Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

martes, 16 de febrero de 2010

La batalla de Hadiza

Call of Duty: Modern Warfare 2 está considerado ya como el videojuego más exitoso de la historia (hasta el momento, habrá que esperar al siguiente lanzamiento): sólo 24 horas después de salir al mercado ya había recaudado la increíble cantidad de 500 millones de dólares. Es, dicen los expertos, el mejor shooter (o videojuego de tiroteo puro y duro) jamás puesto a la venta, en el que el jugador asume el rol de un sargento anglosajón en un comando de elìte destinado a luchar contra un grupo terrorista (ah, los terroristas, qué harían algunos sin ellos...) ruso dirigido por un tipo malo, malísimo. La trama comienza en Afganistán y sigue por diversos lugares del mundo, incluyendo la propia Rusia, la costa este de los Estados Unidos, Río de Janeiro, de vuelta a Afganistán, las montañas del Cáucaso..., y, bueno, qué más da dónde más. Lo único que importa es pegar un tiro tras otro en un entorno hiperrealista y violento hasta la saciedad, ya que no sólo se puede disparar a los malvados terroristas sino, por ejemplo, a un grupo de civiles durante uno de los atentados en un aeropuerto ruso. ¡Qué divertido!

Resulta ciertamente patético que la misma sociedad que forzó a prohibir el servicio militar obligatorio, que se avergüenza de sus militares hasta el punto de que tiene que asignarles la etiqueta moral de ONG para justificar su despliegue en su propio territorio o en cualquier misión internacional, que pide restar dinero a los gastos militares para dedicarlos a otros sociales o que mira por encima del hombro a cualquier persona que se atreva a vestir de uniforme paseando por la calle, se entregue luego con indisimulado regocijo y gran satisfacción al placer de coger un arma de ficción y destrozar todo lo que pille por delante.

"Bueno, ya estamos con la misma crítica tonta de siempre..., esto es un juego después de todo y no tiene más trascendencia..." puede ser la contestación de los fanáticos del Modern Warfare y de todos los shooters de este tipo, empeñados en no relacionar la forma en su opinión tan amena, divertida y en apariencia inocente en la que están fijando en su subconsciente la utilidad de la violencia a la hora de reaccionar ante una situación determinada. Es el mismo principio por el que a los niños (a los de antes, sobre todo) se les regalaba pistolas o rifles de juguete mientras a las niñas les tocaban las muñecas. O el mismo por el que veo hoy día por la calle a niños realmente muy pequeños conduciendo cochecitos de juguete o manejando móviles de mentira. Es una simple cuestión de educación para cumplir una labor en el futuro.

Hay una novela muy curiosa, tal vez premonitoria después de todo, que se titula El juego de Ender y que encumbró a su autor Orson Scott Card (de hecho, no ha escrito nada mejor que esta obra) a finales de los años setenta del pasado siglo. Trata de la educación militar de un niño en una particular escuela de cadetes, donde se le lleva más allá de todos los límites para que desarrolle sus poderosas cualidades militares en todos los sentidos. Parte del entrenamiento consiste en emplear una especie de videojuego en el cual debe comandar una flota de naves que se enfrenta a las de unos enemigos de la Tierra de aspecto insectívoro e intenciones poco amistosas para con nuestro planeta. Sus instructores elevan progresivamente el nivel del juego, enfrentándole a retos casi imposibles de resolver y con todos los condicionantes en contra para exprimir todas sus habilidades. Al final de la novela, en el mayor y más difícil combate de "videojuegos" que enfrenta durante toda su carrera, descubre que ha estado comandando realmente la flota humana contra la más numerosa de los enemigos insectívoros... A los que por cierto no sólo consigue derrotar contra todo pronóstico, sino incluso aniquilar, exterminar para siempre (lo que luego le crea un complejo de culpa muy del estilo yankee renacido).

Así que ahí estamos reventando casas, destruyendo ciudades, matando enemigos..., pero no pasa nada porque todo es virtual. Bueno, una de las primeras cosas que pasa es que perdemos el contacto con la realidad. El mundo, a pesar del cuento ése que repiten las instancias internacionales empezando por las desprestigiadas agencias de la ONU de que nunca ha sido más pacífico ni ha estado mejor que ahora, sigue siendo un lugar muy peligroso y lleno de guerras y devastación más allá de las cálidas fronteras de Occidente. Y cuando nos llegan las noticias de los combates entre militares occidentales (da igual marines norteamericanos, militares británicos o -sí, vaya sorpresa, ellos también- legionarios españoles) y afganos, iraquíes, paquistaníes o lo que quiera que sea que vivan en esos países tan lejanos de nuestra tele de plasma y nuestro apartamento en la Costa Blanca, no nos afectan demasiado. Ni siquiera cuando se habla de tantos muertos y heridos. Sólo si los que caen son de los nuestros parece que nos molestamos un poco, nos movemos en nuestro sillón chasqueando la lengua y luego volvemos a lo nuestro, al juego.

Así que hoy voy a recomendar una película que me parece realmente imprescindible para volver a conectar con la realidad, para poner caras a los personajes que no las tienen porque viven demasiado lejos, nos son demasiado ajenos después de todo. Se titula La batalla de Hadiza, la dirigió en 2007 el británico Nick Broomfield y se basa en los hechos reales que sucedieron en 2005 en Iraq, cuando un convoy de marines fue atacado con una bomba por la insurgencia iraquí y en el ataque murió un oficial especialmente apreciado por la tropa. Locos de furia por lo ocurrido, los soldados la emprenden contra todo y contra todos y en plena represalia asesinan a dos docenas de personas, incluyendo ancianos, mujeres y niños, en las casas colindantes al camino donde los rebeldes instalaron la bomba.

Ése es todo el argumento. No hay glamour aquí, ni actores conocidos, ni un desarrollo dramático calculado más allá de un estilo documental (muy en boga últimamente, por cierto) en el que se van desarrollando los hechos de acuerdo con el horario previsto. Pero lo más importante de la película es que no nos muestra una historia de buenos y malos, sino de gentes que en circunstancias diferentes podrían haber sido amigos, incluso confidentes, pero a los que los acontecimientos históricos han metido en trincheras enemigas y les han forzado a enfrentarse con los otros para sobrevivir. Los dos terroristas que colocan la bomba en realidad no son radicales islámicos sino simples ciudadanos con sus propias familias que poco antes de preparar la trampa se llevan las manos a la cabeza porque los insurgentes han matado a otro ciudadano de Hadiza por enseñar inglés. Ellos preparan el artefacto porque les pagan para ello y necesitan el dinero, y porque no simpatizan con un ejército americano que les ha librado de Sadam Hussein pero en lugar de marcharse a continuación han ocupado su lugar. No hay maldad en ellos, no odian específicamente a los americanos. Tienen tanto miedo como los marines que patrullan y que saben que en cualquier lugar puede esconderse alguien con turbante y kalashnikov dispuesto a tirotearles. En cuanto a los soldados estadounidenses, actúan por simple venganza, una venganza primitiva que les lleva a sacar conclusiones equivocadas y masacrar a los civiles de las casas vecinas donde se ha colocado la bomba sólo porque necesitan un culpable y piensan que éste se halla ahí. Y en cuanto a los propios masacrados, son víctimas de su propia indecisión, puesto que los vecinos son conscientes (de hecho, ven todo el proceso de instalación) de la existencia de los explosivos pero no saben qué hacer al respecto: "si avisamos a los americanos, nos matarán los insurgentes y, si no les avisamos, pueden tomarla con nosotros". Al final es lo que sucede.

Para rematar la película, el último dardo envenenado nos muestra a los mandos inferiores encargados del asalto y la masacre (el principal de ellos, un cabo de origen hispanoamericano llamado Ramírez..., ¡como uno de los personajes de Modern Warfare 2!) que habían sido animados a lanzar el ataque por sus mandos superiores y que luego se convierten en los cabezas de turco cuando todo lo ocurrido en Hadiza sale a la luz gracias a un video de "un estudiante de periodismo iraquí" que en realidad es uno de los terroristas que ha grabado los hechos para usarlos como propaganda antiamericana.

Todos los personajes tienen cara, emociones, vida personal, dudas, razones... Lo más importante de la cinta de Broomfield es que uno no puede decantarse por un bando u otro. Todos los protagonistas del drama tienen su punto de vista y es bueno (desde su óptica). Todos son títeres de los Grandes Amos y bailan al son que tocan. Pero en lo que a nosotros nos toca, por la cercanía cultural, podemos quedarnos por ejemplo con esa escena en la que un par de marines disparan alegremente a un iraquí que nada les ha hecho y se ríen de su muerte "chocando esos cinco" y comentándola como si fuera una simple víctima más de un exitoso videojuego.

1 comentario:

  1. Gran película sin duda. Todos los jovencitos que tanto disfrutan con los videojuegos de tiro es porque no han hecho la mili ni saben lo que es la disciplina militar ni son conscientes de la resposnabilidad de matar a alguien.

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