Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

La guerra susurrada

 

Ahora que está tan de moda hablar de las amenazas cibernéticas, hay que recordar (e insistir, a ver si suavizamos los miedos que nos estamos autoinyectando en vena con la amenaza de los supercomputadores) que este problema no apareció ayer por la tarde y que de hecho probablemente existe desde el mismo comienzo del desarrollo de Internet. No olvidemos que la red de redes nació a finales de 1969 como un proyecto militar con apoyo de científicos y universidades, a partir de la estructura de Arpanet. Y lo hizo en Estados Unidos: ese país que va por el mundo de guardián y abanderado de la paz pero que ha pasado más del 90 % de los 250 años de su existencia oficial metido en guerras y conflictos de todo tipo. Y sigue insistiendo.

El homo sapiens es una especie primitiva, dominada por sus instintos, sus vicios y sus miedos y también por los mandatos de ciertas fuerzas externas a él que lo han estrujado y cultivado desde el minuto uno como si fuera simple ganado. Uno de los principales automatismos de la especie es el ansia de poder. La adquisición de poder es una ambición legítima y beneficiosa..., siempre que se refiera al poder sobre uno mismo. Nos lo han dicho todos los sabios y maestros de la antigüedad y nos lo repetirían los de la actualidad, si pudiéramos encontrar alguno. Lamentablemente, el homo sapiens ha desviado el tiro casi siempre, buscando el poder sobre los demás y sobre el mundo en general. Es una tarea tan estúpida cono intentar vaciar el mar sacando agua con una cuchara: aunque ha habido líderes, camarillas y grupos discretos que han adquirido parte de ese poder, a veces incluso sobre millones de personas, su preeminencia siempre resulta temporal y a la postre estéril. Esas gentes desquiciadas suelen abusar de su posición e ignoran -o pretenden ignorar, porque al final la Naturaleza pone a todo el mundo en su sitio- que tarde o temprano terminarán pagando por ese abuso en formas que no pueden ni llegar a imaginar. Lo he visto personalmente muchas veces.

Volviendo a lo de las amenazas cibernéticas, lo bueno que tiene esta etapa del Kali Yuga que transitamos ahora es que los velos se están levantando progresivamente y cada vez es más fácil verlo todo: lo bueno y lo malo; especialmente lo malo, porque es lo que más nos suele preocupar. No creo que haya más maldad ahora que antes en el planeta, sino que hoy día está tan a la vista que el que no la ve es porque no quiere verla. En todo caso, esto ha disparado los problemas de salud mental porque mucha gente descubre de pronto que lo que le enseñaron o lo que creía saber sobre su existencia es mentira o como mínimo sólo una cara de la moneda y, como han sido despojados de casi todo su contenido interno, no pueden soportarlo. Pero el fin del mundo no suele llegar de una vez, sino en cuentagotas porque el bloque de hielo no se deshace en un momento, sino poco a poco. Y tampoco es un fin del mundo radical sino una transformación total del entorno: el hielo no desaparece, se convierte en agua. En el caso de los ordenadores, nos han venido advirtiendo de lo que va a suceder desde hace mucho tiempo. Y no me refiero a las películas de ciencia-ficción, que también.

Un artículo revelador

Un ejemplo: a mediados de 2019 el director de ingeniería de sistemas de F5 Networks, Paul Dignan, publicó un artículo en el que señalaba que los ciberataques promovidos por los propios Estados, no por delincuentes informáticos independientes, habían aumentado ese año del 12 % al 23 %. Si esa progresión ha crecido desde entonces al mismo ritmo de aproximadamente un 10 % anual, resultaría que los propios gobiernos que ponen carita de buenos (y no sólo los que tienen fama de malencarados como el norteamericano, el ruso, el chino, el británico o el israelí, sino también los yo-no-he-hecho-nada como el español, el francés o el alemán, por ejemplo) son los responsables del 93 % de los ataques cibernéticos contemporáneos.

Dignan explicaba que los piratas informáticos al servicio de los Estados no se limitaban ya en esa época (y hoy día, menos) a conseguir acceso sobre las infraestructuras críticas de otros países sino que estaban cada vez más interesados en obtener información relacionada con los negocios sobre los que basaban sus economías. El dinero es un arma de guerra poderosísima y los ciudadanos occidentales solemos olvidar que, aunque nos hayan arrebatado el derecho a portar armas personales libremente (algo que hoy está "democráticamente" demonizado pero que durante siglos garantizó a los europeos una capacidad de defensa inmediata ante la agresión de delincuentes o de tiranos), todavía poseemos una muy potente en nuestro bolsillo: nuestra capacidad de consumo. Que se lo digan, si no, a negocios marroquíes legítimos como el turismo, que están sufriendo unas pérdidas considerables por culpa de las ambiciones tan ilegítimas como imperialistas de ese personaje funesto y patético que se sienta en su trono de París..., digo..., de Rabat, y a su pandilla aconsejada por una capital al este del Mediterráneo y otra al oeste del Atlántico. Unas pérdidas asociadas también al grupito de impresentables que dirige (presuntamente) nuestro país.

El artículo también citaba un informe de la Asociación Sueca de la Industria de Seguridad y Defensa que confirmaba que las actividades de ciberespionaje suponían ya en aquel momento el 25 % de las infracciones detectadas. Más del 90 % de los ataques sufridos por empresas del sector industrial eran consecuencia de esta actividad y el robo de sus secretos comerciales alcanzaba tanta importancia como los intentos de sabotaje de sus plantas de producción. Desde el punto de vista público, significativamente las áreas preferidas de estos piratas informáticos eran ya entonces la Administración Pública y la Educación. Los datos de 2019 hablaban de al menos 300 comunidades de hackers en la Dark Web: algunas de ellas con más de medio millón de usuarios registrados, compartiendo conocimientos, consejos y recursos.

Respecto a las técnicas empleadas, los ciberdelincuentes al servicio de los Estados "tienen preferencia por los ataques de día cero, una tipología cada vez más común", decía este especialista. Los ataques de día cero son aquéllos en los cuales el agresor cibernético explota un fallo de seguridad desconocido por el agredido y éste tiene cero días para intentar resolver el problema. Es un ataque sorpresa en toda regla: algo que sucedía una vez a la semana en 2015 y que el texto de Dignan pronosticaba que sucedería una vez al día en 2021. Hoy en 2026 se produce en cualquier momento gracias a la IA, como hemos visto en las últimas semanas. El documento indicaba además que "está previsto que la llegada de tendencias tecnológicas como 5G o del incremento relacionado con Internet de las Cosas permitan ampliar la superficie de ataque disponible y fomenten los ataques patrocinados por los Estados".

Todo lo anterior, recuerdo, escrito en 2019. A pesar de ello, los fanáticos de la tecnología aplauden con las orejas cuando les hablan de los transportes sin conductor o de las neveras conectadas al wifi para saber los productos que tienes en el interior, como si ese tipo de herramientas fuera a mejorar nuestra vida cuando en realidad vienen a colocarnos más grilletes encima.

Una novela recomendada

La guerra se puede librar de muchas maneras. Usar la tecnología y la economía en lugar de limitarse a las armas forma parte de lo que ahora se llama "guerras híbridas" en las que vale todo, literalmente: desde la propaganda cultural woke hasta la invasión con inmigrantes, como bien hemos podido comprobar. Además, estos conflictos tienen la ventaja de que los Estados pueden tirar la piedra y esconder la mano. Una guerra híbrida permite atacar al vecino sin reconocer de manera formal que se le está atacando, para no asumir responsabilidades políticas o diplomáticas e incluso para eludir una respuesta contundente del país agredido, sobre todo cuando está gobernado por una camarilla de mafiosos corruptos.

Durante estos últimos años que estuve alejado de Fácil para nosotros no he permanecido ocioso. Entre otras muchas cosas, he publicado varios libros y uno de ellos, el último que ha visto la luz hasta el momento, se titula La guerra susurrada. En los algo más de 30 años que llevo publicando (porque escribiendo llevo desde que tengo uso de razón) con editoriales de todo tipo (desde Planeta hasta Robinbook o Alberto Santos Editor, entre otras), es la primera vez que autopublico un texto y lo hice a través de Amazon. Quería experimentar cómo funcionaba este tema.

La guerra susurrada habla, en cierto modo, de guerras híbridas, aunque con un factor que no suele ser tenido en cuenta en este sentido: lo sobrenatural. Está ambientada en la Segunda Guerra Mundial, un conflicto que llevo decenios estudiando a nivel personal, puesto que el mundo que tenemos hoy día fue parido en él. Y sobre el que tengo publicada una trilogía de ensayos en la editorial Robinbook: Lucharon en batallas decisivas (2013), Fugas y evasiones de la Segunda Guerra Mundial (2016) y Errores militares (2017). A pesar de todo lo que se ha escrito sobre este hecho fundamental de la Historia, hay todavía demasiadas cosas poco o mal contadas de lo que sucedió entre 1939 y 1945, así como en las años precedentes y los posteriores. Ésa es la razón de que haya escrito este último libro, que contiene una introducción y siete capítulos, uno por cada año del conflicto.

Cada uno de los capítulos está basado en hechos y escenarios reales. Tan reales, por cierto, que algunos de mis lectores me han mostrado su perplejidad por la dificultad para discernir en qué momento de la narración se producía la transición desde los hechos históricos documentados y los generados por mi imaginación. Sólo para los lectores de esta bitácora, desgranaré a continuación la sinopsis de cada capítulo. El nombre del protagonista y el año en el que transcurren sus vivencias constituyen el título de cada episodio.

Los siete protagonistas

Exceptuando al narrador de la introducción, hay siete protagonistas, algunos de los cuales aparecen fugazmente en las historias de los demás. Todas están contadas de manera diferente aunque siempre en primera persona (lo cual no implica que sobrevivan al final de su peripecia). La primera historia se titula Alexei y está protagonizada por un despiadado oficial de la NKVD al que se le ordena desplazarse en 1939 a una lejana región del imperio soviético a documentar las investigaciones destinadas a cruzar seres humanos con simios a través de inseminación artificial: una quimera que llamó la atención del propio Stalin ante el sueño de crear un ejército semiinvencible. No fue el único dirigente político de la época que se interesó por este tipo de experimentos. Por cierto que el camarada Koba, uno de los apelativos del cruel dirigente soviético, tuvo entre sus consejeros a algunos brujos y místicos, como prácticamente todos los líderes del mundo por ateos o materialistas que juren ser en público (eso incluye a los actuales y, entre ellos, a los de nuestro país). Este capítulo habla también de uno de esas personas peculiares, muy real pero olvidada oficialmente, llamada Natalia Lvova.

El segundo capítulo transcurre en 1940 y esta vez la protagonista es una mujer, una suboficial británica llamada Lily, que trabaja en el gabinete de guerra de Winston Churchill como secretaria de un maduro oficial escocés que tiene a su cargo una oficina especial encargada de estudiar y analizar diferentes métodos heterodoxos que podrían ayudar a ganar la guerra, desde el espiritismo hasta la magia. Lily asiste a su jefe mientras sufre por el destino de su prometido, perdido en el continente tras el desastre de Dunkerque, después de que no pudiera ser rescatado en la Operación Dinamo. Por el gabinete desfilan personajes tan llamativos como Aleister Crowley, al que los periódicos de su época bautizaran como la Gran Bestia 666 (la verdad es que se ganó el apodo a pulso) y quien impulsó la idea de la famosa uve de la victoria..., que en realidad era la uve de otra cosa. 

Laila nos lleva a una base de la RAF en las cercanías de Bagdad en 1941, adonde llega un oficial canadiense con los planes de la Operación Exporter en el bolsillo. Junto a las orillas del Éufrates, este militar, que todavía no ha entrado en combate y que en la vida civil se preciaba de ser un escéptico profesor universitario de matemáticas completamente desinteresado en la religión o el misticismo, descubre que los enemigos no siempre llevan uniforme y fusil. Que las armas humanas no sirven para matarlos. Y que pueden tener la capacidad no ya de destruir el cuerpo sino la mente y hasta el alma de sus presas.

El cuarto episodio es Reinhard y acontece en Praga, en 1942, en aquel momento bajo el control alemán del implacable Reinhard Heydrich, que comparte nombre con el protagonista, Magnus Reinhard Larsen, un reputado experto noruego en cultura y lenguas escandinavas de la Universidad de Oslo y, en sus ratos libres, un vitki o brujo  con conocimientos rúnicos que adora discretamente a los antiguos dioses nórdicos. Larsen es conducido a la capital checa para investigar la extraña biblioteca incautada en una sinagoga y allí vivirá el atentado que le costará la vida a Heydrich pero también el espeluznante encuentro con una antigua criatura diseñada según la leyenda para proteger a la población judía local: el golem.

La siguiente parada de La guerra susurrada nos lleva a París, en 1943, con George. La protagonista en esta ocasión es Nadine, una mujer francesa que forma parte de un mini comando de la Resistencia junto a su amante -un español republicano exiliado- y un amigo francés de éste. Su misión es secuestrar o asesinar, o tal vez ambas cosas, a un oficial de las SS que frecuenta de paisano los salones del misterioso George Ivanovich Gurdjieff, radicado en la ciudad en aquella época. Todo se complica sobremanera desde el primer momento, por supuesto.

En el sexto capítulo, Sorin, encontramos al cabo primero Francisco García, ex integrante de la División Azul y en 1944 integrado en un pelotón de intendencia del ejército alemán luchando en el este de Rumanía, hasta donde han logrado ya avanzar las tropas soviéticas. Sorin es su camarada rumano, con el que comparte los trabajos y las miserias de la guerra, así como los recuerdos que tiene su colega de su novia Ruxandra, una mujer de singular belleza a la que conoció en Bucarest. Ambos se percatan del extraño comportamiento de un eficiente pelotón de soldados rumanos que combaten junto a los alemanes y deciden investigarlo. Pero ya sabemos que la curiosidad mató al gato...

El libro se cierra con una última historia, la del padre Rowan, que es una novela corta en sí misma, integrada dentro del esquema general. Es 1945 y los cañones han callado, pero las tensiones en Europa no se han relajado. Al contrario, norteamericanos y rusos están a punto de iniciar un nuevo conflicto que hoy conocemos como la Guerra Fría y uno de los personajes que aspira a que pase a ser tan caliente como la Segunda Guerra Mundial es el general George Patton, instalado como gobernador militar en la Baviera ocupada por el ejército estadounidense. Hasta allí se desplaza el protagonista, requerido para investigar el terrorífico descubrimiento de un ser salido de las leyendas medievales: el hombre lobo.

Éste es un sucinto resumen de lo que el lector puede encontrar en La guerra susurrada, un libro en el que invertí tres años de trabajo y que me causó bastante satisfacción terminar. Espero que sus lectores obtengan al menos la misma.