Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.
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viernes, 7 de diciembre de 2018

Are you ready?

Dice Mac Namara que el cine se inventó no sólo para entretener a la gente de forma mecánica (historias de todo tipo hemos encontrado desde siempre en los libros y, antes, las narraban nuestros ancestros junto a la hoguera..., pero en ambos casos se necesita de una participación activa de la audiencia, mientras que la imagen en movimiento se limita a inyectar el cerebro de una audiencia pasiva y entregada) sino para predecir el futuro. O, siendo más exactos, para crearlo. El comportamiento y la educación de la sociedad occidental contemporánea deben más a las escenas populares del llamado séptimo arte que al ingente trabajo de tantos profesores aún enamorados de su maravillosa profesión y empeñados en construir seres humanos que merezcan de verdad ese nombre. 

Ejemplos hay todos los que uno quiera buscar. Me pregunto cuántos atracos, asaltos, secuestros y otros crímenes se habrán organizado en el mundo real inspirados en los cuidadosamente planeados de las películas (hay algunas de ellas en las que el argumento es básicamente el desarrollo de un plan criminal y su ejecución). Y que nadie hable de exageración, cuando todos hemos aprendido de esta manera que para robar algo de gran valor la norma básica es  ponerse guantes con objeto de no dejar huellas dactilares o que para matar a alguien y salir airoso del asunto lo más importante es que no aparezca el cadáver de la víctima... "Qué barbaridad, aunque sepamos eso, no vamos a hacerlo, es sólo una ficción" piensan los ingenuos que, en efecto, nunca lo harían, obviando que en el mundo existe mucha gente sin escrúpulos dispuesta siempre a aprender nuevas formas de vivir a costa de los demás. Aunque no hay que ir tan lejos para comprender cómo la pantalla (da igual que sea la del cine, la de la televisión o la del teléfono "inteligente") es capaz de moldear al homo sapiens sin que éste lo aprecie a corto plazo. Veamos algo más sencillo: lo que ha sucedido con el tabaco. 

Los protagonistas de la mayoría de las películas rodadas hasta, al menos, los años 80 del siglo XX y ambientadas en época contemporánea nos mostraban al tipo duro (o a la vampiresa) de turno fumando y transmitiendo así el mensaje de que para ser una persona interesante era necesario consumir cigarrillos, puros o (el colmo de la intelectualidad) pipas. En aquella época, fumar se convirtió así, gracias al cine (y a otros ámbitos donde se proyectó la industria, empezando por el de la publicidad pura y dura) en un símbolo de distinción asociado a una personalidad seductora, atractiva y triunfadora. Cada marca de tabaco tenía su target publicitario específico, el más famoso de los cuales fue el de Marlboro identificado con los vaqueros del Oeste: si uno fumaba sus cigarrillos podía creerse uno más de aquella gente dura, fuerte y muy masculina. Un John Wayne contemporáneo... Más tarde, la ciencia demostró lo que la experiencia ya había enseñado a muchas familias directamente: el lento y doloroso suicidio al que equivale el consumo regular de tabaco. Llegaron las denuncias millonarias de los afectados por cáncer y el descrédito para productores y distribuidores. Poco a poco, los fumadores terminaron desapareciendo de la pantalla hasta el punto de que hoy están prácticamente proscritos (lo cual tampoco tiene mucho sentido, y hablo ahora como escritor, porque puede que un personaje concreto deba ser fumador ya que así lo exige el desarrollo de su arquetipo o la época de la historia en la que está inmerso..., pero esto es muy típico del homo sapiens: o todo o nada, ignorando los términos medios). Lo cierto es que la ausencia del tabaco de la pantalla se ha traducido en una drástica reducción del número de fumadores en el mundo real y eso no es coincidencia.

En esta línea, hay una serie de películas rodadas especialmente en los últimos treinta años, todas ellas relacionadas con el futuro más o menos inmediato, que de alguna manera parecen impulsar al mundo en direcciones concretas, marcando las aspiraciones y los deseos que "debemos tener", queramos o no. Por ejemplo, existe una proliferación increíble de historias relacionadas con robots, androides e inteligencia artificial, precisamente en una época en la que, ¡oh, sorpresa!, se ha multiplicado exponencialmente el trabajo científico en esa dirección. En esta bitácora hemos tratado varias veces los avances en robótica, que tanto satisfacen a los ansiosos de novedades tecnológicas y que personalmente creo que deberían ponernos los pelos de punta. Pero es que podemos ir más allá, con proyectos a los que ya se están dedicando muchos millones de dólares para hacer realidad el cyborg: el hombre máquina. Una de las empresas en punta de lanza en este sentido es Neuralink, perteneciente al millonario e inventor de moda, Elon Musk. El objetivo de esta compañía es fabricar un disco duro lo bastante potente como para poder volcar en él la experiencia de una mente humana y convertirla así en una serie de archivos manejables. La idea es mezclar a humanos y máquinas porque en su opinión es la única forma de que "la IA no destruya a la humanidad". Así de literalmente lo explicaba en una entrevista para un programa de una cadena norteamericana de televisión. La misma en la que sugirió que tal vez el Universo no fuera más que una simulación informática y, en consecuencia, nosotros simplemente un conjunto de bits con apariencia de seres humanos.

Musk utilizaba en aquella entrevista el mismo argumento que hemos usado en este blog (y que usaría cualquiera con dos dedos de frente) para este asunto y es que "a medida que los algoritmos y el hardware mejoren, la inteligencia artificial superará a la inteligencia biológica por un margen sustancial, es obvio". Y describía muy gráficamente la situación: "podríamos seguir el mismo camino que los monos cuando una de las especies de primate, el homo sapiens, se volvió mucho más inteligente que los otros primates y los encerró a todos en hábitats muy pequeños... Y así hoy quedan muy pocos gorilas de montaña, orangutanes y chimpancés". La única diferencia, añado yo, es que la IA seguramente ni siquiera se quedaría con un puñado de humanos en sus zoológicos (que no serían tales, en puridad, sino más bien granjas o laboratorios pues ningún robot "perdería el tiempo" paseando en un zoo). Y ello porque igual que existen muchas personas que carecen de sensibilidad hacia los animales, hay muchas otras que por fortuna sí la tienen y se preocupan por su bienestar. Sin embargo, la frialdad de las máquinas tendería a ejecutar una decisión unánime y, en caso de decidir que los homo sapiens son insuficientemente productivos o inútiles sin más, los exterminarían a todos sin un ápice de compasión.

Respecto a Neuralink, tras recordar que en esta compañía reúne a lo más granado de su equipo de ingenieros, pronosticaba que su futuro disco duro cerebral será una realidad en más o menos un decenio. Y que actuará "a través de una interface de electrodo a neurona en un nivel micro..., un chip y un montón de pequeños cables que serán implantados en tu cráneo". Como sucede siempre en lo que respecta a las nuevas tecnologías, las aplicaciones médicas y sanitarias son el argumento perfecto para probar cualquier novedad, sin sentirse responsable de lo que pueda suceder más tarde. Musk esgrime razones sensatas en este sentido, como la ayuda a las personas que padecen problemas de inmovilidad por lesiones medulares ("Ya sabemos cómo hacer esto: implantar electrodos en la corteza motora del cerebro, hacer luego un bypass en la parte seccionada de la médula y disponer de microcontroladores locales cerca de los grupos de músculos, para restaurar el uso de las extremidades") o las que padecen Alzheimer y otras demencias seniles ("La gente pierde la memoria a medida que envejece, es increíblemente triste que una madre olvide a sus hijos, y eso también puede ser resuelto").

Otras razones aducidas en la entrevista hacían referencia a la política (invocando "una especie de democratización de la inteligencia, de modo que no sea monopolizada por gobiernos y grandes corporaciones"), la manipulación informativa ("La AI puede hacer una propaganda increíblemente eficaz que influye en la dirección de la sociedad. Por ejemplo, en período electoral puede perfeccionar un mensaje viendo la retroalimentación que tiene en Internet y haciendo que ese mensaje mejore ligeramente en milisegundos") y, por supuesto la seguridad (con un ejemplo de Ciencia Ficción ya que advierte de cómo se puede hacer "un enjambre de drones asesinos por muy poco dinero. Simplemente tomando el chip de identificación facial que utilizan los teléfonos móviles y con una pequeña carga explosiva en un dron estándar. Haciendo un barrido del edificio hasta encontrar a la persona buscada y que los drones choquen contra ella y exploten. Podrías hacerlo ahora mismo, no se necesita nueva tecnología").


Y hay una justificación más que, desde luego, no tiene vuelta de hoja: "A propósito, ya tienes algo de esto funcionando de una forma un tanto extraña, tienes una capa digital terciaria actuando a través de tu teléfono, tus ordenadores, tu reloj. Básicamente, estos dispositivos tecnológicos ya forman una capa terciaria sobre tu cognición." Musk nos recuerda así que, de todas formas, ya estamos en parte controlados por la IA. Y tiene razón. Aunque muchas personas no se dan cuenta, lleva ya tiempo entrometiéndose en nuestra vida subrepticiamente: termina las palabras de nuestros correos electrónicos o nos sugiere directamente expresiones de respuesta, inserta anuncios de los temas que más nos interesan en las páginas web que visitamos, sugiere rutas para transitar en coche, etc. La IA hace todo eso y más captando y analizando la información que manejamos con mayor asiduidad, así como nuestros hábitos y costumbres. Y nosotros, que somos por naturaleza acomodaticios, empezamos aceptando alguna que otra sugerencia y terminamos haciendo todo lo que nos dice, porque es más descansado no pensar. Y la cosa irá a peor en los próximos meses, visto que uno de los regalos tecnológicos estrella de las próximas Navidades serán los altavoces "inteligentes" que se están colando como mayordomos virtuales en un creciente número de hogares y cuya capacidad de espionaje está más que demostrada...

Puede que la intención de Musk sea buena en el fondo pero ¿de verdad que no se le ha ocurrido algo mejor que el viejo si-no-puedes-contra-ellos-únete-a-ellos? ¿La forma de salvar a la humanidad es despojándola, aún más, de lo que le hace humana y acercándola, aún más, a la máquina? 

Hace poco vi una película especialmente interesante sobre la IA. Está basada en un libro (como casi todos los guiones curiosos que rueda Hollywood desde hace muchos años), una novela de Ciencia Ficción que se titula Ready Player One (Preparado, jugador uno, un mantram que traerá muchos recuerdos a los nostálgicos de los primeros videojuegos) firmada por Ernest Cline. La película está dirigida por Steven Spielberg, que ha tocado el asunto de la inteligencia artificial en otras ocasiones. La más relevante, en A.I. Inteligencia Artificial, un largometraje basado en Los superjuguetes duran todo el verano de Brian Aldiss. Inicialmente iba a ser rodado por el gran Stanley Kubrick pero por azares del destino cayó en manos de Spielberg y el resultado final fue según la crítica manifiestamente mejorable pero estoy seguro de que debió llamar la atención de Muks, teniendo en cuenta "la humanización de la máquina" que defiende, sobre todo en su parte final. 

Respecto a Ready Player One, transcurre en un futuro cercano y bastante sombrío. Es el año 2045 y la gente sobrevive como puede porque la Tierra está al borde del colapso (como suele decir Mac Namara: "si los Amos tienen una diversión favorita, ésa es promocionar el apocalipsis, en cualquiera de sus formatos"), por lo que la única forma de evadirse es un juego de realidad virtual cínicamente bautizado como Oasis que, como es natural, disfruta de un éxito arrollador entre los abrumados humanos del futuro. No importa ser pobre, no tener futuro, carecer de amigos o de pareja en la realidad pues basta con sumergirse en el mundo de Oasis, regido por una potentísima IA que mantiene en marcha todos los escenarios, para asumir el avatar que más le guste a cada uno y dedicarse a lo que le dé la gana: desde trabajar hasta divertirse, guerrear o viajar, previa recolección de monedas virtuales para costearse el correspondiente equipo. 

El creador de esta realidad alternativa es un tipo llamado James Halliday, un genio informático obsesionado con los años 80' que ha huido toda su vida del mundo real, refugiándose en los escenarios nacidos de su imaginación (de hecho, encaja bien como uno de los arquetipos de "ofendidito" contemporáneo que encontramos hoy día por doquier, aunque con dos diferencias: está entrado en años y disfruta de una cantidad obscena de dinero). Halliday y su antiguo compañero de trabajo, Ogden Morrow, se han hecho ricos con Oasis y la empresa GSS (Gregarious Simulation Systems) con la que lograron implantarlo en todas partes, pero luego se pelearon y se separaron (más tarde sabremos que Morrow se casó con la chica que le gustaba a Halliday, entre otras razones porque éste no tuvo el cuajo suficiente para luchar por ella, encerrado como estaba en su mundo de miedo y autocompasión). Cuando comienza la película, Halliday ha muerto hace cinco años. Poco después de fallecer, se revela públicamente que su videojuego contiene un "huevo de pascua", un mensaje secreto oculto al que sólo puede llegarse jugando. La persona que lo descubra se convertirá en su heredero universal, tanto de la fortuna económica como de la propia GSS. 

El protagonista de la historia es un joven huérfano pobre (otro joven huérfano pobre más que añadir a la legión de jóvenes huérfanos pobres y finalmente triunfadores de las novelas juveniles) llamado Wade Watts que vive con su tía y sus sucesivos ligues en un  desolador suburbio norteamericano. Como la mayoría de sus contemporáneos, vive más tiempo dentro de Oasis que fuera de él, encarnando en una dinámica identidad llamada Parzival. Wade es uno de los muchos jugadores que aspira a encontrar el huevo de Pascua y por tanto se incluye a sí mismo en el grupo de los gunters o egg hunters (cazadores del huevo). Aunque intenta convencernos de que se basta y se sobra, no está solo en su aventura. Sus apoyos son su, al principio, rival y luego novia Art3mis y sus amigos Hache, Daito y Sho. También hay un archivillano, claro, que se llama Nolan Sorrento, responsable de IOI (Innovative Online Industries, que tiene un logo muy curioso), la empresa que da servicio en red a Oasis y que aspira a hacerse con el huevo no sólo por apoderarse del dinero de Halliday sino para imponer un peaje económico de acceso al juego y hacerse aún más rica. El argumento de la película es la competición para conseguir el premio final y la única forma de conseguir pistas para averiguar dónde se encuentra encerrado es hallar previa y sucesivamente tres llaves de cobre, jade y cristal.

En teoría, la novela/película es un homenaje a los años 80' y a la cultura pop con multitud de referencias musicales, cinéfilas y de videojuegos. Un verdadero festival para ese tipo de personas que los yankees calificaron en su día con el calificativo de nerds (equivalente a empollones o personas valiosas por su inteligencia y conocimientos, sobre todo científicos, pero torpes para la relación social y aislados dentro de sus propios miedos). La mayoría de las críticas de la película han ido por ahí y se ha llegado a convertir en un desafío descubrir todas las referencias que aparecen en el largometraje, desde la versión cinematográfica de El resplandor rodada por Kubrick hasta el archiconocido DeLorean convertido en máquina del tiempo de Viaje al futuro o el gigante de hierro de la película (y el libro previo) homónima.

Sin embargo, existe también un curioso nivel de significados simbólicos en esta historia, mucho menos comentados, que dan una profundidad inesperada a esta "película de entretenimiento juvenil". Por ejemplo, el nombre de los protagonistas. Él se llama Parzival, como Perceval o Parsifal, el más inocente de entre los caballeros del rey Arturo que logró hallar el Santo Grial (por cierto que hay una irónica alusión a "la santa granada" de Los caballeros de la mesa cuadrada de Monty Python, donde se parodia la famosa Quête, la Búsqueda). El Grial de la película es, naturalmente, el huevo de Pascua y cualquiera que conozca algo de simbología entiende la importancia de ambas referencias: tanto el huevo como la Pascua. Y ella se llama Art3mis. O, lo que es lo mismo, la diosa griega Artemisa, también conocida como Diana, la Cazadora. Sorrento utiliza, para luchar contra ambos y contra sus amigos (y finalmente contra todos los gunters) a un ejército de empleados que se llaman los sixers (los seises..., un número singular ¿no es cierto?). Dejo a otros intrépidos buscadores el placer de descubrir el resto de alegorías.

Sin embargo, el punto más llamativo de la película, y también el más escondido porque está a la vista pero no se insiste en ello, no es la actividad de los personajes sino el mundo real que describe o, más bien, esboza. Se trata de un planeta ubicado treinta años en el futuro que es muy similar al actual, en el cual la pobreza se ha extendido hasta límites difíciles de concebir para el occidental pero habituales en el tercer mundo. De hecho, la gente normal no vive en pisos de edificios corrientes sino en contenedores metálicos instalados sobre armazones ligeros de torres, en medio de un paisaje de basura y suciedad. Parzival tiene su "cuartel general" en un basurero de coches, donde aprovecha todo tipo de materiales para conectarse a Oasis..., porque incluso en estos nidos de miseria siempre hay una pantalla gigante en el paisaje para animar a conectarse a la red. 

Ése es el mundo, me insiste Mac Namara, al que quieren llevarnos los Amos y en ese sentido esta película es "predictiva". Se trata de crear un futuro en el que la vida del ciudadano valga todavía menos que en la actualidad: una existencia torpe, inútil para la propia persona (que se limitará a trabajar para el sistema y gastar en él todo lo que pueda ganar y más) y en la que no hará falta esclavizarla físicamente, por cuanto estará presa de la peor de sus fantasías: su propia fantasía, de la que no querrá salir.

En Ready Player One, la gente utiliza las gafas de realidad virtual y usa también otros complementos como los guantes para poder actuar en el interior de Oasis. Los más afortunados disponen incluso de un traje completo para sentir desde una caricia sensual hasta una patada mal dada en el bajo vientre. Todo esto existe ya, hoy día, aunque algunos gadgets no han sido comercializados todavía. El personaje de Sorrento cuenta con un espectacular asiento modular dotado de todos los avances..., y guarda su contraseña de acceso a la red en un papelito manuscrito junto a él (sí, todos los guiones tienen sus debilidades y sus puntos absolutamente irreales). Lo más importante en todo caso son las gafas ya que, como nos recuerdan todos los expertos, al menos el 90 % de los estímulos cerebrales los recibimos a través de los ojos, así que quien controle nuestra mirada controlará nuestra atención.

Y ese control se aprecia en una escena muy especial, en la que Parzival y sus amigos engañan a Sorrento haciéndole creer que está en el mundo real cuando lo cierto es que se encuentra aún en Oasis. Vamos hacia ese momento ahora mismo, con los avances en IA, realidad virtual y demás: hacia el momento en el que los videojuegos estén tan bien hechos y atrapen hasta tal punto nuestra atención que no sabremos exactamente si estamos en la realidad o fuera de ella. Y, lo peor de todo, no nos importará.

Aunque, ¿y si estuviéramos en ese punto ya? ¿Y si perteneciéramos a una gran simulación que se parece tanto a la realidad que de hecho creemos vivir en la realidad? ¿Y si fuera tan fácil "predestinar" nuestro futuro porque, al ser un simple montón de archivos, bastaría con que nuestro programador cambiara determinados parámetros a su voluntad?









viernes, 23 de noviembre de 2018

Controlando chinos

Se viene hablando de ello en público desde hace pocos años (aunque los trabajos para refinar la idea existen desde hace mucho más tiempo) pero en los últimos meses se ha confirmado que nos encontramos al comienzo de una de las principales pesadillas de las ucronías más pesimistas de control social: un Gran Hermano real, como el descrito por Orwell en sus textos, que por cierto deberían ser de obligado conocimiento (aunque en España, el nivel intelectual del ciudadano medio es tan lamentable que combinar ambos conceptos, Gran Hermano y obligado conocimiento, da como resultado destacado una enorme legión de millones de zombificados espectadores del programa de televisión cuyo título parodia al gran protagonista de 1984). Como no podía ser de otro modo, el Gran Hermano real se está ensayando ahora, ya, en este mismo momento, en un régimen comunista. Para ser más concretos, en China, en medio del atronador silencio de esas (falsas) democracias occidentales que dicen defender la libertad del individuo y que en realidad están todas ellas arrodilladas ante el poder de Mammón, ese diabólico dios de nombre chocante (y seguramente falsificado: es demasiado parecido al del benévolo y amoroso Amón) que se encarga de ayudar y promover la avaricia y el vicio del dinero.

(Entonaban los Monty Python, hace ya casi cuarenta años, aquello de I like chinese -Me gustan los chinos-, una graciosa cancioncilla en apariencia políticamente correcta en cuya letra destacaban frases como "Yet they're always friendly and they'ready to please" -"Son siempre amistosos y dispuestos a agradar"- pero con alguna que otra advertencia añadida. Por ejemplo: "There's nine hundred million of them in the world today/You'd better learn to like them, that's wat I say" -"Hay novecientos millones de ellos en el mundo hoy día/Lo que digo es que será mejor que aprendas a apreciarlos"-. O, más directamente,"The chinese will survive us all without any doubt" -"Los chinos nos sobrevivirán a todos, sin ninguna duda"-. Como cualquier persona inteligente, los miembros del grupo británico sabían que tú puedes ser una perla rara, una entre cien mil mucho menos valiosas, pero perecerás y desaparecerás irremediablemente sepultada si esas cien mil te caen encima, porque en el mundo de lo material el número es la base de cualquier victoria a largo plazo. Mac Namara me lo ha explicado muchas veces con distintos ejemplos al hacer referencia al bombardeo psicológico sistemático que sufrimos los europeos desde el final de la Segunda Guerra Mundial -demonizando la maternidad, inventando mil y una sexualidades a cual más extravagante, destruyendo el núcleo familiar de todas las maneras imaginables, promocionando hasta la saciedad el aborto incluso cuando no es necesario o invocando la solidaridad y el amor al prójimo para abrir las fronteras de par en par, entre otras tácticas- con el objetivo de reemplazar demográficamente a la población autóctona europea y, si es posible, aniquilarla por completo. Suena brutal, cuando uno no se ha tomado la molestia de estudiar el asunto a fondo, pero es exactamente así.)

Sin embargo, ése es otro tema. Hoy estábamos con lo del Gran Hermano. Esa misma China llena de chinos simpáticos (tal vez no tan simpáticos, según me han contado diversas personas que han tenido oportunidad de vivir entre ellos en su país y ampliar la foto fija que tenemos aquí del sonriente vendedor en las tiendas de todo a cien; supongo que habrá de todo, como en todas partes) es el escenario donde se está aplicando ya, sin que nadie diga ni mu, la transformación definitiva del homo sapiens en homo ganado. Desde el 1 de mayo (¡precisamente el 1 de mayo, una "fecha curiosa", como diría mi gato conspiranoico!), el gobierno del presidente Xi Jinping ha puesto en marcha la implantación del carnet de buen ciudadano, con la idea de que esté plenamente operativo en 2020. Dentro de dos días, como quien dice.


Como a los animales no hay que asustarles para evitar que protesten o se rebelen, es necesario aplicar esta iniciativa pasito a pasito. Por eso, las primeras medidas son sólo castigos menores y para los que han actuado mal se mire como se mire. Así, según la Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma china, las personas que usen billetes de transporte caducados, faciliten falsa información sobre terrorismo o fumen en un tren son penalizadas prohibiéndole su acceso a trenes y aviones durante un año. Parece algo correcto: el que la hace la paga y tampoco es un castigo tan relevante. Ahora bien, es la misma técnica que cuando se introduce un impuesto nuevo. Para evitar el rechazo inicial, se impone de entrada una cantidad a cobrar irrisoria..., y cuando el ciudadano se acostumbra a pagar esa minucia se le puede empezar a subir progresivamente.

Así que primero los chinos se están acostumbrando a las sanciones por actividades decididamente malas y, más tarde, éstas se ampliarán a cualquier tipo de actos que no le gusten al gobierno, hasta crear un sistema de puntuación de "buenos" y "malos" ciudadanos según sus hábitos sociales, el tipo y la frecuencia de productos que consuman, las amistades que tengan, etc. La evaluación ciudadana para considerar "buena" o "mala" a una persona es tan delirante, que entre las penalizaciones figuran las de aquellos ciudadanos "que ofrezcan disculpas poco sinceras". Y cuando el sistema esté funcionando, los puntos que obtenga cada ciudadano le permitirán alquilar una vivienda (o no, aunque disponga de dinero suficiente), matricular a sus hijos en una escuela privada (o no, aunque la tenga al lado de su casa y pueda pagarla), trabajar en determinados empleos (o no, aunque esté capacitado para el puesto al que aspira), obtener un préstamo (o no, aunque sea un ciudadano económicamente intachable) y hasta ser recibir tratamientos de la sanidad pública (o no, aunque no tenga dinero para pagarse una privada). El gobierno chino dice que así se construirá una "cultura de la sinceridad" que promueva "la honestidad, la confianza y la integridad" porque "mantener la confianza social es glorioso""las personas confiables podrán ir a cualquier lugar bajo el cielo, mientras que aquéllas que no lo merezcan no podrán dar un solo paso". Poesía legal.

"Es imposible, no podrán hacerlo, hay demasiados chinos para poder controlarlos a todos", dice un escéptico allí, al fondo de la sala. De hecho, hoy hay más o menos unos 1.300 millones de chinos (han aumentado un poco respecto a la época en la que los Monty Python cantaban su canción). Demasiada gente..., en apariencia. Pero sí, es posible. Y lo es gracias al estricto control de las autoridades chinas sobre Internet y las redes sociales (al cual se pliegan hasta las, en Occidente, todopoderosas compañías del estilo de Google y Facebook, que aceptan las limitaciones impuestas desde el gobierno de Pekín. Y también gracias a los varios cientos de millones de cámaras de vigilancia instaladas ya en su país, muchas de las cuales funcionan con inteligencia artificial. Y por si fuera poco, hay ocho empresas privadas (el ocho es el número de la suerte para los chinos) que han recibido el visto bueno oficial para desarrollar cada una su propio sistema experimental en este sentido y puntuar a ciudadanos clientes. Una de ellas, la más conocida seguramente por aquí, es Alibaba. Chris Tung, uno de sus directivos, reconocía en una entrevista hace unos meses que "no se pueden imaginar la cantidad de datos personales a que tenemos acceso". Literalmente, saben qué tipo de películas ve una persona en concreto, qué música oye, qué estilo de vida tiene. Todo. 

Un ejemplo gráfico de hasta dónde han llegado las cosas a día de hoy es el de la empresa Face++, dedicada al reconocimiento facial, que dispone ya de una tecnología tan refinada que permite, a partir de imágenes tomadas en escenarios públicos como una estación de tren, identificar a 120 personas por segundo. Repito: 120 personas por segundo. Combinando esas imágenes tomadas directamente de la calle con las bases de datos oficiales a las cuales tiene acceso directo, esta compañía puede localizar con relativa facilidad (y avisar a la policía para su detención) a todo tipo de "criminales y personas buscadas", como se jactan sus técnicos. Ojo a la expresión empleada: criminales y..., personas buscadas, que no tienen por qué ser criminales. Sólo buscadas, porque por algún motivo resultan incómodas para las autoridades. Face++ se fundó en 2011 y hoy dice trabajar, además de con el gobierno chino, con cerca de 300.000 empresas y particulares en todo el mundo. En algunas ciudades como Shanghai o Hangzhou, su tecnología ya se utiliza para llamar la atención de ciudadanos que no cumplen la ley -o que simplemente se despistan- y tienen paneles grandes en la calle donde se muestra la cara del peatón que ha cruzado indebidamente saltándose un semáforo o del ciclista que se ha metido por dirección contraria. Su rostro sólo desaparece de ahí si pagan la multa correspondiente.

(Esto del reconocimiento facial para supuestamente facilitar la vida de las personas se ha puesto de moda también en esta parte del mundo por culpa de los teléfonos móviles que utilizan ese sistema para desbloquearse. Particularmente, he de decir que nunca he metido mi rostro en uno de esos teléfonos, ni por supuesto mi huella digital. Las compañías que venden estos terminales han asegurado reiteradamente que no recopilan esa información porque no llega a salir de los propios aparatos, pero los centros comerciales también insisten todos los años por estas fechas en que ya están de camino tres reyes magos de Oriente en camellos para traernos regalos.)

El diario The Global Times publicó que ya en 2010, en la provincia de Jiangsu, se intentó imponer un programa de control social de este tipo que incluía la evaluación de la postura política de los ciudadanos. En el carnet de puntos asociado, una de las razones que restaba crédito a los sancionados era el hecho de que uno pudiera ser calificado de "peticionario". Adquiría ese calificativo si se dedicaba a viajar a Pekín para quejarse ante la administración central del comportamiento de las autoridades locales. Atención: a uno le convertían en "mal" ciudadano con independencia de que su queja tuviera razón o no, sólo por el hecho de osar quejarse. Los habitantes de la región protestaron y el programa se retiró..., de momento. ¿Qué pasará en 2020, cuando se haya implantado el proyecto general? No es difícil de imaginar.

"Ay, cómo son estos chinos..., pero eso pasa en su país. Nosotros no nos dejaríamos", vuelve a comentar el mismo escéptico de antes, con la misma supina ignorancia. 

Y es que seguramente los lectores veteranos de esta bitácora ya estarán enterados pero, para los que no, me gustaría recordar que el pasado miércoles el Senado de España aprobó la nueva Ley de Protección de Datos, supuestamente redactada para proteger a los ciudadanos de nuestro país de los abusos en el sector informático. Sus "señorías" aprobaron la norma con 220 votos a favor y sólo 21 en contra. En el Congreso de los Diputados, todo el mundo había votado a favor. "Protejamos a los españoles de las empresas internacionales y también de las nacionales e incluso de algunos particulares..., todos ellos muy malvados porque quieren recopilar información sobre los ciudadanos sin su consentimiento para aprovecharse y venderles luego todo tipo de productos", era el discurso general de los dirigentes políticos. 

Pero..., resulta que esa ley contiene un artículo, el 58 bis, que permite a "partidos políticos, coaliciones y agrupaciones electorales" recopilar "datos personales relativos a las opiniones políticas de las personas" y que, además, declara que la propaganda electoral a través de Internet "no tendrá la consideración de actividad o comunicación comercial". Es decir, los partidos se reservan la capacidad de poder hacer sin pedir permiso lo que está estrictamente prohibido que haga nadie más en España. Una compañera se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo y redactó y publicó una información al respecto que ha abochornado a todos los partidos parlamentarios españoles. 

Y cuando digo todos, son todos. Porque resulta que todos votaron a favor de concederse a sí mismos el privilegio de espiar y clasificar a los ciudadanos españoles en "buenos" (si tienen intención de votarme) o "malos" (si van a votar a otro). De hecho, esto significa abrir la puerta a la creación de perfiles personales basados en la ideología de cada ciudadano que -no creo que haya nadie tan ingenuo como para pensar lo contrario- se guardarían para seguir utilizándolos después del período electoral contemplado en la redacción de la ley. Lo que no esperaban los líderes políticos españoles es que se publicara esa información denunciando la maniobra, que cayó como una bomba entre los medios de comunicación, y, a la hora de ratificar el voto en la Cámara Alta, cuatro partidos, con una actitud especialmente cínica, decidieron votar al revés de como lo habían hecho en la Baja echándose públicamente las manos a la cabeza ante este atropello a los ciudadanos e incluso planteándose recurrir la ley al Tribunal Constitucional. Así funciona la hipocresía: mientras nadie se entere, se puede actuar de manera indigna con total impunidad, pero si la historia sale a la luz, uno debe ponerse al frente de las protestas del "pueblo". La misma compañera que escribió la noticia, a la que he felicitado por hacer honor al oficio de periodista, me contó que algunos expertos le habían revelado que "este tipo de violación de la intimidad vía Internet es bastante frecuente en realidad, pero ilegal; lo que intentan ahora es hacerlo legal".

Esos expertos también le comentaron que "el partido actualmente en el gobierno, el PSOE, es quizás el que más ilegalidades de este tipo ha cometido hasta ahora en Internet, y por eso ha sido el más interesado en sacar adelante la nueva ley". No sólo en Internet, de hecho. Personalmente, hace ya muchos años que otros compañeros de profesión me revelaron la existencia -e incluso me enseñaron alguno de estos documentos- de los muy detallados informes elaborados regularmente por al menos una de sus fundaciones (y, en honor a la verdad, de las de otros partidos políticos también) sobre los periodistas de mayor influencia en España, clasificándolos de acuerdo con su ideología, sus puntos débiles y otros datos personales y profesionales. 

Lo que ha sucedido en todo caso con la tramitación de la nueva Ley de Protección de Datos es especialmente preocupante si tenemos en cuenta que el pasado mes de septiembre la vicepresidenta del mismo ejecutivo, Carmen Calvo, no tuvo pudor alguno en plantear en una conferencia pública (¡Además, en medio de las XVI Jornadas de Periodismo de la APE, la Asociación de Periodistas Europeos!) la necesidad de imponer la censura en España. Por supuesto, con  "justificaciones adecuadas" como la, a su juicio, alarmante proliferación de noticias falsas, bulos o malas prácticas..., como si todo esos vicios no fueran desde siempre el-pan-nuestro-de-cada-día entre los riesgos de esta profesión. Calvo argumentaba que "la situación es tan inquietante y el riesgo es ya tan grande que necesitamos empezar a tomar decisiones que nos protejan", o sea regular la libertad de expresión y el derecho a la libre información, porque según ella "no lo resiste todo" y hay que proteger los valores que están "muy por encima de nuestras individualidades"

Siguiendo el mismo discurso que tantas veces hemos escuchado en las dictaduras declaradas como tales -especializadas en matar al mensajero- la vicepresidenta tenía el cuajo de asegurar sin que le temblara un músculo que "la sociedad entera se ha divorciado de toda una profesión" (la periodística) porque los ciudadanos "ya no confían en lo que leen u oyen". Como era de esperar, no hizo autocrítica preguntándose si a lo mejor los ciudadanos no confían en lo que leen, entre otras cosas porque los periodistas recogen lo que dicen los políticos y éstos mienten más que hablan (y su gobierno sabe bastante de esto, como cualquier observador objetivo ha podido comprobar en los últimos meses ante la batería de medidas y contramedidas incoherentes que todos conocemos y no hace falta repetir aquí). Su conclusión: "necesitamos información, pero que sea veraz". O, lo que es lo mismo: necesitamos la información que el gobierno decida que es veraz.

Ojo, que no es el único partido que dice estas cosas. Ni mucho menos. Hay que recordar que el que fuera ministro de Justicia del gobierno anterior, Rafael Catalá, del Partido Popular, ya propuso sancionar a los medios de comunicación que publicaran filtraciones. Es el mismo mensaje: que sólo se publique lo que el gobierno quiere que se publique. Y una de las declaraciones más polémicas del entonces recién llegado líder de Podemos, Pablo Iglesias, fue aquélla en la que abogaba por el control público (léase, el poder gubernamental) de los medios. También tenemos ahí ese informe que presentó hace unos meses Reporteros Sin Fonteras denunciando el acoso a periodistas en la Cataluña controlada por JuntsXCat y ERC: desde la persecución del que fuera consejero de Interior de la Generalitat, Joaquim Forn, contra el director de El Periódico, Enric Hernández, hasta los actos de violencia de los seguidores de estos partidos políticos contra Telemadrid, Crónica Global, La Sexta y otros medios. Y así todo.

He sido y soy el primer crítico de la falta de independencia que tan a menudo padecen los medios de comunicación (no sólo los españoles) y también de otros problemas que han ensuciado la labor del Periodismo desde que existe como profesión regulada. Pero también soy el primer defensor de la libertad de expresión (como de todas las libertades) y de la necesidad de una prensa sin las manos atadas, capaz de ejercer de contrapoder ante la tentación totalitaria de todos los partidos, da igual cómo se definan en el espectro político. Todo el mundo debe poder decir lo que quiera. Y, eso sí, responsabilizarse automáticamente y asumir las consecuencias de lo que ha dicho si ha incurrido en una ilegalidad. Particularmente, no me extrañaría figurar ya en más de un listado de "buenos" o "malos" periodistas pero ¿qué le importa eso a un inmortal?






viernes, 16 de noviembre de 2018

La conspiración, para el que la conspira

Una de las películas más sugerentes de Mel Gibson, un cineasta que a día de hoy continúa crucificado por los popes de Hollywood a pesar de sus rituales peticiones de perdón y de sus recientes intentos de volver a primera línea, se titula Conspiracy Theory (La teoría de la conspiración, aunque en España llegó a los cines con el título recortado de Conspiración, sin más): fue rodada por Richard Donner y estrenada en 1997. Relata la historia de un taxista neoyorquino llamado Jerry Fletcher (Gibson) que está verdaderamente obsesionado por las conspiraciones, hasta el punto de rozar la paranoia. Es su tema favorito de conversación con sus clientes (uno de ellos es, precisamente, Donner quien aparece haciendo un cameo) y el contenido de un boletín que distribuye entre un puñado de suscriptores. Pero Jerry tiene otra misión en la vida: la protección, sin que ella lo sepa, de una abogada llamada Alice Sutton (Julia Roberts), que trabaja en el Departamento de Justicia de los Estados Unidos y de la que está enamorado. Ella piensa que el taxista está simplemente desequilibrado pero acaba descubriendo que las tramas secretas de las cuales él le habla, o al menos una de ellas, son muy reales. Y, además, le afectan directamente...

Para el recién llegado al mundo de las conspiraciones la película puede resultar un thriller un tanto bizarro y bastante exagerado, pero un público más veterano en la materia como mi gato Mac Namara o como más de un lector habitual de esta bitácora sabrán reconocer ciertos guiños y detalles del guión (sin ir más lejos, en los primeros cinco minutos del largometraje) y no podrán evitar asentir con una sonrisa en algunas escenas concretas. Las turbias maniobras de la CIA, las armas sísmicas, los efectos de la fluorización del agua, los misteriosos helicópteros negros que aparecen en escenarios complicadosla implantación de microchips en los seres humanos, el programa MK-Ultra, el mítico 'disparador' de El guardián en el centeno, el Nuevo Orden Mundial... Temas todos ellos que hoy resultan muy reconocibles por el connoisseur de lo conspiranoico, pero que a finales de los 90 no eran todavía muy conocidos entre el público español (a pesar de que por esas fechas ya había triunfado en la televisión la popular serie Expediente X). La película cuenta además con alguna sorpresa añadida como el hecho de ver a Patrick Stewart interpretando un papel de "malo": el del doctor Jonas. 

A día de hoy, todavía no tengo muy claro si esta película se rodó para ridiculizar a los conspiranoicos o para defenderlos. O tal vez para ambas cosas al mismo tiempo. Como explican todos los cineastas que han tenido la oportunidad de sobrevivir a la experiencia para contarlo posteriormente en sus memorias o en alguna entrevista en profundidad, Hollywood es un nido de víboras manipuladoras. Y como detallan todos los conspiranoicos de pata negra, su principal misión es la de fabricar el mayor número posible de cuidadas dosis de programación mental que serán posteriormente insertadas en el público bajo una apariencia cultural o de entretenimiento. Esta programación está destinada a forzar a la sociedad a pensar en lo que quienes pagan la "fábrica de sueños" (nuestros viejos conocidos: los Amos) quieren que el público piense, de manera que actúe de manera previsible y así pueda seguir esclavizado sin darse cuenta.

En ocasiones, algunos productores y guionistas de lo que yo llamo "la Resistencia" consiguen introducir unas notas discordantes en la sinfonía general de sueños y firman unas películas sorprendentes que alteran la nana predominante y pueden llegar a despertar a los espectadores de sueño más ligero. Lo hacen porque esa gente de la Resistencia tiene ciertos conocimientos acerca de lo que está sucediendo de verdad y luchan a su manera disfrazados de sirvientes de Hollywood, boicoteando desde dentro mismo de sus entrañas su secreta misión de control social. Hemos comentado algunas de esas películas tan "especiales" en esta bitácora: MatrixEl show de TrumanBraveEnemigo públicoProyecto BrainstormDark CityLa Bella y la BestiaLa misiónCuando el destino nos alcance, Están vivos... Y tantas otras. Lo que las diferencia de lo que los eruditos a la violeta llaman mainstream no es el formato (algunas se presentan como un thriller, otras como inocentes dibujos animados, a menudo son de ciencia ficción...), ni la época en la que se desarrollan (cualquier lugar del pasado o del futuro, un instante del presente, un tiempo alternativo...), ni los protagonistas principales (un chico, una chica, un chico y una chica, un grupo de amigos, un animal...), ni mucho menos el equipo cinematográfico (un director concreto, unos actores particulares, un compositor famoso de bandas sonoras...). No, el meollo de la cuestión está en el guión: en lo que cuenta la película y, a menudo, sobre todo en lo que no cuenta pero sugiere.

Y es que esta gente de la Resistencia comprende que la idea de la conspiración no es ninguna estupidez, como se intenta presentar cada vez más a menudo en los medios "serios" de comunicación, colonizados hoy por nuevos inquisidores que defienden implacablemente la fe en lo cotidiano, como profetas soberbios de todo-aquello-que-no-se-sale-ni-debe-salirse-de-lo-normal, a no ser que forme parte de lo que se conoce como disidencia controlada (por ejemplo, puedes y debes tatuarte cuanto más mejor, envenenando así tu piel a largo plazo, y además puedes mutilarte con piercings..., pero no se te ocurra pensar más allá de las opciones políticas formales). La conspiración, como deduce en poco tiempo cualquiera que haya estudiado la Historia a fondo, da igual en cualquier época, es una de las realidades recurrentes y mejor comprobadas a lo largo de los siglos de los que guardamos memoria. 

Conspiradores (cada uno a su estilo y por sus propias razones) fueron los que asesinaron a Julio César, los que organizaron la Revolución Francesa o los que desataron la Primera Guerra Mundial con el asesinato del archiduque Francisco, por citar sólo tres ejemplos. Y actividades secretas protagonizadas por gobiernos las ha habido a cientos, incluso en tiempos modernos y por ejecutivos supuestamente democráticos y defensores de sus ciudadanos que en realidad utilizaron a éstos como si fueran su propiedad privada. Esto se ha demostrado hasta la saciedad, aunque nunca suele citarse en los artículos de los estudiosos "escépticos" y "racionales" que se ríen de la "ingenuidad" e "ignorancia" de los "creyentes en conspiraciones". En esos artículos se habla reiteradamente de tonterías como la Tierra plana o los extraterrestres de todo tipo y tamaño que nos invaden, rodean y meriendan..., pero brillan por su ausencia hechos demostrados y publicados como los despiadados experimentos del gobierno de Estados Unidos con la sífilis en ciudadanos negros de Tuskegee (Alabama) o los que llevó a cabo el del Reino Unido en el metro de Londres desparramando en secreto la bacteria Bacillus globigii para estudiar posibles efectos de la guerra biológica en la capital británica. De ambas experiencias, y de otras aún peores, hemos hablado aquí.

Por estos motivos, la conspiranoia no deja de ser un comportamiento lógico de personas bien informadas frente a la actitud hipócrita, cínica y canalla (y en nuestros días cada vez más desvergonzada) de los gobernantes habituales (los que se ven y también de los que no se ven) del homo sapiens. Son capaces de mentir, engañar, robar, manipular, estafar, traicionar y cometer en general cualquier tipo de crímenes imaginables, hasta los más abyectos, incluso contra los ciudadanos que pagan sus sueldos como funcionarios del Estado (hasta un presidente del gobierno o de una república, hasta un rey en una democracia parlamentaria, no son en el fondo más que funcionarios, si bien con enorme poder), con tal de permanecer en sus respectivas poltronas y seguir disfrutando de los privilegios que les suponen.

Un ejemplo de los nuevos inquisidores lo tenemos en la serie de artículos publicados por cierta revista en su día muy vendida en papel que hoy lucha como puede (como todas) para mantenerse en pie tratando de adaptarse a los nuevos tiempos de Internet y el "todo gratis". En esos textos, se descalifica sin más a los investigadores de conspiraciones y a aquellas personas interesadas en los resultados de su trabajo por admitir la posible veracidad de "retorcidas teorías sin pruebas" equiparando algunos hechos ciertamente muy sospechosos de ser el resultado de una conspiración verídica con otros que no son más que inventos de gente con mucho tiempo libre. Y es que ya sabemos que mezclar verdades con falsedades es una técnica muy vieja para esconder la realidad pues, al descubrirse la parte falsa del hecho relatado, se descalifica sin más la parte real por considerarla también falsa.

En uno de estos artículos, la susodicha revista define al conspiranoico como compulsivo, autodidacta y capaz de memorizar los detalles más nimios de la teoría a la que se entrega. Afirma que nunca cambia de opinión respecto a sus creencias y que "siempre encuentra pruebas de que su hipótesis tiene visos de realidad" (esta última frase me ha hecho reír un rato..., es evidente que si uno no encontrara "visos de realidad" en una teoría no estaría dispuesto a darle crédito, sea conspiranoica o no). Interesarse por las conspiraciones no sólo puede llevarle a uno a "convertirse en un paranoico", sino que ¡oh, anatema! puede catapultarle, si adquiere poder, a la categoría de "tirano" dispuesto a desencadenar "procesos muy destructivos" como supuestamente le sucedió a Hitler, Stalin, Lenin o Mao Tse Tung. 

Como esta descripción resulta un tanto endeble hasta para el autor del texto, a continuación echa mano de un estudio italiano basado en Facebook: durante dos años los investigadores colgaron más de 4.700 noticias falsas, algunas con un aire científico y otras conspiranoicas puras y duras, para ver cómo reaccionaban los lectores. Según sus conclusiones, el 91 % de los defensores de las teorías de la conspiración eran incapaces de distinguir una broma absurda de una postura excéntrica pero argumentada. Vale, podríamos creernos el estudio italiano, si no fuera porque le pasa exactamente lo mismo a la inmensa mayoría de consumidores de Facebook, con independencia de que sean conspiranoicos o no. Y para demostrarlo, sin ir más lejos, tenemos el famoso caso de la influencia que nos cuentan tuvieron las fake news en los votantes de las últimas elecciones presidenciales en Estados Unidos. Nuestra revista insiste: no, esa investigación de los italianos confirma otros trabajos similares que aseguran que los conspiranoicos carecen de habilidad para el pensamiento crítico, tratan de evitar contacto fuera de su círculo de interés y son incapaces de advertir cuándo se burlan de ellos. Vaya, parece que también es exactamente lo mismo que sucede con otros grupos de personas que nada tienen que ver con las conspiraciones, como los fanáticos de un club de fútbol, de un movimiento religioso o de sectas políticas como los independentistas que han ensuciado con churros amarillos buena parte de Cataluña.

Sí le doy la razón a la revista cuando dice que, de momento, hay pocos estudios sobre la conspiranoia. Bueno, le doy la razón en parte, porque hay pocos estudios publicados. Hace ya unos años, en este mismo blog, dejé por escrito algo que me explicó tiempo atrás cierta persona con conocimiento de causa: existen bastantes más investigaciones de las que podríamos imaginar (y es lógico, desde el punto de vista de los Amos) para tratar de averiguar por qué algunas personas poseen una fuerte capacidad de resistencia a ser "engullidas" por la masa y seguir el camino del rebaño como todos, sin preguntarse "cosas raras". Hay un interés evidente en conocer si estos librepensadores lo son por algún raro motivo biológico o por un condicionamiento diferente o por ambas razones o por qué, en cualquier caso, y si es posible reeducarlos para devolverlos al redil.


El resto del artículo va en el mismo tono, con afirmaciones y argumentos tan flojos como los ya descritos. Por ejemplo: "sus webs y foros se nutren de medias verdades" y las campañas para desacreditarlos consiguen "justo lo contrario: reforzar su creencia en una maquinación". Como si fuera una conducta humana muy diferente de la descrita en otros colectivos, como los citados un par de párrafos más arriba. Por cierto, el texto contiene algunas inexactitudes flagrantes, escritas sin sonrojo alguno. Entre ellas, calificar la hoy demostrada influencia de ciertas sociedades secretas como la francamasonería o el iluminismo en la Revolución Francesa como una simple "historia creada con éxito" pero no real. O referirse al "hoy casi desaparecido mundo de la ufología" cuando no han dejado de registrarse casos de avistamientos no aclarados durante los últimos años y esta misma semana conocíamos uno de los últimos con declaraciones de pilotos de distintas líneas aéreas en Irlanda. Pilotos: gente formada técnicamente, no aldeanos sin conocimientos científicos.

El caso de esta revista no es único, en absoluto. La versión española de cierto diario on line supuestamente prestigioso pero que (al menos en nuestro país) no se puede decir que haya alcanzado el nivel de influencia que esperaban sus impulsores, publicó hace unos pocos años un artículo advirtiendo soterradamente de lo peligrosos que son "los que creen en tramas ocultas". Su descripción insistía en que "tienden a ser personas muy inteligentes" que "sienten que sus capacidades no han sido adecuadamente reconocidas y se enorgullecen al encontrar fallos en los razonamientos de otros". ¿Muy inteligentes? ¿No habíamos quedado en que eran una pandilla de crédulos ignorantes? Este diario decía que los rasgos característicos del conspiranoico son (agarrémonos, que vienen curvas) "ansiedad, falta de control sobre la propia vida, extremismo político, pesimismo, tendencias paranoides subclínicas, sesgos de razonamiento, escasa confianza en la ciencia y las autoridades y un vínculo con otras creencias marginales como las paranormales". Le faltaba añadir que, además, prefieren la tortilla con cebolla y la pizza con trocitos de piña. 

Lo más divertido es que después de soltar esta andanada de descalificaciones que casi parecen describir a un mad doctor de película, el diario hace referencia a un experimento científico publicado en Psychological Science, según el cual "los conspiranoicos no son tan diferentes del resto" de personas de la sociedad (!). Es más,  el propio equipo de investigadores que lo elaboraron sugería analizar el perfil de los llamados escépticos, los que descartan absolutamente la existencia de cualquier tipo de contubernio de importancia, ya que en su opinión esto tampoco tiene sentido: "¿Acaso confían ciegamente en las autoridades y los medios?", se preguntaba.

Otro diario online de más reciente creación publicaba en febrero de este mismo año el enésimo artículo crítico contra la conspiranoia que, al mismo tiempo y de forma completamente contradictoria, ¡incluía "ocho teorías de la conspiración que resultaron ser ciertas"! (aunque sólo en parte, según advierten). Entre otras, reconocía el uso de drogas psicodélicas por parte de la CIA para experimentos de condicionamiento mental. Este diario llega a citar (¡oh, milagro de la divulgación conspiranoica!) nada menos que al proyecto MK-Ultra, que para tantos ciudadanos (muchos periodistas supuestamente informados incluidos) suena a organización secreta enemiga de James Bond. También recuerda la conspiración de las empresas tabaqueras para ocultar a la sociedad el daño a la salud de sus productos, sobre todo en forma de cáncer, disfrazando el consumo de cigarrillos, puros y demás variantes en un signo de elegancia, distinción y buen gusto, con ayuda de la publicidad. Y, en el mismo sentido, la conspiración de las empresas azucareras para ocultar que el consumo excesivo de azúcar provoca importantes trastornos de salud como los cardiovasculares, llegando a "subvencionar" estudios "científicos" para "demostrar" que los problemas de dieta había que achacarlos sólo a las grasas saturadas (por cierto, hablando del azúcar, ahí va una sugerencia: la próxima vez que cualquiera de los lectores se acerque a un supermercado, tómese la molestia de leer las etiquetas de los productos procesados que ofrece a la venta y verá qué sorpresa... ¡Prácticamente todos los productos -yo he llegado a encontrarlos hasta en el pan integral o las bolsas de patatas fritas- llevan azúcar en su composición! ¿Por qué? ¿Y qué relación tiene eso con la auténtica epidemia de diabetes que sufrimos en Occidente?).

Hablar libremente es ya casi una utopía en nuestras democracias contemporáneas. Pensar va por el mismo camino. Pero, en el fondo, ¿no hace eso más interesante la vida?

viernes, 26 de octubre de 2018

Un comic

Había preparado un sesudo análisis político, con ayuda de Mac Namara, para publicar este mismo viernes sobre la situación en España y en el mundo. Mi gato conspiranoico y yo desemenuzábamos entre otras cosas el lamentable papel de esas bandas organizadas llamadas "partidos políticos" que tanto daño han hecho al conjunto de los ciudadanos españoles durante decenios (y lo bien que han sabido disimularlo, escudándose detrás de las Grandes Palabras: ésas que se escriben con mayúsculas pero que están más vacías que el interior de un átomo). Cómo no, en ese mismo artículo comentábamos algunas de las muchas y descaradas manipulaciones históricas con las que a día de hoy se engaña a las jóvenes generaciones e incluso a las antiguas (puesto que el homo sapiens tiene una memoria muy deficiente). Y explicábamos también algunos detalles acerca de las poderosísimas influencias externas (no sólo las de Bruselas) que manejan a su antojo a los supuestos "líderes españoles" para que ayuden a mantener a la Piel de Toro en un estado caótico y desestructurado a base de fomentar el miedo, el odio y la envidia de catalanes contra castellanos, de andaluces contra gallegos, de vascos contra murcianos, de extremeños contra valencianos..., porque desde hace mucho, mucho, mucho tiempo, se sabe que, cuando sus gentes están unidas y dirigidas por alguien lo bastante audaz, España es un país muy peligroso para los intereses de los Amos.

De hecho, es tan peligroso que por eso se puso en marcha precisamente aquí la experiencia de intentar trocear un país europeo de verdad (Checoslovaquia nunca lo fue, sino que se trataba de un ente artificial construido de manera forzada para contener a Alemania en su momento) de una manera "pacífica". Es decir, sin guerra, sin grandes enfrentamientos violentos, ni civiles ni militares. Creen que si lo logran sin violencia, el proceso no tendrá contestación y será duradero. Por eso, los poderes materiales al servicio de los Amos ensayan con los españoles la fórmula que les permita proceder después con el resto de los grandes países europeos que han dado la civilización al mundo. A saber: Alemania, Francia, Reino Unido e Italia, además de la propia España. Saben que si tienen éxito en su empresa y son capaces de destruir la nación más vieja del mundo (la española) podrán reproducir sin problemas la operación en el resto del Viejo Continente y conseguir así una Europa no de los 28 sino de los 128 o más Estados. O, mejor dicho, "Estaditos", sin fuerza suficiente para oponerse a esos planes que aspiran a convertirnos en "ciudadanos perfectos" según el estándar de los Amos: trabajadores esclavos de día y consumidores adictos de noche, sin más. Divide et impera. Resulta patético encontrar en las filas de los independentistas y de los "antisistemas" a tantas personas que dicen estar contra el famoso Nuevo Orden Mundial y que con su cerrazón mental están haciendo precisamente lo que los impulsores del NOM desean que hagan.

Nos había quedado un análisis bien majo, la verdad, pero hay que reconocer que también un tanto farragoso. Muchos datos, mucha información. Demasiado pesasdo. ¿Sería la solución trocearlo y publicar varias entradas consecutivas en esta bitácora? No, aun fragmentado, el artículo podía resultar indigesto. Entonces Mac Namara y yo nos acordamos de aquel conocido concepto de "una imagen vale por mil palabras" y llegamos a la conclusión de que había que resumir todo esto en imágenes. Incluso así, era demasiado complicado.

- ¿Sabes qué? No le puedes soltar semejante ladrillo a tus lectores -resumió mi gato conspiranoico-. Es mejor ir por partes.

- ¿Y qué propones? -le contesté.

- Tebeos. Tienes muchos, eres un coleccionista de tebeos. Algo tendrás a mano.

La afirmación de Mac Namara es cierta sólo en parte. No colecciono tebeos pero sí tengo una interesante colección de comics con sentido y de cierta calidad. Y los tebeos forman parte de mis lecturas, si no diarias, sí habituales (no sólo de grandes mamotretos de reflexión vive el intelecto humano). En ese momento me acordé de uno que leí hace muchos años, creo que en una edición de una revista argentina (aunque sé que otra española El víbora, la publicó también en un número especial), que me llamó la atención pero por azares del destino fui incapaz de conservar. Tal vez sirviera para ilustrar en parte algunas de las cosas que habíamos escrito. Y tal vez consiguiera encontrarla vía Internet. Se trataba de una historieta corta firmada por Gilbert Shelton.

Shelton es (o lo fue, al menos en una época) un icono del comic underground norteamericano, cuyos personajes más exitosos son los Fabulous Furry Freak Brothers que en español se publicaron con la traducción de Los fabulosos Freak Brothers (sin el "peludos" del original "furry"). Se trata de un grupo de tres hippies y su gato que se pasan el rato buscando dinero para gastárselo en comida, drogas y fiestas, sin el menor interés por integrarse en un sistema que critican sistemáticamente tachándolo de fascista y decadente..., aunque no aportan nada alternativo que pueda mejorarlo. Particularmente, estas historietas nunca me dijeron gran cosa, aunque tuvieron (y creo que aún tienen) muchos seguidores tanto en su Estados Unidos natal como en varios países europeos. El problema es que, como todos los comics politizados (y éste lo estaba bastante) resultan aburridos enseguida, a no ser que uno mismo esté muy politizado también y los ingiera como dosis de refuerzo ideológico.

El caso es que Shelton vivió un par de años -1981 y 1982- en España, en Barcelona, según reconoció él mismo en una entrevista. Y de esa época data el comic que aparece a continuación, finalmente rescatado de las aguas profundas de la Red y basado en el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Es curioso cómo funciona la memoria porque recuerdo algunos de los detalles (como los sombreritos extravagantes de los aduaneros de la última viñeta) mientras que otros que también estaban claros no aparecen por ninguna parte (los políticos del Congreso que reciben a Tejero tenían -o yo pensaba que tenían- cola de rata en mi memoria y parece que en la realidad no). O tal vez haya varias versiones de la misma historieta, lo que tampoco sería tan raro porque así han trabajado algunos autores a veces, sobre todo con historietas tan breves. No añadiré más. Sólo espero que, tanto para los que lo conocían como para los que no, este comic sirva como reflexión a partir de tan curiosa "profecía" que data del comienzo de los años 80 en el siglo XX...











viernes, 15 de junio de 2018

La república mediocre

En la Feria del Libro de Madrid, el visitante puede encontrar distintos grupos de escritores o, mejor dicho, de escribidores dispuestos a estampar su firma en cada ejemplar vendido. Curiosamente, no suele ser el más abundante de esos grupos el compuesto por los escritores de verdad (la gente que escribe porque le va la vida en ello, porque necesita escribir igual que comer, dormir, hacer el amor o ir al retrete: porque es algo inherente a sí misma y sin lo cual su vida pierde mucho de su sentido) sino el que incluye a todo tipo de diletantes de las letras que publican por otros motivos.  No es la emoción interna lo que les mueve sino, generalmente, el dinero (creen que es fácil ganar dinero vendiendo libros..., ¡y en España!) o por prestigio personal (como si el hecho de poner tu opinión blanco sobre negro bastara para que le elevaran a uno a la categoría de "intelectual"). Ahí podemos incluir, entre otros especímenes, a los famosos televisivos de medio pelo, los profesores universitarios ávidos de hacer curriculum o los deportistas de nivel que aspiran a leer sus hagiografías aunque no hayan terminado su carrera, por ejemplo. También, a los políticos. Hay que ver la cantidad de árboles que son talados en balde cada año, sólo para generar el papel suficiente en el cual el político de turno pueda incluir -siempre muy seleccionados- los fragmentos de memoria que quiere publicitar o sus opiniones personales sobre los más variados temas que, por lo demás, ya son conocidas por su propia actividad pública... La inmensa mayoría de libros políticos son prescindibles y lo demuestra el hecho de que sus ediciones no soportan el paso de los años, a menudo ni siquiera el de los meses (la verdad es que pasa con la inmensa mayoría de libros, sin apellidos).


Por eso me ha sorprendido muy gratamente La república mediocre (Editorial Caligrama) de Diego Quintana de Uña, uno de los mejores libros sobre la materia que he leído desde hace años, entre otras cosas porque no se limita a analizar la teoría política, sino que la vincula con el sentido de la vida y con los grandes valores que parecen haber desaparecido hace mucho tiempo del día a día en nuestra decrépita sociedad contemporánea, echando mano de los grandes mitos, especialmente los de los antiguos griegos. Tengo que aclarar que conozco a Diego desde hace muchos años y que ya disfruté muchísimo con la obra que en la misma línea publicó en 2004: El síndrome de Epimeteo: Occidente, la cultura del olvido (Editorial Cuarto Propio). Entonces, analizó certeramente la decadencia occidental con la misma técnica. La novedad de su publicación actual, donde reaparece ese síndrome asociado al carácter decadente, epimeteico, de nuestra sociedad actual, radica en que se centra de manera especial en la política.

Para los recién llegados, aclaremos que Epimeteo es, por así decir, el hermano tonto de Prometeo, aquel titán que robó el fuego a los dioses para dárselo a los humanos y que éstos lograran salir adelante en la creación. Los dos hermanos eran beneficiarios de nuestra especie, a la que tenían aprecio, pero por sus respectivas cualidades los efectos de sus actos fueron muy diferentes. El nombre de Prometeo  viene a significar, en griego, "pensamiento adelantado" y, de acuerdo con ello, era previsor, de inteligencia despejada, con gran ingenio y capaz de ayudar eficazmente a los hombres. Epimeteo, sin embargo, tiene el significado inverso: "pensamiento retrasado" porque tenía que reflexionar mucho sobre lo ocurrido y sólo entendía las cosas analizándolas a posteriori, era olvidadizo, cerril y poco despierto. Para entender la torpeza con la que se conducía Epimeteo, recordemos que se casó con Pandora, la de la famosa caja que contenía todos los males (en el mito original era un ánfora lo que destapaba, pero durante el Renacimiento se recreó esta historia adaptándola al mobiliario de la época: ¡ya nadie usaba las ánforas!). Como otros mitos de la antigüedad, los hermanos representan dos estados diferentes de la existencia humana, pues Prometeo se aproxima al espíritu vivo y dinámico mientras Epimeteo representa la materia bruta y lenta.

Ojo, La república mediocre no es un libro fácil de leer: son más de 600 páginas densamente maquetadas y con algunos pasajes exigentes para un lector poco instruido, pero aquéllos que acepten el reto de su lectura (y la posterior reflexión sobre lo leído) agradecerán la experiencia. Aprovecho para aclarar que la república a la que se refiere el título no tiene nada que ver con la segunda república española (lo de las publicaciones -ideologizadas, además- sobre la segunda república y la guerra civil de 1936/39 es un aburrimiento que supera incluso a las películas y series televisivas sobre este mismo tema) sino que se refiere a su sentido original, etimológico: la res publica (en latín, la cosa pública, el Estado, la administración ciudadana). Lo utiliza además en la mayor parte del libro como sinónimo de las democracias liberales contemporáneas. Y el adjetivo mediocre tiene que ver también con su significado literal, recogido por la Real Academia de la Lengua, "de calidad media o de poco mérito, tirando a malo", porque así es como el ciudadano europeo (el occidental) siente en este momento este tipo de régimen político bajo el cual nos conducimos todavía. 

Y digo todavía, porque soy de una opinión similar a la del autor respecto a la supervivencia del sistema en el que hoy vivimos, como refleja el primero de los sucesivos fragmentos del texto que incluyo a continuación, para que sirvan como aperitivo para los futuros lectores.


* "Mi percepción personal es que las democracias liberales no sobrevivirán al presente siglo XXI. Vivimos tiempos turbulentos y los estados nacionales no parecen sentirse lo suficientemente fuertes para afrontar las tensiones y los conflictos de esta actualidad tan cambiante (...) factores entrópicos parecen apuntar a una quiebra y una generalización de la demagogia con un punto final en la oclocracia, como previera la vieja teoría de la anaciclosis de Polibio." Aquí se refiere al viejo historiador griego que identificó las seis etapas políticas por las que según él atraviesa todo Estado en una evolución repetida hasta el infinito: comienza como monarquía, degenera a tiranía, continúa como aristocracia y sigue por este orden la oligarquía, la democracia y la olocracia o gobierno de la muchedumbre. Tras la crisis de esta última etapa, se volvería a la monarquía y comenzaría de nuevo el ciclo. Hemos hablado de todo esto no hace mucho en esta bitácora y hay una versión moderna que circula bastante por Internet últimamente que resume esta visión en cuatro etapas: 1) Los tiempos duros crean hombres fuertes. 2) Los hombres fuertes crean buenos tiempos. 3) Los buenos tiempos crean hombres débiles. 4) Los hombres débiles crean tiempos duros. Y vuelta a empezar. Parece bastante evidente en qué etapa nos encontramos en este momento.

* "El daño que algunos demócratas han hecho al sistema ha sido de consideración, al resaltar una y otra vez, y de mil maneras diferentes, que estamos abocados a aceptar la democracia por ser el menos malo de los regímenes políticos. Esta afirmación no es falsa ni verdadera, sino despectiva y miserable, y en estas consideraciones y otras semejantes suele latir el espíritu que los inspira, más propio del demócrata cínico que del demócrata republicano (se refiere al ciudadano verdaderamente preocupado por la administración pública y dispuesto a echar una mano para mantener su fortaleza) que hoy desgraciadamente hay que decir que es una rara especie en extinción (...) Si no se reactivan los engranajes y las estructuras de nuestras democracias, éstas mantendrán su caída libre hasta su declive definitivo. En la percepción actual que tienen los ciudadanos de sus democracias se manifiesta un notable desencanto y una decepción bastante generalizada por la política y también, como señala Pierre Rosanvallon, la constancia de los gobernados de que 'si bien nuestros regímenes son democráticos, no se gobierna democráticamente' (...) Ni se nos gobierna democráticamente, ni bien". 


Uno de los pocos puntos en los que disiento de Diego es su defensa a ultranza de la democracia como el mejor sistema político. Al lector habitual de este blog no le resultará extraña mi decepción personal con el sistema democrático ya que, aunque teóricamente es el estado político ideal, en la práctica jamás funcionará porque requiere un nivel de educación, compromiso, responsabilidad  y elevación moral del ciudadano medio que nunca ha estado (y, echando un vistazo a la Historia, me temo que nunca lo estará) a su alcance. El propio autor anota que "el mejor aval para una sociedad tolerante es la existencia de ciudadanos virtuosos, que son aquéllos que han profundizado en el conocimiento de sí mismos, luchado contra su pasiones y logrado fortalecer su carácter, adquiriendo la altura de miras necesaria para convivir con los demás en armonía. (...) es la filiación divina del hombre la que nos dota de dignidad." Desgraciadamente, carecemos de una masa crítica de esos ciudadanos. Por ello, sería mejor un gobierno de la aristocracia según la propuesta clásica de Platón en La República : es decir, de los aristos (los sobresalientes), personas sabias, justas y prudentes, que se encargaran de guiar al resto del pueblo, ubicado en un nivel inferior. El gran problema, por supuesto, es cómo se decide quién es lo bastante sabio, justo y prudente para integrar esta elìte.

* "La única lección que deberíamos aprender de una vez por todas es que la Historia nada enseña ni puede ser maestra de nada. Para Aristóteles, la Poesía era superior y más elevada que la Historia porque en tanto que ésta cuenta lo que ha sucedido, la Poesía es filosófica y apunta a lo que debería suceder (...) la poesía mítica enseña lo que le sucede al héroe que desafía el Cosmos ya que su Hybris es en este sentido transgresión y ruptura del equilibrio del universo, que ni siquiera los dioses pueden conculcar". Aquí apela a ir un paso más allá de la racionalidad material, del mero relato de hechos y de datos, que es en lo que se suele quedar la Historia, para apostar por las verdaderas profundidades del espíritu humano, que podemos rastrear mejor en sus sentimientos y sensaciones (Poesía) y en sus pensamientos íntimos (Filosofía). En ese sentido, los mitos nos enseñan lo que sucede cuando sus protagonistas rompen el orden, el equilibrio natural del mundo (el cosmos, en griego) por culpa de su desmesura (hybris) que se traduce en un descontrol de sí mismo con presencia de graves defectos como la soberbia o el orgullo. Así que de ahí sólo hay un paso más para percatarse de que la única salida pasa por trabajar sobre sí mismo ya que "nacemos con carencias originarias importantes, aunque portemos una potencia que, desarrollada, puede elevarnos a las alturas. El hombre en origen es un Epimeteo irredento, olvidadizo, torpe, superficial, débil e iluso, vive semidormido, cada cual en el mundo de sus sueños como sostenía Heráclito, y su situación personal respecto de la libertad es de hemidoulia o semiesclavitud como afirmaba el filósofo cínico Enamo. Por tanto, desde esta situación, la libertad sólo puede presentarse como una conquista que en rigor es personal e íntima (...) el resultado de una lucha interior, por lo que no todos los hombres pueden ser libres de igual manera y en el mismo grado."

Y ahí nos encontramos con uno de los principales tabúes de la democracia: la igualdad, uno de las mayores zanahorias jamás puestas ante las narices de la ciudadanía para conducirla hacia donde sus Amos desean. Ni siquiera en las democracias más avanzadas, o consideradas como tales, existe la igualdad (si acaso, la igualdad de oportunidades, aunque la mayoría de las veces desde un punto de vista meramente teórico) por dos razones. La primera es la insuficiente altura moral de muchos de los responsables del Estado en sus distintos niveles que, al alcanzar cierto grado de poder, caen en la corrupción personal y rompen esa igualdad de los ciudadanos, a menudo haciendo uso de bonitas palabras para disimularlo. Y la segunda y más importante, porque la Naturaleza es, por propia definición, antiigualitaria y exigente. Fija sus reglas y obliga a sus criaturas a competir de forma implacable de acuerdo con estas normas. La igualdad en la sociedad es como la objetividad en el periodismo:  uno debe ser lo más honesto posible y tender hacia ella, pero sabiendo que es un objetivo que jamás alcanzaremos.

* El mal uso del igualitarismo y de otros conceptos por el estilo por parte de demagogos e ideólogos disfrazados de demócratas impolutos conduce al desastre. Lo vemos hoy día con conductas como el "buenismo" o "buen rollismo" que conduce a una injusta tolerancia (como, por ejemplo, la que lleva a defender esos "derechos humanos" que tan imprescindibles parecen en el caso de homicidas o terroristas, pero que se olvidan para las personas que fueron asesinadas por ellos y a las que se privó para siempre de esos mismos derechos) asumida por muchas personas a las que les da miedo la crítica ajena y les horroriza pensar que alguien pueda acusarles de "fachas" o dictadores o, peor, descubrir sus propias fallas. Y, así: "vivimos en gran medida un sueño de falsa tolerancia porque se asienta en la irresponsable complicidad de tolerar lo intolerable para que los demás nos toleren también nuestros errores, nuestras faltas y nuestra propia depravación. Sólo desde este perspectiva es posible entender la tolerancia de las sociedades actuales con la corrupción y con la maldad." De esta manera, "pretendemos acercarnos a la perversidad con la curiosidad de los ojos del científico, lo cual ni aclara la negrura del corazón humano ni nos sirve como admonición para evitar la influencia que pudiera tener sobre nuestras vidas. Al final, lo único que conseguimos con esta actitud es familiarizarnos con la perversidad, como si ésta fuera o debiera ser normal e inevitable, para finalmente transigir con ella y a veces incluso para solidarizarnos y exculpar a los criminales y malhechores. Plutarco recogió la historia de un espartano que al escuchar acerca de la extraordinaria magnanimidad del rey Cratilo con los malvados exclamó: ¿cómo puede ser bueno un hombre que ni siquiera es severo con los malos?"


* En la misma línea hay que entender otras operaciones de imagen (en verdad, operaciones de mucho mayor calado) como la invasión demográfica que sufre Europa en los últimos años con el visto bueno de sus dirigentes políticos, denunciada desde hace años (a veces con un humor sorprendente como se puede observar en esta portada de Der Spiegel, una de las principales revistas alemanas, que ya en 2015 se mofaba como podemos ver aquí al lado del "buenismo" de su canciller federal). Respecto al creciente problema de la inmigración ilegal pero consentida, recuerda el autor lo evidente. Es decir, que "en las democracias occidentales hemos logrado un clima aceptable de convivencia democrática, fruto de una larga historia en la que hemos convenido no imponer ningún dogma a los demás, descartando las costumbres, creencias y ritos más irracionales y dañinos para la dignidad de nuestros semejantes. De ahí que nuestras sociedades sean el refugio de muchos seres humanos, que llegan a las sociedades democráticas sin embargo sin intentar comprender que han de aceptar nuestros usos y principios, como la tolerancia, porque son los únicos que permiten una mínima paz social. Es absurdo, como señala Amelia Valcárcel que una persona prefiera vivir aquí porque tiene condiciones de habitabilidad mayores y no quiera comprender que las tiene porque hemos roto grandes normas que él o ella se obstinan sin embargo en mantener (...) Escapas de tu sociedad porque es inhabitable y la quieres reproducir en otra parte. El respeto a la diversidad de culturas y a todo lo que es diferente no puede llevarnos al disparate de tener que aceptar la homofobia, la ablación o la esclavitud y subordinación de las mujeres que las culturas y religiones de muchos inmigrantes tratan de mantener a toda costa en nuestras sociedades democráticas." Es una advertencia más que se suma a la larga lista de avisos en contra de la multiculturalidad, un invento concebido básicamente para dinamitar la sociedad occidental.

* La república mediocre está llena de anhelos por un tipo de ciudadano capaz de responsabilizarse de su condición de tal, con capacidad para moderarse y controlarse a sí mismo, apto para el sacrificio de sí mismo y no dispuesto a refugiarse un día sí y otro día también "en el placer, entendido sobre todo como aturdimiento e irreflexión." Sin esta clase de personas, todo el sistema a la postre está en peligro puesto que "tantos riesgos como corrían los antiguos sobre cualquier hipotética pérdida de su libertad corren también los modernos, aunque no lo parezca, como es el riesgo de terminar renunciando del todo a la participación efectiva en la cosa pública (...) Una ciudadanía desafectada respecto de los asuntos públicos que se limita a votar y a pagar los impuestos en el mejor de los casos" no puede conducir a nada bueno puesto que "si fallan los órganos de control, y no basta con unas elecciones periódicas (...) se termina asentando y legitimando el dominio de las olgarquías (que no el de la aristocracia) y alejando cada vez más a la ciudadanía de los procesos reales del poder". Es muy clara la observación de Antoine de Saint-Exupéry, recogida por el autor, en el sentido de que "había que haber construido la Estatua de la responsabilidad en Nueva York, al lado de la Estatua de la libertad."

* El ensayo contiene un breve apéndice en el que el autor recoge lo que denomina "metarrelatos de la realidad": un resumen de las líneas principales de las teorías conspiratorias, que reparte en tres niveles. El más básico es el clásico, el de las sociedades secretas malvadas acechando para apoderarse del mundo. El nivel intermedio, que se ha puesto bastante de moda en los últimos años, incluye a grupos de alienígenas malvados que controlarían a esas sociedades secretas. Y el tercero, aún más allá, implica a los mismos dioses -o a entidades cósmicas tan poderosas como para ser consideradas así, en comparación con el ser humano- que manejarían a los alienígenas que manipularían a las sociedades secretas. Un enigma dentro de un interrogante envuelto por una incógnita en medio de un arcano misterio, como quien dice.  Cualquier día le presentaré a Mac Namara para que hablen largo y tendido porque uno de los párrafos del libro podría haber sido redactado por mi gato conspiranoico: "El miedo de esta élite mundial (que controla o aspira a controlar el mundo desde el anonimato) al crecimiento de la riqueza se basaría en que ésta facilita el aumento de la clase media culta, propicia la secularización de la sociedad, extiende la mentalidad crítica y generaliza el conocimiento y la información, todo lo cual dificultaría el control de las mentes necesario para mantener sometido al rebaño humano en la cárcel de frecuencias de la Matrix..." Lo que me recuerda el énfasis que en los últimos años están poniendo todo tipo de políticos, economistas y expertos internacionales en la "necesidad" de ir hacia el decrecimiento en lugar del crecimiento, en ahorrar de todo (energía, dinero, tiempo), en sustituir los actos reales por la impresión de hacer actos reales (desarrollo de las tecnologías virtuales) y, en general, en limitar las opciones y oportunidades de explorar el mundo a nuestro alrededor.


* La conclusión de Diego Quintana de Uña no puede ser, en apariencia, más desoladora: "Todo parece apuntar a que el futuro de la humanidad será tan oscuro y doloroso como sugieren estos metarrelatos, o tal vez peor porque la trágica deriva en la que consiste nuestra Historia, por las leyes de la estadística, no puede llevarnos a una conclusión diferente (...) la ignorancia sobre casi todo nos impide siempre diferenciar lo importante de lo accesorio, el bien del mal y en caso de conflicto algo elemental: tener una mínima certeza en caso necesario para distinguir a los buenos de los malos o a los malos de los perversos." No obstante, ¿alguna vez ha sido diferente? Entre los cuentos sin fundamento que se les repite a los homo sapiens una y otra vez, con especial insistencia en las últimas generaciones, figura esa leyenda azucarada de que tenemos derecho a ser felices (no que podemos ser felices sino que ¡tenemos derecho a ello! Nuestros ancestros deben partirse de risa cada vez que, desde el Otro Mundo, escuchan decir eso a alguno de nuestros contemporáneos), que lo ideal es vivir una existencia cómoda y sin sobresaltos, arropada por el entretenimiento y los placeres materiales... Pero los antiguos nos advirtieron de que Militia est vita hominis super terram o, lo que es lo mismo, La vida del hombre sobre la tierra es lucha. La frase está contenida en la versión bíblica de la Vulgata y subraya el Camino del Guerrero, del cual han hablado tantas tradiciones. Aunque, más que en el plano bélico, hay que entenderlo en el del aprendizaje. Tenemos la fortuna de estar matriculados en una de las mejores escuelas de humanidad del sistema solar: venimos a aprender humildad, compasión, coraje, amor y muchas otras cosas que, sin un cuerpo material y por tanto frágil, resultan inaprehensibles para nuestro ser.

Como apostilla el autor: "Los dioses hacen su trabajo y, si hemos de diferenciar sus promesas más fiables de las mas falaces, todo parece indicar que la primera piedra de toque para saberlo es el sufrimiento. En nuestro mundo-infierno no hay nada 'gratis et amore'. La moneda de pago en el universo es el dolor (...) el sufrimiento puede llevar al despertar y a forjar la conciencia, pero la mayoría de los héroes fracasan en su camino como le sucedió a Sísifo. Sin embargo, aquellos héroes, sabios y santos que lograron desarrollar su conciencia hasta llegar a la excelencia cumplieron estrictamente todos los requisitos establecidos para llegar a la iluminación con esfuerzo y aflicción, por lo que los dioses no pueden privarlos de esta ganancia imperecedera, al estar obligados por esas mismas leyes." 

He aquí la clave: el ser humano que ha logrado conquistarse a sí mismo, no puede ser desposeído de su triunfo, ni siquiera a manos del más poderoso de los dioses.