Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.
Mostrando entradas con la etiqueta Epicteto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Epicteto. Mostrar todas las entradas

viernes, 30 de junio de 2017

Fin de curso

En cierta ocasión, el escritor y guionista británico Alan Moore comentó en una entrevista que él no creía en las teorías de la conspiración porque no eran necesarias para explicar todas las cosas malas, y también las raras, que suceden en el mundo. Bastaba, a su juicio, con la estupidez humana: el vicio supremo que estaría en la base de prácticamente todas las barbaridades que ha cometido -y sigue cometiendo a día de hoy- el homo sapiens con un empeño digno de mejor causa, como reza el tópico. Es una opinión curiosa y desde luego discutible, viniendo de un autor que ha reconocido practicar, entre sus actividades privadas, magia ceremonial y cuya obra incluye algunas de las piezas fundamentales del cómic contemporáneo como Watchmen -un gran tebeo illuminati, muy bien contado- o V de Vendetta -esa descripción del futuro que es cada vez más presente-, sólo por citar las dos más conocidas y, por cierto, imprescindibles para todos los lectores de esta bitácora.

Cuando uno lleva tanto tiempo estudiando en la Universidad de Dios, y encima con un compañero de piso como MacNamara, no puede sino sonreír cuando alguien le mira por encima del hombro mientras le reprocha que "creas en todas esas tonterías de sociedades secretas y gobiernos ocultos, sacadas de una novela de Dan Brown, como si fueras un adolescente o un tipo inculto y sin estudios". En realidad sucede al revés: es Brown -y otros muchos autores que escriben novelas sobre este tema- quien extrae algunos apuntes de la realidad para escribir luego las tramas de sus ficciones que, a menudo, no lo son tanto. Y también resulta interesante este otro punto: precisamente los mayores teóricos de la conspiración con los que he tenido ocasión de hablar durante estos años y los que más sabían sobre el tema -incluyendo a MacNamara, por supuesto- no eran frikis supersticiosos y enloquecidos del estilo del Jerry Fletcher interpretado por Mel Gibson en Conspiracy Theory, sino gente muy bien educada, con los pies en el suelo, con conocimientos, posición social y contactos y, de puertas para afuera, desinteresados por todas estas cosas aunque en privado fueran más apasionados que mi gato conspiranoico.

Según estos expertos, uno de los principales objetivos de los Amos, pasaría por reducir sensiblemente la población mundial para poder "guiarla" mejor y evitar, de paso, que un número excesivo de personas terminara destruyendo los recursos naturales del planeta. Como no habrían sido capaces de conseguirlo, digamos, por las buenas -creación de todo tipo de anticonceptivos, promoción gigantesca del aborto, control de la natalidad limitando incluso por ley el número de hijos permitidos, etc.- ahora estarían en camino de hacerlo por las malas a través de diversos métodos -desatando una nueva guerra mundial, creando una epidemia masiva, desarrollando armas climáticas que generaran colosales catástrofes incluyendo la ruina de la agricultura para provocar grandes hambrunas, etc.- y encima lo habrían anunciado de distintas formas para jactarse de ello. Una de ellas, bien conocida entre los aficionados a la conspiranoia, mereció su propia entrada en este blog ya durante sus comienzos, allá por febrero de 2010, y se refería a las misteriosas Piedras Guía de Georgia en EE.UU., que nadie sabe -públicamente- quién edificó.

Se trata de varias losas de granito colocadas en forma de aspa en las que aparece grabada, en ocho idiomas diferentes entre los que se incluye el español, una serie de normas pro globalización y gobierno mundial que se supone deben conducir al homo sapiens hacia una nueva era de prosperidad basada en la razón. El primero de los "mandamientos" allí inscritos reclama "mantener la humanidad por debajo de los 500 millones en perpetuo equilibrio con la naturaleza" y el último también hace referencia  a la misma advirtiendo que el hombre no puede ser un "cancro" o cáncer para el planeta, al que es necesario "dejarle espacio". Confieso que la primera vez que tuve noticia de la existencia de este peculiar monumento me inquieté pensando en el sacrificio masivo, el gran holocausto, que supondría inmolar sobre el altar de la "razón" a la mayor parte de la humanidad. Según los últimos datos facilitados por la ONU, en este momento existen unos 7.350 millones de homo sapiens sobre la Tierra así que, para reducir esta cantidad a los 500 exigidos por las piedras de Georgia, ¡haría falta asesinar, como mínimo, a 6.850 millones de personas!

Confieso también que, a día de hoy, me doy cada vez más miedo a mí mismo porque empiezo a estar de acuerdo con la necesidad de reducir el personal que se pasea por el planeta (aunque no eliminándolo físicamente, como es lógico), viendo cómo anda el mundo a todos los niveles... Porque nadie medianamente informado puede negar que vivimos una verdadera decadencia global, disfrazada de "era dorada" gracias a los avances científicos y tecnológicos. Como no puede negar que, por mucho que esto pueda escandalizar a la gente desinformada, existen demasiadas supuestas personas que en realidad no son tales, sino animales disfrazados de personas (capaces de maltratar, violar, asesinar y saquear sin ningún problema) o, peor, robots con esa misma apariencia pero completamente muertos por dentro. La sociedad está desequilibrada y tambaleante, por completo atemorizada y muy confusa respecto a lo que debe hacer. Sin salir de España, la hipocresía y la corrupción que campan a sus anchas en los partidos de derecha mantienen un duro pulso con el odio y la incompetencia que rezuman los partidos de izquierda, mientras unos y otros alientan la irresponsabilidad, el hedonismo y la destrucción moral de la ciudadanía en general con un sistema que demasiado a menudo prima la injusticia, el oportunismo y la ausencia de valores personales y comunitarios. Eso sí, todo muy bien cubierto por bellas palabras, gestos de magnanimidad y concentraciones sentidas. Ojo, esto no está pasando sólo aquí, sino a nivel europeo (lo de los últimos años ha sido, sencillamente, escandaloso, aunque no se pueda contar en voz alta en la Europa de la "libertad" de prensa) y, aún más allá, a nivel mundial.

Cada vez que alguien expone este tipo de razonamientos, siempre surge un ingenuo que justifica la situación: "sí, pero a pesar de todo vivimos mucho mejor que en cualquier otra época de la antigüedad, con comida para todos, asistencia sanitaria, seguridad social y otros avances por los cuales prefiero mil veces vivir ahora que en la época de los faraones, los césares o los templarios". ¿De verdad las mejoras materiales compensan la esterilidad espiritual? ¿La comodidad física es preferible a la riqueza interna? ¿El sedentarismo y la esclavitud de la pantalla valen más que el descubrimiento personal del mundo? Sugiero a estos ingenuos que recuerden bien sus argumentos el día de su muerte y que traten de emplearlos consigo mismos cuando tengan que juzgar lo que hicieron durante su existencia y echen la vista atrás. Homero lo explicó en su Ilíada cuando relató cómo Aquiles hubo de escoger entre una vida corta pero luminosa, que le proporcionaría gloria y reputación, y otra larga y pacífica pero anodina, mediocre y, a la postre, inútil. Sabemos cuál eligió y, durante mucho tiempo, su ejemplo inspiró a generaciones. Hoy, la mayoría de chavales ni sabe quién fue Aquiles ni, mucho menos, Homero: su inspiración está en un jugador de fútbol, un personaje de un programa de telebasura o un youtuber...


¿Qué se puede hacer ante el desolador panorama del Kaly Yuga que se despliega a nuestro alrededor? Se lo he preguntado muchas veces a MacNamara -y a otras personas de cierto peso- y siempre he obtenido la misma respuesta: nada. Nada a nivel global, ni siquiera a nivel nacional o local... Sin embargo, sí podemos hacer todo, a nivel personal. Epícteto, nuestro profesor de Filosofía en la Universidad de Dios, lo dejó escrito hace mucho tiempo y nos lo repite de manera periódica en clase: sólo se puede controlar lo que de uno directamente depende y, por tanto, sólo de ello debemos preocuparnos. Así que ahí está nuestro único objetivo a la hora de trabajar: nosotros mismos. No es egoísmo. Es que, simplemente, nos está vetado hacer absolutamente nada por nadie. La tarea es individual. Por ello, debemos escoger el camino de Aquiles y "vivir peligrosamente" puesto que, como decía mi querido Hölderlin, "donde impera el peligro, crece también lo que nos salva". La tarea es, pues, mejorarnos a nosotros mismos cada día, alimentar nuestro fuego interior, autoconstruirnos con fuerza y dedicación, limpiar nuestros vicios e imperfecciones, pulir nuestras virtudes, tallarnos y limpiarnos una y otra vez sin desfallecer, crecer en todos los sentidos y campos posibles. Emular aquel conocido poema de Kipling: If... (Si...) Y todo ello, despreciando el miedo a la muerte o a cualquier otro tipo de catástrofe, la incertidumbre política o económica, las chucherías del entretenimiento fútil, los anzuelos del sistema para nuestro narcisismo o nuestra envidia..., así como el resto de imaginativas trampas que encontraremos por el camino.

"¿Y qué? Aunque consiguieras convertirte en un superhombre moral y espiritual, aunque tú te salvaras de manera individual, ¿de qué le serviría eso al mundo?", reprocha una de las muchas personas desesperanzadas que nos rodean..., sin darse cuenta de que la Historia de nuestra civilización, la de todas las culturas que han existido desde que la Humanidad comenzó su aventura, nunca ha estado protagonizada por pueblos, ni por países, ni siquiera por imperios, sino por individualidades. Han sido hombres y mujeres concretos, con nombres y apellidos, los que con sus decisiones y acciones particulares han movido los acontecimientos históricos generales afectando a miles, cientos de miles, a millones de personas cuyas vidas hubieran sido muy diferentes si esos seres únicos, cada uno de ellos, no hubiera intervenido en el devenir de sus respectivas sociedades en un momento dado. Nadie puede dar lo que no tiene en sí mismo.

Por tanto, prohibido caer en el desánimo, por impactante que sea el desfile de monstruos al que nuestra época nos obliga a asistir. Si hay algo que he aprendido, a lo largo de tantas vidas ya, es que, a pesar de las apariencias, todo tiene un sentido. Incluso las piezas más extravagantes, crueles, dolorosas o incomprensibles de nuestra vida terminan encajando de alguna forma en el rompecabezas final. Todo tiene, en el fondo, un porqué, una razón de ser, aunque en este momento exacto de nuestra existencia seamos incapaces de verlo o desentrañarlo.

Y a seguir trabajando, cada uno en lo suyo. En lo que a mí respecta, regreso a mi Valhalla natal tras el cierre de un nuevo curso, como todos los años por estas fechas, para descansar un poco (que me lo tengo merecido, por cierto) así que éste es el último artículo de la temporada en Fácil para nosotros. A no ser que a Mac Namara se le ocurra pasarse por aquí durante los próximos meses para dejar su huella con algún texto sorpresa, no habrá novedades hasta el próximo mes de octubre. No obstante, dejo a mis pacientes lectores con dos novedades para que se entretengan hasta entonces. La primera es mi último ensayo, Errores militares (recentísimamente publicado por Redbook Ediciones dentro de su colección de Historia Bélica), que constituye mi tercer libro dedicado a la Segunda Guerra Mundial en los últimos cuatro años. Contiene, como los anteriores, una serie de informaciones que, honestamente, creo que serán útiles para los interesados por este asunto ya que no aparecen en la mayoría de los libros de este género. 

La segunda novedad es mi nueva novela, la cuarta ya, que publicaré -dentro de pocos días- con el título de Tuerto (en Alberto Santos Editores). Es la primera incursión dentro del ciclo de fantasía heroica bautizado como Crónicas del Dios Demente que, en principio está compuesto por tres libros y que, estoy convencido, va a sorprender a más de uno. Llevo varios años trabajando en el desarrollo de este universo. Hablaremos de ella más adelante. Y de otros libros que espero aparecerán también en próximas fechas... 

La verdad es que 2017 va a ser uno de mis mejores años de publicación. Ahora falta por ver qué respuesta tienen los textos entre los lectores. Pero de eso me preocuparé cuando regrese de Valhalla. Ahora sólo deseo olvidarme de las tontas preocupaciones humanas y regresar a los salones de Wotan, para reencontrarme con las walkirias, decapitar cabezas de gigantes y ducharme con cerveza e hidromiel... 

¡Salud!













viernes, 13 de enero de 2017

A sí mismo

En el fondo sólo hay un tema. El Tema. Da igual cómo se exprese o cómo se manifieste en las distintas tradiciones culturales, religiosas o sociales de las civilizaciones que se han sucedido en este planeta: aquéllas que recordamos y aquéllas que no (porque su recuerdo es ya tan tenue debido a su ancianidad..., o porque directamente lo robaron los Amos para ocultarlo y convencer así más fácilmente a los perezosos espirituales con una versión falsa de la Historia). Este Tema no está superado. Nadie ha sido capaz de inventar todavía algo nuevo, algo diferente, por más que supuestos creadores y supuestos críticos contemporáneos estén empeñados en darnos lecciones de superioridad sobre "eso que está superado desde hace tiempo". Todos los cuentos, todas las novelas, todas las películas, todas las pinturas, todas las canciones, todas las esculturas..., todas las obras de arte (arte de verdad: fuego frío que anima la creación y que está conectado con el mundo de allá fuera, al otro lado de los barrotes de esta divertida prisión) tratan en el fondo de lo mismo. Y la situación, hoy, es la misma que hace mil o cinco mil o quinientos mil años, la misma que será dentro de cinco millones de años. Y los que somos hoy, lo somos de la misma forma que lo fueron nuestros más lejanos ancestros, por más que traten de engañarnos diciendo que estamos más "evolucionados" y por tanto somos mejores que ellos.


Ésta es de las pocas certezas que siempre me han acompañado, incluso antes de ingresar en la Universidad de Dios, porque además se me ha hecho muy clara tantas veces... Una de las que mejor recuerdo ahora mismo es aquella luminosa y ya lejana mañana en las ruinas de Pompeya, cuando me quedé petrificado delante de aquel paso de cebra de hace 2.000 años. Un paso de cebra exactamente igual que los actuales, sólo que en lugar de estar pintado en el suelo estaba semi enterrado en la tierra de la calle (a nadie en su sano juicio y con un poco de conocimiento sobre el aspecto eminentemente práctico del antiguo mundo romano se le ocurre creer que las piedras estaban completamente al aire, como se pueden ver hoy día, con el único objetivo de "reducir la velocidad de los carros") de manera que señalara un paso seguro para los peatones. Y no sólo para obligar a frenar a cabalgaduras, carromatos o bigas, sino para permitir que aquéllos pudieran cruzar la calle sin chapotear entre el lodo y los charcos en los días de lluvia.


Pompeya, como otras ruinas antiguas que tanto tienen que enseñarnos, aunque sólo queden de ellas un par de columnas, una estatua mutilada y una pared agujereada por el tiempo, da testimonio de que nuestros antepasados, incluso desde el punto de vista físico, material, eran muy parecidos a los orgullosos e inconscientes necios que habitan hoy este planeta. En esta ciudad de la Campania está también el fabuloso mosaico con la advertencia tan generalizada a los amigos de lo ajeno en las casas con guardas caninos: Cave canem (cuidado con el perro). Y hay tiendas, o restos de ellas, en absoluto muy diferentes de las que encontramos en nuestras calles. Y bares, que entonces se llamaban tabernas. Y tantas otras cosas...

Lo que mueve a los homo sapiens actuales es exactamente lo mismo que lo que movió a los que les precedieron en generaciones anteriores: comer bien varias veces al día; tener una pareja (o muchas, según los gustos) y, a ser posible, una familia; vivir tranquilamente; no trabajar demasiado; ganar dinero, posesiones materiales y posición social..., adquirir todas esas cosas con las que, en el fondo, sólo buscan una sola: la felicidad (ahhh, ignorantes de la vida..., la felicidad no es un asunto de este mundo, por más que os empeñéis). Lo único que nos diferencia de las gentes que vivieron en siglos anteriores es la tecnología de la que disponemos (nuestros coches frenan hoy delante de los pasos de cebra cuando pasa un peatón -¡o deberían!- igual que los carromatos de los antiguos romanos) y eso no es decir gran cosa. Aquello que hoy tanto nos deslumbra y entretiene, básicamente todo lo relacionado con el mundo digital y las nuevas tecnologías, quedará obsoleto más pronto que tarde y nuestros hijos (para qué decir nuestros nietos) se preguntarán cómo pudimos sobrevivir con artilugios tan limitados, de la misma forma que hoy miramos atrás y nos preguntamos cómo pudieron los vikingos cruzar el Atlántico sin brújulas, sólo con la ayuda de su rudimentaria Solarsstein, su piedra solar. 


Así que el continente puede cambiar de forma llamativa, incluso espectacular, pero el contenido no: sigue siendo el mismo. Siempre es el mismo, porque la tarea es la misma. Este juego es, desde el punto de vista humano, eterno.



Y la labor de los que consiguen abrir los ojos, la de los que logran apoderarse de Udjat, también es idéntica hoy a la que fue ayer y a la que será mañana. Yo soy quien soy, quien siempre ha sido y quien eternamente será..., advertía la madre Isis al recién nacido, con unas palabras tan hermosas que el Gran Impostor robó, como tantas otras cosas, para pretender luego que las había pronunciado él. Qué bellísima imagen, la del templo de Dendera, por cierto con la presencia de mi tutor en la Universidad de Dios, el Gran Thoth, encargado no por casualidad del Ojo de Horus, "la alegría de tu corazón". Isis, Thoth, Horus y los demás dioses siguen ahí, aunque por desgracia el número de aquéllos que pueden tener acceso hasta sus estancias, que pueden llegar a conocer e incluso a forma parte de la Áurea Catena, se ha reducido drásticamente. Pero no han desaparecido, en absoluto. Es sólo que los homo sapiens, cegados por la niebla densa, son incapaces de ver el océano, aunque esté delante de ellos, y achacan el canto del oleaje al rugido de monstruos de fantasía inventados por sus miedos y sus vicios.


 Marco Aurelio, el emperador, formó parte de esa cadena de oro, y por eso tantos de los pasajes del maravilloso texto que escribió para sí (o quizá, lo supiera él o no, también para otros que buscaban los eslabones del conocimiento que él tuvo la fortuna de aferrar durante su existencia) suenan tan familiares cuando uno ha tenido oportunidad de leer otros libros inspirados de distintas épocas y distintos puntos de la geografía, sin ir más lejos, las propias reflexiones de mi profesor de filosofía, Epicteto. El tono vital de fondo es el mismo y requiere de cierta capacidad de profundización personal. Un libro de este estilo es como uno de esos licores añejos, que es preciso saborear a sorbos, disfrutando de cada instante. No es un refresco que se pueda consumir en un par de minutos. Por ello no creo haber llegado tarde a la lectura de A sí mismo (también publicado con el título de Meditaciones y a veces Reflexiones) sino en el momento adecuado para poder comprenderlo bastante bien, máxime en esta buena edición de Edaf. Por ello, también, estoy convencido de que este es un libro incómodo para mucha gente pues el lector debe asumir su filosofía vital: "El objeto de la vida no es estar con la mayoría, sino escapar de encontrarse a uno mismo entre las filas de los locos."

Hay muchos fragmentos de A sí mismo que han hecho vibrar ciertas cuerdas en mi interior. Transcribo sólo un puñado de ellos, porque es imposible citar aquí todos so pena de cortar y pegar el texto íntegro. Pero si estas reflexiones despiertan verdaderamente algo en el interior de los lectores de esta bitácora, mi consejo es que adquieran el libro y se encierren con él a solas.



Una de las ideas en las que más insiste es la Muerte: su inevitabilidad, su lógica, su necesidad. Es una compañera de Vida. De hecho, es la otra cara de ella. Yo sé que en el momento adecuado recibiré la visita de la Walkiria y sé exactamente cómo es porque he viajado con ella desde éste a otros mundos muchas veces. Me pregunto quién se encargó de ir a buscar a Marco Aurelio al final de sus días..., aunque, teniendo en cuenta que murió en Vindobona, en lo que hoy llamamos Viena, quién sabe: tal vez recibiera la visita de otra hija de Wotan.

* "Como si estuvieras a punto de dejar la vida: así has de actuar, decir y pensar en todo momento. Marcharse de entre los hombres, si existen los dioses, no es en absoluto terrible, ya que no te pueden sumir en ningún mal. Y, si no existen o no se preocupan por las cosas de los hombres, ¿para qué vivir en un mundo vacío de dioses y providencia?"


* "Siempre hay que tener estas dos cosas presentes: una, que todo ha sido siempre semejante y ha estado sujeto a ciclos y no importa si es en cien años, doscientos o durante un tiempo indeterminado cuando uno vuelve a ver lo mismo; la otra, que el que ha vivido más años y el que ha tenido la más breve de las vidas pierden lo mismo pues sólo se pierde el presente, ya que es lo único que se tiene."


* "Quien se preocupa por si tendrá fama póstuma no se da cuenta de que todos y cada uno de los que puedan recordarle morirán pronto. Luego, también morirán sus sucesores..., hasta que todo recuerdo se extinga en la marcha de vidas que se encienden y se apagan. Pero imagínate que los que recuerdan son inmortales y que sea inmortal el recuerdo, ¿qué más te da? Y no me refiero a que al muerto ya no le pueda importar nada sino ¿qué puede importarle al vivo que lo alaben?"

* "Lo que te queda de vida transítalo como si hubieras puesto en manos de los dioses todo lo tuyo, de todo corazón, como un hombre que no se presenta como dueño y señor, pero tampoco como esclavo, de nadie."

Otro de sus grandes temas es el ser humano. Su trabajo interno de perfeccionamiento. Su necesidad de desarrollar humildad y estoicismo ante las circunstancias vitales, incluso aunque ellas le lleven a ejercer como emperador. Su comprensión de la idiotez básica y repetitiva del homo sapiens, que hay que saber perdonar..., sin dejar de protegerse ante ella.

* "¿Qué te molesta entonces? ¿La maldad humana? Considera que los seres racionales existen unos por otros, que tener paciencia forma parte de la justicia, que obran mal involuntariamente. Cuántos que se enemistaron, que desconfiaron, que odiaron, que se enfrentaron con lanzas, están ya muertos y no son más que cenizas. (...) Lo que queda, recuerda: la retirada a ese pequeño terreno que es de uno mismo; por encima de todo no te distraigas ni te desazones en esfuerzos, sé libre y mira las cosas como hombre, como ser humano, como ciudadano como animal mortal. Que entre aquellos principios que tienes a mano, aquéllos a los que vuelves tu mirada, estén estos dos: el primero, que las cosas no afectan al alma, sino que ésta permanece al margen e imperturbable y las turbulencias provienen únicamente de la opinión interior; el segundo, que todo aquello que tienes ante los ojos está a punto de cambiar y en un momento no estarás ya. No dejes de pensar en los cambios de los que has sido testigo."

* "Suma a cuantos conoces, uno tras otro. Uno quedó postrado tras los funerales de otro, otro con los de éste y sucesivamente, todo en un corto espacio de tiempo. En breves palabras, mira siempre lo humano como efímero, de poca monta: ayer mocos, mañana embalsamamiento y ceniza. Así que pasa este breve tiempo de acuerdo con la naturaleza y termina alegre, como una aceituna madura que cayera a tierra bendiciendo a quien la produjo y agradecida al árbol que la crió."

* "Uno ha de ser como un promontorio contra el que rompen sin cesar las olas, permanecer firme mientras a su alrededor se calman las turbulencias. De ningún modo pensar o decir 'Desgraciado de mí, porque me ha pasado esto' sino más bien 'Afortunado de mí, porque me ha pasado esto y permanezco libre de pena, sin quebrarme por el presente y sin miedo a lo que venga después'. Pues lo mismo que te ha sucedido a ti podría haberle pasado a cualquiera, pero cualquiera no lo hubiera sobrellevado libre de pena. ¿Por qué habría de ser aquello desgracia o esto fortuna? (...) ¿Lo que te ha ocurrido te impide ser justo, magnánimo, juicioso, sensato, reflexivo, sincero, modesto, libre y todo aquello cuya posesión lleva al pleno cumplimiento de la naturaleza del hombre? De ahora en adelante, en todo lo que pueda llegar a causar dolor, recuerda servirte de esta doctrina: esto no es una desgracia, sino que soportarlo con nobleza es una fortuna."

* "Ofrece todo aquello que está por completo en tu interior: ser honrado, digno, paciente, abstenerte de placeres, estar contento con tu suerte, ser parco en necesidades, de buen carácter, libre, sencillo, discreto, espléndido... ¿No te das cuenta de cuántas cosas eres capaz de aportar para las que no hay excusa alguna de falta de facultades naturales o de disposición, aunque tú prefieres seguir por debajo de ellas? ¿Acaso te sientes obligado a la queja, la mezquindad, la adulación, a echar las culpas a tu cuerpo, a la vanagloria, a maltratar tu alma porque no estás dotado por naturaleza?"


El libro de Marco Aurelio es un cofre del tesoro, donde se encuentran joyas de todos los colores y de todos los tamaños:




* "Es terrible la vanidad, y mentirosa. Cuanto más crees encontrarte entre cosas serias, más te embauca."

* "Los dioses, aun siendo inmortales, no se irritan porque en toda la eternidad se vean obligados a soportar a hombres sin valor, tales y tantos. Además, se preocupan por ellos de muchas maneras distintas. ¿Y tú, que dentro de muy poco vas a dejar de existir, te quejas? Y eso que eres uno de los hombres sin valor..."

* "Resulta patético no rehuir la maldad propia, lo que es posible, y pasar el tiempo en cambio rehuyendo la ajena, lo que es imposible (...) Cuando tropieces con un sinvergüenza, pregúntate al momento: '¿Es posible que no haya sinvergüenzas en el mundo?' Y verás que no es posible. En consecuencia, no pidas lo imposible. Éste que has encontrado es uno de aquellos sinvergüenzas que tiene que haber en el mundo. Ten a mano este mismo pensamiento para el malvado, el desleal y todo aquél que obre mal." 

* "¿Quién teme el cambio? ¿Qué podría existir si no fuera por el cambio? ¿Qué podría ser más amado y más familiar para la naturaleza del universo? ¿Podrías tomar un baño si no fuera porque la madera sufrió un cambio? ¿Podrías alimentarte si no fuera porque el alimento sufrió un cambio? ¿Puede alguna de las cosas útiles llegar a su cumplimiento sin cambio? ¿No te das cuenta de que tu cambio es semejante y de que también es necesario para la naturaleza del universo?"

Y una reflexión que me divierte particularmente, puesto que apela a mi lucha diaria en las mañanas temprano (una lucha, por lo demás, vulgar, pero que de alguna forma reconforta saber que también la sostuvo el emperador):

* "Al alba, cuando te dé pereza levantarte, ten esto a mano: 'Me levanto para una tarea de hombre. No me puedo enfadar por levantarme si voy a hacer aquello para lo que he nacido y para lo que he venido al mundo. ¿Es que he sido hecho para estar tumbado caliente entre mantas?' (...) No te amas a ti mismo pues, si así fuera, amarías tu naturaleza y su determinación." 


Sólo un manuscrito conserva el texto completo del libro de Marco Aurelio: el conocido como Vaticanus Graecus, fechado a finales del siglo XIV o comienzos del XV. Al final del mismo, se encuentra un poema atribuido por algunos estudiosos al erudito bizantino Aretas, obispo de Capadocia entre el siglo VII y el X (no está claro cuándo vivió). Es uno de los testimonios más antiguos que se conserva de la lectura de Marco Antonio y que muestra cómo en la antigüedad fue un texto conocido, al menos entre aquellas personas con inquietudes profundas. Dice así:

"Si quieres gobernar sobre la pena,
despliega este dichoso libro y comienza a leerlo con fruición.
En él, por una feliz sentencia, verás con facilidad
que de las cosas futuras, de las presentes y de las ya pasadas, 
el goce y el sufrimiento no es más que humo."

Podría transcribir muchos más párrafos del original, pero sería hacer flaco favor a quien quiera disfrutar de él por completo, así que me limitaré a añadir sólo uno más:

"Lo que surge de la tierra, hacia la tierra. Lo que brota del linaje del éter, al círculo del cielo vuelve."

En el éter nos encontraremos algún día, Marco Aurelio, y charlaremos de muchas cosas pues, aunque de cálices diferentes, estoy convencido de que hemos bebido el mismo néctar.





viernes, 26 de febrero de 2016

La realidad virtual del señor Montaña de Azúcar

Sin duda, ésta es una de las fotografías más espantosas que he visto en los últimos años. Motivo por el cual he decidido traerla aquí y exponerla en este tamaño excesivo, en comparación con el habitual de las fotos reproducidas en este blog gracias a la generosidad de ese inmenso archivo de imágenes que es Internet, con el fin de tenerla especialmente presente. ¿Es peor que esas escenas terribles de asesinatos, hambre, terrorismo o catástrofes naturales que vemos a diario en los medios de comunicación y que han dejado tan anticuado el concepto de las películas snuff? Sí, mucho más. Porque todos esos horrores pasan constantemente en el mundo de la materia, donde la guerra es la ley y estamos enfrentados a diario a numerosas agresiones que forman parte del Gran Juego. Y aunque por naturaleza el homo sapiens tienda a imitar a su pariente el homo pan invirtiendo el mayor tiempo posible en divertirse y vaguear, la Naturaleza saca el látigo de vez en cuando para recordar quién manda y no hay más remedio que reaccionar. Pero la fotografía de arriba significa otra cosa: implica la rendición absoluta, la entrega con armas y bagajes y por tanto la esclavitud definitiva, que tenemos mucho más cerca de lo que muchos piensan. De hecho, su potencia simbólica ha causado tal revuelo que podría decirse que a Mark Zuckerberg le ha salido el tiro por la culata, vistas las reacciones que ha generado en Internet.

Como seguramente a estas alturas ya sabrán muchos de los lectores de esta bitácora (y si es que no, deberían replantearse si lo están haciendo bien con vistas a presentarse algún día al examen de selectividad de la Universidad de Dios), es el propio Zuckerberg (amo y señor de Facebook, esa base pública de datos y espionaje que ha dejado obsoletos los sistemas del FBI, el MI6, el Mossad y el resto de fisgones habituales) quien camina, sonriente y pagado de sí mismo, en medio del bosque de cabezas absortas cada una de ellas por el más moderno equipo de realidad virtual de la marca Samsung en el Mobile World Congress de Barcelona hace unos días. 

El señor Montaña de Azúcar (no sé por qué no me sorprende que se apellide como el veneno adictivo más potente entre todos los que están legalizados a día de hoy) fue la sorpresa que el gigante surcoreano tenía reservada para los periodistas especializados que asistían a la presentación de las novedades y que no se enteraron de su aparición cuando caminaba a su lado porque estaban precisamente hipnotizados por el mundo virtual. Zuckerberg hizo una entusiasta defensa del mismo pronosticando que "cambiará la forma en la que las personas trabajamos y nos comunicamos". Y lo asumió como parte de su estrategia de domin..., de conexión del planeta, insistiendo una y otra vez en que todavía hay unos 4.000 millones de personas que viven ajenas a la red, cuando"todo el mundo tiene derecho a tener Internet". Aunque creo que lo que quería decir en realidad es que todo el mundo tiene derecho a estar conectado a Facebook todo el día. De hecho, la mejor prueba de que sus intenciones no son tan filantrópicas como suele venderlas, es su intención de lanzar, previo pago, un satélite para dar cobertura a África. Nadie regala nada y los millonarios dueños de multinacionales, menos todavía.

Hay otro horizonte tecnológico asociado a todo esto y es el de la inteligencia artificial, en cuyo desarrollo sigue implicada una enorme cantidad de mentes tan brillantes como ignorantes de lo que traerá consigo, a las que personalmente les sugeriría que se dedicaran a otros campos científicos. Zuckerberg también se refrió a ello, por supuesto, al advertir de que, aun siendo "crucial en el futuro", aún tiene que desplegarse mucho más pues "todavía es pronto". Y, además, esto es lo importante, "no es el final del camino". En estas ocasiones pienso que quizá fuera 
un buen ejercicio de reflexión para esta gente la publicación de un libro que incluyera la experiencia personal de todos aquellos expertos que contribuyeron a construir las armas nucleares y que luego tuvieron oportunidad de ver lo que su trabajo hizo sobre Hiroshima y Nagasaki. ¿Cuántos de ellos habían sido conscientes, mientras trabajaban en el proyecto Manhattan, de que estaban colaborando en el desarrollo de un arma tan criminal? ¿Cuántos descubrieron en qué consistía el horror atómico cuando vieron las fotos de gentes muertas o deformadas horriblemente, en medio de las ciudades arrasadas? ¿Cuántos pudieron conciliar el sueño o perdonarse a sí mismos a partir de entonces? Apenas tenemos algunas opiniones de Einstein o de Oppeheimer, como aquella famosa de "me he convertido en la muerte, en el destructor de mundos"; aunque al igual que otros científicos antes y después que él Oppenheimer optó por encoger los hombros y mirar para otro lado a la hora de asumir su responsabilidad histórica. Eso lo dejó en manos del etéreo "pueblo norteamericano" y los no menos etéreos "representantes por él elegidos". Es como el incendiario que desata un fuego en el bosque y luego argumenta que la responsabilidad de apagarlo no es suya sino de la sociedad.

Porque la combinación de lo virtual con la inteligencia artificial sería (será, al paso que vamos) la forma ideal y definitiva de la esclavitud. El homo sapiens controlado, manejado, conducido y a merced absoluta de la máquina. O de quien maneje a la máquina. En todo caso, esclavo para siempre.

La foto que encabeza este artículo es el aviso de lo que viene y fue el propio master and commander de Facebook, o quien le lleve sus perfiles, quien la subió a Internet (la soberbia es el pecado más característico del diablo, dicen los teólogos) para ilustrar sus ensoñaciones de "un mundo unido, amigable y en paz, progresando hacia el futuro gracias a las redes" y demás lugares comunes. Pero es tan poderosa y tan evidente que generó todo lo contrario de lo que deseaba: un aluvión de comentarios en contra de lo que significa, además de todo tipo de descalificaciones contra el futuro orwelliano que tanto parece agradar a Zuckerberg. Lo más curioso es que las quejas se multiplicaron a través de las cuentas que los propios usuarios tienen y utilizan habitualmente en las redes sociales, empezando por Facebook, lo que parece llevar asociado por su parte una morbosa sensación de desánimo y de "no podemos detener esto", de entregarse sin pegar un solo tiro. O, como me reprochaba un dormido homo sapiens esta misma semana: "¿Por qué te preocupas tanto por si en el futuro nos dominan las máquinas? Si, total, ya estamos prácticamente dominados, entre móviles, televisiones y demás..." Así lo creía él y no le preocupaba en absoluto, lo que demuestra a las claras su nivel de inconsciencia. Y de rendición: en efecto, esta persona es ya un esclavo, aunque crea ser libre.

He tenido oportunidad de probar varios dispositivos de este tipo en estos últimos dos años y la experiencia es devastadora, por lo inmersivo. Doy fe. Me he asustado subiendo y bajando a velocidad de vértigo por montañas rusas imposibles, he navegado pacíficamente a través de un complejo de ríos y lagos, me he sentado a ver televisión en un salón enorme con una pantalla gigantesca, he viajado a través del sistema solar en una nave monoplaza... Todo ello sin moverme de una silla normal y corriente, porque la inmensa mayoría de impresiones sensoriales de una persona sana penetran a través de los ojos y mis ojos estaban capturados por las gafas de realidad virtual. Son ahora mismo el nuevo gran objetivo de la industria y pronto veremos fuertes campañas publicitarias para obligar a todos los ciudadanos a adquirir y "disfrutar" de su propio dispositivo. Y ése sólo será el comienzo. Los armatostes hoy existentes se reducirán de tamaño progresivamente a medida que avance la tecnología y en un futuro no muy lejano en lugar de esa especie de binoculares capados conectados por cable a una consola dispondremos de lentillas fáciles de poner (quizá no tanto de quitar) que, sumadas a trajes especiales para vestir a propósito, permitirán que una persona esté físicamente en un lugar y mentalmente en otro muy distinto.

Nada peor para destrozar el buen funcionamiento del cerebro humano que disociarlo de esta manera. Los expertos saben bien cómo se pueden crear "agentes dormidos", desdoblando la personalidad de personas corrientes de manera que una inocente ama de casa o un inofensivo ejecutivo alberguen dentro de sí una o más personalidades que pueden ser "disparadas" en el momento adecuado con el fin de convertir a sus identidades habituales en un auténtico peligro, siempre que se conozca el código para ello. A veces me he preguntado si el hecho de que J.D.Salinger no llegara a publicar ninguna otra novela en vida se debió al conocimiento -y el horror que ello le produjo- de que El guardián entre el centeno fuera tan utilizada como uno de estos códigos por ciertos servicios secretos norteamericanos, según tantos estudiosos de la materia... Por supuesto, no hace falta convertir a la persona en psicópata: la disociación mental es útil simplemente para tener bajo control a la ciudadanía. El clásico advierte de que la unión hace la fuerza, lo que indudablemente confiere valor a la frase antónima...

Sumemos a eso la susodicha inteligencia artificial porque en el futuro puede que ni siquiera se permita escoger a la gente cómo quiere destrozar su mente, sino que sean las máquinas las que le indiquen la mejor forma según convenga al sistema. Cada vez más dispositivos tienen mayor grado de IA, como demuestra el mismo Mobile World Congress, donde otro de los temas estrellas ha sido la aplicación de programas "cognoscitivos" o, lo que es lo mismo, capaces de recopilar información de sus usuarios, analizarla y almacenar sus conclusiones para adaptarse específicamente a ellos y adelantarse a sus deseos sugiriéndoles planes y actividades concretas sin que sus dueños se lo pidan. Esta misma semana se ha presentado por ejemplo una app para teléfonos móviles diseñada específicamente para testear el estado de ánimo de una persona. Emotion Sense, que así se llama el programa, ha sido alumbrado en la universidad de Cambridge y como suele suceder en estos casos es de distribución gratuita (es increíble pero muy cierto que a estas alturas haya tanta gente usando programas gratuitos sin preguntarse por qué lo son y dónde está su rentabilidad). Neal Lathia, uno de los investigadores de este proyecto, comentaba orgulloso cómo gracias a esta innovación todos los datos volcados por el usuario en su teléfono "inteligente" son transformados en "información que sirve como herramienta médica y psicológica" interactuando con el propietario...

El ciudadano medio contemporáneo posee dos etiquetas clásicas para la esclavitud cuando piensa en ese concepto: la situación de los esclavos negros en las plantaciones del sur de los Estados Unidos y la de los esclavos de griegos y romanos de la antigüedad. Gracias a las obras de ficción y, sobre todo, a las películas y la televisión, las mentes contemporáneas tienen asociado ese concepto a circunstancias negativas y deleznables como la brutalidad, los abusos físicos y sexuales, la miseria y la pobreza. Y qué duda cabe que algunos amos tanto en una época como en otra (como en el resto de épocas históricas que nos han precedido) actuaron como auténticas bestias con sus esclavos, pero la mayoría no lo hizo así. Al contrario: alojaban, alimentaban y cuidaban a sus esclavos y en algunas casos hasta les permitían liberarse y promocionarse (véase el caso de mi querido Epicteto, un liberto famoso donde los haya, o de las leyes que en la Antigua Roma permitían a un hombre pobre venderse a sí mismo como esclavo porque así tenía mejor vida garantizada que si seguía viviendo independiente). Los amos no trataban con corrección a sus esclavos, casi nunca, por aquello de los derechos humanos o la igualdad entre los hombres..., sino porque los esclavos eran sus propiedades. Y propiedades útiles, productivas. Que, además, no salían baratas en el mercado. Así que era una completa estupidez gastarse un dineral en un esclavo para luego maltratarlo y destrozarlo en poco tiempo. Es como si hoy día alguien se comprara un automóvil y luego se dedicara a rayarlo, golpearlo y empotrarlo contra una pared por simple diversión.

Hoy pasa lo mismo. Los Amos que controlan esta sociedad ya tienen a la mayor parte de la gente esclavizada a través de la televisión, las drogas, el alcohol, el sistema financiero y algunas otras estrategias más o menos conocidas. Pero aún de todo esto puede uno despertar y descubrir que da igual vivir en el siglo XXI que en el XIX o en el II, porque la esclavitud sigue existiendo de una u otra forma. Y que ahora es aún peor, pues la mayor parte de los esclavos no saben que lo son y por tanto no van a intentar mejorar su situación y mucho menos a intentar escapar de la cárcel.

Si la combinación de realidad virtual e inteligencia artificial se apoderan finalmente del mundo en el que vivimos, la esclavitud desaparecerá. Esto es, la palabra esclavitud desaparecerá para siempre. Sin embargo, el hecho que define esa palabra será más rotundo que nunca, si bien sustituido por algún otro término o conjunto de términos adecuado como por ejemplo éxito de socialización.







viernes, 6 de febrero de 2015

Cinco por Infinito

Son numerosos los lectores de esta bitácora que se han interesado por los planes de estudio de la Universidad de Dios. No voy a ponerme a desvelarlos ahora, aunque a lo largo de esta ya larga recopilación de artículos bajo el título de Fácil para nosotros he tenido ocasión de referirme a algunas asignaturas concretas e incluso a algunos de mis maestros concretos, como gran Epícteto, mi profesor de Filosofía; el mulá Nasrudin, mi profesor de la asignatura de Misticismo y Paradojas; o Lee Jun-Fan, el de Destrucción del Paradigma a través de la Educación FísicaNo obstante, existe una asignatura en concreto que sorprende mucho a los neófitos y/o aspirantes a ingresar algún día en estas magnas aulas cuando alguien les revela su presencia y es Estudio Práctico del Arte. Y significa exactamente eso. Todos los alumnos que nos devanamos los sesos y hacemos examen tras examen al objeto de avanzar en nuestra educación para algún día poder tener el diploma oficial de Licenciado de Dios tenemos la obligación de aprender y practicar arte en todos y cada uno de los trece cursos de estos estudios tan particulares. Al fin y al cabo, si el trabajo de fin de carrera es la creación de tu propio Universo, tienes que saber cómo animarlo de mil y una formas. Además, hay una clasificación muy fácil de las artes elaborada ya desde hace mucho tiempo. 

Para empezar, hay que aprender las denominadas 6 artes "clásicas" que son Literatura (ésta la voy aprobando con nota), Música (sé llevar un ritmo con las palmas), Pintura (también la controlo sin problemas), Arquitectura (dibujo bastante bien los edificios en mis chistes e historietas, aunque sospecho que hará falta algo más para que me den el visto bueno), Escultura (no he pasado de la fase muñequitos-de-plastilina, lo reconozco) y Danza (mejor no hablaré mucho sobre ella, aunque he hecho grandes progresos últimamente y ya sé cruzar una pierna delante de otra sin caerme al suelo). Luego vienen las artes optativas, que uno puede desarrollar o no y que, en mi caso, aspiro a aprender también en la medida de lo posible, porque también me gustan. Al menos, las tres más famosas, que son las que vienen después de las clásicas: Cine (de momento soy más bien consumidor antes que productor, en cuanto a obras del séptimo arte pero..., ¡dadme tiempo!), Fotografía (con ésta no tengo problemas) y Cómic (o Historieta, el noveno arte, en la que progreso adecuadamente).

Por eso en mis fiestas de cumpleaños y aniversarios variados, que celebro prácticamente a diario (cualquier momento de cualquier día es bueno para celebrar cualquier cosa..., los -aprendices de- dioses somos así), siempre incluyo entre mis regalos un montón de tebeos. Bien escogidos, eso sí, porque en la historieta, como en la literatura, hay de todo y últimamente no demasiado bueno. Sin embargo, cuando miro mi colección de cómics y, mejor, cuando consigo un rato para sentarme y disfrutar de alguno de sus ejemplares, me encuentro razonablemente satisfecho. Ahí está desde la -para mi gusto- obra cumbre del tebeo que es Prince Valiant de
 Hal Foster (aquí a la derecha) y, debajo de él, una amplia selección que va desde los Sturmtruppen de Bonvi hasta el Alix de Jacques Martin, pasando por la Mafalda de Quino, el Flash Gordon de Alex Raymond, Los eternos de Jack Kirby o el Nippur de Lagash de Robin Wood entre otras joyas. Es curioso, porque a Mac Namara no le interesa nada de esto ni lo más mínimo. Nunca le he visto leyendo un tebeo (se podrá argumentar que resultaría raro ver a un gato leyendo, pero sí, él suele leer todas las noches después de cenar su correspondiente tazón de leche, aunque siempre sesudos libros de ensayo..., rara vez una obra de ficción y, desde luego, nunca un cómic; será por eso por lo que ha salido tan conspiranoico).

Toda esta amplia introducción viene a cuento porque uno de los últimos ejemplares que ha pasado a engrosar mi valiosa librería de historietas (encajonada por cierto en un pasillo del angosto apartamento que compartimos Mac Namara y yo junto al campus universitario) es el monumental integral de la maravillosa serie Cinco por Infinito de Esteban Maroto publicado por Ediciones Glénat. Por accidente (¿por accidente?) descubrí hace unas semanas que existía ¡¡¡nada menos que desde 2011, hace cuatro años, y yo sin enterarme!!!! esta reedición de las aventuras místico/espaciales de los cinco terrícolas dirigidos por el misterioso Infinito publicadas originalmente en 1967 y que yo llevaba no sé cuántos eones ya buscando infructuosamente en un formato más pequeño, desconocedor de esta edición de lujo. Así que gracias a las facilidades dadas por Internet para todo lo que sea compra y venta de cualquier cosa, hasta de la propia alma, pronto me pude hacer con uno de los ejemplares, que he devorado estos últimos días.


Confieso que Maroto nunca fue uno de mis dibujantes favoritos (demasiado pasteloso para mi estética y, en muchas ocasiones, repetitivo en sus figuras humanas), aún reconociéndole una habilidad extraordinaria con las tintas, así como el hecho de que tuvo que desarrollar su carrera en un país (España) y una época (comenzó su carrera de dibujante en 1955), ambos complicados. Eso, sin tener en cuenta que el de dibujante nunca ha sido un oficio bien pagado en tierras celtibéricas. Ni siquiera bien reconocido, a pesar de la extraordinaria nómina de dibujantes, ilustradores y pintores de la que ha disfrutado el arte español. Quizá sea por eso, porque por aquí tenemos la estúpida costumbre de opinar que "total, dibujar cuatro monos es muy fácil" aunque luego le pidas al listo de turno que te dice eso que dibuje él algo y lo único que le sale es lo de "con un 6 y un 4, pinto la cara de tu retrato". Pero hay que reconocer que se trata de un valor más que sólido de la historia de la historieta española y que debe figurar en ella por méritos propios. De hecho, ya lo hace, porque está formalmente incluido en algo que los especialistas teóricos llaman el Grupo de la Floresta, un grupo de seis dibujantes que se aliaron para trabajar conjuntamente en Barcelona a finales de los años sesenta del siglo XX. Además de Esteban Maroto, los integrantes de ese grupo eran Carlos Giménez, Luis García, Suso Peña, Adolfo Usero y Ramón Torrents.

De esa colaboración (y de la idea y los lápices originales de Maroto) surgieron, por cierto, los primeros capítulos de Cinco por Infinito, en los que colaboraron Torrents dibujando a las féminas, Usero a los machotes y Peña, los fondos. La multiplicación de trabajos de los artistas redujo el equipo inicial a Maroto y Usero en el cuarto episodio de la serie y, a partir del quinto, su creador se encargó de ella en solitario hasta el final de los veinte capítulos que duró esta interesante obra de Ciencia Ficción que obtuvo un éxito internacional muy merecido, ya que se tradujo y se vendió en varios países europeos y americanos, incluyendo los Estados Unidos, donde tuvo su propia versión con el nombre de Zero Patrol (Infinito cambiaba el nombre por Zero) impulsada nada menos que por Neal Adams.

La serie cuenta la historia de cinco terrestres con nombres de inspiración estelar: Altar, un catedrático de astrofísica y astronomía que posee una inteligencia superior y es una especie de Reed Richards pero a la española (aunque es profesor de una universidad rumana); Orión, un guardaespaldas profesional de gran tamaño y una fuerza extraordinaria (según Infinito, "muy pocos seres pueden comparársete" en fuerza aunque luego en las sucesivas historias veremos que tampoco es para tanto..., es sólo el muchachote del grupo), Aline, doctora en psiquiatría y especializada en ciencias ocultas y parapsicología (alguna vez utiliza sus poderes telepáticos, pero nunca aparece actuando de bruja, la verdad); Sirio, un doble de películas de acción, ágil y con gran capacidad de reflejos (y el guaperas del grupo) e Hidra, una estrella de cine inicialmente no invitada a la fiesta, pero que al estar junto a Sirio se ve arrastrada a la aventura (básicamente, la típica rubia mona y tonta, que se pasa el rato pidiendo ayuda a Sirio). Los cinco son convocados a través de una nave espacial por Infinito, el último (y calvo, además) representante de una desarrollada cultura extraterrestre que cometió el mismo error que nosotros estamos cometiendo ahora en la Tierra: es decir, dejar todo el trabajo progresivamente en manos de las máquinas con la excusa de la "civilización del ocio". Claro, un día las máquinas empiezan a autorrepararse y a regularlo todo y, al día siguiente, llegan a la conclusión de que el hombre es una criatura ineficiente y sobrante en la nueva dictadura de las tuercas que quieren imponer. Así que se rebelan y matan a todo quisque..., menos a Infinito, que logra escapar porque estaba en una estación espacial orbitando su planeta (lo que no se explica es por qué no se rebelaron también las máquinas de la estación).

Infinito pide ayuda a los cinco terrestres para vengarse destruyendo la malvada civilización de las máquinas, cosa que los humanos hacen sin grandes problemas con la ayuda tecnológica de su nuevo mentor. Como premio por su ayuda, Infinito les ofrece quedarse con él y formar una especie de minilegión galáctica autodenominada "Exploradores del Espacio" que se dedicará a partir de ese momento a recorrer el universo para recopilar todo el conocimiento posible sobre las diversas razas que lo pueblan (luego resulta que la mayoría de ellas son humanas o al menos de aspecto humano) y echar una mano si alguna se lo pide. Ni qué decir tiene
 que todos se apuntan (yo también lo hubiera hecho, a pesar de mi vértigo) y, a partir de entonces, vivirán extraordinarias aventuras. Más extraordinarias si tenemos en cuenta que fueron imaginadas y dibujadas por autores españoles en una sociedad en la que la fantasía y la imaginación fue (y sigue aún siendo) marginada y estigmatizada en favor del "realismo". Aunque justo es reconocer que Esteban Maroto contó con una "ayudita" adicional que cualquier buen aficionado al cómic detecta de inmediato. Y es que al Grupo de la Floresta no sólo les gustaba dibujar tebeos, sino leer los de sus colegas. Por eso resulta sencillo descubrir dónde se "inspiraron" Maroto y sus compañeros para dibujar algunas de sus viñetas. Se pueden reconocer fácilmente las copias de ilustraciones de Frank Frazetta o dibujos de Dan Barry, por ejemplo. O, como en la foto que vemos adjunta, nada menos que de un portaaviones que aparece en la primera de las aventuras de Tanguy y Laverdure de Jean-Michel Charlier y Albert Uderzo. En color, aparece el original de los autores franceses y, en blanco y negro, la historieta de Maroto.

En general, Cinco por Infinito mantiene de todas formas un nivel muy alto, sobre todo teniendo en cuenta el momento en el que la serie fue publicada por primera vez. Hay algunos episodios especialmente buenos como El sublime (donde un listillo secuestra a las mujeres más guapas y a los hombres más audaces de un pueblo primitivo haciéndoles creer que van a una especie de cielo..., luego se queda con las mujeres y arroja a los hombres al cubil de una araña gigante), Juicio a la Tierra (donde unos extraterrestres feos y cabezones están a punto de destruir al hombre por considerarlo un ser brutal, primitivo y prescindible y los exploradores tienen que hacer de abogados ante un exigente tribunal galáctico), Lluvia (en la que el agua que cae del cielo desquicia literalmente a toda una civilización), La diosa de las profundidades (donde nada es lo que parece, ni siquiera un malvado brujo) o mi favorita, El planeta de los espíritus (en la que una raza de poderosos pero crueles seres incorpóreos que viven en el viento aspiran a encarnarse en los humanos de carne y hueso que pueblan el planeta). El último capítulo, Energía vital, lleva a los seis protagonistas de la serie hasta el mismísimo límite físico del Universo y, con él, al final de una saga extraordinaria que seguramente podría haber continuado de manera indefinida si Maroto se hubiera encontrado con fuerzas suficientes para ello.












viernes, 14 de febrero de 2014

Vuelta a los clásicos

El homo sapiens no tiene ni idea de lo que es ni de lo que está haciendo en este planeta: hoy, menos que nunca. Vive sumido en una ignorancia suicida de la que apenas es consciente y, lo que es peor, no le interesa gran cosa cambiar la situación. ¿Para qué? A pesar de sus constantes berridos exigiendo información y libertad y su bravuconeo utópico en torno a las Grandes Palabras, la mayoría de antropoides disfrazados de seres humanos que se pasean por la Tierra se sienten, en general, muy cómodos en su papel de simples comparsas sin grandes compromisos. "Que me digan lo que tengo que hacer, que ya lo haré"(eso sí, después de protestar y quejarme un poco, para que quede claro que si lo hago, al final, es porque yo "quiero"). Asumen este papel pasivo porque tienen miedo a las obligaciones, el cambio y el sufrimiento y, aún más, a las responsabilidades serias y al éxito. Cada uno de ellos se percibe a sí mismo como uno más dentro de un colosal engranaje que le dicta a diario cómo se supone que son las cosas y que le exprime sus fuerzas tanto positivas como negativas, sin posibilidad alguna de intervenir sobre su propio destino. Lo cierto es que, vista desde fuera con ojos corrientes, esa maquinaria tiene aspecto de ser invulnerable, a pesar de que la Historia nos ofrece ejemplos de verdaderos seres humanos (el paso siguiente al homo sapiens vulgar) que supieron afrontar el desafío y forzarla. En alguna ocasión, incluso, casi destruirla... 

Por cierto que la misma Historia (las partes que nos han dejado conocer oficialmente, al menos) nos demuestra que quien la hace no es el azar, ni los grandes grupos humanos, ni siquiera las grandes ideas o conceptos..., sino los individuos. Jamás hubiese habido expedición militar griega alguna hasta la India si no hubiera existido Alejandro Magno, de la misma forma que el islamismo no constituiría hoy amenaza alguna si nunca hubiera nacido Mahoma o que probablemente el autor de estas líneas habría fallecido por culpa de cualquier enfermedad si Alexander Fleming tampoco hubiera venido al mundo. Son individuos concretos (algunos los conocemos, otros han sido cuidadosamente escondidos a nuestros ojos por diversos intereses) los que hacen avanzar a la Humanidad, más que ésta en su conjunto.

Por eso son tan importantes los ejemplos humanos para el conjunto de la población. Un explorador e incluso un conquistador que descubra nuevas tierras (o nuevos planetas) inspirará a muchas otras personas que querrán emular las cualidades positivas de su imagen: la valentía, la fortaleza, la capacidad de sacrificio, la preparación científica necesaria para afrontar el desafío... También habrá una serie de personas atraídas por aspectos menos nobles, como la fama que le acompañará si tiene éxito o la riqueza que podría hallar en su expedición, pero éstas últimas serán las menos: las almas poco nobles prefieren medrar en actividades de menor riesgo y que requieran un nivel de iniciativa muy limitado. Así que hay, siempre ha habido, una serie de perfiles que durante siglos inspiraron a nuestros antepasados a superarse a sí mismos. Hubo un Julio César porque previamente hubo, justo, un Alejandro Magno, de la misma forma que hubo un Kepler porque antes hubo un Copérnico o un Beethoven porque antes hubo un Mozart. 

Este concepto lo entendió muy bien la Iglesia Católica que desde muy temprano momento puso en marcha su propia versión de vidas ejemplares enalteciendo el martirio y a menudo el fanatismo de algunos de sus primeros seguidores, con el objetivo de alimentar la imitación de este carácter. Lo copió de sus grandes rivales y enemigos (enemigos porque ella quiso): los sabios de la Antigüedad, servidores y maestros de las Escuelas de Misterios, cuya educación cultural y científica, su fortaleza de carácter y su preparación espiritual entre otros valores les hicieron ser queridos y respetados por la mayor parte de nuestros antepasados (y temidos por aquéllos cuya única mira en el mundo es acumular riqueza y poder personal).

La falta de ejemplos positivos es una de la causas más importantes por las que nuestra sociedad contemporánea se halla en estado de descomposición, desmoronándose cada vez con mayor rapidez gracias a los modelos que los grandes medios de comunicación nos meten por los ojos un día tras otro como sumamente deseables: el vividor que gana una millonada por el simple expediente de injuriar y difamar a otros como él en un programa de televisión, la mujer dispuesta a sacrificarlo todo por tener un cuerpo físico 10 que le permita explotarlo sexualmente y así conseguir cuanto desea, la persona perteneciente a una familia desestructurada o de ambiente marginal pero cuya vida se presenta como "original" y "apasionante", el especulador financiero al que no le importa arruinar a miles de personas a cambio de asegurar su acceso a la elìte social y económica...  Es muy significativo que en las películas que se ruedan hoy día tanto para el cine como  para la televisión, el rol de personaje valiente, sincero, buena persona..., que caracterizaba tradicionalmente al héroe del argumento ha dejado paso a otro tipo de protagonista mucho más oscuro, ambiguo y moralmente cuestionable. En un elevado número de producciones, la diferencia entre el "bueno" y el "malo" de la historia es cada vez más reducida hasta el punto de que a menudo no queda demasiado clara. A veces, el "bueno" lo es porque al final resulta vencedor en el enfrentamiento con su rival, no porque resulte superior a éste desde un punto de vista de cualidades o virtudes.

En tiempos como éstos nos convendría quizá detener un instante nuestra enloquecida carrera hacia ninguna parte, respirar hondo y reflexionar no sólo dónde estamos sino, mucho más importante, dónde queremos estar. Como dice aquel sabio refrán, "ninguna dirección es buena si uno no sabe a dónde va". En ese momento de calma y recogimiento, podríamos llegar a la conclusión de que deberíamos recuperar la Filosofía: esa ciencia suprema para nuestros antepasados, que ha sido progresivamente arrinconada durante los últimos siglos a medida que ciertas fuerzas oscuras han transformado lo que durante mucho tiempo sirvió como una guía para la vida en una tan aburrida como inútil colección de mamotretos redactados por gentes pagadas de sí mismas y aficionadas a especular sobre el sexo de los ángeles.

Como no todo está perdido (por supuesto que no, pero hay que luchar por ello si de verdad queremos conservarlo), el espíritu que late en el fondo de parte de los homo sapiens (y que lucha por liberarse de las cadenas para ayudarles a sublimarlos e ir más allá de la maquinaria) anima diversas iniciativas de interés como la que en el Reino Unido desarrolla el periodista y escritor Jules Evans, uno de los principales impulsores del llamado London Philosophy Club, y cuyo objetivo es reunir a todo tipo de personas para sentarse tranquilamente a tomar un té o un café..., y debatir sobre filosofía. Quién soy yo de verdad, qué demonios estoy haciendo aquí, cuáles son las reglas del juego y todo lo demás. No es el único que está trabajando en este aspecto: el escritor Christopher Pillips organiza actividades similares en distintos países porque, aunque cada cual sea cada cual, lo cierto es que las inquietudes de este tipo son las mismas en todo el mundo. Muchos de estos clubes nacieron en los propios Departamentos de Filosofía de las Universidades, donde algunos de sus profesionales parecen haber redescubierto la diferencia entre la filosofía antigua, basada en la sabiduría y orientada hacia la práctica, y la filosofía moderna, asentada en la charlatanería y en general completamente inútil para la vida diaria.

Evans ha publicado recientemente un ensayo titulado Philosophy for life and other dangerous situations (Filosofía para la vida y otras situaciones peligrosas) en el que recupera las aportaciones de algunos filósofos griegos, grandes deudores y a la vez divulgadores de las enseñanzas de las citadas Escuelas de Misterios. Entre ellas, los de la escuela estoica, a la que pertenece desde hace cerca de dos milenios mi profesor de Filosofía de la Universidad de Dios, el gran Epícteto. A continuación copio las principales ideas que ha extraído Evans de las enseñanzas estoicas. Estoy seguro de que todas ellas le "sonarán" a los lectores habituales de esta bitácora. Como modelo de vida resultarían mucho más fecundas y eficaces que las ideas y conceptos con las que se nos bombardea diariamente..., si fuésemos capaces de incorporarlas a nuestra existencia. O si, al menos, pudiéramos verlas reflejadas en un personaje público que nos sirviera de inspiración.

1º) Lo que nos hace sufrir no es lo que nos sucede, sino la interpretación que nosotros hacemos de lo que nos sucede (no implica adoptar una actitud fanáticamente positiva ante cualquier problema sino más bien estar dispuestos a abrir la mente para no limitarnos a nuestra interpretación habitual: ser despedido del trabajo, por ejemplo, no tiene por qué ser negativo, quizás es la motivación que necesitábamos para buscar un trabajo que verdaderamente nos gustaría hacer y que no osábamos intentar por la comodidad de mantener el puesto actual). 

2º) Debemos preguntarnos a nosotros mismos para no basar nuestros actos en opiniones inconscientes (el hombre es un ser dormido: eso lo sabían desde Sócrates a Gurdjieff, y muchos otros; es muy interesante dedicar al menos unos minutos diarios a reunirnos con nosotros mismos y preguntarnos qué queremos de verdad y qué pensamos o sentimos sobre lo que nos sucede, más allá de lo que decimos a los demás).

3º) Es imposible controlar lo que nos pasa, pero sí podemos controlar nuestra reacción (un principio directamente relacionado con el primero; es inútil e incluso infantil quejarse o preocuparse por si llueve o hace frío, por si una persona nos quiere o no, por si un pariente o amigo se muere... Sólo podemos afrontar la situación y superarla, o dejarnos arrastrar por ella).

4º) Es básico controlar nuestros hábitos (los hábitos y las rutinas acaban embridando a la persona y encaminándole en una dirección u otra; lo ideal sería no tener hábitos o poder cambiarlos a voluntad pero, si no tenemos fuerza suficiente para ello, al menos deberíamos ser capaces de forzarnos a adoptar los mejores: es un poco absurdo quejarnos de que no podemos adelgazar si no hacemos el esfuerzo de alimentarnos mejor y hacer ejercicio).

5º) La mayor recompensa es la virtud (aunque esto pueda sonar ñoño en el ambiente de permisividad y libertinaje en el que vivimos en la actualidad, es completamente cierto y cualquiera que lo practique de manera habitual puede atestiguarlo: no hay que hacer las cosas bien para a cambio de ellas poder recibir recompensas, sino porque hay que hacerlas bien.  Sin más. Vivir de esta manera permite alcanzar un bien muy difícil de hallar y que, a la postre, es uno de los más buscados por todo el mundo: la paz interior).