Hace ya un decenio, Michel Houellebecq publicó una novela distópica que, releída años después, va adquiriendo algo de profética, mal que le pese a todos los que odian al escritor francés (que son, sorprendentemente muchos..., casi tantos como aquéllos que se dicen tolerantes pero luego son incapaces de soportar el leve roce sobre su piel de una opinión diferente). La novela la publicó en España la editorial Anagrama en 2015, apenas tres meses después que en Francia, donde ya estaba siendo un éxito. Para los profanos, recordaremos que Houellebecq es de esos autores que te gustan o no pero siempre vende. La novela se titula Sumisión y recuerdo que en aquella época la leí con curiosidad porque la Ciencia Ficción y la Fantasía son dos de mis géneros favoritos y me parecía curioso que un autor supuestamente realista se atreviera con una distopía.
La obra podría haberse titulado Islam, porque el título final es precisamente la traducción del título hipotético y también por el contenido del libro en sí. Islam significa literalmente sumisión a la voluntad divina, a la de Alá, que es otra manera de llamar a Dios en las llamadas religiones abrahámicas. El musulmán, etimológicamente, es el que se muestra sumiso a esa voluntad y actúa en consecuencia, practicando los preceptos de su fe. Contrariamente a lo que mucha gente piensa hoy día, musulmán no es sinónimo de terrorista, como cristiano no es sinónimo de torturador inquisidor, ni judío lo es de traidor maquiavélico, por ceñirnos a las susodichas religiones. Todas las creencias tienen sus fundamentalistas y sus pervertidos, empeñados en ser, como suele decirse, más papistas que el Papa.
Una de las primeras cosas que aprendemos en la Universidad de Dios es a respetar todas las creencias de los Homo Sapiens, por particulares que nos puedan parecer y aunque nunca las compartamos. Allá cada cual con sus ideas mientras no moleste a los demás. Esta especie homínida, que se cree la dueña del planeta Tierra, es tan primitiva que necesita tener fe para darle un sentido a su vida. Necesita creer que puede confiar en Algo Superior externo a ella y que no puede ver pero que aún así le protege y le cuida y, además, de manera personalizada. El astrofísico Hubert Reeves decía que "el ser humano es la más insensata de las especies porque venera a un Dios invisible y masacra una Naturaleza visible, sin darse cuenta de que esta Naturaleza que masacra es ese Dios invisible que venera". Por eso a lo largo de la Historia ha depositado su fe en una inmensa diversidad de dioses según la época o el momento, sin darse cuenta de que lo único que puede salvar a una persona, lo único que de verdad puede explicar el porqué de su existencia, no es realmente la fe -es justo al contrario- sino el conocimiento o, por hablar con más propiedad, la Sabiduría. Con S mayúscula. Pero nos desviamos del tema...
Volviendo a Sumisión, la novela no se limita al significado islámico sino que constituye una especie de juego de palabra, en singular, al referirse también a otras sumisiones diferentes, aunque relacionadas entre sí. La primera, la del protagonista (un individuo desagradecido y despreciable llamado François) respecto a las circunstancias de su propia vida. La segunda, la del país en el que vive (Francia en el futuro de 2022 -el futuro respecto al momento en el que se publicó el libro, en 2015-). La tercera, la del Viejo Continente (Europa) en el que está incluido su país y a cuyo impresionante legado histórico y civilizatorio han traicionado, y siguen haciéndolo por intereses espúreos, muchos si no la gran mayoría de sus habitantes contemporáneos. Evidentemente, me refiero a sus habitantes vernáculos, no a los importados.
La biografía del propio Houellebecq explica mucho del contenido de su obra y de esta novela en particular. Su nombre real es Michel Thomas. Houellebecq era el apellido de soltera de su abuela paterna y lo adoptó, parece bastante claro, como homenaje a la persona que se encargó de su crianza, después de que sus irresponsables padres se desentendieran de él. Ambos eran militantes comunistas y ya sabemos que la familia -lo que hoy se llama "familia tradicional", compuesta por padre, madre e hijos- es un concepto "retrógrado" e "inservible" para ese tipo de mentalidades "progresistas" e infantiloides que se niegan a asumir tanto sus responsabilidades como las implacables leyes de la Naturaleza. Esas mismas mentalidades que tanto han hecho por intentar destruir Occidente en unas pocas generaciones.
El argumento
François cuenta en Sumisión la decepcionante historia de su vida. Es un académico universitario de segunda fila, un profesor de Literatura en la Sorbona, donde ejerce como especialista en la obra de Joris Karl Huysmans. Este escritor decimonónico francés, hoy bastante olvidado, tuvo su momento de gloria en vida publicando obras pesimistas -en la estela de Schopenhauer- que los críticos han calificado como el summum de la decadencia. En sus últimos años llegó a retirarse a un monasterio benedictino tras coquetear con el espiritismo. Paradójicamente, François está lejos de la espiritualidad y aún más de la religión..., aunque no de la decadencia. Es un tipo frustrado: por su incapacidad de triunfar en su profesión, donde no se le tiene muy en cuenta, pero también por su anodina y solitaria vida personal en la que ha sido incapaz de formar una familia -aunque no sea tradicional- y apenas tiene relaciones aparte del sexo sin mayores consecuencias con algunas alumnas y con una amiga judía, Miriam, que acabará emigrando a Israel ante el peso que el islam está adquiriendo en Francia.
François también está frustrado por el paso del tiempo, que lleva mal. El deterioro físico que conlleva la vejez es una de las grandes venganzas de la Vida contra esas gentes que renunciaron a luchar por ella y, por tanto, perdieron la oportunidad de descubrir su significado. Es, además, un tipo miedoso, acobardado, apático e incompetente para afrontar grandes desafíos -tampoco puede con los pequeños- porque valora por encima de todo su comodidad egoísta. Eso sí: es un intelectual y alardea de ello, especialmente ante sí mismo, como si semejante condición le concediera un estatus superior al resto de la humanidad.
La inservible existencia de François contrasta con la efervescencia política que le rodea: Francia vive unas elecciones generales complicadas en un ambiente muy tenso. El deterioro institucional, económico y social del país polariza el voto y al final los ciudadanos tendrán que escoger entre los dos partidos mayoritarios que compiten por la presidencia: el Frente Nacional de Marine Le Pen y la Fraternidad Musulmana de Mohamed Ben Abbes. Houellebecq describe el Frente Nacional de su novela como el mismo que existía cuando la escribió, si bien hoy día se llama Agrupación Nacional y su líder actual tras la polémica inhabilitación de Le Pen en 2025 es Jordan Bardella. En cuanto a la Fraternidad Musulmana, no existe, aunque el nombre nos recuerde inevitablemente a los Hermanos Musulmanes -la organización fundada por Hasan Al Banna y considerada actualmente como terrorista por unos cuantos países-. Francia alberga en este momento en el mundo real a un elevado porcentaje de musulmanes entre su población pero el partido político más relevante relacionado con esta religión, la Unión de Demócratas Musulmanes de Francia creada por Nagib Azergui, ni siquiera tiene representación en la Asamblea Nacional.
La novela plantea una pregunta jugosa: si usted, como votante, tuviera que elegir entre aupar como presidente bien a un líder laico aunque presumiblemente cristiano de la derecha nacionalista (o de la ultraderecha, como dicen ahora los que nunca califican a los partidos ubicados a la izquierda de los socialistas como ultraizquierda) o bien a un líder declaradamente musulmán pero en principio de centro izquierda moderada, ¿a quién preferiría en el Gobierno?
En Sumisión, el partido socialista de François Hollande y el centro derecha de la UMP (Unión por un Movimiento Popular) de Nicolas Sarkozy -otros dos fracasados de la Historia, cada uno a su manera-, que no han pasado el corte de la primera vuelta electoral, piden encarecidamente el voto para Ben Abbes y sus islamistas, a los que prefieren ver gobernando antes que a Le Pen. No es un escenario irreal, como creen algunos. La connivencia entre socialistas -y también derechistas- y musulmanes es un fenómeno en alza en distintos países europeos porque todo esto tiene que ver con grandes movimientos subterráneos que acontecen por debajo de la lupa, por lo demás bastante miope, de los grandes medios de comunicación. Tenemos un ejemplo muy próximo a nosotros, en España. No hay más que ver los movimientos y relaciones del PSOE -tanto de muchos de sus líderes a nivel personal como de la propia formación política- y de los partidos a su izquierda durante los últimos años.
La elección
Y, ¡cuidado: spoiler!, las elecciones las gana la Fraternidad Musulmana si bien, en contra de las predicciones más apocalípticas, Francia no se convierte en un califato de buenas a primeras. Muy al contrario, el relevo político se produce en un clima de bastante normalidad y Ben Abbes asume la presidencia del país. Eso sí: a partir de entonces se dedica a islamizarlo, lenta, pero inexorablemente. Y tiene ambiciones. De momento, cambia leyes para imponer una sharía que podríamos definir como light, permite la poligamia, anula la igualdad entre hombres y mujeres, convierte en islámica la universidad en la que trabaja François..., y sueña con reconvertir la Unión Europea a su fe, quizá incluso con cambiar la bandera azul con estrellas amarillas por una sola media luna, en un intento por crear una nueva entidad política, una especie de nuevo imperio musulmán que abarque ambas orillas del Mediterráneo y de la cual él sería el fundador y primer presidente.
¿Y qué pasa con nuestro protagonista? Es un tipo manejable, pasivo y débil: por lo tanto, perfecto para colocar en un puesto importante y que actúe como títere del poder. Sobre todo cuando una de las principales reformas del nuevo gobierno es la educativa, puesto que se trata de cambiar la mentalidad de los europeos e islamizarlos lo más rápida y eficientemente posible y, para ello, qué mejor que hacerlo desde la infancia y hasta los estudios universitarios (entre paréntesis, siempre he dicho que el principal problema de España desde hace mucho tiempo es el paupérrimo sistema educativo que padecemos, incapaz de cultivar los suficientes ciudadanos no ya con un mínimo de conocimientos útiles para afrontar la vida, sino con criterio, voluntad e iniciativa personales). Así pues, a François le ofrecen una elección: puede convertirse al islam y entonces le pondrán al frente de su universidad, con el prestigio y el sueldazo asociados al puesto y con la posibilidad de disfrutar de varias mujeres para su placer o puede mantener sus circunstancias personales..., pero en otro trabajo porque le despedirían. Un puñado de sus compañeros ha elegido respetarse a sí mismos y marchar o jubilarse, pero para nadie será una sorpresa la decisión que finalmente tomará el amigo François.
Sumisión saltó a las primeras posiciones en las listas de libros más vendidos casi de inmediato porque su publicación coincidió con el atentado contra la redacción de Charlie Hebdo, un semanario satírico francés de calidad en general mediocre pero con una gran habilidad para sacar de sus casillas a propios y extraños con textos y dibujos más que provocativos. Dos terroristas que fueron identificados como pertenecientes a la rama yemení de Al Qaeda y que más tarde se supo que eran dos "franceses" de origen argelino entraron en su redacción a tiro limpio y dejaron tras de sí dos docenas de víctimas entre muertos y heridos. Más tarde se produjeron otros tiroteos con musulmanes implicados y más víctimas. Y un pánico generalizado en la sociedad francesa. No se puede negar que fue una sangrienta y macabra gran campaña de promoción para esta obra de "política ficción".
De todas maneras, lo más terrible del libro de Houellebecq no es ya la denigrante y oportunista docilidad de François, camaleón dispuesto a renunciar a su historia y sus raíces por su confort personal basado en un materialismo puro y duro, sino lo que se lee entre líneas: enfrentados ante la misma situación, la mayoría de franceses haría exactamente lo mismo, según el análisis del autor. Y sin vuelta atrás, porque esa mayoría ha perdido su alma, ha sido envilecida con astuta habilidad por ciertas fuerzas que vienen operando impunemente desde hace ya bastante tiempo y que han logrado envenenar a los franceses (y a los europeos en general) con la búsqueda perpetua y estéril del placer y el bienestar. Esas fuerzas han logrado difuminar y desvirtuar nociones que antes eran importantes, como el honor, la paciencia, la sinceridad, la generosidad, la prudencia, la templanza e incluso el amor. Y con ello ha castrado a los ciudadanos empujándoles progresivamente al aburguesamiento -ese concepto tan mimado por la "progresía"- que les ha convertido en sombras cobardes y desquiciadas, incapaces de afrontar un desafío de verdad, porque se han perdido a sí mismos.
"Es una simple novela, que exagera todo", dicen algunos especialistas en mirar hacia otro lado sin hacer caso de la Historia, de la misma manera que los venezolanos decían que en su país no se produciría la involución democrática que hubo en Cuba o de la misma manera que muchos españoles, por increíble que parezca después de lo que hemos soportado los últimos años, siguen pensando que aquí no sucederá lo mismo que en Venezuela (de hecho, ya hay muchas cosas que están sucediendo igual). Mas la islamización de un país es un fenómeno rápido cuando sus defensores toman el poder. Hoy poca gente lo recuerda (¿y les importa, si llegan a saberlo?) pero países como Egipto, Siria o Líbano, entre otros, que hoy consideramos musulmanes "de toda la vida" fueron hasta hace pocos decenios mayoritariamente cristianos. No se precisó mucho tiempo para cambiar las cosas de una manera radical.
¿Se hará finalmente realidad el escenario imaginado por Sumisión? Veremos.
En cuanto a Houellebecq, una vieja advertencia en el mundo de la creatividad dice que si te gusta un autor hasta el punto de convertirte en un auténtico fan que no se pierde ninguna de sus obras, jamás deberías intentar conocerle en persona porque, invariablemente, te decepcionará. Tiene su lógica: uno idealiza aquello que le gusta superficialmente y no conoce a fondo. Y la realidad destroza cualquier idealización.




