Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Pequeño homenaje a Pitágoras

Ya que el comentario de ayer se cerraba con una de las maravillosas sentencias de Pitágoras (a quien por cierto tuve ocasión de conocer bastante a fondo en mi reencarnación de aquella época y nunca, repito, nunca le vi con ese ridículo tocado al estilo talibán con el que aparece representado a menudo, como si acabara de lavarse la cabeza y llevara la toalla puesta para secarse la melena), hoy le rendiré especial homenaje porque fue uno de los más grandes hombres (conocidos) de la Antigüedad.

Resulta patético que lo único que se recuerde hoy de este verdadero hijo de Hermes sea precisamente el nombre del teorema que lleva su nombre: ése que establece que en un triángulo rectángulo el cuadrado de la hipotenusa (de longitud c) es igual a la suma de los cuadrados de los dos catetos (de longitudes a y b) de tal manera que que c²=a² + b². Vaya, sobre todo cuando el teorema de Pitágoras no lo inventó él sino que ya lo utilizaban los antiguos pueblos egipcios y mesopotámicos. El mérito real que tuvo la escuela pitagórica fue difundir en Occidente esta aplicación matemática, ya que en la actualidad no se conserva ningún documento escrito anterior a su época sobre este asunto. Pero sin ir más lejos hoy sabemos que la pirámide de Kefrén, oficialmente datada en el siglo XXVI antes de Cristo (o sea, veinte siglos antes de que naciera mi amigo de Samos), se construyó basándose en el conocido como triángulo isíaco (de Isis, claro) o triángulo sagrado egipcio cuyas proporciones originales de 15/20/25 codos egipcios se traducen, hoy, en sus esquivalente modernas de 3/4/5.

Los aficionados a las Matemáticas tendrán además algún otro detalle de los trabajos de Pitágoras y los suyos con relación a los números perfectos, los poliedros (con la descripción del dodecaedro, por ejemplo), los números irracionales, etc. A mí la verdad todas estas cosas siempre me aburrieron mucho. He sido de Letras Puras a veces me da la impresion que desde la primera vez que me reencarné en este planeta y por ese motivo fui muy amigo de Pitágoras y compartí su iniciación en Egipto (entonces había que ir allí, a perderse en los laberintos bajo tierra entre la Esfinge y la Gran Pirámide, para renacer) pero no milité en su Escuela de Misterios.

Pitágoras sabía muchas cosas y bastante más importantes que todos sus estudios matemáticos... Sabía, para empezar, sobre la existencia del espíritu, sus cualidades y sus diferencias respecto al alma y el cuerpo, y su capacidad para aprender a través del juego de las reencarnaciones. Sabía sobre nuestra identidad cierta y nuestro origen verdadero, no en este pequeño planeta perdido en una esquina poco transitada de una galaxia sin relevancia, sino en las más altas estrellas de donde venimos y a donde volveremos los inmortales. Sabía sobre la sustancia común a partir de la cual están confeccionados todos y cada uno de los seres individuales del Cosmos por más que luego se manifiesten físicamente en formas en apariencia tan diferentes en este teatrillo en el que nos movemos. Sobre la Guerra Eterna e inevitable. Y sobre lo que significa realmente la pureza y la importancia de seguir el sendero correcto. Y sobre cómo dialogar con los animales en su propio idioma y con sus propios signos..., y de la misma forma cómo contactar con otros seres que los mortales no ven pues están separados de ellos como los peces de un acuario están aislados de los seres humanos. Sabía Pitágoras sobre el mismo Dios, uno y muchos al mismo tiempo, extendiéndose a nuestro alrededor, dentro y fuera de nosotros mucho más allá de lo que jamás podría alcanzar nuestra vista aun si fuera inmortal. Y a Dios le representaba como una esfera pues la esfera era para él el símbolo de la perfección, tal y como demostraba el movimiento circular del fuego de las estrellas.

El asunto de la esfera es particularmente curioso pues Pitágoras, como todos los hombres ilustrados de su tiempo, conocía la esfericidad de nuestro propio planeta. Hemos leído en numerosas ocasiones que la gente de la Antigüedad consideraba que la Tierra era plana y lo cierto es que los iletrados podrían así pensar acerca de ella pues el radio del planeta es tan grande en comparación con las distancias que manejamos en nuestra vida corriente que, si uno no se fija primero y utiliza su capacidad de razonamiento después, resulta difícil darse cuenta de que no lo es. Lo cierto es que en diversos países del mundo existieron pensadores y científicos que descubrieron este secreto geográfico y lo representaron de múltiples formas, desde las referencias a la Tierra esférica en los textos de la India védica como el Aitareya Brahmana hasta las enseñanzas de la misma escuela pitagórica o, posteriormente, en la academia de Platón y en los trabajos del discípulo más brillante de éste, Aristóteles. A su vez, un seguidor de Aristóteles, Eratóstenes, elaboró el famoso experimento para estimar la circunferencia de la Tierra a partir de la medición del ángulo que forma la posición del sol con la vertical en dos ciudades distintas, una más al norte que la otra (escogió Alejandría, la ciudad en la que él vivía en aquella época) y Asuán, mucho más al sur. El hecho es que a partir de entonces las clases cultivadas certificaron que la Tierra no era plana (otra cosa, insisto, es lo que pensara el vulgo, pero a éste nunca le ha interesado el conocimiento) y la mejor prueba es esta elocuente representación gráfica extraída de un mapa medieval fechado en 1230, siglo XIII, de Johannes de Sacrobosco, lectura corriente en las universidades europeas de la época.

Pitágoras fue el predecesor, entre otras cosas y como no podía ser de otra manera dado su elevado pensamiento espiritual, de ese concepto que hoy se tiene como inventado por los científicos de que nada se pierde en el universo sino que todo se transforma. En realidad, la frase original del de Samos fue: Nada perece en el Universo; todo cuanto en él sucede no deja de ser una mera transformación.

Dejó dichas muchas otras cosas pero siempre me han gustado mucho estas otras dos sentencias suyas:

*Prefiero el bastón de la experiencia que el carro rápido de la fortuna; el filósofo viaja a pie.

* Ante todo, respetáos a vosotros mismos.


3 comentarios:

  1. Enhorabuena por el artículo. Ya es hora de que vayamos reivindicando la figura de Pitágoras, y para eso habrá que redescubrirlo. Un gran sabio, un matemático místico, pues la Creación es matemática, el lenguaje de Dios. Fundó la escuela de misterios conocida como pitagórica, que era, junto a la órfica, la más importante de Grecia. De él y sus misterios bebieron los más grandes posteriores a él como Platón o Aristóteles ¿quién sabe esto en estos tiempos? Enhorabuena, de nuevo, por el post.

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  2. muchisimas gracias..... ha sido un descubrimiento encontrarte y leer tu blog. un abrazo grande
    Miguel angel

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