
Una de ellas es la que recibí esta mañana de manos de un amigo, y es en efecto la adaptación de un antiguo cuento oriental: el del rey con cuatro esposas.
Había una vez un monarca que estaba casado con cuatro mujeres. Él amaba, más que a ninguna de las otras, a la más joven de todas ellas: la cuarta, que era también la más hermosa y efervescente. Para ella reservaba siempre sus mejores regalos cuando volvía de guerras de conquista o de simples viajes a los países vecinos, así como sus palabras más amables y sus piropos más encendidos. Le daba lo mejor. También amaba mucho (aunque un poco menos que a la cuarta) a su tercera esposa: muy guapa y ardiente, y a la que gustaba lucir ante sus invitados en palacio o si decidía viajar a algún reino vecino con su corte. Sin embargo, tenía miedo de que ella pudiera engañarle a sus espa

Como el hombre común, sea rey o villano, nunca se da cuenta de lo que es verdaderamente importante en la vida hasta que la Dama Blanca empieza a golpear con su mano fant

Entonces, el rey hizo llamar a su queridísima cuarta esposa y, tras recordarle que le había amado más que a ninguna otra y que le había dado todo lo mejor que tenía en su reino, le pidió que se preparara para morir también como habían hecho durante generaciones las mujeres de sus ancestros que, en el momento del fallecimiento del monarca, se inmolaban junto a él voluntariamente para acompañarles en el más allá. Pero ésta le contestó:
- ¿Tú estás loco o qué te pasa? Vivimos tiempos modernos, soy joven y hermosa, y no me puedes obligar a morirme contigo -y sin más comentarios se dio la vuelta y se marchó con total frialdad.
Conmocionado por el poco agradecimiento, el rey llamó a su tercera esposa y le planteó el mismo argumento. Y ella contestó:
- No moriré contigo. La vida es buena y divertida para aquéllos que pueden gozar de ella. ¿Por qué iba a privarme de hacerlo yo, si estoy en disposición de seguir viviendo? Además, en cuanto te mueras me casaré con otro -y se fue, tan tranquila.
En este momento, el monarca sintió que la muerte estaba más cerca que nunca de su persona. Desesperado, llamó a su segunda esposa y le confió con tristeza su estado de ánimo para a continuación pedirle que al menos ella le acompañara al otro mundo. Y ella dijo:
- Siempre te he ayudado cuando me lo has solicitado y así volveré a hacerlo de nuevo..., pero no enterrándome contigo. No te preocupes: yo me encargaré de que tengas unos funerales adecuados y una tumba como corresponde a tu dignidad -y se marchó con calma.
El rey no pudo aguantar más y empezó a llorar amargamente, sintiendo cómo se desgarraba su corazón.

- Yo estoy dispuesta a morir contigo, a acompañarte donde haga falta. Nunca me separaré de ti.
Era, por supuesto, su primera esposa: la única que en realidad siempre le había amado de corazón sin esperar nada a cambio. Allí estaba, junto a su lecho de muerte, fiel hasta el último minuto y valiente como ninguna otra. Muy emocionado, el rey sintió el peso de la culpa y de la injusticia cometida durante tantos años y susurró:
- Debí haberte atendido la primera de todas cuando pude hacerlo.
Pero ya era tarde, y murió.
La moraleja de este cuento es que el rey es la persona corriente y las cuatro mujeres representan cuatro cosas muy concretas. La cuarta esposa, la joven y pizpireta, representa nuestro cuerpo físico y es bien cierto que da igual la cantidad de tiempo, mimo y lujos que le dediquemos durante nuestra existencia: el día de nuestra muerte, nos abandonará sin decir ni pío. La tercera esposa simboliza nuestras posesiones y riquezas materiales: tampoco nos acompañará cuando fallezcamos sino que, al contrario, en cuanto hagamos mutis por el foro se irá con el primero que se encuentre. La segunda esposa es una metáfora de nuestra familia y amigos: podrán habernos arropado y aconsejado de corazón pero poco más que acompañarnos a la tumba podrán hacer cuando nos toque el momento de dejar este mundo. Finalmente, la primera esposa no es otra que nuestra alma, a la que ignoramos alegremente y dejamos morir de hambre espiritual mientras dedicamos nuestros años a la búsqueda de fama, placer y fortuna, cuando es la única que nos acompañará en el tránsito final.
Es lo bueno de pensar en la muerte: que de repente te pone en tu sitio y te hace recordar lo que de verdad merece la pena.
precioso
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