
Es inútil explicar a todos estos mortales corrientes que no existen los milagros (ése es sólo el nombre con el que llaman los ignorantes a los efectos de leyes para ellos ocultas), que la Naturaleza impide las trampas (no se puede cambiar un solo adoquín en el entramado cósmico sin una razón que lo justifique y, además, sin reajustar el resto de la construcción, porque si no toda la creación se desmoronaría sobre sí misma) y que no existe, en ninguna esquina del Universo, absolutamente nada gratis (todo cuesta: incluso la vida, que parece gratis, se paga en "cómodos" plazos entregando el correspondiente impuesto en néctar esencial y destilado, sin saberlo, por cada persona; eso, sin contar una última aportación final que es la del propio cadáver). Por lo mismo, es también inútil explicarles el porqué de que todos ellos no puedan matricularse en la Universidad de Dios. No hay más que ver en cómo utilizarían sus poderes si los tuvieran.
Creo que la mayoría de ellos sería incapaz de iniciar el camino de la correcta sabiduría incluso ni aunque tuvieran la ocasión de ser iniciados por el Gran Jefe Máximo. Sobre eso trataba una historia que nos contó Narag Zak, un alumno de Primero de Dios de origen armenio que llegó hace seis o siete años a la Universidad y enseguida se destacó por su carácter sociable y de fino humorista.
Narag Zak nos contó en la cafetería que esta situación le recordaba la de cierto miserable cuya historia se cuenta en su familia: un tipo que no estaba contento con su vida y en lugar de tomarse la molestia de mejorarla por sí mismo se fue a buscar a Dios en persona para echarle en cara su fortuna y exigirle que se la cambiara por una mejor de inmediato. Durante el camino se encontró con tres seres: un lobo, una muchacha y un árbol. Cuando el lobo le vió y se enteró de que el tipo se disponía a hablar con Dios le pidió que le trasladara una pregunta de su parte: "Todo el día y toda la noche busco alimento para no morir de hambre: pregunta a Dios por qué me ha creado si no me facilita comida". El hombre se comprometió con el animal y siguió s

Por fin y tras un larguísimo viaje consiguió ser recibido por Dios quien, estando de buen humor, decidió atender al hombre desagradecido y contestar sus inquietudes. Éste le espetó enseguida: "A ver, Dios mío: ¿me quieres explicar por qué tengo que matarme a trabajar día y noche, siempre con estrecheces económicas y padeciendo una vida desdichada, cuando conozco a mucha otra gente que trabaja bastante menos que yo y disfrutan de una existencia casi regalada? ¿Dónde está la presunta igualdad con la que tratas a tus criaturas humanas? ¿Y tu justicia? Quiero que arregles mi caso ya mismo y no me iré de aquí hasta que no lo hagas."
Dios soltó una carcajada y se limitó a contestarle: "Te ofreceré una sola oportunidad. Si sabes aprovecharla, serás rico y feliz. Vuelve ahora a tu casa."
Contento con la respuesta, el tipo expuso luego los casos del lobo, la muchacha y el árbol y recibió también las contestaciones que de

Así que se fue y, desandando el camino, se encontró con la hermosa y rica muchacha, tan insatisfecha con la vida. Sin pararse mucho tiempo a hablar con ella le contó que "según Dios, para conocer la felicidad, tienes que encontrar un hombre con quien casarte para compartir con él las alegrías y las penas de tu vida." A la joven empezaron a brillarle las pupilas y le pidió: "¡Cásate tú conmigo! Así podremos ser felices juntos, pues yo te cuidaré como ninguna otra mujer y te cubriré de besos y nunca tendrás que trabajar para vivir la vida que cualquier hombre envidiaría". La respuesta del quejica fue aún más idiota que la anterior: "No tengo tiempo de casarme contigo. Búscate a otro. Dios me ha ofrecido una sola oportunidad y tengo que ir a casa y aprovecharla."
De esta forma, llegó finalmente adonde se encontraba el lobo hambriento, quien le inquirió si había tenido éxito en su misión y tenía ya la respuesta que le había solicitado. El quejica le contó que sí, que ha

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