
El documento propone cuatro fórmulas de integración, que obtienen mayor apoyo a los dos lados de la frontera según su nivel de flexibilidad. Un Estado unitario y jacobino al estilo francés es el que menos atrae (un 3 y pico en una escala del 0 al 10 tanto en España como en Portugal). Un Estado federal supera ya el 4 entre los lusos aunque no llega a esa cota entre los españoles. Un Estado confederado (al estilo de Suiza) eleva la cifra casi al 5 en el caso de nuestros vecinos y sube por encima del 4 en nuestro caso. Y una alianza con plenos derechos políticos reconocidos a los ciudadanos de cada país residentes en territorio del otro (una fusión estilo Unión Europea, digamos) nos lleva por encima del 6 a los españoles y cerca del 7 a los portugueses. En una escala de 0 a 10, insisto. Es una puntuación similar a la que se obtiene ante la propuesta de crear una alianza similar con la UE o con Iberoamérica.
A lo largo del estudio se plantea el nivel de aprobación en la colaboración actual entre ambos países y la posibilidad de profundizar en él: los porcentajes son elevados. Quizás el más alto sea la posibilidad de estrechar la colaboración policial, judicial y militar (por encima del 93 por ciento). También se plantea la percepción de los vecinos. Los españoles les vemos simpáticos, trabajadores, orgullosos de ser lusos y responsables individualmente. Particularmente, yo siento a los portugueses como una comunidad más de la familia peninsular, de eso que, de manera significativa, se conoció en siglos pasados como Las Españas..., porque lo de las CC.AA. no es nuevo, sino una expresión política moderna de un sentimiento que siempre ha existido entre nosotros: cada uno se siente de su pueblo, pero todos con una base común de la que sentirnos honrados. Por cierto que los portugueses nos ven también simpáticos, con un elevado nivel cultural, mentalidad abierta y orgullosos de nuestra nación.
Si nos caemos tan bien y nos gusta nuestra mutua vecindad, ¿por qué no seguimos siendo un solo país, como lo fuimos hasta la época en

Evidentemente, porque no le interesa a los poderes que manejan el mundo en este momento. Es un hecho que cuando España o, digamos mejor, la Península Ibérica en general, españoles y portugueses unidos, ha estado unida ha llegado a adquirir una fuerza y una proyección que le ha convertido en una potencia impresionante capaz de hazañas que países más grandes o con más recursos ni siquiera llegaron a intentar. Por eso el arma empleada siempre para doblegar y dominar a los españoles ha sido fomentar su división, alimentar eso que por desgracia tan bien conocemos que es el enfrentamiento entre Villaarriba y Villaabajo. La misma Historia de nuestro país no es en cierto modo más que una sucesión de traiciones y guerras civiles de las que el episodio de 1936-39 no es más que (de momento) el último conocido. Los que manejan los hilos saben que es necesario tenernos entretenidos pues no hay deporte que nos guste más que matarnos unos a otros..., pero, si en lugar de eso, adquirimos de pronto un poco de cordura y decidimos que preferimos entrelazar las manos mirando todos juntos hacia delante nos convertimos de nuevo en algo peligroso e incontrolable. ¿Algún país en el mundo ha conseguido lo que ha conseguido España en los últimos 35 años: pasar de una férrea dictadura subdesarrollada en muchos aspectos a convertirse en una de las naciones más avanzadas y donde mejor se vive del mundo, a pesar del paro y las dificultades económicas (y el que no quiera verlo, que haga la maleta y viaje por ahí: no hace falta ir muy lejos)? Y esto en sólo 35 años de respetarnos los unos a los otros un poquito... ¡Qué no podríamos conseguir con un siglo de paz entre españoles!
Pero no nos van a dejar. No, hay que frenar a estos celtíberos orgullosos, hay que pararles antes de que se lo crean. ¿Y cómo vamos a hacerlo? Pues como siempre: primero, cegándoles en su conocimiento (¡ay, por desgracia nunca fue una virtud mayoritaria entre los hispanos el gusto por leer y aprender cosas nuevas!) y en la memoria de lo que son y de lo que fueron; y segundo, separándolos, enfrentándolos entre sí, estableciendo falsas fronteras entre ellos.
Dentro de la segunda estrategia se incluye la ofensiva de eso que se ha dado en llamar nacionalismo catalán que siempre ha servido (lo supieran o no sus militantes) a intereses no sólo ajenos a los españoles sino a los propios catalanes. Un nacionalismo fundado sobre un montón de mentiras y tergiversaciones históricas (fáciles de implantar en las mentes de los más pequeños a través de unos programas educativos que dan vergüenza ajena) para soliviantar a unos españoles contra otros. La carta firmada por 62 articulistas catalanes (la mayoría de los cuales, conocidos

En el caso catalán, es especialmente sangrante lo que se está haciendo pues probablemente no existe una región más española (a excepción del País Vasco, de donde descendemos todos los españoles) que ésta que incluso comparte con el reino de Aragón (eso sí que es una "comunidad histórica", no el pequeño condado de Cataluña que históricamente perteneció a la Corona Aragonesa), con el de Valencia y con Baleares la misma bandera que con el resto de España. Pues en efecto la famosa senyera (leyendas medievales aparte) no es otra cosa que una versión de la rojigualda: los colores del Sol, rojo y amarillo, siempre fueron los que distinguieron a los pueblos peninsulares cuyos emblemas y banderas iban adornados con los tonos del astro rey (incluso la bandera republicana escogió como tercer color el púrpura, otra tonalidad solar). Todas las sociedades antiguas, desde Egipto hasta Grecia, desde Roma hasta Asiria, conocieron a la península como el Finis Terrae, el lugar donde moría el Sol, y por ello la mayoría de las enseñas y pendones de nuestro país estuvieron siempre decorados con sus colores.
En un librito minúsculo pero apasionante titulado Catalanes y castellanos, un mismo origen, un mismo nombre, un mismo pueblo, nuestro conocido Jorge María Ribero Meneses desmonta filológicamente el cuento de los catalanes como pueblo distinto del resto de españoles. Distinto..., y por tanto mejor, porque cuando alguien se dice distinto de otro es porque implícitamente se considera por encima de ese otro. Si no, no querría ser diferente. En esta obra cit

Otro dato interesante recogido por este texto: a finales de 1999 se hizo público el descubrimiento de una placa de

Y un tercer dato, para no aburrir, es el de la lengua. El famoso problema de la lengua (rotular en catalán) que tanto "diferencia" a los catalanes del resto de los españoles. Pues, como bien explica Ribero Meneses, el catalán es "una lengua absolutamente hermanada con la castellana de la que es un auténtico calco" hasta el punto de que "resulta difícil encontrar un término catalán que no tenga su paralelo y su precedente en el castellano más arcaico que, merced a los más viejos textos literarios, resulta posible documentar". Igual que sucede con la toponomia, la cuestión es que la lengua catalana lo que ha hecho ha sido "conservar las más viejas formas del castellano, ahbiendo evolucionado fonéticamente menos que éste y manteniendo por ende algunas de las peculiaridades que éste tuvo en épocas pretéritas". O lo que es lo mismo: "las lenguas catalana y castellana son exactamente la misma, en dos estadios distintos de evolución" por lo que aquéllos que emplean la existencia del catalán como argumento principal para acreditar la presunta nacionalidad de Cataluña no se dan cuenta (no se quieren dar cuenta) de que "lo que esa lengua acredita y documenta es justamente lo contrario: la absoluta identidad de origen de catalanes y castellanos."
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