
Frank vivía en su humilde casa junto con su mujer, su hijo y su anciano padre. Como de costumbre en la vieja Irlanda, no había mucho trabajo y aún menos dinero. Todos debía

Resentido por su mala fortuna, que le había destinado una vida penosa y sin expectativas de cambio, Frank se enfadó mucho un día que, regresando del campo, oyó a su padre riendo junto a otro hombre tan mayor como él mientras recordaban tiempos pasados. Enfadado, le hizo entrar con malos modos en la casa y, frente al hogar, le reprochó su inutilidad y le acusó de perezoso. Luego, sin dejarle defenderse, le anunció que, ya que le gustaba tanto hacer el vago y reírse con los demás, estaría mejor fuera de allí, viviendo su propia vida en otra parte. A continuación, le ordenó que cogiera sus cuatro miserables pertenencias y le echó a la calle. Por lo menos, pensaba, no seguiría comiendo a su costa.
De nada sirvieron los llantos y los ruegos de su esposa, que quiso interceder por s

- ¡Morirá de frío ahí fuera, pues se acerca el invierno! -se lamentó la mujer- Déjale que se lleve al menos una manta para guarecerse de la bajas temperaturas.
Frank asintió, pensando que si le entregaba una de las usadas y raídas mantas de su dormitorio, su esposa dejaría de interponerse en su decisión y podría así dejar resuelto el problema. Él mismo escogió la más deteriorada y fea de las que tenía y se la entregó a su padre.
Con lágrimas en los ojos y una expresión de sofoco, temblando por el disgusto y musitando una oración, el padre tomó la manta y, tras una última y triste mirada al interior de la casa, arrastró los pies hacia la puerta dispuesto a enfrentar su duro destino. Pero en el momento en el que agarraba el picaporte, se oyó una enfadada vocecilla en la cuna: ¡era el bebé, que hablaba por primera vez!
Asombrados, Frank, su padre y su mujer se quedaron mirando al pequeño, quien se había sentado sobre sus pañales y exigía con voz airada:

- ¡No le des la manta entera! ¡Dale sólo la mitad! Eso es suficiente para el viejo.
Frank apenas pudo balbucear la pregunta, tan anonadado como estaba:
- ¿Por qué sólo la mitad?
- ¡Porque yo necesitaré la otra mitad para dártela a ti el día que te eche de casa!
Según algunas versiones de esta historia, Frank se murió en ese mismo momento de un ataque al corazón. Según otras, se volvió loco y salió chillando de su casa y nunca más se le volvió a ver por allí. Las más piadosas afirman que recapacitó sobre sus actos y finalmente pidió perdón a su padre y a su esposa (y a su hijo) y nunca más volvió a renegar de su fortuna.
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