego son los que en realidad más nos ayudan a explicar la vida que nos rodea (ésa es una de las razones precisamente de su mala prensa; como diría Mac Namara, se trata de que la gente cada vez sepa menos de sí misma y de su entorno, que piense peor, que se deje dirigir mejor).
El origen exacto de las palabras, qué significa de verdad una u otra, por qué por ejemplo amor y humor (¡y humano!) son tan parecidas aunque en teoría representan conceptos ¿diferentes?..., todo ello representa una sucesión de enigmas que puede llegar a actuar como koanes para transmutar nuestra conciencia y ayudarnos a pasar a otro nivel de comprensión de la realidad en la que estamos sumergidos.
El misterio, por ejemplo, de los tacos (un taco es una palabra malsonante en español de España pero un atasco de tráfico en el español del cono sur americano: ¡los significados distintos!). ¿De dónde salen? ¿Quién empezó a usarlos y por qué, con esa función? ¿Por qué hay idiomas como el italiano o, sobre todo, el español, donde poseemos una riqueza brutal de este tipo de expresiones sucias mientras otros como el inglés o el alemán carecen casi de ellas? Recuerdo a cierto conocido de Frankfurt, un empresario que viaja todos los años a Canarias de vacaciones y que dice a todo aquél que quiera oírle que le encanta venir a España por tres motivos: el sol (que le permite dejar de pasar frío), la comida (que es estupenda y variada, no como la alemana que se basa en embutidos, pasteles y cerveza..., y poco más) y los tacos (que le permiten desahogarse en cada situación concreta con la expresión adecuada).
Tiene razón en todo, naturalmente. También en lo último, sobre todo si consideramos que el taco más utilizado en alemán es Archsloch que traducido a nuestro idioma significa... Ojete. Llamarle eso a un alemán es ganarse una bronca segura, y de las gordas. Ahora bien, en nuestro caso ¿no nos sentiríamos un poco ñoños llamándole "ojete" a alguien en una discusión? ¿Sobre todo cuando disponemos de tacos mucho más "profesionales"? Y sin embargo, también nuestros tacos tienen un origen a menudo bastante tonto. Véase el caso del equivalente ibérico de Archsloch, que es el muy sobado Gilipollas. La mayoría de los mortales que emplean esta expresión para denostar a alguien lo hacen sin tener ni idea de lo que significa, porque además es que se emplea en diversos casos y con distintos grados de descalificación.
El origen de este hispánico taco hay que buscarlo según parece en un importante personaje del Madrid antiguo, que incluso llegó a alcalde (aunque según otras fuentes fue un fiscal del Consejo de Hacienda), llamado Don Gil Imón. Era un tipo popular, que aparecía a menudo en los ecos de sociedad de la época y que tenía varias hijas en edad de merecer, "pollas" o "pollitas" que era el apelativo

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