Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.
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viernes, 1 de diciembre de 2017

Gudaris en Guadalcanal

No deja de asombrarme que el homo sapiens común considere la Historia como una materia aburrida y que sólo sea capaz de acercarse a ella a través de ficciones más o menos elaboradas en forma de novelas de aventuras o, más corrientemente, de películas y teleseries donde el escenario histórico sirve de mera ambientación a una relación romántica y/o pasional con los consabidos clichés del folletín adaptados a cada época. ¡Pero si hay pocas cosas más apasionantes que el estudio de la vida de nuestros antepasados, que en el fondo  (y en la forma, para los que somos inmortales) es también la nuestra! Y, por cierto, también hay pocas cosas más divertidas que desmontar los cuentos que sobre ellos nos inventamos...

Un ejemplo, entre otros muchos. Hace pocos años, una gran mayoría de medios de comunicación españoles -especialmente, los vascos- se hicieron eco de una curiosa historia que contenía el libro Los españoles en la Guerra del Pacífico sobre la presencia española en este frente durante la Segunda Guerra Mundial. No era nueva, pero se puso otra vez de moda al ser rescatada por este texto, según el cual, el ejército de EE.UU. empleó el euskera junto a varios idiomas de nativos norteamericanos para cifrar sus mensajes en la zona y evitar así que los japoneses pudieran entenderlos en caso de interceptarlos. Los especialistas en la materia (por ejemplo los del Instituto Smithsonian) ya habían documentado desde hacía tiempo que las tropas yankees emplearon las muy minoritarias lenguas (en el caso de algún dialecto, apenas se utilizaba entonces en un puñado de aldeas) de comanches, kiowas, pawnees, hopis o cherokees, entre otras tribus indias, como verdaderos códigos secretos para transmitir informaciones militares secretas por radio. 

Quizás el caso más conocido sea el del idioma navajo, empleado por los marines para la perfecta encriptación de sus mensajes por dos razones principales. En primer lugar, casi nadie lo habla (y en aquella época, aún menos porque a pocas personas les interesaba conservar la herencia cultural nativa, tradicionalmente despreciada y ninguneada en los Estados Unidos, aunque hoy está muy de moda) y, en segundo, como este idioma carece lógicamente de términos contemporáneos para definir el armamento moderno, fue necesario crear un código dentro del código: un metalenguaje. Por ejemplo, un torpedo se describía como "pez con cáscara" y una bomba teledirigida como "huevo volador". Así, los nipones se enfrentaban a un triple reto: primero, interceptar el mensaje. Segundo, traducirlo del navajo. Tercero, averiguar qué diablos significaban exactamente los términos utilizados. Fracasaron en el empeño y, de hecho, las transmisiones les funcionaron tan bien a los militares norteamericanos que, de apenas una treintena de navajos reclutados en mayo de 1942 por el ejército de los Estados Unidos, se pasó a los al menos 400 que estaban en activo al final de la guerra.

 En medio de este panorama, ¿qué pintaba el euskera? ¿Tan incultos eran los militares norteamericanos que pensaban estar ante otro idioma indio?

Por supuesto que no. Según el relato divulgado por la edición mexicana de Euzko Deya (una publicación originalmente vasca y mantenida en América por el gobierno autonómico vasco, entonces en el exilio tras la última guerra civil española), la posibilidad de emplear el euskera como código incomprensible para los japoneses habría surgido gracias al capitán estadounidense Frank D. Carranza, nacido en México pero, aquí está la gracia, de padres vizcaínos. En la misma fecha en la que se estaba reclutando a los navajos (y a otros nativos) para enviarlos al Pacífico, Carranza estaba junto al general Leberfeld, en el cuartel general de la flota norteamericana instalado en San Francisco. Llegaron entonces a la base en torno a medio centenar de jóvenes reclutas procedentes de Idaho, Nevada, Montana, Oregón y la propia California que eran, como él mismo, hijos de vascos emigrados y con conocimientos de pastoreo. Según esta publicación, casi todos "hablaban un mal castellano, un inglés regular y un buen vascuence". Fue entonces cuando a Carranza se le encendió la bombilla y decidió que el euskera podía ser tan bueno o mejor que los idiomas indios para burlar las escuchas japonesas.

Formado y entrenado el equipo a sugerencia del capitán, que tomó a su mando al también capitán Nemesio Aguirre y a los tenientes Fernández Bacaicoa y Juanana, los nuevos responsables de comunicaciones probaron su idioma en distintos ensayos. Finalmente, empezaron a usarlo en serio durante los viajes de los convoyes de carga que navegaban por el Pacífico, de acuerdo a una plantilla en la que se empleaban diversas lenguas: al euskera le tocó los lunes y viernes, mientras que el martes y el jueves era el turno del oswego, el miércoles  se usaba el iroqués, el jueves se hablaba en lakota o sioux y el sábado se empleaba un código especial que no fue revelado. El éxito de esta iniciativa llevó a plantear el empleo del euskera durante la batalla de Guadalcanal y el primer mensaje que se radió durante esta campaña vital para el resultado final del conflicto en este frente fue, el 1 de agosto de 1942: "Egon, arretaz X egunari" que en euskera significa "Atención al día X" en referencia al 7 de agosto, cuando comenzó la ofensiva con el desembarco de los marines en Guadalcanal, Tulagi y Florida, al sur de las islas Salomón.

A partir de ahí, los euskoamericanos transmitieron mucha información ante la desesperación de los nipones, con el propio Carranza desplegado en el asalto. Algunas de las órdenes transmitidas fueron recogidas en la publicación, como por ejemplo "Sagarra eragintza zazpi" ("La Operación Manzana -el desembarco de los marines- empezará a las siete"),"Gabaumba gudari-talde asko 100.000" ("Las tropas japonesas suman 100.000 soldados") y "Hondartzak aurretatu" ("Es imprescindible remontar las playas").

El propio Carranza confirmó la historia, ya teniente coronel, durante una visita a Vitoria en 1952, camino de la ciudad germana de Wiesbaden donde estaban instaladas parte de las tropas de ocupación yankees que desde el final de la Segunda Guerra Mundial mantiene el país de las barras y estrellas en Europa bajo distintas fórmulas de legalidad. El diario Deia, heredero en cierta forma del Euzko Deya, publicó más tarde, en abril de 1979, que el perspicaz Carranza sobrevivió "sin un rasguño" a la batalla de Guadalcanal y posteriormente fue trasladado a Europa, donde combatió también a las tropas alemanas pero..., "acaba de morir atropellado por un coche a la salida de su casa en la Quinta Avenida neoyorquina". Un final a lo Lawrence de Arabia, vaya.

¿No es una historia emocionante? En realidad, lo sería..., si fuera verdad. Existieron los soldados norteamericanos de origen nativo que utilizaron sus idiomas en Guadalcanal y en todo el Pacífico. Existieron los japoneses desesperados por no saber interpretarlos. Existieron algunos militares alistados de orígenes vascos en 1942 aunque ninguno trabajó en comunicaciones. Existió el Euzko Deya y existe el Deia. Lo que no existió fue el batallón especial de transmisores en euskera: ni Carranza, ni Aguirre, ni Fernandez Bacaicoa, ni Juanana, ni ninguno de los demás participó jamás en una unidad de este tipo. Entre otras cosas porque ninguno de ellos existió jamás. Todos son inventados y nadie sabe muy bien por qué, aunque visto desde la distancia todo indica que estamos ante la típica operación de desinformación con fines desconocidos en las que la OSS, posteriormente 
conocida como CIA, siempre ha sido una maestra. Dos investigadores (precisamente vascos), Pedro J. Oiarzabal y Guillermo Tabernilla, han demostrado la falsedad de este cuento en una investigación publicada por la revista digital Saibigain. Ambos examinaron todos los documentos habidos y por haber en los archivos de los servicios de inteligencia y otros de Estados Unidos, el Reino Unido e incluso en la documentación oficial del País Vasco y su conclusión fue que no existía absolutamente ninguna fuente real, primaria, que confirmara esta "hazaña bélica" de la que se viene hablando desde hace más de sesenta años como si de verdad fuera real. En la que mucha gente sigue creyendo ahora mismo y probablemente seguirá haciéndolo en el futuro, hasta que poco a poco se imponga la verdad, si es que se impone más allá de los estudiosos y los eruditos en la materia. Eso de destruir mitos nunca ha sido un oficio popular.

 ¿No es apasionante el tema histórico? O, mejor dicho, de las mentiras históricas. Estoy recordando ahora que hace ya unos cuantos años, creo que en los inicios de esta bitácora, cité por vez primera los interesantes trabajos del matemático ucraniano Anatoli Fomenko, reconvertido en historiador por una de esas casualidades de la vida que tienen aspecto de ser más bien causalidades inspiradas por vaya usted a saber qué circunstancias concretas. Su fascinante hipótesis, la recuerdo para los recién llegados, es que no vivimos en la época en la que pensamos vivir. Es decir, ahora mismo no estamos en diciembre de 2017 sino de un año muy anterior del calendario porque a éste le faltan, literalmente, varios siglos, según sus investigaciones. El fragmento de tiempo inexistente más largo que detectó este científico fue entre el 614 y el 911 d.C.: casi tres siglos que, no es que alguien los haya robado de un día para otro sino que, simplemente, no existieron en la realidad, pese a lo que diga la versión oficialmente aceptada (por lo demás, cualquier lector habitual por aquí conoce el respeto que le tenemos en ésta, nuestra dimensión paralela particular, a las versiones oficialmente aceptadas). Aunque en cierto momento de sus trabajos se plantea si en realidad lo que nos falta no son tres siglos sino casi mil años, entre el siglo I y el X. Puede parecer una barbaridad, pero Fomenko no habla por hablar. Trabajó durante muchos años, de forma harto minuciosa, escarbando en más de 1.500 fuentes diferentes y publicó varios gruesos volúmenes en los que, entre otras cosas, demostraba la absoluta imposibilidad de fechar con precisión ni un solo acontecimiento histórico anterior al siglo XI d.C., un hecho verdaderamente impactante.

Ni qué decir tiene que tanto él como sus discípulos, que desde su primera publicación han proseguido su labor (silenciada sistemáticamente en Occidente) son ignorados o, en el mejor de los casos, desprestigiados con el uso de esa expresión tan en boga ahora mismo según la cual lo que hacen es "practicar una pseudociencia para engañar a la gente". Aunque, si uno se pone a diseccionar la acusación, lo cierto es que no queda muy claro con qué propósito querrían engañarla porque el hombre, que ya es un anciano, no se ha hecho precisamente millonario con esta tesis. Y, si era fama lo que buscaba, hay que decir que muy poca gente le conoce por sus tesis históricas sino más bien por sus labores matemáticas, más que reconocidas, hasta el punto de que le supusieron recoger diferentes premios (como el de la Sociedad de Matemática de Moscú en 1974 y el estatal de la Federación Rusa en 1996) y ocupar desde 1994 uno de los puestos de miembro numerario de la Academia de Ciencias de Rusia. ¿De verdad es creíble que un matemático de trayectoria reconocida y prestigiosa se dedique a las pseudociencias?

Pero me temo que no es la lógica lo que prima aquí, sino el miedo, si es que no existen otros intereses ocultos detrás de la negativa siquiera a plantearse la posibilidad de esta tesis ante "el volumen de trabajos previos de la comunidad de historiadores", "la fuerza de las pruebas arqueológicas" o "la existencia de evidencias de otras civilizaciones no europeas". Porque, ¿y si tuviera razón? ¿Y si Fomenko hubiera encontrado la fórmula de desmontar la versión oficial? 

Los tres argumentos que se oponen a la tesis del ucraniano carecen de la fuerza real con la que se les quiere dotar. En cuanto al primero, ¿cuántos historiadores han hecho una investigación histórica digna de ese nombre, en lugar de limitarse a copiar o, mejor dicho, documentarse, en los textos de sus predecesores para llegar a sus propias conclusiones sin saber en verdad si estaban equivocados o no? (ejemplo: el famoso error de Dionisio el Exiguo a la hora de datar el año cero se descubrió hace pocos años, pero nadie se atrevió a dudar de sus cálculos durante siglos). En cuanto al segundo, ¿cuántos objetos podemos datar con verdadera precisión? (ejemplo: el famoso escándalo artificial en torno a la supuesta "medievalidad" de la "falsificada" Sábana Santa, cuando existen multitud de investigaciones con conclusiones definitivas de que, sí, este lienzo se remonta realmente a la época de Jesús -otra cosa es que envolviera o no su cuerpo-). En cuanto al tercero, ¿de verdad pensamos que no puede haber errores, manipulaciones o directamente falsificaciones en las evidencias de civilizaciones ajenas a Europa, cuando no somos capaces de eliminar estos problemas al cien por cien en las del Viejo Continente? (ejemplo: las famosas momias de gentes caucásicas, rubias y pelirrojas en la zona china de Sinkiang, con todos los enigmas que plantea su existencia, cuyos restos fueron ocultados por las autoridades asiáticas hasta que unos estudiosos europeos las dieron a conocer).

El caso es que últimamente estamos viendo otras voces discrepantes respecto a la versión autorizada, en distintos países. Por ejemplo, uno de los historiadores germanos que dudan de la versión oficial (y por tanto han sido criticados a placer, sobre todo en Internet) es Herbert Illig. Como su colega ucraniano, Illig cree que faltan esos cerca de 300 años, de forma que, en lugar de en 2017, estaríamos viviendo en 1720, ¡en el auténtico siglo XVIII! Necesito un poco de 
rapé... Se basa entre otras cosas en el cálculo del tiempo a partir de los anillos de los troncos de los árboles y del planteamiento de varias cuestiones de índole 
lógica como por ejemplo, ¿por qué tenemos tantos restos arqueológicos romanos, griegos y egipcios de la antigüedad pero no hay textos, pinturas, esculturas o construcciones dañables en las épocas "desaparecidas"? Otra pregunta curiosa en este sentido: ¿por qué hay noticias de contactos entre Canarias y Europa o África desde la época de los fenicios hasta el siglo III d.C., pero no desde este último siglo al XIII? ¿Acaso el archipiélago de las islas afortunadas estuvo casi mil años aislado? Un historiador británico especializado en arqueología, Peter James, habla también de la pérdida de 300 años, pero entre la Edad del Bronce y la histórica, entre 1.175 a.C. y 850 A.C. Otro tunecino, Youssef Sedi, ha demostrado la existencia de un idioma árabe escrito "bastante homogéneo" en inscripciones halladas en Siria, Arabia, Yemen, la zona mesopotámica..., desde la época helénica hasta el III d.C. pero no hay forma de encontrar documentos escritos desde ese último siglo hasta el IX d.C.: ¿se olvidó todo el mundo de escribir durante ese período? Podríamos seguir con la lista, pero es cada vez más larga y este artículo ya es bastante extenso.

Seguro que si le pregunto a Mac Namara me daría una (o varias) explicaciones conspiranoicas para explicar todo esto pero, sinceramente, creo que no hace falta. Sólo es una cuestión de lógica: la forma que tenemos de medir el tiempo hoy día es muy moderna. Eso de que seamos capaces de decir que son las 22:50 del 1 de diciembre de 2017 es un brindis al sol, porque nuestro calendario contemporáneo es, como quien dice, de antes de ayer y no hay forma humana de saber si esta fecha en la que decimos vivir es cierta. A lo largo de los siglos casi nadie ha tenido conciencia de en qué momento estaba viviendo porque le daba exactamente igual. La gente era consciente de vivir en el año 12 del reinado de tal monarca, o en el 562 de la fundación de su ciudad, pero poco más. Sabía si era más o menos mediodía o si el crepúsculo estaba próximo, pero ignoraba la hora exacta. Contaba las semanas porque había un día festivo en el que se suponía que la religión le permitía no trabajar. Contaba los meses porque el ciclo lunar era el menstrual y porque necesitaba saber la época del año en que vivía para ajustarse a las labores del campo, no por otra razón. A nadie le preocupaba en absoluto la fecha o la hora exactas. Sólo un puñado de estudiosos, sabios y científicos a lo largo de toda la Historia han intentado organizar el tiempo humano, pero adaptándolo a su momento particular, sin vocación real de continuidad a lo largo de los siglos o los milenios. 

Esa obsesión que hoy tenemos por marcar cada instante no existió hasta muy recientemente. En el fondo, me da la impresión de que es la mejor prueba de la decadencia y desmoronamiento definitivo a corto plazo de nuestra sociedad. A nuestros antepasados sólo les interesaba un tiempo, el de la inmortalidad, mientras nosotros vivimos obsesionados por registrar cada segundo, como si intuyéramos que ya nos quedan pocos...









viernes, 23 de junio de 2017

Cuánto siempre te amé, Sol refulgente...

La adoración al Sol es uno de los denominadores comunes en la experiencia religiosa de los pueblos de la antigüedad. Era alabado en el momento del alba, se le mencionaba de manera expresa en diversos rituales, se le lloraba en los eclipses, era un vehículo específico de los dioses (o un dios en sí mismo), se festejaba de manera especial su poderío en el solsticio de verano, se le defendía durante la fragilidad del solsticio de inviernos, se le cantaba en público o en privado... Tal vez el homenaje más famoso sea el del Himno a Atón compuesto por Akhenaton hace unos 3.400 años: "...Disco viviente, que das comienzo a la vida, /al alzarte sobre el horizonte en el este/llenas todos los países con tu perfección./Eres hermoso, grande, brillante, alto por encima de tu Universo..."  En el sur de España, tenemos un símbolo también muy popular y directamente relacionado con él, en la zona de Almería: el indalo, en el que un hombre saluda al Sol naciente (no es un arco iris, no), con un diseño parecido al de Algiz, la poderosa runa de invocación a la protección divina que llega desde lo alto. Aunque hoy suele achacarse esta adoración exclusivamente al reconocimiento de la luz y el calor que provee nuestra estrella favorita, sin la cual no sería posible la vida en este planeta, cuando uno lee los escasos textos que conservamos de nuestros ancestros se percata de que los hierofantes se dirigían no al disco físico (o no sólo), sino más bien al espíritu solar contenido dentro del ardiente globo del cielo. 

Hoy sabemos, por cierto, que el Sol no es en realidad una especie de antorcha ardiendo allá en el cielo. No son llamas de fuego lo que irradia, sino explosiones de energía provocadas por la interacción entre los electrones y los protones de las nubes de gas de hidrógeno que, en su mayor porcentaje, lo componen. Los científicos creen que los estallidos en su núcleo interno poseen una potencia de hasta 90.000 millones de megatones por segundo, que se dice pronto, con temperaturas de millones de grados. La superficie solar, su "piel", está más fría, por decirlo así, con unos 5.700 grados centígrados. Las descargas energéticas producen lo que conocemos como llamaradas solares, que suben hacia el espacio y calientan la atmósfera sobre su superficie hasta unos 20.000 grados, antes de desvanecerse en el frío estelar.  En
abril de 2016, una llamarada espectacular en la zona conocida como Región Activa 2529 dejó una "pequeña" mancha sobre el astro rey, equivalente al tamaño de cinco veces la Tierra. Era de tal tamaño que se podía ver a simple vista sin necesidad de telescopio, aunque el Observatorio de Dinámicas Solares de la NASA, que siempre tiene un ojo encima de nuestra estrella, obtuvo unas imágenes claras del fenómeno. La Agencia Espacial Norteamericana determinó que, a pesar de todo, la gigantesca llamarada no era, en verdad, tan grande, pues apenas alcanzó una décima parte de las más intensas.

Supongo que a nuestros antepasados les había gustado disponer del conocimiento físico que hoy día tenemos de nuestra estrella y, desde luego, les habría encantado poder contemplar las fabulosas imágenes que nos han proporcionado nuestros satélites, pero sospecho que ellos tenían acceso a otro tipo de sapiencia que mucha gente consideraría hoy ciencia ficción. Por ejemplo, ¿y si el Sol no fuera un simple globo de gas ardiente? ¿Y si fuera un ser vivo? ¿Y si, además, fuera consciente de sí mismo y de cuanto le rodea? ¿No sería, así, un verdadero dios como creían nuestros antepasados, aunque no interviniera directamente sobre los asuntos humanos? Un dios como cualquiera de nosotros lo es para un puñado de insectos, a los que podemos elegir destruir o dejar vivir a nuestro capricho.

Estoy viendo ya desde aquí la nariz arrugada del 90 % no ya de los científicos que tenemos en la sala sino de los lectores no habituales que han recalado por esta bitácora sin darse cuenta de dónde se metían. Todas estas personas consideran nuestra estrella como un simple objeto físico, del que no cabe plantearse que pueda estar animado como nosotros. Y mucho menos, que contenga un espíritu en su interior (muchos no admiten que el ser humano pueda tener esa parte espiritual..., como para considerar la posibilidad de que un globo de gas caliente pudiera tenerla). Esto es porque se apoyan exclusivamente en la visión científica de las cosas. Es una versión fría, descriptiva, que se limita a inventariar una serie de datos fácil y comúnmente mensurables: "una bola esférica de plasma", "dotada de un movimiento convectivo interno", "estrella tipo G", "tipo de luminosidad V", etc.  Pero eso es como definir al ser humano y limitarse a decir que es un "homo sapiens perteneciente a la orden de los primates", "dotado de capacidades mentales y sociales", "capaz de transmitir conceptos abstractos y usar estructuras lingüísticas complejas", etc.

Particularmente, esa descripción puntual me parece muy del estilo de un  robot, no de un ser humano real, que a ese inventario limitado a lo corpóreo añadiría poesía, filosofía, emociones o -huid, esbirros del materialismo- incluso un alma. Insisto: ¿y si el Sol fuera en realidad un ser vivo, aunque no lo hayamos reconocido como tal, al menos hoy día? (otro día plantearé: ¿y si también lo fueran los planetas?) 

Hace unos seis meses el geólogo Robert Schoch, doctor y profesor de la universidad de Boston y tan popular como polémico por sus libros en los que explora la idea -que comparto- de que la civilización humana se desarrolló bastante antes de lo que hoy se acepta de manera oficial, publicó un curioso artículo en el que hablaba sobre el comportamiento del Sol y donde vertió varias ideas llamativas. Me quedo con las dos principales, a mi juicio. La primera idea incluye un necesario recordatorio de que el comportamiento del Señor de nuestro Sistema Solar es "errático desde una perspectiva humana moderna" incapaz de comprender (aunque sólo sea por falta de datos) sus ciclos y apunta que su estado durante los últimos 8.000 años ha sido "relativamente estable" incluso con períodos de "quietud", uno de los cuales derivó en lo que ahora llamamos "la pequeña edad de hielo" que duró más de tres siglos, hasta la segunda mitad del XIX-. Sin embargo, Schoch añade que, en la actualidad, el Sol "pasa por un período volátil con importantes altibajos en actividad" y "muestra los mismos signos de variabilidad extrema y desequilibrios que ocurrieron al final de la última edad del hielo" por lo que "podemos experimentar una importante erupción solar en un futuro muy próximo". De hecho, ya en julio de 2012 hubo una erupción "significativa" que no llegó a golpear la tierra "por poco". Algo que podría haber "destruido o comprometido gran parte de nuestra moderna tecnología e infraestgructura electrónica y eléctrica". De esto ya hemos hablado otras veces por aquí.

Por cierto, este científico recuerda que el comportamiento solar guarda una relación "íntima" con los cambios climáticos en la tierra, que a su vez afectan a la vida, incluyendo la humana. Con ello está sugiriendo lo que bastantes colegas suyos sospechan pero no se atreven a decir en voz alta, porque la teoría oficial ahora mismo y a la que resulta complicado contradecir sin desatar una gran bronca (y de paso quedarse sin fondos para la investigación) es que el cambio climático que se supone estamos viviendo es culpa del ser humano: es decir, que no, que no lo hemos provocado nosotros, según Schoch. Sí, polucionamos una barbaridad; sí, derrochamos otra barbaridad; sí, maltratamos al planeta una tercera barbaridad..., pero pensar que el homo sapiens tiene una capacidad real para influir en algo tan colosal como es la marcha de todo un ecosistema planetario es excesivo. Particularmente, siempre me ha parecido una muestra de la inmensa soberbia de la especie humana, que se cree más importante de lo que es. Y también he pensado que, antes de que lleguemos a hacer daño de verdad a la Tierra, ésta se encargará de destruirnos, como nos cuentan todos los mitos y leyendas que sucedió ya en el caso de civilizaciones anteriores a la nuestra. Ojo, esto no significa que dé un cheque en blanco para seguir polucionando, derrochando y maltratando alegre e irresponsablemente al planeta. Todo lo contrario. Si aspiramos a no seguir el mismo destino de los dinosaurios, hay que actuar ya, y hacerlo en serio. Trabajar en favor de la Naturaleza, no en su contra.

La segunda idea es aún más interesante para lo que hoy nos ocupa, porque Schoch habla del trabajo de su esposa, Catherine Ulissey, quien desarrolló una labor de observaciones solares diarias y descubrió un patrón sorprendente. Y es que las manchas solares muy activas "extrañamente disminuyen su actividad y producen llamaradas solares más pequeñas, e incluso parecen quedar temporalmente inactivas y finalizar su actividad, cuando tienen delante a la Tierra". Una vez que el Sol rota sobre sí mismo mientras la Tierra continúa su camino y las manchas dejan de estar frente a frente ante nuestro planeta "las mismas comienzan a encenderse de nuevo y aumentan su actividad drásticamente". Por increíble que parezca, "es como si el Sol fuera consciente de la presencia de la Tierra y tratara de evitar vomitar una erupción de gran calibre directamente sobre nosotros"Schoch lo compara con una persona que va a estornudar pero es capaz de contenerse el tiempo suficiente para darse la vuelta y evitar el estornudo sobre otra persona.

El profesor de Boston cita también el trabajo del físico neoyorquino Gregory Matloff, según el cual no ya nuestra estrella sino todas ellas en general se desplazan de una manera incoherente en torno a la galaxia pues "no parecen moverse de la manera que dicen las teorías estándares, como predicen las formulaciones basadas en la teoría de la gravedad de Newton". Sí, giran alrededor del centro galáctico pero se supone que las que están más cerca deberían hacerlo más veloces que las que están lejos (igual que sucede con los planetas: Mercurio tarda 88 días en completar uno de sus años u órbitas alrededor del Sol mientras que Plutón tarda 247 años y 256 días, por ejemplo). Pero... "éste no resulta ser el caso (...) es como si todas las estrellas estuvieran montadas en una enorme rueda giratoria". Por ello, Schoch sigue la especulación planteada por su esposa y se plantea que "otra explicación que también podría dar cuenta del comportamiento anómalo de las estrellas (...) es que son conscientes y se mueven de acuerdo a su propia voluntad".

Cita la definición de Matloff, que se refiere a una entidad consciente como "una que es capaz de volición" con la "suficiente conciencia de sí misma como para decidir realizar, o no, una acción seleccionada". Así, una estrella consciente podría "decidir alterar su movimiento para participar en la gran danza estelar cuando órbita el centro de sus galaxia" aunque precisa que, si así fuera, las estrellas no necesitarían "tener una conciencia de nivel humano o divino" sino disponer simplemente de un simple instinto de agrupamiento, "similar a un cardumen de peces que nadan juntos o a una multitud de aves que vuelan juntas". Entonces, estos cuerpos celestes serían capaces de cambiar sus trayectorias a placer, mediante la descarga de material. En el caso de las estrellas jóvenes, el proceso se haría de manera "intensa" para poder "ajustar su trayectoria" y, en el de las maduras, no sería preciso tanta potencia y podría bastar con la emisión de lo que conocemos como "viento solar" o partículas eléctricamente cargadas, que serían suficiente para cambiar su rumbo. La voluntad propia les permitiría tomar otras decisiones, como la de evitar lanzarnos llamaradas solares. Claro que, si el Sol puede hacer eso, también puede decidir en un momento dado achicharrar a la Tierra con una llamarada que termine una edad de hielo o..., destruya una humanidad corrupta.

La descalificación de esta hipótesis, aduciendo que una estrella no puede ser un ser consciente por el hecho de que no es un organismo biológico, constituye, a su juicio, un error pues los organismos biológicos no tienen por qué limitarse a ser "criaturas celulares basadas en el carbono" como los humanos. A día de hoy, investigadores de vanguardia como Sir Roger Penrose de la Universidad de Oxford o el norteamericano Stuart Hameroff de la de Arizona sostienen que la conciencia puede surgir incluso a nivel cuántico y, desde luego, no circunscrita a una definición tan estrecha como la que solemos usar. Schoch resume: la conciencia "puede ser inherente a la manifestación de la materia y existir en todas partes del universo" mientras que nosotros "podemos tener dificultades para reconocer la consciencia en otras formas de la materia". Incluso defendía la definición de posible inmortalidad de la que hablaba Ulissey para quien, cuando un humano muere, el hidrógeno que contiene en su cuerpo es "liberado" y parte de él escapa hacia el espacio con la información que potencialmente puede contener. Bajo la fuerza de la gravedad, ese hidrógeno es comprimido y puede terminar, junto al hidrógeno de muchas otras personas, dando origen a una estrella. De esta manera, un humano -en realidad, un montón de humanos juntos- podría renacer bajo la forma de estrella.

Lo he señalado varias veces pero no puedo evitar repetirme: resulta harto curioso cómo los científicos contemporáneos más abiertos de mente están manejando teorías y llegando a conclusiones cuyos conceptos ya eran comunes en las viejas Escuelas de Misterios. La Tradición siempre ha dicho que una estrella es el revestimiento físico en el que encarna un ser humano que ya es tan consciente de sí mismo, tan bello y poderoso y está tan desarrollado espiritualmente que, literalmente, "no cabe" en un simple cuerpo de homo sapiens y necesita adquirir otro que pueda contenerle y dentro del cual pueda seguir trabajando en el mundo material...

José de Espronceda, el más grande de nuestros poetas del Romanticismo -que falleció por cierto poco antes de que finalizara la pequeña edad de hielo- escribió un Himno al Sol en el que reconocía: "Cuánto siempre te amé, Sol refulgente./ Con qué sencillo anhelo,/ siendo niño inocente,/ seguirte ansiaba en el tendido cielo /y extático te veía /y en contemplar tu luz me embebecía (...) augusto soberano (...) alma y vida del mundo, /tu disco en paz majestuoso envía/ plácido ardor fecundo/ y te elevas triunfante,/ corona de los orbes centelleante." 

Feliz Noche de San Juan.






viernes, 10 de febrero de 2017

Voladores y disciplina

Todo está contado, todo lo ha dicho alguien alguna vez en algún momento, no existen secretos de verdad. La única diferencia entre lo que pueda escribir una persona a día de hoy respecto a lo que pudo escribir otra a día de ayer, por importante que pueda parecernos a primera vista, es meramente estilística: las palabras que usemos, el tono que le demos, el enfoque que escojamos... Pero, como dijo hace mucho el Gran Thoth, mi tutor en la Universidad de Dios, "no hay nada nuevo bajo el Sol" y basta leer a los clásicos -a los de verdad- para comprenderlo: en esta misma bitácora se ha comentado más de un ejemplo en ese sentido. El problema es la falta de autoconciencia del ser humano a lo largo de su periplo de cientos de miles de años; seguramente, de millones de años... Lo siento, pero sigo sin creerme el dogma de que la civilización existe como tal sólo desde hace 5.000 años y que en ese margen de tiempo hemos pasado del hombre mono vestido con pieles y cachiporra, arrastrando a su hembra del cabello, a la física cuántica y la carrera espacial, mientras que durante todo el tiempo anterior permanecimos en un estado animalesco. No, insisto, no lo creo. Me parece mucho más correcto decir que la Historia oficial sólo recuerda la civilización desde hace 5 milenios.

Un ejemplo obvio: las gentes que pintaron las cuevas de Altamira hace varias decenas de miles de años necesariamente tuvieron que tener un grado elevado de civilización para dejarnos semejantes pinturas que en ningún caso pudieron ser elaboradas por homínidos analfabetos (y esto lo dicen expertos en Bellas Artes) pero lo cierto es que nada sabemos hoy día acerca de esa civilización: el homo sapiens ha olvidado por completo quiénes fueron, qué crearon, hasta qué altura llegaron antes de ser sometidos por la inexorable ley de la vida que marca un punto máximo de desarrollo y su posterior decadencia, destrucción y desaparición de los escenarios de la (en este caso) prehistoria. Y, antes de Altamira, a la fuerza, tuvo que haber otras culturas y otras civilizaciones hoy perdidas en nuestra memoria racial y por tanto en nuestro recuerdo cultural. Por eso tantos historiadores formales en el fondo no se diferencian mucho de aquellos aldeanos medievales para quienes el mundo se reducía a la comarca donde nacían, vivían y morían, sin salir jamás ni siquiera del reino al cual pertenecían, sin tener idea de lo grande -y, al mismo tiempo, de lo pequeño- que es nuestro planeta.

Así que está todo dicho ya, incluso repetido, y a pesar de ello la mayor parte de lo importante se olvida de generación en generación (¡ay, la ley del Eterno Retorno...!) y así es como el Conocimiento se hace secreto: no por su propia naturaleza, sino porque el homo sapiens le da la espalda, ignorándolo, como si no supiera reconocerlo, como si siempre fuera a estar ahí a su capricho, como si en realidad no tuviera importancia porque dispone de todo el tiempo del mundo. De esta manera deja un rato de lado la lámpara mágica para entretenerse con las joyas, las sedas, las monedas de oro y otras cuentas brillantes que hay en la cueva donde entró y salió con bien Aladino y, cuando quiere darse cuenta, la ha perdido de vista, enterrada bajo otros tesoros -que no lo son de verdad, no como la lámpara-. Aún peor, se ha perdido a sí mismo de vista. Y sólo cuando le queda muy poca vida de repente se acuerda de quién es, de la lámpara, de lo que pensaba hacer al acceder a la cueva..., y se da cuenta con gran sorpresa de que el tiempo ha pasado a una velocidad supersónica, ya es viejo y está incapacitado. Y comprende el porqué de tantos esqueletos desparramados aquí y allá entre las riquezas materiales: no eran guardianes sobrenaturales como pensó en un primer instante cuando accedió a la cueva, sino advertencias. Como las estatuas de piedra, en verdad guerreros petrificados, que adornaban la entrada al palacete de Medusa. Y sabe con tristeza que él engrosará esa legión de fracasados...

Carlos Castaneda fue uno de esos tipos extravagantes que supo ciertas cosas y las contó, a su manera, en unos libros fáciles de leer pero complicados de entender, con revelaciones de sumo interés camufladas entre un montón de pistas falsas e incluso delirantes. Es una manera clásica de presentar ciertos conocimientos que no pueden, por diversas razones, ponerse negro sobre blanco al alcance de cualquiera. Sin embargo, la persona en posesión del adecuado tamiz, puede cribar la arena y quedarse con las pepitas de oro. Investigadores modernos le han acusado de ser un fraude como antropólogo, de inventarse literalmente sus aventuras, de tiranizar a sus seguidores y vivir a su costa, de aprovecharse sexualmente de sus discípulas... Bueno, siempre que alguien triunfa, no importa en qué campo sea (si bien en el del pensamiento se da mucho), aparecen más pronto que tarde los autodenominados "desmitificadores", encargados de contar que el triunfador no es trigo limpio, que hizo tal o cual cosa mal, que no llegó tan lejos como parece, etc., y mientras "iluminan" al público ganan un montón de dinero con sus libros, sus apariciones en tertulias televisivas y demás.

Lo cierto es que no es nada fácil comprobar si las acusaciones son ciertas o no, porque el propio Castaneda se encargó personalmente de "borrar" todos los datos que pudo de su vida, su familia y hasta su propio origen porque, según contaba, los verdaderos brujos trabajan por sistema en la destrucción de su importancia personal para poder avanzar en su camino, más allá de la personalidad y lo material (lo cual, por otra parte, es cierto). Tampoco se dejaba fotografiar (la de arriba es una de las pocas fotos que existen de él) o grabar fácilmente, ni participaba en conferencias o actos públicos siempre que podía evitarlo. De hecho, hay quien duda de que muriera de verdad en 1998 y sugiere que lo que hizo fue simplemente "quitarse de en medio".
De sus libros, siempre me parecieron los mejores, por coherencia y por contenido de conocimiento, los cuatro primeros: Las enseñanzas de Don Juan, Una realidad aparte, Relatos de poder y, en especial, Viaje a Ixtlán que, aunque lo nombro aquí en último lugar es el tercero por orden de publicación y para mí tiene un significado muy especial. En ellos, contaba las enseñanzas del chamán yaqui Don Juan Matus y sus colegas de brujerías como Don Genaro (los investigadores "desmitificadores" dudan de que existieran estos chamanes y los consideran meros recursos literarios, pero lo dicen ellos que nunca tuvieron ocasión de conocerlos personalmente), y cómo le iniciaron en el camino de la "hechicería". Los textos siguientes nunca me parecieron a la misma altura y algunos de ellos me dieron la impresión de ser demasiado pobres e incluso superficiales, como si hubieran sido escritos por otra persona. O acaso como "camuflaje", para hacer más densa la nube de la tinta del calamar y ayudar a ocultar ciertos conocimientos expuestos con demasiada claridad. 

Aún así, en el libro publicado el mismo año de su muerte, El lado activo del Infinito, incluyó uno de los relatos de terror más espeluznantes que he leído jamás y en el que sin duda se inspiraron después algunos famosos autores anglosajones de corte conspiranoico (y algún que otro escritor de ciencia ficción) para explicar cómo actúan ciertas presencias invisibles a los ojos físicos. El escenario, como tantas otras veces, muestra a Castaneda con Don Juan, quien le enseña a reconocer mirando "sin enfocar la mirada, sino como con el rabillo del ojo" unas "sombras fugaces" que viven entre los hombres y que con un entrenamiento adecuado pueden ser vistas durante el crepúsculo. Según su descripción: "me parecían peces negros y gordos, peces enormes. Era como si gigantescos peces espada volaran por el aire (...) la visión me asustó". El brujo yaqui le explica que los chamanes del México antiguo fueron los primeros que las vieron y descubrieron en ellas "algo trascendental" y es que "tenemos un compañero de por vida, un predador que vino desde las profundidades del cosmos y tomó control sobre nuestras vidas. Los seres humanos son sus prisioneros. El predador es nuestro amo y señor. Nos ha vuelto dóciles, indefensos (...) tomaron posesión de nosotros porque para ellos somos comida y nos exprimen sin compasión porque somos su sustento. Así como nosotros criamos gallinas en gallineros, así también ellos nos crían en 'humaneros'."

Castaneda se rebela ante semejantes "afirmaciones monstruosas" pero es incapaz de irse y continúa escuchando las explicaciones de don Juan: "los predadores nos han dado nuestros sistemas de creencias, nuestras ideas acerca del bien y el mal, nuestras costumbres sociales. Ellos son los que establecieron nuestras esperanzas y expectativas, nuestros sueños de triunfo y fracaso. Nos otorgaron la codicia, la mezquindad y la cobardía. Es el predador el que nos hace complacientes, rutinarios y egomaníacos". Y hacen todo eso de una manera eficaz, organizada y..., espantosa: "Nos dieron su mente. ¿Me escuchas? Los predadores nos dieron su mente, que se ha vuelto nuestra mente: barroca, contradictoria, mórbida, llena de miedo a ser descubierta en cualquier momento. Aunque nunca has sufrido hambre, sé que tienes unas ansias continuas de comer, pero no son sino las ansias del predador que teme que en cualquier momento sus maniobras serán descubiertas y la comida le será negada."

Le explica que los antiguos chamanes llamaron a estas entidades los "voladores" precisamente por su aspecto etéreo y explica qué es lo que comen del ser humano: "los chamanes ven a los niños humanos como bolas luminosas de energía cubiertas de arriba a abajo con una capa brillante (...) de conciencia y es esa conciencia lo que los predadores consumen. Cuando un ser humano llega a adulto, todo lo que queda de esa capa brillante es una angosta franja desde el suelo hasta por encima de los dedos de los pies. Esa franja permite al ser humano continuar vivo, pero apenas."  Según el brujo yaqui, el hombre es la única especie en la Tierra que posee esa capa por fuera de su energía luminosa y por eso es una presa codiciada por estos seres. Aprovechando el único punto de "anclaje" con la vida, estos parásitos "crean llamaradas de conciencia que proceden a consumir de manera despiadada (...) nos otorgan problemas banales que hacen crecer esas llamaradas de conciencia y de esta manera nos mantienen vivos para alimentarse". Y cuando Castaneda pregunta qué se puede hacer, cómo puede la humanidad combatirles, viene lo más terrible: "No hay nada que tú y yo podamos hacer (...) -si la gente normal te oye hablar de eso- se reirán y se burlarán de ti y los más agresivos te darán una patada en el culo (...) el hombre, el ser mágico que es nuestro destino alcanzar, ya no es mágico. Es un pedazo de carne. No hay más sueños para el hombre sino los sueños de un animal que está siendo criado para volverse un pedazo de carne: trillado, convencional, imbécil".

Los voladores son "una parte esencial del universo y deben tomarse como lo que son realmente: asombrosos, monstruosos, el medio por el cual el universo nos pone a prueba (...) al ser poseedores de energía con conciencia, somos los medios por los que el universo se vuelve consciente de sí mismo y los voladores son los desafiantes implacables. No pueden ser considerados de ninguna otra forma." La única manera de defenderse de ellos, explica finalmente, pasa por la disciplina individual, pero "no me refiero a arduas rutinas (...) los chamanes entienden por disciplina la capacidad de enfrentar con serenidad circunstancias que no están incluidas en nuestras expectativas (...) es un arte, el arte de enfrentarse al infinito sin vacilar, no porque uno sea fuerte y duro, sino porque está lleno de asombro". Practicar bien esta disciplina convierte la capa brillante en "desabrida para el volador (...) que así se desconcierta. Una capa brillante de conciencia que sea incomible no es parte de su cognición, supongo. Una vez desconcertados, no les queda otra opción de dejar su nefasta tarea" y si se consigue mantener alejados a estos parásitos el tiempo suficiente la conciencia crecerá más allá del nivel de los dedos de los pies y se desarrollará hasta su tamaño natural. A medida que esto sucede, "tremendas maniobras de percepción se vuelven cosa corriente" y el ser humano desarrolla cierto poder. Don Juan explica que es posible agotar al predador "con silencio interno" de manera que llega un día en el cual el volador deja de interesarse en uno y desaparece para siempre. Es interesante recordar aquí que todas las tradiciones espirituales e incluso mágicas han insistido siempre en la adquisición y el mantenimiento de un especial estado interno de quietud y silencio internos como medio de enfrentarse adecuadamente a la existencia y poder extraerle sus secretos...

Paradójicamente, el día en el que el volador nos deja en paz de una vez por todas se convierte en un día "triste" pues "no hay nadie que te diga que hacer, no hay una mente de origen foráneo que te dicte las imbecilidades a las que estás habituado" y esa jornada se convierte en la más dura de la vida del chamán "pues la verdadera mente que nos pertenece, la suma total de nuestras experiencias, después de toda una vida de dominación, se ha vuelto tímida, insegura y evasiva. Personalmente puedo decirte que la verdadera batalla de un chamán comienza en ese momento. El resto es mera preparación". Es la cruda realidad: somos esclavos porque no sabemos ser de otra forma y todos aquéllos a los que se les llena la boca exigiendo libertad no sabrían qué hacer si fueran libres. De hecho, lo más probable es que ellos mismos se volvieran a meter en la celda cuya puerta se les abrió, pues no desean enfrentarse al reto de tomar la responsabilidad sobre su propia vida. En ese sentido, Don Juan recuerda que "la revolución de los chamanes es que se rehusan a honrar acuerdos en los que no han participado. Y nadie me preguntó si consentía ser comido por seres de otra clase de conciencia. Mis padres me trajeron a este mundo para ser comida, sin más, como lo fueron ellos. Fin de la historia".

Se puede considerar la historia de los voladores como un mero cuento de terror..., o no. Todo depende de si ha "resonado" o no en el interior del lector. La verdad es que todo esto es más profundo de lo que parece y merece una reflexión pausada. Aunque perturbador, el relato de Don Juan explica bastantes cosas acerca de lo que ocurre en nuestro planeta...

Castaneda fue un autor muy popular durante la segunda mitad del siglo XX, un auténtico icono de la contracultura y el misticismo. Hoy, es un perfecto desconocido para los jóvenes encadenados a las pantallas de sus móviles. ¿Habrá quizás un Castaneda del siglo XXI escribiendo ya, sin que todavía lo sepamos, la nueva versión -la actualización- de los voladores, y de todo lo demás?











viernes, 27 de enero de 2017

Zardoz

John Boorman dirigió en 1974 una de las películas en apariencia más extravagantes de la historia de la ciencia ficción: Zardoz. Nunca fue entendida por la mayoría de sus espectadores ni, por supuesto, por la crítica especializada, quien pretendió interpretarla en clave hippie, filosófica, lisérgica e incluso gay -el atuendo que lucía Sean Connery, el protagonista, parecía especialmente diseñado para llamar la atención de este tipo de público-. A día de hoy, sigue siendo una obra objeto de befa y mofa en diversas webs llenas de comentarios cuya necedad es fácilmente explicable debido a la incomprensión de la historia. Incluso se ha convertido en una película de culto precisamente por su inexplicada excentricidad. Sin embargo, es precisamente hoy día cuando esta película de carácter simbólico cobra todo su sentido y es más fácil de comprender. Al menos, tal y como me la explicó Mac Namara desde el punto de vista conspiranoico. 

El argumento nos sitúa en el siglo XXIII, en un clásico mundo postapocalíptico donde la sociedad homo sapiens ha quedado reducida a un estado de salvajismo y de perpetuo enfrentamiento entre los clanes supervivientes, en medio de un paisaje desolado que apenas da para obtener algunos recursos alimenticios. Los "brutales", que así se llaman ahora los humanos, adoran a una grotesca y colosal cabeza de piedra voladora con aspecto de máscara teatral griega, que aparece de vez en cuando sobre ellos lanzando mensajes chocantes como "el pene es el mal, las armas son buenas". Es su dios Zardoz, que regularmente aterriza entre ellos para que los brutales recojan del interior de su boca las armas y municiones que les deja, a cambio de recibir ofrendas en forma de comida por parte de los salvajes. Uno de éstos, Zed (Connery) resulta ser más inteligente y osado que la media de sus contemporáneos y un día decide esconderse dentro de Zardoz para volar con él y ver dónde vive.  

Zardoz aterriza en el interior de un gigantesco domo, el Vórtex, donde Zed descubre un paisaje muy diferente al del resto del planeta, con espacios verdes y agradables construcciones, así como personas muy diferentes a los brutales: hombres y mujeres de aspecto lánguido y gentil (con unos tocados ciertamente curiosos, algunos de ellos) que responden al nombre de los "elegidos" o los "eternos". Viven en un entorno tranquilo, sin grandes problemas, y no conocen la enfermedad ni la vejez. Una inteligencia artificial llamada el Tabernáculo contesta sus preguntas y resuelve cualquier contingencia conectado a ellos a través de unos especiales anillos de cristal. Las escasas muertes que se producen por accidente son compensadas con la clonación de un nuevo cuerpo para las personas afectadas, lo que les otorga la inmortalidad física. Pero al desaparecer los problemas y los desafíos, la vida pierde todo el sentido y los eternos se aburren durante todo el día sin saber qué hacer para llenar las interminables horas de su tiempo. Ni siquiera pueden recurrir al sexo, porque se han vuelto impotentes... En los pocos casos en los que algunos de ellos han decidido rebelarse contra esta vida sin sentido y tratan de forzar las reglas impuestas por el Tabernáculo, éste les castiga aislándoles y provocando su envejecimiento artificial, con lo que les condena a seguir viviendo igualmente, pero en peores condiciones físicas. Tampoco pueden organizar un ataque contra el superordenador que rige sus vidas porque cuando se puso en marcha todo el sistema éste fue bien escondido para que no pudiera ser destruido en el futuro y nadie sabe dónde está.

Durante su sorprendente excursión, Zed no sólo descubre que el nombre de Zardoz es un remedo de El Mago de Oz (The wiZARD of OZ), el famoso libro de Lyman Frank Baum (que, por cierto, tiene una interesante lectura más allá de la puramente infantil, denunciando entre otras cosas la falsa economía basada en el oro: no en vano el peligroso camino de baldosas es amarillo como el oro y la tierra de Oz se llama así igual que la abreviatura -oz de onza- empleada para la medida del preciado metal) sino que, de hecho, la estrategia utilizada con este dios es similar a la del perverso brujo del texto original. Se revela también que el creador de Zardoz es un eterno llamado Arthur Frayn que oficialmente ha diseñado al "dios" para someter a los brutales y reducir su número progresivamente (recordemos sus mensajes chocantes contra el sexo   -o sea, la procreación- y a favor de la violencia -es decir, la muerte-) pero también como parte de una conspiración para terminar con el Tabernáculo y sacar a la humanidad de su estéril estancamiento. Zed entiende que él mismo es una pieza clave del juego, el resultado de experimentos genéticos impulsados por el mismo Frayn para crear un brutal menos brutal y más parecido a los eternos, que pudiera algún día penetrar en el Vórtex y hacer lo que ni brutales ni eternos pueden hacer: destruir al Tabernáculo.

Tras diversas peripecias, Zed termina comprendiendo que ha de encabezar la rebelión, así que dirige al interior del domo a los brutales, que destruyen, saquean y matan a la mayoría de los eternos (una novedad que, todo sea dicho, éstos reciben con ilusión, felices de poder terminar por fin sus inútiles vidas). Encuentra también el Tabernáculo y lo aniquila. El final de la película es una secuencia de imágenes en formato time lapse con banda sonora de fondo de la séptima sinfonía de Beethoven, en la que aparece Zed junto con Consuella (Charlotte Rampling), una de las líderes rebeldes de los eternos. Ambos aparecen sentados dentro de la cabeza de piedra, con sobriedad y autoridad y vestidos con unos abrigos verdes, como los nuevos reyes de la humanidad resultante mezcla de brutales y eternos. De hecho, junto a ellos aparece un bebé (su hijo) que va creciendo y convirtiéndose en un hombre joven a medida que ellos envejecen. Finalmente, les deja y ellos mueren, se convierten en esqueletos y acaban reducidos a polvo. El único recuerdo de toda la aventura son unas manos pintadas en la pared y el revólver que utiliza Zed durante la película...

Así resumida, la historia parece incluso sencilla, pero hay que ver el largometraje entero para entender la perplejidad que embarga a la audiencia no avisada ante la complejidad de algunos de sus símbolos así como lo aparentemente abstruso de algunos planteamientos filosóficos que se presentan allí. 

- Y, sin embargo, es todo muy sencillo -precisa Mac Namara-. Lo que Boorman está mostrando aquí es una advertencia doble: por un lado, a los Amos, por los planes que están desarrollando en este momento y aspiran a hacer realidad en su obsesión por convertirse en dueños físicamente inmortales del planeta y, por otro lado, a la gran masa de humanos ignorantes de la conspiración que les gobierna y a los que está diciendo 'mirad lo que os espera'. No obstante, este cineasta, en realidad, sigue la estela de otras obras que advirtieron de lo mismo antes que él..., y cuyos avisos se perdieron igualmente ante la sordera del público al que iban dirigidos.

Asiento con la cabeza. Siempre he pensado que el género de la ciencia ficción se inventó en su día no como una mera entretención o especulación de futuro sino como una forma de contar a la sociedad ciertas cosas que no se podrían explicar de otra manera (porque la mayoría del público no las entendería y porque los autores que intentaran revelarlas no morirían tranquilamente en su cama). Recuerdo en ese momento, por ejemplo, El tiempo en sus manos, de George Pal, estrenada en 1960 a partir de la adaptación de la novela de H. G. Wells (por cierto, un gran conocedor de algunos de los planes de los Amos, como refleja en sus obras y en su propia trayectoria personal). Allí también aparece esa doble raza humana del futuro: los gentiles y rubios Eloi -nombre tan obviamente similar al de Elohim, los dioses de los antiguos textos semitas- y los brutales y retrasados Morlocks -una especie de nuevos neandertales cuyo nombre es por cierto una variante de Morlok, un apellido que puede encontrarse en ciertas zonas de Alemania-.

- Como sabes -explica mi gato conspiranoico-, el plan de los Amos es conducir a la humanidad a una nueva Edad Media en la que ellos sean los señores feudales mientras que el resto de la población queda reducida a condiciones de esclavitud o, como mucho, de servidumbre. Cuando digo "resto" de población quiero decir exactamente eso, "resto", pues su idea es deshacerse de la mayor parte de la gente de una forma u otra, de manera que en total el número de habitantes de la Tierra no alcance los 500 millones de personas. El arma con la que aspiran a convertirse en los nuevos señores no será la religión ni el ejército, como en la primera Edad Media, sino la tecnología.

- De ahí el inmenso negocio de los últimos años en torno a la informática y la obsesiva búsqueda de la inteligencia artificial...

- No sólo eso. Ellos buscan crear su propio Tabernáculo, como el de la película, un nombre por cierto muy explicativo si te pones a analizarlo con cuidado... Pero no se limitan a diseñar una inteligencia artificial todopoderosa. También trabajan en todos los campos de la salud, obsesionados con lograr la inmortalidad física a base de sustituir los órganos originales del cuerpo por "repuestos" biológicos, como si los seres humanos fueran simples máquinas con piezas intercambiables. O cambiando directamente todo el cuerpo, al clonarlo. La idea detrás de la clonación es la posibilidad de transplantar la conciencia indefinidamente de un cuerpo a otro, pero tiene un gran inconveniente: el cuerpo clonado no contiene el cerebro original, donde se manifiesta la identidad. Es más, parece que cada clon desarrollaría su propio cerebro con su propia identidad. Entonces, ¿se podría considerar a un clon como una persona individual? Y en ese caso, ¿se podría extraer su cerebro y matar así a esa persona para introducir en su lugar el cerebro de la persona original? Claro que primero tienen que conseguir un trasplante de cerebro exitoso...

Me acuerdo de la oveja Dolly y de tantos ingenuos que a día de hoy siguen pensando que los científicos se limitarán al mundo animal sin atreverse a intentar clonar por completo a un ser humano... Pero Mac Namara continúa su discurso y he de prestarle atención.

- Otra cuestión clave es el control demográfico: una revista española de divulgación publicaba recientemente los aberrantes avances que se están llevando a cabo en los últimos años para conseguir una maternidad sin madre, presentándolo como algo agradable y deseable: "ya es hora de que las mujeres dejen de sufrir por el embarazo" y otros sinsentidos semejantes. Como sabemos, los científicos ya han conseguido la primera parte:  fecundar un óvulo con esperma fuera del útero. Ahora, entre otras cosas, buscan diseñar una "vasija" ajena a la mujer, donde el feto pueda desarrollarse hasta el momento del "parto" y, en lugar de nacer, el bebé sea literalmente fabricado. Esto ya fue adelantado en 'Un mundo feliz' de Aldous Huxley, otro hombre con conocimientos..., y con contactos especiales. Y este tipo de avances tienes que relacionarlo con el fortísimo impulso a ciertas corrientes de pensamiento antitradicionales, así como a ideologías hoy omnipresentes como por ejemplo el radicalismo ecológico, que nada tiene que ver con el verdadero ecologismo, y que sostiene conceptos como que los seres humanos sois el cáncer del planeta y habría que destruiros a todos para salvarlo. El deseo de los Amos es, como te digo, hacer desaparecer de la faz de la Tierra cuanto antes a varios miles de millones de personas y controlar férreamente a las que queden a través de esos avances tecnológicos.

- De esta manera, 'Zardoz' adquiere sentido rápidamente...

- Así es. La película muestra lo que los Amos desearían que fuera su futuro en este planeta: ellos viviendo calentitos y sin preocupaciones en un entorno idílico, protegido y controlado por la informática y alimentados por los recursos facilitados por sus siervos, una masa de gentes salvajes y mal alimentadas, sin patrias, sin tradiciones, sin culturas diferenciadas, sin objetivos de ningún tipo más allá de la mera supervivencia, y fáciles de manipular. O, lo que es lo mismo, el resultado, a la larga, del mundo globalizado y bastardizado que hoy nos venden como el ideal supremo de una humanidad supuestamente en paz y que si por desgracia llegara a hacerse realidad supondría, en cambio, un camino garantizado hacia el infierno.

Pienso entonces en las últimas noticias que han publicado medios como The New Yorker acerca de Nueva Zelanda, un lugar alejado de todas partes pero que conserva -precisamente por su lejanía- recursos naturales y paisajes bellísimos. Según estos medios, el país oceánico se ha convertido en la nueva meca de algunas de las personas con más dinero del mundo. De hecho, el pasado mes de septiembre fue clasificado como "el segundo mejor lugar de residencia para expatriados" en la Tierra, entendiendo como "expatriados" no a pobres inmigrantes ilegales sino a personas con capacidad para inyectar un mínimo de algo más de 7 millones de dólares en la economía local. Entre los nombres conocidos de los nuevos "vecinos" de Nueva Zelanda figuran personas como el industrial Alexander Abramov, el cineasta James Cameron o el fundador de Alibaba Jack Ma. Kim Dotcom, el fundador de megaupload.com, concedió unas curiosas declaraciones a finales de octubre pasado en las que decía que "el mundo está entrando en una gran crisis y por eso nos mudamos a Nueva Zelanda (...) ya que este lugar está fuera de todas las listas de objetivos nucleares". Un detalle: al día siguiente de las elecciones que elevaron al poder a Donald Trump, la web de inmigración neozelandesa recibió ¡24 veces! más visitas desde EE.UU. que la media diaria. En la semana posterior a la elección de su nuevo presidente, 13.400 ciudadanos norteamericanos se pusieron a comprar una residencia en el país oceánico. Otro detalle: en los últimos diez meses de 2016, los ciudadanos de EE.UU. habían adquirido el cuádruple de la superficie comprada durante el mismo período de 2015 en nueva Zelanda. Reid Hoffman, cofundador de LinkedIn, también opinaba sobre esto asegurando que cerca de la mitad de los habitantes de Silicon Valley habían pensado en mudarse por allí, sobre todo tras el gran crecimiento de frustración y animadversión popular contra las elìtes sociales. ¿Es Nueva Zelanda el hogar del Vórtex? 

- Al mismo tiempo, el largometraje advierte a los Amos de que su sueño es absurdo, porque esa vida de señores basada en la tecnología terminaría al final por perder todo el sentido y les conduciría a la autodestrucción -añado entonces en la conversación con mi gato conspiranoico.

- Tú lo has dicho. Es uno de los eternos, Arthur Frayn, quien termina concibiendo la forma de desmoronar todo el sistema. ¡Y esa forma pasa por conseguir volver a unir a la humanidad, a los brutales y a los eternos! El hijo de Zed y Consuella es el hombre nuevo, el que reiniciará de nuevo todo el ciclo... Como sin duda ha sucedido antes más de una vez: recuerda las palabras del sacerdote egipcio a Solón en el templo de Sais...

- Esto lo sabes tú, lo sé yo y seguro que lo sabe también más de algún otro interesado. Entre otros, los propios Amos. Y sin embargo siguen adelante con sus proyectos...

- Sí, porque en su soberbia están convencidos de que pese a todo no fallarán. Y se equivocan. Por eso los Amos, aunque se creen peligrosos de verdad, son los más ingenuos de todos -ríe Mac Namara entre dientes.

Me doy cuenta de que ha terminado su análisis y, desperezándose, se dispone a irse, como de costumbre, en un santiamén. Pero antes tengo que preguntarle una cosa que siempre me ha intrigado:

- ¿Era necesario ver a Sean Connery con semejante 'look'? Queda demasiado..., digamos, ridículo.

- Pero, fíjate bien, alma de cántaro... Durante todos estos años, cuando la gente pensaba en esta película, incluso a día de hoy, ¿qué es lo que recuerdan? ¡Las pintas de Connery! O algunos otros detalles caricaturescos de la obra, como la propia cabeza voladora. Toda esa puesta en escena está hecha 'ex profeso' para despistar, porque el homo sapiens es igual que los indios de las películas: se deslumbra enseguida con las cuentas de colores brillantes y se queda ahí, en el continente, en lugar de profundizar hacia el contenido. Como te dije, 'Zardoz' es una advertencia pero su mensaje no estaba en realidad destinado a todo el mundo...