

Ni que decir tiene que, ya en su época, el texto se convirtió en un escándalo inmediatamente después de su publicación y, como los mejores libros de la historia de la Literatura, logró convocar enseguida a dos legiones: una de críticos mordaces y demoledores que lo machacaron públicamente y otra de incondicionales defensores que empezaron a partirse la cara por él y por el ramillete de extrañas, inquietantes y atractivas ideas que contiene. Ideas, la mayor parte de ellas, sugeridas, porque básicamente se trata de un catálogo de hechos inexplicables (y por tanto ignorados, despreciados y, a menudo, metidos discretamente debajo de la alfombra) por la Ciencia y la Razón oficiales. El volumen en realidad es la primera selección de varias decenas de miles (se calcula que un mínimo de veinticinco mil, aunque algunas fuentes hablan de cuarenta mil notas) de estos sucesos heterodoxos que, con terrible paciencia y metodología, Fort recopiló y ordenó cuidadosamente a lo largo de su vida en tarjetitas en sus archivadores personales (en un principio, cajas de zapatos) que bautizó con el peculiar nombre de "El sanatorio de las coincidencias exageradas".
Nieve negra, lluvias de ranas, bolas de fuego de comportamiento caprichoso, desapariciones misteriosas jamás aclaradas, sugerentes huellas de animales desconocidos, aguaceros de sangre, soles de color verde, precipitaciones de grandes pedazos de hielo desde cielos despejados, gigantescos

Todos estos fenómenos le convencieron, en primer lugar, de la deshonestidad inherente (consciente o no) de los científicos contemporáneos predispuestos a aceptar sólo como ciertos aquellos hechos que encajen en la descripción del mundo generalmente aceptada. En segundo lugar, le llevaron al convencimiento (coincide en esto con Mac Namara) de que nuestro planeta es, en el mejor de los casos, una especie de finca privada perteneciente a alguna poderosa raza no terrestre que lo utiliza para sus propósitos, desconocidos para nosotros. Por supuesto, y como seres pertenecientes al planeta, también nosotros somos propiedad privada de esa raza y estamos a su disposición. Pegados a la superficie de la Tierra, somos, desde su punto de vista, como los pececillos que viven en el fondo marino, mientras las naves de los amos viajan sobre nosotros con capacidad para decidir sobre el futuro que nos espera. O tal vez ni eso, tal vez ni siquiera nos consideran lo suficientemente inteligentes (como nosotros a las criaturas del mar) como para preocuparse de manera especial por nuestro destino.
Algunos de los más fieles seguidores de Charles Fort en el Reino Unido fundaron la Sociedad Charles Fort, encargad

"Leer a Charles Fort es cabalgar en un cometa" decía el escritor Maynard Shipley para describir su experiencia ante la deslumbrante y excesiva obra de Fort. Éste, aun siendo consciente de las críticas que se vertían en su contra, solía repetir que "me maravilla que las personas se contenten con ser simples novelistas, o sastres, o industriales, o barrenderos", habiendo todo un universo de misterios esperando más allá de las fronteras autoimpuestas a la investigación de lo insólito.
De este Fort es de quien me ha acordado al leer la descripción de la prensa australiana del extraño comportamiento de los loros de Palmerton que, sin que nadie sepa cómo ni por qué, pierden la coordinación, se quedan dormidos y, tras ser recogidos por los habitantes del lugar y colocados en jaulas ad hoc, pasan allí una especie de "resaca". Por eso les llaman "los loros borrachos". Los veterinarios de la zona aseguran que los pájaros se intoxican con algún tipo de alimento que altera sus funciones motrices (empezando por el vuelo) y luego enferman como si se recuperaran de una noche de juerga con gran consumo de alcohol. Aunque no está nada claro si la intoxicación la produce en realidad un virus o cualquier otro motivo. Para facilitar su recuperación, se les administra un potaje con fruta a modo de reconstituyente y, en ocasiones, pasan varios días antes de que puedan recuperar su facultad para echar a volar de nuevo.
¿Qué les intoxica? ¿Y por qué? Sabemos que un animal no es como un hombre: no tropieza dos veces en la misma piedra. Es decir, que si un loro cae un año, y otro, y otro, y otro más en el mismo tipo de comportamiento que le deja absolutamente indefenso y atontado durante unos días es, una de dos, porque algo le obliga a ello (alguna conducta tipo gestalt de la especie o algún tipo de fuerza electromagnética desconocida) o porque le gusta (porque le merece la pena la intoxicación posterior a la ingesta de algún tipo de sustancia concreta). ¿Qué diría Fort de todo esto? Diría: "Lo imposible se puede convertir en razonable, siempre que se presente con la suficiente educación".
YA CON SOLO VER Q ERES CREYENTE TU BLOG VALA PARA PURA MADRE,,,,LA EVOLUCION ES LA REALIDAD,,,Y DIOS O DIOSES SOLO SON COSAS IMAGINARIAS DE TU MENTE,,,
ResponderEliminarEL PLACEBO DE LAS MASAS,,,EN FIN EL SER HUMANO ES UN IMBECIL,,,,Q NECESITA CREER EN ALGO,,PARA VIVIR,,,Q NO PUEDE TANSIQUIERA CREER EN EL MISMO Y YA? EN FIN,,,