Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.
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viernes, 6 de abril de 2018

Falsas identidades

Conocedora del trágico destino que tendría su hijo si partía para la guerra de Troya, la ninfa Tetis decidió proteger al joven -mas ya entonces conocido por sus habilidades guerreras- Aquiles a la isla de Esciro. Allí reinaba Licomedes, amigo de Tetis, quien atendiendo a su solicitud le vistió de mujer, le dio el nombre de Pirra y le alojó en su palacio empleándole como una de las doncellas de su propia hija, la princesa Deidamía. Ni que decir tiene que Aquiles y Deidamía se entregaron el uno al otro a todo tipo de dulces actividades propias del momento en cuanto se quedaron solos, lo cual beneficiaba los planes de su madre, que confiaba en que esta relación ayudara a que su belicoso hijo se olvidara de sus ansias guerreras. Entre tanto, los aqueos buscaban como locos a su héroe porque le consideraban un guerrero imprescindible en la expedición y, después de mucho rastrearle, se enteraron de su escondite en Esciro donde parecía disimular su desbordante virilidad disfrazado de mujer. De entre todos los generales griegos, el astuto Ulises fue el encargado de marchar a la corte de Licomedes, encontrar a Aquiles y convencerle de que volviera con él para unirse a la guerra contra los troyanos. El de Ítaca cumplió en encargo gracias a una estratagema, pues se presentó en la corte del rey disfrazado de buhonero y llevando consigo dos canastas: una de ricas telas y adornos femeninos y otra con brillantes y afiladas armas. Cuando llegó al palacio de Licomedes, Deidamía y todas sus doncellas se lanzaron a la canasta de las telas para escoger las mejores y más bonitas, mientras que Pirra/Aquiles se dirigía sin dudarlo a la de las armas. Así le descubrió y así pudo dirigirse a él y convencerle de que se fuera a Troya pues, como diría el refrán, aunque la mona se vista de seda, mona se queda...

Esto es un mito. Ahora contaré una historia real. Había una vez dos hermanos gemelos, que nacieron en un parto sin problemas el 22 de agosto de 1965. Bruce y Brian Reimer llegaron al mundo en la localidad canadiense de Winnipeg y fueron, al principio, dos bebés felices. Sin embargo, con seis meses fueron diagnosticados de fimosis y se recomendó la intervención quirúrgica. Sus padres, Ron y Janet, dieron el visto bueno a la circuncisión, pero un error médico del urólogo que procedía a la operación quemó el pene de Bruce, dejándolo inservible. La familia quedó desolada por lo ocurrido, pues su hijo no podría ya llevar una vida normal. Hay que recordar que a mediados de los años sesenta la cirugía plástica no estaba ni la mitad de avanzada que hoy, cuando los especialistas pueden "remodelar" literalmente a una persona para hacerle vivir su fantasía de ser más joven de lo que es -tan cara para esas personas que basan su endeble autoestima en su aspecto físico- o para convertirle en el monstruo que desea ser -como esos especímenes desequilibrados que hemos visto en tantos reportajes de "curiosidades" y que se empeñan en adquirir una imagen a medias humana, a medias de extraterrestre, gato, lagarto o cualquier otra cosa que se les ocurra-. Los Reimer vivieron un tiempo de angustia y dolor, sin saber qué hacer...

Entonces se cruzó en su camino un médico de los que, en una novela clásica de Ciencia Ficción, reciben el apelativo de mad doctor. En las obras literarias, y también en las películas, este tipo de personajes suele ser descrito con una mirada enloquecida, cabellera despeinada y bata blanca, pero lo más importante de ellos es que dedican su vida a cualquier tipo de desquiciados experimentos con seres humanos, con el ánimo de transformarse a sí mismos en nuevos y pequeños diosecillos, dotados de poder suficiente para dominar y torcer a su gusto las leyes de la Naturaleza... En honor a la verdad, este nuevo doctor Frankenstein se presentaba con un aspecto más discreto, diría incluso que con un aire de sensato abuelito, a juzgar por algunas de las fotografías que nos han llegado de su persona, como la que ilustra este artículo. Su nombre: John Money (sic), psicólogo y sexólogo neozelandés del hospital John Hopkins de Baltimore. La familia Reimer vio una entrevista con él en televisión porque este centro hospitalario había anunciado que iba a empezar a practicar intervenciones de cambio de sexo. En las imágenes, Money aparecía acompañado de una atractiva rubia, que decía haber nacido hombre y al que él había ayudado a transformar en la mujer que siempre había querido ser. Ron y Janet dedujeron que él sería la solución para Bruce. Si su hijo no podía ser un hombre completo, al menos podría intentar ser una mujer completa.

Como suele decir Mac Namara, la gente verdaderamente importante, la que determina el curso de los tiempos, nunca es la que aparece como tal a los ojos de la sociedad en los grandes medios de comunicación e incluso en los libros de Historia. Aunque es más corriente encontrar el poder en manos de los visires que de los califas (excepto en el caso del gran visir Iznogud), el verdadero poder está incluso más alejado de las cámaras. Money es un ejemplo de ello, a determinado nivel. Si preguntamos a las personas a nuestro alrededor, seguro que la gran mayoría ni siquiera ha oído hablar de él y, sin embargo, es uno de los principales responsables del modelado social occidental contemporáneo. Doctor en psiquiatría, profesor de pediatría y psicología y con estudios de educación, fue uno de los primeros y principales defensores de la disociación entre género y sexo biológico. Su trabajo giró siempre en torno a las rarezas del sexo: las anomalías sexuales, las parafilias, la pedofilia, el hermafroditismo, la reconstrucción genital..., y la reeducación de las personas para que se "liberaran" de su condicionante biológico y "eligieran" si preferían ser hombre o mujer con independencia de si tenían pene o vagina. 

Resumiendo mucho sus teorías, progresivamente introducidas hoy incluso con calzador en todas las etapas educativas de la escuela y muy alabadas en la actualidad -a pesar de lo aberrante de algunas de ellas-, son los adultos y no la Naturaleza los que "crean" de hecho el género humano. Para eso utilizan un proceso que llamó "complementación", mediante el cual los padres "implantan" de manera "forzada" a sus hijos las respuestas y conductas que les corresponden a su propio género, sin que los niños puedan hacer nada para "resistirse" a esa "imposición". Un ejemplo clásico es el hecho de que, en una celebración, el padre baile con la hija y la madre con el hijo, porque así transmiten su "visión personal" aunque "sesgada" de cómo deben ser las cosas: que los hombres sólo pueden bailar con las mujeres y no los hombres con los hombres y las mujeres con las mujeres.

Money es el introductor de algunos términos muy conocidos de la sexología como el orgasmo seco o clímax masculino sin eyaculación (aunque el concepto como tal es tan viejo como el Tantra) o la disforia de género -el trastorno de identidad sexual, por el cual una persona se siente mujer aunque físicamente sea un hombre o viceversa-. Con su forma de pensar y sus peculiares propuestas e investigaciones, se encargó de alimentar la vieja polémica de la comunidad científica de EE.UU. sobre qué es más importante y determinante en la vida humana: lo que uno trae "de fábrica", gracias a la sangre de sus ancestros, o lo que uno adquiere "en el mercado de la vida" individualmente, gracias a su educación y formación. Aunque muchos científicos actuales -entre ellos, el propio Money- han defendido con pasión y hasta la saciedad que en el desarrollo de la persona es mucho más importante la educación que la herencia (y este mensaje ha sido trasladado y sigue siendo trasladado tan falsa como machaconamente al resto de Occidente), la propia Ciencia ha desmentido esta teoría una y otra vez. De hecho, hoy sabemos que la dictadura de la genética es absolutamente incontestable y marca nuestra existencia hasta límites que el profano no podría imaginar, mucho más allá del simple color de los ojos y el cabello o de las enfermedades que uno tiene más probabilidad de padecer a lo largo de su vida.

 Lógicamente, Money formó parte activa del llamado "movimiento de liberación sexual" en los 60 y los 70 y se convirtió en un científico de referencia para comunidades como la homosexual o la transexual, ávidas de encontrar una explicación científica a su forma diferente de vivir la sexualidad. Con ocasión de su fallecimiento en 2006, un día antes de su 85 cumpleaños, su discípulo y colega Richard Green, aquí al lado, le dedicó una necrológica muy elogiosa, en la que le lloraba "como a un padre", elogiaba su trabajo, sugería su bisexualidad y recordaba su participación en todo tipo de "liberaciones" como el consumo de droga ("En el jardín de mi apartamento en Chelsea había escondido una barra de unos tres centímetros de hachís, en algún lugar cerca del macizo de tulipanes. John y yo escarbamos por todas partes tratando de encontrarlo. No recuerdo si lo encontramos, probablemente eso quiere decir que sí."), la glorificación del sexo por el sexo ("La casa de John en Baltimore era un museo lleno de esculturas exóticas y pinturas: figuras de madera de tamaño mayor que el natural, con genitales colosales, apabullaban al visitante") y los desmadres de todo tipo ("John fue un libertino. Era un entusiasta del sexo en grupo. Las reuniones de la Sociedad para el Estudio Científico de la Sexualidad quedaban realzadas por las orgías que John organizaba por la noche y a las que asistían algunos de los lumbreras de la sexología. Fue un participante de gran talento.") que le hacen a uno cuestionarse qué es lo que le interesaba realmente a Money de su profesión.
 
Esta necrológica es muy interesante porque, viniendo de uno de uno de sus mejores amigos ("Qué afortunado haber sido su hijo adoptivo", llega a exclamar Green), ayuda a descubrir a un Money distinto al ensalzado por los partidarios de la ideología de género. Así, en lugar de un científico de mente abierta y dispuesto a explorar los lugares más recónditos del alma humana, nos encontramos con un tipo más bien intolerante ("No era receptivo a las opiniones contrarias (...) Tampoco aceptaba con elegancia las críticas a sus propios manuscritos (...) sus críticas de los artículos de otros podían ser fulminantes pero se negaba a hacer cualquier cambio, del tipo que sea, en los suyos propios") y manipulador ("Su dominio del lenguaje era magistral (...) 'identidad sexual' y 'rol de género' son términos centrales hoy en el vocabulario de los sexólogos") que no daba su brazo a torcer y estaba dispuesto a llevar hasta sus últimas consecuencias sus creencias personales, a costa de lo que fuera...

Y ahí retomamos el caso de los Reimer. Ron y Janet se presentaron en la consulta de Money para preguntarle si era verdad que la condición sexual no es innata sino que se puede asignar por capricho a través de la educación y si se podía encarrilar de este modo a la persona. El psicólogo les dijo que por supuesto: todo lo que tenían que hacer era empezar a tratar al bebé como una niña. siempre bajo su supervisión. Él se encargaría de monitorizar el proceso para que llegara a buen puerto y el niño mutilado se convirtiera en una mujer feliz y completa. Estaba ante la oportunidad de su vida para demostrar su tesis: no sólo tenía el visto bueno de unos padres desesperados por asegurar la dicha de su hijo (¡Cuánto daño puede hacer la obsesión de los padres a la hora de intentar proteger y hacer felices a sus hijos como sea, cuando la vida como tal no trata de eso!) para desarrollar un experimento a largo plazo sino que además disponía del perfecto sujeto de control para evaluar la marcha de la investigación, que no era otro que Brian, el otro gemelo.

Así que, poco antes de que cumpliera dos años, Bruce fue sometido en julio de 1967 a una castración quirúrgica que incluyó la retirada de los testículos y la reconstrucción de su aparato genital. Bruce murió y en su lugar nació Brenda. Money dio instrucciones concretas a sus padres para que la trataran como a una niña y fijó una revisión anual para controlar la marcha del experimento. Y se sintió el Frankenstein más satisfecho del mundo...

Pero no salió bien.

Bruce/Brenda se convirtió en un/una niño/niña desgraciado/desgraciada. No le gustaban los vestidos ni los adornos femeninos, rechazaba las muñecas y las combas y prefería usar los juguetes de su hermano. Se enfrentaba a las burlas constantes de sus compañeros de clase: las chicas no contaban con él/ella por considerarla una niña demasiado hombruna y los chicos tampoco la querían en sus juegos -aunque suspiraba por participar en ellos- porque estaban en esa edad en la que todavía no querían relacionarse con niñas. Pese a carecer de pene, se negaba a sentarse en la taza del retrete y prefería orinar de pie. Se quejaba a su padre de que no podría afeitarse en el futuro como sí lo haría Brian... Las reticencias a aceptar el sexo femenino expresadas por él/ella y por los padres durante las reuniones con Money no fueron tenidas en cuenta por éste, que insistía en que eran normales y desaparecerían con el tiempo. Cuando Bruce/Brenda cumplió 9 años, Money anunció que la experiencia estaba siendo un éxito y todo su gremio le aplaudió, le dio palmaditas en la espalda y empezó a tratarle como si fuera un verdadero genio: el tipo que revolucionó la sexología. Yendo un paso más allá, escribió un libro titulado Man & Woman. Boy & Girl (Hombre y mujer. Niño y niña) en el que defendía su teoría de la "neutralidad del género" a partir de esta experiencia..., pero falsificando los resultados porque no incluyó las experiencias reales de Ron, Janet y Brian con Bruce/Brenda y, en su lugar, se inventó otras que sirvieran para defender sus ideas. Este texto terminó de consagrarle como gran experto en sexo.

Como todo lo que va mal es susceptible de ir peor, la tortura de Bruce/Brenda se incrementó con la llegada de la adolescencia, quizá la etapa más crítica de la vida. Empezó a sufrir profundas depresiones e incluso intentó suicidarse. Alarmados, sus padres le contaron la verdad y ello supuso un shock para su hijo/hija. No obstante, recuperó cierta alegría porque ahora sabía por qué había sido tan desgraciado/desgraciada durante toda su vida y expresó su deseo ferviente de volver a ser un chico aunque fuera con un pene destrozado. Sin embargo, ya no sería Bruce, sino David, en honor al mítico pastor que logró derrotar al guerrero gigante Goliat. Con su nuevo nombre, sería como empezar una nueva vida, lejos de aquella pesadilla. Se sometió a más intervenciones quirúrgicas -dos faloplastias, para reconstruir su pene perdido, y una mastectomía, para quitarse los pechos, que habían ido creciendo gracias a altas y periódicas dosis de estrógenos- y recibió inyecciones de testosterona para ayudarle a masculinizarse.

Bruce/Brenda/David se negó a volver a la consulta de Money y éste, discretamente, dejó de publicar sobre el caso y se centró en otros para no admitir su fracaso. No obstante, el creciente número de seguidores del psicólogo que tuvieron noticia de lo ocurrido, se lo tomaron como una confirmación de sus teorías, que demostraban cómo el sexo era una simple cuestión de elección. El/la sujeto de experimentación primero había sido un niño, luego una niña y ahora otra vez un niño. Y no pasaba nada.

En realidad, sí pasó. Aunque Bruce/Brenda/David logró vivir unos años más tranquilos, el trauma sufrido había devastado su alma y nunca logró la paz consigo mismo. Ni siquiera un mínimo de equilibrio interno. En busca de la normalidad que le había sido negada durante toda su vida y dado que no podía tener hijos, se casó con sólo 23 años de edad con su novia, una mujer que ya era madre de tres niños.  Mientras, su familia original también pagó un alto precio víctima de la culpabilidad por lo ocurrido: Ron se convirtió en alcohólico; Janet, en depresiva crónica y Brian terminó abandonando sus estudios y, tras varios intentos fallidos, se suicidó con una sobredosis de antidepresivos.

Money no dijo una palabra sobre todo esto. De hecho, mantuvo oculto el caso mientras seguía dando charlas y escribiendo libros sobre sus teorías hasta que, en 1997, Bruce/Brenda/David contó su caso a otro médico experto en sexología: el doctor Milton Diamond, de la Universidad de Hawai. Escandalizado por lo ocurrido, éste le convenció para que lo contara en público y ayudara así a que ningún otro niño volviera a verse en una situación tan terrible como la que él había sufrido. El periodista John Colapinto fue el encargado de darlo a conocer con una publicación en la revista Rolling Stone, aunque después escribiría todo un libro sobre ello: As Nature made him: the boy who was raised as a girl (Como la Naturaleza lo hizo: el niño que creció como una niña) y compartió los beneficios obtenidos con el protagonista de la historia, que carecía de un trabajo estable. Diamond dijo entonces algo muy lógico y es que si la combinación de tanto esfuerzo médico, quirúrgico y social (psicológico) no tuvieron éxito ninguno en el hecho de que aquel niños aceptara sin más una identidad de género femenino, "tal vez tengamos que pensar que hay algo importante en la constitución biológica del individuo" que es mucho más decisivo a la hora de determinar la sexualidad. 

El final de esta historia no es nada alegre. Bruce/Brenda/David estaba tan desquiciado a estas alturas que, cuando a primeros de mayo de 2004 su esposa le anunció que deseaba separarse de él, no lo soportó. Se marchó de casa y se voló la cabeza con una escopeta recortada dentro de su propio coche. Ron Reimer, destrozado por la culpa, también se suicidó cuando se enteró de lo ocurrido...

 ¿Y qué pasó con John Money? Nada. Murió, víctima de la demencia senil, en 2006 pero rodeado del cariño y el respeto de las gentes de su profesión. Jamás se retractó ni rectificó públicamente. No ya por destruir una familia y contribuir aun indirectamente al fallecimiento por suicido de tres de sus miembros -vía desequilibrio mental- sino por el fracaso absoluto de una investigación que echa completamente por tierra las teorías sobre el constructo social del sexo (a las personas interesadas, les sugeriría que rastrearan otros casos parecidos -incluido alguno español- que se han publicado con sordina en los últimos años y que, si bien no han resultado ser tan dramáticos -por el número de muertes- también han destrozado la vida de los implicados). Es más, el estudio de Money, por increíble que parezca, sigue siendo citado como una prueba de éxito de que es posible cambiar de género alegremente y es utilizado sin pudor alguno por los grupos interesados en la ideología de género y el feminismo radical. La biografía de este mad doctor recoge unas 2.000 publicaciones de todo tipo, además de la recepción de 65 premios y reconocimientos públicos. Ni uno solo de ellos le fue retirado cuando se hizo público lo sucedido con los Reimer. Y lo peor es que las ideas de Money (y de otros popes de la ingeniería social tan siniestros como él, de los que ya hablaremos en otra ocasión y cuyo objetivo último parece pasar por destruir definitivamente el concepto de familia como base de la sociedad humana) continúan alimentando auténticas barbaridades como la absurda lista publicada hace año y medio por la denominada comisión de derechos humanos de Nueva York, según la cual si uno es hombre o mujer es porque quiere, ya que "existen" nada menos que 31 géneros o identidades sexuales.

Según las conclusiones de esa comisión, uno puede escoger a la carta las opciones más extravagantes. Por ejemplo, puede ser andrógino (reunir ambos sexos en el mismo individuo) pero también dos espíritus (que parece lo mismo pero no lo es, porque define a la persona que encarna atributos masculinos y femeninos aunque tiene géneros distintos a sus roles y viste con una mezcla masculina y femenina), pangénero (tener muchas identidades de género a la vez) o género fluido (que cambia de género según le apetezca). También está el transgénero no binario (persona que ha cambiado de género pero que no se identifica con ninguno) o transpersona (que define a una "comunidad diversa" de gente cuya identidad de género es distinta de la "asignada" durante su nacimiento. Está, por supuesto, el sin género (que no se identifica con ningún género, lo que imagino que le causará problemas al tener qué escoger una puerta concreta en un cuarto de baño público) que, aunque no lo parezca, es distinto del tercer sexo (el que no se define como masculino ni como femenino ni como sin género..., a estas alturas ya me he perdido). El caos mental de los miembros de esta comisión es capaz de aplicar la teoría de la evolución a conocidas parafilias para transformarlas también en identidades de género en sí mismas, como en el caso del cross dresser (la persona que se viste con prendas de sexo opuesto en momentos determinados) o la drag queen (hombre que se viste y actúa como mujer). Pero aún no está todo perdido: la lista reconoce la existencia de mujer (aunque aparece en el número 18 de la lista), a la que reconoce como persona de sexo femenino, y hombre (en el 19) o persona de sexo masculino. Menos mal, pensaba que me había convertido en el protagonista de Soy leyenda... Por cierto, la comisión advierte de que si una empresa no respeta alguna de esas identidades sexuales de sus trabajadores, puede ser sancionada con una multa de un millón de dólares. 

Aún hay algo más surrealista. Por las mismas fechas que esta comisión hacía pública su delirante lista, un abogado tailandés, Vitit Muntarbhorn, anunciaba, a sus 64 años de edad, que los sexos masculino y femenino están "ampliamente superados" porque según su opinión en realidad existen ¡¡¡112 géneros!!! Que un señor asiático desbarre en público no tendría mayor importancia e incluso podría ser un espectáculo divertido si no fuera porque Muntarbhorn ostenta el cargo de Defensor Global LGBT en la ONU (la verdad es que la Organización de las Naciones Unidas es una institución cada vez más desprestigiada, por su obvia inutilidad a la hora de frenar ciertos conflictos bélicos y por los sucesivos escándalos y corrupciones en los que se ha visto implicada una tras otra de las agencias que la forman). Desde luego, si yo fuera homosexual, bisexual o transexual, me pensaría muy mucho si estoy bien representado por un tipo que defiende la existencia de cosas como el ansi-género (definido por la ansiedad y el estrés de las personas que viven en las grandes ciudades) o el color-género (personas de género rosa, azul, amarillo o blanco..., no sé por qué no hay más colores).

Lo peor de todo este cosmos de confusión sexual es que está afectando directamente a la parte más débil de nuestra sociedad: los niños (y las niñas), entre el silencio de los acobardados y la presión de los cómplices (me insiste Mac Namara en que todo esto tiene mucho que ver con los planes de los Amos para su ganado humano, pero tampoco me ha explicado mucho más). Muchos chavales occidentales están creciendo hoy día bombardeados por mensajes caóticos que no les van a servir precisamente para ayudarles a orientarse en la vida sino más bien al contrario. La educación siempre ha sido el mejor arma para controlar a largo plazo a una población y tenemos muchísimos ejemplos históricos de ello, algunos muy recientes. El mundo del mañana será, me temo, aún más desastroso que el de hoy..., pero es lo que suele suceder siempre con la ley de la entropía.





viernes, 24 de noviembre de 2017

El riesgo de las mentiras

Mi tutor en la Universidad de Dios, el Gran Thoth, es uno de los tipos más sabios que he conocido (tal vez sea el más sabio de todos..., y mira que he conocido gente). Esta noche he estado con él un rato largo y la verdad es que tiene una capacidad extraordinaria para enseñar porque combina sus increíbles conocimientos con el buen humor y un trato siempre agradable. No le veo mucho, la verdad, porque está muy ocupado con multitud de proyectos personales, por no citar a los otros alumnos: ¡qué más quisiera yo que ser el único que disfruta de sus excepcionales tutorías! Por eso, cuando tengo la oportunidad de escucharle abro lo más posible mis oídos, mis ojos, mi cerebro y hasta los poros de mi piel, porque sus consejos y reflexiones son oro. 

Una de las sentencias más antiguas que recuerdo haberle oído entre todas las que llevo acumuladas en los años que he dedicado a cursar la carrera de Dios, me llamó especialmente la atención la primera vez que la dijo. Entonces, creo que incluso la descalifiqué dentro de mí porque no me parecía muy realista, pero el tiempo me ha demostrado qué equivocado estaba yo y cuánta razón tenía él. Me dijo: "cuanto más grande y más increíble sea la mentira que le cuentes a los 'homo sapiens', más dispuestos estarán a creerte".

En un primer momento, pensé que me estaba tomando el pelo y, en un segundo momento, que estaba empezando a chochear por culpa de la edad (si yo soy inmortal, no me quiero imaginar los eones que habrá visto pasar el Gran Thoth a lo largo de su existencia), pero no: ni una cosa ni otra. Mi tutor tenía toda la razón y prácticamente a diario lo confirmo en el mundo en el que vivimos, donde las fuerzas que aparentemente lo gobiernan nos presentan una descripción de la realidad que diverge (a menudo incluso está invertida por completo) respecto a lo que está sucediendo de verdad. Y esto uno sólo puede comprobarlo cuando tiene acceso a ciertos canales alternativos de información, inaccesibles para la mayoría de la población. 

 Estamos rodeados de mentiras de todos los tamaños: pequeñas (de ésas que, según creen los ingenuos, "no duelen" ni son importantes por su carácter "piadoso" -¿a qué alma retorcida se le habrá ocurrido por primera vez emplear semejante adjetivo para describir una mentira?-), de tamaño intermedio (son de distintos calibres, desde las "justificadas" hasta las "especiales" o las  habituales del día a día) o simplemente inmensas (éstas son las que emplean de manera indiscriminada los dirigentes políticos, económicos, sociales o religiosos de todos los países -por no mencionar a los Amos...-).

En mi opinión, las peores entre todas ellas, ya que son las más peligrosas, son las mentiras diarias: ésas que hemos ido incorporando de forma sistemática a nuestra vida con distintas excusas. El abanico es amplio. Entre las más conocidas, tenemos algunas clásicas como el "voy ahora mismo" que le decimos a quien requiere nuestra presencia por algún motivo (y que usamos como una especie de comodín para ganar tiempo porque, en lugar de ir como hemos anunciado, continuamos inmersos en otra actividad que nos interesa más -¿no hubiera sido más sencillo contestar que en ese momento estamos ocupados?-). O, también, el "todo me va fenomenal" (que nos sirve de cobertura para no explicar los problemas en los que andamos metidos, por temor a que nos juzguen -aunque a nosotros nos encanta juzgar-). O el "no sé por qué me pasa esto precisamente a mí" (a pesar de que, si hay algo cierto, es que absolutamente todo lo que nos sucede es el efecto de una causa que pusimos en movimiento en algún momento..., aunque ese momento haya sido hace tanto tiempo y en lugar tan lejano que, cuando por fin se manifiesta su efecto, seamos incapaces de relacionar ambos puntos).

Ya oigo algunas protestas diciendo: "qué barbaridad, no es para tanto..., igual las grandes mentiras de los líderes políticos o económicos sí son peligrosas, pero esas otras mentirijillas que estás comentando son tonterías, no tienen mayor efecto". Y ahí está precisamente la amenaza. Cualquiera de nosotros se pondría en guardia si de repente entrara un león en el salón de su casa, aunque ese animal no le haría absolutamente nada si no tiene hambre y nadie le molesta, pero ¿y si fuera un mosquito? ¿Un simple, diminuto y tonto mosquito..., portador de una enfermedad mortal de la cual nos infectará en cuanto tenga oportunidad de posarse sobre nuestra piel y chuparnos la sangre?

El peligro de esas mentiras en apariencia inocentes radica en que, de tanto repetirlas, terminamos por mecanizarlas y al final las asumimos como si fueran realidades, aunque sepamos que no lo son. Con todo lo que eso significa. Ya no estamos hablando de engañar a otras personas sino del autoengaño respecto a nosotros mismos. Así, dibujamos un mapa de algo que no existe sabiendo que aquella información es falsa..., y luego pretendemos guiarnos por ese mapa como si fuera fiable. Como es lógico, a la primera oportunidad acabamos despeñándonos, porque lo que aparece allí representado poco o nada tiene que ver con el territorio real. El Gran Thoth también me habló de eso: "la verdad pertenece al mundo de la realidad mientras que la mentira es del de la fantasía; ambas son excluyentes entre sí por lo que, donde una reina, la otra no existe". 

Y así sucede que, mientras más espacio de nuestra existencia dediquemos a la mentira, más tiempo pasaremos en el mundo de fantasía, de lo inexistente..., motivo por el cual nuestros proyectos tendrán menos posibilidad de realizarse, nuestras relaciones tendrán más oportunidades de irse a pique y nuestra vida será progresivamente menos valiosa. De pronto, nos encontraremos con que tenemos ya 70 u 80 años de edad, nuestro tiempo se acaba y, si alguien nos pregunta por curiosidad, sólo podemos mostrarle una existencia estúpida a nuestras espaldas, con la intensa sensación de que nada ha valido la pena, que somos unos fracasados y que igual hubiera dado nacer o no (a continuación llegan los listillos a vendernos que todo fue culpa de una ideología política o religiosa o económica o..., en lugar de culpa nuestra; pero ésa es otra historia).

Me parece que en alguna parte de esta bitácora escribí en cierta ocasión acerca de una persona que tuvo poder (laboral) sobre mí durante años y me hizo la vida un poco imposible. Es uno de los casos prácticos más impresionantes que conozco en relación con todo esto. Contaré el final de la historia, porque ahora ya la conozco. Retomando el asunto, estamos hablando de un individuo profundamente mentiroso, capaz de jurarte algo por lo más sagrado en una reunión personal y, diez minutos más tarde, en otra reunión distinta y con otras personas delante, jurar justo lo contrario, sin inmutarse lo más mínimo. Algo que no tendría demasiada importancia si se tratara de sus cosas personales, pero que la tenía, y mucha, puea actuaba igual para todo el trabajo diario desarrollado bajo su mando en plaza. La mentira era su forma de ocultar su incompetencia y otros defectos personales que protegía a toda costa para salvaguardar su posición social y laboral. Le funcionó durante muchos años pero, con el tiempo, se volvió en su contra por residir preferentemente en su mundo de la fantasía antes que en el de la realidad. 

Al principio, su incoherencia me descolocó por completo: siempre había pensado que uno puede llevarse bien o mal con su jefe pero ¿bien/mal a la vez? Sobre todo, cuando te has mostrado leal a esa persona y has sacrificado tiempo, esfuerzo y tantas otras cosas por apoyarle..., y luego en lugar de agradecértelo te apuñala repetidas veces por la espalda mientras te jura y te perjura que no es su mano la que está clavando el cuchillo, aunque tú la veas pegada a su brazo. Así que no tardé mucho tiempo en dejarme llevar por la rabia, por la forma en la que trataba tan mal a todo el mundo (y no sólo a mí, lo que por cierto fue una sorpresa para mi propio egocentrismo). Mentía una y otra vez, sin ningún decoro, con total impunidad y muy poca vergüenza, sin importarle los perjuicios que nos causaba y sin temer las consecuencias de sus actos, entre otras cosas porque se apoyaba en ciertos poderosos padrinos

Al fin, comprendí que él mismo no era consciente de lo que estaba haciendo (con los demás, pero también consigo mismo) porque las mentiras que contaba  también se las inyectaba en su propio cerebro. Y lo hacía con tanta fuerza para disimular su postura delante de otras personas que al final terminaba por creérselas. También entendí que su presencia malsana en mi vida se debía a que estaba actuando como mi pinche tirano, que diría don Juan Matus (a estas alturas de la película no voy a explicar qué significa pinche tirano: el que no se haya leído los libros de Castaneda, que son de Primer Curso de la Universidad de Dios, ya puede empezar a recuperar el tiempo perdido). En esas circunstancias, la única solución fue cambiar de aires.

Eso hice, aunque resultó un poco más complicado de lo previsto. Una vez fuera del alcance de las garras de este peculiar personaje, los dioses me permitieron seguir estudiando sus evoluciones. Vi con todo detalle, pero ahora ya desde fuera de la jaula de las fieras, cómo seguía comportándose igual y haciendo la vida imposible a mis antiguos compañeros. Lo hizo hasta el último de sus días. Como espectador en lugar de víctima, pude apreciar con claridad el proceso completo por el cual
este tipo se hundía cada vez más profundamente en su nebuloso universo paralelo, donde los asideros reales brillaban por su ausencia porque nada era tan real como él pretendía. Era como ese Hitler de El Hundimiento de Olivier Hirchsbiegel, en la famosa escena final del búnker tantas veces parodiada en redes sociales, donde pretende utilizar unas divisiones que ya no existen más que sobre un mapa engañoso. Observé cómo, al mismo tiempo que perjudicaba a otros, se dañaba a sí mismo hasta tal punto que su existencia fue deshilachándose y depreciándose. Al final, vivía sumergido en un auténtico Hades construido a su medida en el que todo le salía mal: desprestigiado profesionalmente, fracasado en lo familiar, abandonado por sus amistades sentimentales... De pronto, todas las causas que había ido sembrando a lo largo de su vida le presentaron al cobro los correspondientes efectos y se vio desbordado. Lo pasó tan mal que la mayor parte de la rabia que sentía hacia él se transmutó en compasión. 

En su debacle, un día desapareció. Se jubiló y se marchó de la empresa, de mala manera. No se despidió de mí (lo que por cierto agradecí). No he vuelto a verle ni deseo volver a hacerlo, aunque hoy puedo decir que espero sinceramente que en el tiempo que le quede de vida -si sigue vivo- despierte un poco, al menos lo suficiente para darse cuenta de lo que ha hecho consigo mismo. Tal vez así tenga la oportunidad de intentar compensar su errática existencia de elefante en una tienda de porcelanas. No creo que pueda arreglar toda la loza que rompió, pero podría tomar conciencia de ello y hacerse el correspondiente propósito de enmienda. Y empezar a reducir su deuda cuanto antes. Por su propio bien.

En definitivas cuentas, creo que nadie, nunca, de ninguna otra forma, podría haberme explicado más ni mejor los efectos terribles que la mentira puede llegar a tener sobre el homo sapiens, cómo puede destruirle poco a poco, desde dentro de sí mismo y, lo peor, sin que éste se dé cuenta de lo que le está pasando. No es sólo una cuestión de ética o de moral, aun siendo éste uno de los aspectos más importantes de la reflexión, sino de salud, simplemente.

 Adquirí un temor reverencial contra la mentira, una creciente inquietud por descubrirla no ya alrededor de mi persona sino en mi propio interior, para poder librarme de ella cuanto antes y no correr nunca el riesgo de padecer el proceso de autodestrucción de mi antiguo torturador. Comprendí otras cosas sobre la marcha: por ejemplo, por qué uno de los principales títulos del Diablo es el de Príncipe de las Mentiras o por qué los héroes de las leyendas de la Antigüedad o los caballeros del rey Arturo eran incapaces de mentir, pues conocían el riesgo de ser destruidos. Y qué decir del Demiurgo, ese monstruo que rige el mundo haciéndose pasar por divinidad creadora y bondadosa, cuando su máximo poder, como bien sabían los antiguos gnósticos, consiste no en crear sino en imitar la creación, en engañarnos y mentirnos para poder sojuzgarnos mejor.

Y, una vez más, vino a mi mente la vital importancia de aquella imborrable frase del templo de Apolo en Delfos: γνῶθι σεαυτόν (gnóthi seautón, en griego antiguo). O, lo que es lo mismo, Conócete a ti mismo.














viernes, 26 de mayo de 2017

...sueños son

Mac Namara suele decir que, si a día de hoy los Amos están gastando descomunales cantidades de dinero en algún tipo de investigación específica, lo están haciendo en todo lo que tiene que ver con el cerebro: cómo funciona exactamente, cuáles son sus verdaderas posibilidades y cómo se puede curar o deteriorar a voluntad de terceros. Además, por supuesto, de cuál es la mejor forma de manipularlo desde el exterior para que su poseedor físico tienda a..., digamos, "aceptar sugerencias". Mi gato conspiranoico defiende la idea de que esa gente está obsesionada con el control en todas sus formas y que, de hecho, la actual sociedad (donde cada vez hay mayor número de prohibiciones y regulaciones hasta para las actividades más exóticas) no deja de ser más que un reflejo de su enfermiza mentalidad, que no sólo aborrece sino que tiene pánico -literalmente- a las personas conscientes, libres y por tanto impredecibles. Estas personas no se rinden fácilmente al fabuloso decorado en medio del cual vivimos, no siguen modas ni se apuntan por inercia a cualquier tipo de pensamiento o creencia cuya definición termine con el sufijo -ismo, no están en lo profundo anclados a lo material... En definitiva, no son útiles como esclavos e incluso pueden resultar una amenaza porque su ejemplo puede terminar inspirando a los que sí padecen los grilletes para que cambien de vida.

No sé si será por eso por lo que cada día veo más noticias sobre el cerebro en los medios de comunicación, tanto en los "serios" como en los alternativos. La mayoría de ellas son, de verdad, muy interesantes, aunque no obtengan mucho eco social porque el consumidor habitual de información está más preocupado por la última tontería que ha dicho el político de turno, con quién se ha acostado el famosete de la tele o quién metió el gol en la final. Pero aquí está esta bitácora, siempre al servicio de las selectas minorías que se citan con nosotros cada viernes, para recoger varias de esas cosas que se han publicado en los últimos tiempos y que, por cierto, en algún caso corroboran desde el punto de vista científico ciertas enseñanzas antes reservadas a las antiguas Escuelas de Misterios. Ideas que en consecuencia no habían sido previamente divulgadas al gran público o, si lo fueron, se tergiversaron y deterioraron con rapidez al desembocar en el conocimiento vulgar...

Por comenzar con una autocita -ya le mencioné brevemente a él y a su libro hace pocos meses- el catedrático de Psicobiología del Instituto de Neurociencias de la Universidad Autónoma de Barcelona Ignacio Morado publicó hace un par de años su libro La fábrica de las ilusiones. Durante su promoción aprovechó para hablar sobre cómo funciona el cerebro, de acuerdo con su experiencia como profesional. Quizá lo más interesante que leí en una entrevista que le hicieron entonces fue cuando reconoció que lo que más le había sorprendido de sus investigaciones es que "nada de lo que hay aquí está realmente fuera, todo son ilusiones que crea nuestro cerebro", es decir, que el cerebro inventa literalmente el mundo utilizando "moléculas que crean ilusiones", aunque se trata de "una ilusión práctica, que funciona, que me permite adaptarme al mundo". Morgado precisaba que su definición de ilusión hacía referencia "a todo lo que hay en la mente y no tiene un correlato con la realidad" y lo relacionaba con el tacto, "una ilusión muy práctica" pues "lo notamos en la mano y nos permite alargarla para coger objetos" pero "es el cerebro el que siente", como ha demostrado el hecho de que hay personas que con un brazo amputado siguen notando el tacto de una mano que ya no tienen. Como en este caso, "casi todo el cerebro funciona a partir de ilusiones prácticas".

Sólo estas declaraciones dan para pensar, y mucho, acerca de la "realidad" de cuanto tenemos a nuestro alrededor (y por eso las repito) pues, como escribiera hace unos cuantos siglos mi tocayo don Pedro Calderón de la Barca, uno de esos iniciados secretos que consiguió "colarse" en las listas de autores populares de todos los tiempos, "...sueña el rey que es rey y vive con este engaño mandando, disponiendo y gobernando (...) sueña el rico en su riqueza, que más cuidados le ofrece; sueña el pobre que padece su miseria y su pobreza (...) sueña el que agravia y ofende (...) todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende. Yo sueño que estoy aquí, destas cadenas cargado, y soñé que en otro estado más lisonjero me vi. (...) que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son..."  

Antes de Morado  no obstante, tuvimos ocasión de leer otra entrevista con el investigador mexicano Ranulfo Romo, del Instituto de Fisiología Celular de la Universidad Autónoma de México, quien asumía que "probablemente tomar una decisión es el mecanismo cumbre de nuestro cerebro" y que "absolutamente todo lo que hacemos a diario son decisiones; por ejemplo, cuando tecleamos en el ordenador, el cerebro está tomando decisiones muy rápidas para escribir lo más relevante". Ahora bien, ¿quién toma esas decisiones? ¿Quién manda en el "mecanismo cumbre"? Mucha atención a su respuesta: "es una ilusión creer que somos dueños de nosotros mismos y que tenemos control en la toma de decisiones" porque quien lo hace realmente "son los circuitos neuronales que, en su trabajo por detrás del nivel, de conciencia, hacen estas operaciones y finalmente mandan una decisión para que creamos que la hemos tomado nosotros".  La demoledora consecuencia de todo esto: "es probable que no seamos otra cosa que títeres de nuestras neuronas".

Esto es importantísimo, vital, para conocer cuál debe ser el trabajo personal de cada uno: recuperarse a sí mismo. No hay nada más importante puesto que nada de lo que hagamos en este mundo, por importante o terrible o maravilloso o influyente o fascinante que parezca a primera vista tendrá valor alguno si no surge de nuestro interior, si no somos nosotros mismos quienes lo estamos haciendo y no otros, a quienes desconocemos y que nos emplean como robots, forzándonos a actuar así a través de los mandatos insertos en nuestras neuronas. Para ello, es preciso previamente conquistarse y, antes aún, autodescubrirse. Gnóthi seautón, decían los sabios de Delfos, con razón: Conócete a ti mismo.

No sólo en Delfos se ha repetido esto -y otras claves de la vida- hasta la saciedad. En todas las épocas, en todos los lugares del mundo, ha existido siempre una tradición disimulada en forma de cuentos, de leyendas, de tradiciones, de costumbres, que ha contado lo importante de forma más o menos encubierta. Incluso de la forma más insospechada. Por ejemplo, la  simplona crítica actual, tan acostumbrada -como la inmensa mayoría de los críticos de cualquier época- a mirarse su propio ombligo, ha desdeñado grandes obras de la Ciencia Ficción como Amos de títeres de Robert Heinlein o La invasión de los ladrones de cuerpos de Jack Finney al considerar que estas novelas que describen una invasión alienígena silenciosa en la que resulta casi imposible para los protagonistas diferenciar un ser humano normal de otro "invadido" y al servicio de los extraterrestres no son más que insidiosas metáforas del macarthismo. Sin embargo, cuando los especialistas en el cerebro nos dicen cosas como las que hemos recordado unos párrafos más arriba,  ¿no es lícito plantearse si estos autores "de entretenimiento" tal vez estaban diciéndonos algo más?

Romo reconocía en la misma entrevista que "es cierto que hay un tiempo muy corto donde interviene la conciencia (en el mecanismo cerebral) y se puede vetar la decisión" autónoma de las neuronas, pero este tiempo no sólo es mínimo sino que, además, está condicionado por factores como los sistemas de educación familiar, que "intervienen mucho". Léase: la instalación de mecanismos sociales automáticos. Además, hay que contar con la interferencia de las emociones. Y el remate: "hasta un gusano como 'Caenorhabditis elegans' tiene que tomar decisiones y nos parecemos a él en que son categóricas" como las humanas. De hecho, la diferencia entre lo que hace el gusano y el homo sapiens es que "yo puedo posponer mis decisiones y no estoy seguro de que el gusano pueda hacerlo". Y poco más. 

Romo hacía referencia también al inapelable resultado de un experimento de Benjamin Libet, quien pidió a sus sujetos de experimentación que hicieran un movimiento, el que quisieran y cuando quisieran, mientras él registraba su actividad cerebral. Lo que descubrió es que, 300 milisegundos antes de que los sujetos hicieran el movimiento físico que habían planeado, las neuronas ya estaban activadas. Es decir: "todo movimiento voluntario es involuntariamente iniciado y todo acto conscientemente iniciado es inconscientemente iniciado". A pesar de la evidencia, Romo quería creer que "existe la posibilidad de que tengamos una franja de tiempo muy corto donde podemos juzgar ese deseo, esa intencionalidad y dejarla pasar, bloquearla, vetarla o modularla". Sólo hay una forma de intervenir, dirían los sabios antiguos: el desarrollo de la conciencia para tomar control progresivamente sobre esa oportunidad temporal.

Y ahora viene una tercera entrevista con otra revelación espectacular. Álvaro Pascual-Leone, otro neurocientífico español esta vez con laboratorio en la Universidad de Harvard, demostró que imaginar una actividad "induce cambios cerebrales que en algunos aspectos son idénticos a los que ocurren al hacerlo". Es decir, imaginar que uno va a hacer algo no es igual que hacerlo, pero se le aproxima mucho (tal vez algún día sea exactamente igual una cosa que otra, si es que la imaginación es capaz de replicar al 100 por 100 el hecho). Por eso las visualizaciones antes de la práctica real de cualquier actividad mejoran el rendimiento final. Pascual-Leone lo confirmó llevando a la práctica una hipótesis de Santiago Ramón y Cajal, quien creía que si un pianista se ejercitaba con la imaginación, sus movimientos serían más ágiles después. Así que decidió emplear a dos grupos de personas que nunca habían estudiado piano. Les indicó qué dedos debían mover para interpretar una secuencia de notas mientras las escuchaban y un grupo practicó sobre el teclado mientras el otro lo hacía sólo en la imaginación. Tras cinco días de entrenamiento, todos habían aprendido a tocar la melodía y mostraban los mismos cambios cerebrales..., hubieran tocado o no el piano de manera física. 

La diferencia entre la imaginación y lo real, según este especialista es que, sólo en el segundo caso, recibes "feedback" del entorno respecto a lo que has hecho y eso también cambia tu cerebro. Para Pascual-Leone, entrenarse para llevar a cabo visualizaciones es efectivo, especialmente si se hace "justo antes de ejecutar la tarea y esto es útil", si bien advierte de que lo que se aprende deprisa no se graba permanentemente en el cerebro.

Un momento... ¿Dónde hemos visto antes esta relación/confusión entre imaginación y realidad? En efecto: en los espectáculos de hipnosis, cuando una persona cae en manos del mentalista de turno y pierde toda referencia con el mundo real para pasar a vivir en el mundo de la imaginación. Es su imaginación, pero el dios que rige ese mundo es el hipnotizador, que puede por ello manejarle a voluntad ordenando que tiemble de frío porque le hace creer que está en el Ártico aunque el espectáculo se desarrolle en el mes de agosto en Senegal. Pero eso sólo sucede en los casos de hipnosis..., alegarán los más ingenuos. Sí, naturalmente, mas ¿quien puede garantizarnos que ahora mismo no estamos hipnotizados y no lo sabemos? La persona en poder del mentalista tampoco lo sabe: lo olvidó en cuanto cayó en su poder. Y si aún hay quien protesta diciendo que sería perfectamente capaz de reconocer cuándo ha sido hipnotizado y cuándo no, le sugiero que piense en su descanso nocturno. Es decir, cuando uno se va a dormir, ¿acaso es capaz de mantener la conciencia y darse cuenta del momento exacto en el que cae en el mundo de los sueños? ¿Acaso no tiene que esperar a despertar para descubrir que estaba soñando? Será interesante descubrir lo que sucede cuando despertemos de lo que parece ser la vida. Sólo es cuestión de esperar para saberlo a ciencia cierta, porque nuestro reloj despertador se llama Muerte y nos espera a todos y cada uno.

Otro ejemplo de cómo funciona la confusión entre lo real y lo imaginado es la pornografía; por cierto, una de las mayores lacras sociales de la democracia, que a menudo aparece vinculada en los medios de comunicación con la trata de blancas y la esclavitud sexual, entre otros delitos. Para un observador poco informado, que no se haya tomado la molestia de estudiar la siniestra profundidad de este tema (y que daría pie para una larga serie de artículos monográficos), podría resultar hasta chocante el hecho de que tantas instituciones políticas y sociales que suelen hacer gala de su supuesto feminismo nunca alcen la voz contra la abundancia, gratuidad y facilidad con la que se puede encontrar en la actualidad en Internet todo tipo de imágenes degradantes de la mujer -y también del hombre, pero en menor cantidad-. Imágenes que sirven de "inspiración" a tantas bestias provistas con el aspecto físico de seres humanos que cada día agreden, violan, e incluso asesinan a lo que para ellos no son más que "muñecas" de usar y tirar. Bien, pues la base de la pornografía no es más que un acto de sustitución de la realidad por la imaginación. El usuario no puede satisfacer su deseo sexual con las mujeres que ve en las fotos o en las películas (y probablemente no puede hacerlo con mujeres en general, por distintos motivos) así que se satisface a sí mismo imaginando que está haciéndolo con esas mujeres. Pero el orgasmo que experimenta ¿no es similar al que sentiría si estuviera con una de ellas?

En algunos centros médicos y de investigación existen unos recipientes acristalados para manejar sustancias o intervenir en condiciones de aislamiento. El especialista introduce sus manos en sendos guantes proyectados al interior de estos peculiares receptáculos mientras procede a la manipulación desde fuera. Nuestra vida es un poco así: buscamos la solución, la explicación a nuestra existencia, como si de pronto los dedos cobraran vida y se engañaran a sí mismos con la idea de que deben romper los guantes y escapar así de ellos. Pero no pueden: los guantes son más fuertes. Y aún si consiguieran rasgarlos, lo único que conseguirían sería encerrarse aún más dentro del recipiente de cristal. En lugar de eso, lo que hay que hacer es sacar las manos de los guantes. La salida está dentro.

viernes, 17 de marzo de 2017

Haz bien...

Eso de que vivimos en el mundo de las postverdades y las fake news y que ya no podemos fiarnos de nadie no es exactamente cierto. Es decir, sí..., pero no es que haya pasado en nuestra época contemporánea sino que ha sido así siempre. Llevamos toda la vida -o sea, toda la Historia- viviendo y actuando en un mundo de mentira, hábilmente disfrazado para parecer como si fuera de verdad. Pensamos que las cosas son de una manera y creemos que han sucedido como nos las cuentan, pero si uno se toma la molestia de comprobarlo por sí mismo termina descubriendo -y más pronto que tarde- que en realidad esas cosas son de otra manera muy diferente y que mucho de lo que nos han contado pasó exactamente al revés. El show de Truman es la película que conviene recordar en este caso. Con el tiempo, se acaba descubriendo que ni siquiera uno mismo es quien toda la vida ha pensado ser. Ése es el grado de inflexión definitivo para los discípulos aventajados en la conspiranoia, como mi gato Mac Namara sin ir más lejos. Y, en ese momento, una de dos: o tu cabeza explosiona y tu vida sale disparada como un cohete sin rumbo que terminará quemándose como parte del espectáculo general de fuegos artificiales o tu cabeza implosiona y tienes una -frágil, pequeña y limitada, pero la tienes- oportunidad de averiguar quién eres y qué estás haciendo aquí. El camino de la Sabiduría es, ciertamente, peligroso pero eso ya nos lo contaron Jasón, Orfeo, Herakles y tantos otros, así que deberíamos sabernos a lo que nos exponemos.

No, no podemos fiarnos de nadie, se lamenta el coro de homo sapiens, y la prensa nos ofrece una tras otra, la larga lista de evidencias que así lo demuestra. El último caso, este mismo mes de marzo, ha sido el de Francisco Sanz, un tipo que se dedicaba a lloriquear por las redes sociales lamentándose de los "dos mil tumores" que le aquejaban y amenazaban su vida desde hacía un par de años así como de la inmensa cantidad de dinero que necesitaba reunir para curarse. Decía padecer Síndrome de Cowden, una enfermedad genética que amenazaba con matarle en cualquier momento por cáncer, y consiguió conmover el corazón de algunos famosetes como los actores José Mota y Santi Rodríguez o los presentadores Jesús Vázquez y Pedro Sánchez Aguado, que le apoyaron en distintas campañas para recaudar donaciones. "No quiero perder la esperanza en la solidaridad de la gente", repetía como un mantram mientras se llenaba los bolsillos con dinero ajeno para poder, decía, someterse a una terapia experimental en EE.UU. que le permitiera tratar su dolencia y curarse. Le detuvieron hace unos días acusado de estafa, blanqueo de capitales y apropiación indebida.

Llovía sobre mojado, porque el pasado mes de diciembre se descubrió la presunta estafa organizada por los padres de la niña Nadia Nerea con los mismos elementos -y uno más para añadirle dramatismo al caso: se trataba de una menor de edad, que eso agita aún más las conciencias-: afectada por una enfermedad genética, la tricotiodistrofia, que le abocaba a una muerte inminente a no ser que lograra reunir una cantidad astronómica de dinero para ser tratada por eminentes médicos extranjeros. Como muchos medios de comunicación, especialmente los televisivos, andan desesperadamente a la caza de personajes vendibles para incrementar su audiencia (y hay que ver lo que vende -y engaña- todo lo relacionado con la solidaridad, o lo que la gente cree que es la solidaridad), el caso se hizo un hueco en varios de ellos y permitió recaudar, según el propio padre de la pequeña, Fernando Blanco, 153.000 euros en cuatro días. También contó con el apoyo de otro grupo de famosetes como Belén Esteban, Ana Pastor o Alejandro Sanz. Y eso que el caso en sí no era nuevo: Blanco viene contando su historieta en los medios desde 2008. Periódicamente, ha reaparecido pidiendo más fondos para los tratamientos y operaciones que aseguraba necesita su hija y, a medida que ha ido pasando el tiempo, ha complicado aún más el guión en un intento por darle credibilidad..., aunque bastaba con fijarse un poquito para darse cuenta de que ha conseguido justamente lo contrario.

De hecho, varios detalles de sus últimas apariciones en los media hacían que su historia oliera muy mal, aunque casi todo el mundo pasó por encima de ellos porque, cuando uno se para a reflexionar en lo que significan la "luces rojas" que nos encontramos a veces en el camino, se ve obligado a despertar y, por lo general, la gente prefiere vivir arrobada en sus dulces sueños antes que enfrentarse a la dura e implacable realidad. Por citar sólo un par de esos detalles, recordemos cuando Blanco contaba que la operación a que debía someterse la niña "haciéndole varios agujeros por la nuca" estaba "prohibida en España" (!) o cuando insistía en su peregrinaje internacional para "fichar a los mejores especialistas" en países tan dispares como Guatemala, India, Rusia, Brasil, Cuba, Chile... En ellos habría reclutado un "grupo secreto" de científicos de vanguardia incluyendo, cómo no, algunos investigadores militares y liderado por un médico de la NASA supuestamente llamado Ed Brown que ahora se reunían periódicamente para tratar el caso de su hija. ¡Incluso se había trasladado a Afganistán, donde decía haber pasado un mes "bajo las bombas" con objeto de encontrar la cueva donde se escondía uno de los principales especialistas del mundo! Si llega a decir que ese especialista se llamaba Osama Ben Laden hubiera colado igual, porque cuando el homo sapiens se desborda emocionalmente está dispuesto a creer en cualquier tontería y, cuanto más grande, con mayor facilidad.

 El constante recurso a los supuestamente importantísimos especialistas internacionales, generalmente norteamericanos, que se emplea para adornar este tipo de historias demuestra un brutal desconocimiento, tanto por parte del timador como por parte de la audiencia que se deja timar, del elevado nivel del que goza la sanidad española. No necesitamos irnos a ninguna parte. Disponemos aquí de una sanidad que, con sus problemas y sus defectos, no sólo se encuentra entre las mejores del mundo sino que además lo es también desde lo público. Justo ahí, por cierto, radica su gran talón de Aquiles puesto que no sólo padece un grave problema de recorte financiero en sus presupuestos sino, aún peor (aunque no se puede insistir en esto en voz alta porque la-secta-de-los-políticamente-correctos te llama de todo si lo haces),  una sobresaturación que debemos a nuestra "simpática" clase política, empeñada en construirse una imagen humanitaria a base de derrochar una cantidad indecente de millones de euros en tratar de resolver los problemas de todos los desposeídos del mundo, antes que atender a los propios nacionales.

Por cierto, no sólo hay caraduras en España. Hay muchos jetas sueltos por el mundo viviendo de la  solidaridad o, mejor dicho, de la credulidad ajena. Ahí está el caso del venezolano Frank Serpa, acusado de estafa y falsedad documental tras embolsarse al menos 12.000 euros en España con otra historia de falso cáncer. O el del británico Eli Stewart que, con sólo 19 años (habiendo empezado tan joven a timar a sus semejantes, este tipo promete), fingió padecer otro cáncer terminal que iba a poner fin a su vida en apenas unos meses por lo que, ohhhh qué lamentable, no podría cumplir su "sueño de ser un cantante". O el de la australiana Belle Gibson, que se inventó un cáncer cerebral del que se habría curado gracias a terapias alternativas como la medicina ayurvédica y una dieta sin azúcar y sin gluten (!), y a la que los jueces de su país han condenado ya por engañar a la opinión pública y multarán en breve con una cantidad que podría alcanzar los 156.000 euros.

Detrás de todos estos casos se ocultan razones económicas, claro, las de los timadores..., pero también algo más profundo: la proyección ajena y el miedo a la muerte. La mayoría de las personas que donaron alguna cantidad de dinero a los protagonistas de estas estafas lo han hecho, seguramente, con la esperanza de que a ellos les suceda lo mismo si algún día se ven en esa situación. "Eh, yo he sido solidario. Sedlo vosotros conmigo cuando lo necesite, 'quid pro quo'...", piensan en su interior (y no suelen hacerlo precisamente en un nivel consciente). Es una especie de pacto sobreentendido, como cuando llega una ambulancia con la sirena puesta y las luces parpadeando: ¿cuántos de los conductores se apartan por verdadera compasión y respeto hacia la persona en riesgo grave de salud que es transportada a bordo y cuántos lo hacen para mantener la costumbre de que todos los conductores lo hagan siempre, pensando en que si a ellos les llega el momento de viajar como paciente también serán respetados y les franquearán el paso? Estamos ante una pura proyección.

Y es, también, miedo a la muerte. La inmensa mayoría de cuentos que utilizan los profesionales de la "venta de penalidades" giran en torno a la muerte como gran amenaza. "Ayudadme, porque si no me voy a morir sin poder cumplir mis sueños". Como si los donantes, como si todo el resto del mundo, no fuera a morir también en algún momento, quizás incluso antes que la persona a la que entregan ese dinero, y, en un porcentaje abrumador, sin cumplir sus propios sueños. En esos casos queda bastante a la vista la ceguera interior y la falta de educación moral y espiritual -no religiosa- de tantas personas que se han creído el cuento de que la vida física es el mayor bien a su disposición.

En la Universidad de Dios, mi tutor el Gran Thoth suele repetirnos, entre otras, una sentencia muy aplicable en estos casos: "Haz bien..., pero mira muy bien a quién."



viernes, 3 de marzo de 2017

Silencio...

No hace mucho tiempo el mago Gran Gran Houdini me comentó durante una de nuestras charlas de café que si algún chaval me pedía consejo sobre qué debería estudiar para garantizarse un puesto laboral en el futuro le respondiera que se especializara en tratamientos para el oído y que, si pudiera, invirtiera en una empresa fabricante de audífonos o en un negocio que se dedicara a venderlos. Gran Gran Houdini no hablaba por hablar pues tiene un sinfín de contactos en el mundo de la medicina y está muy al corriente de las patologías más comunes, especialmente aquéllas cuya afección va en aumento en nuestra sociedad contemporánea.

- Vivimos rodeados de ruido y a un volumen cada vez más elevado. ¿Cuánto tiempo hace que no has ido al cine, por ejemplo? -me preguntó- Las películas, los anuncios publicitarios y las autopromociones de las propias salas se proyectan cada vez a mayor volumen para "provocar una sensación envolvente en el espectador" según la publicidad. En realidad, para aturdirle con más facilidad y apoderarse así de su atención durante el tiempo que está en la sala...

- Voy muy de tarde en tarde, cada vez menos -reconocí-. Siempre me ha gustado mucho el cine, pero me echaron de allí dos factores: los precios y los otros espectadores. Los precios, porque me parece una estafa cobrar el dineral que cobran por cada entrada con unas instalaciones que a menudo resultan incómodas o insuficientes y teniendo en cuenta que en pocos meses tendré la película en el mercado -debo ser el único tipo honrado de mi ciudad, que no se "baja" las películas gratis en esos servidores de Internet que están arruinando la industria creativa en todo el mundo, sino que se compra el DVD si está interesado en algún título concreto-. Los otros espectadores, porque hasta hace unos años podías encontrarte a algún maleducado hablando en voz alta, contando chistes o eructando en la sala pero hoy día lo raro es encontrarse a alguien que respete a los demás y contemple la película sin molestar al resto del público.

- Bueno, pues no es sólo el cine. También, el volumen empleado para ver la televisión o la radio. La manía de ir con auriculares a todas partes y siempre con la música muy alta, para aislarse del entorno. Los teléfonos móviles..., ¿has visto la cantidad de gente que grita por la calle hablando por su teléfono móvil? Bueno, y los que no necesitan el teléfono, los que gritan porque sí, porque es su tono de voz. Muchos espectáculos públicos tienen ejemplos de impulso a la sordera. Y el tráfico..., cómo nos gusta darle al claxon aunque no haga falta...

- Sí, ya sé que España es el segundo país del mundo con un nivel de ruido más elevado, sólo superados por Japón.

- Exactamente. Pues aunque mucha gente no lo sabe o, mejor dicho, no se lo cree, el ruido ya está teniendo efectos devastadores sobre su salud. Desde la lógica pérdida parcial o total de la audición hasta las alteraciones del sueño, la depresión, la agresividad, el estrés, las alteraciones en el metabolismo o en la memoria... Las mujeres embarazadas que soportan altos niveles de ruido a partir del quinto mes de gestación dan a luz niños con un tamaño inferior a la media y que luego se ven muy afectados a su vez por el ruido. En los pequeños, la educación en sitios con excesivo bullicio producen entre otras cosas un retraso en el aprendizaje de la comunicación verbal y la lectura, así como un nivel más reducido de sociabilidad.

- Menudo panorama...

- Por eso, en un futuro muy próximo la venta de audífonos y, en general, de tratamientos contra la sordera se multiplicará hasta niveles nunca antes vistos y desde edades mucho más tempranas de lo que hasta ahora estamos acostumbrados.

Pensando sobre este asunto, recordé la importancia que, a lo largo de la Historia, han concedido prácticamente todos los sistemas religiosos y filosóficos a la práctica del silencio, el recogimiento y la meditación. Quizás el caso más conocido sea el de la Escuela de Crotona fundada por Pitágoras. Este iniciado en los Misterios en Grecia, y especialmente en Egipto, fundó una Escuela en la que tenía alumnos de distintos niveles -como en todas las Escuelas de verdad- y sólo a los de su "círculo interior" les sometía a  pruebas concretas de purificación, sacrificios necesarios para alcanzar cierta sabiduría y ejecutar con éxito determinadas prácticas vetadas a los humanos corrientes. Tal vez, la prueba más impactante era la exigencia de 5 años de silencio absoluto antes de ser admitido al grupo de discípulos de confianza. 5 años. ¿Nos vemos a nosotros mismos capaces de callar durante 5 años seguidos? ¿Nosotros, a quienes nos encanta intervenir en las conversaciones ajenas para opinar sobre lo que sea, que estamos deseando contar a nuestros familiares y amigos lo que nos ha pasado a lo largo del día, que respondemos a cualquier insulto con otro aún mayor y por duplicado, que le hablamos a la televisión como si nos pudiera escuchar, que cantamos por pasar el rato o para ocultar nuestros nervios o nuestro miedo? En cierta ocasión, durmiendo plácidamente con una persona en una casa aislada cerca del mar, lejos del pueblo más cercano, la persona que estaba conmigo me despertó, asustada, precisamente porque le daba miedo no escuchar nada, aparte del leve rumor de las olas...

Varios estudiosos modernos han planteado que no todos los discípulos se sometían a los 5 años de silencio, sino que esta cifra era una media, pues algunos alumnos especialmente despiertos no necesitaban ir más allá de los 2 años de práctica. Aún así, hablamos de 2 años en silencio... ¿Cuántas personas resistirían eso a día de hoy, cuando sabemos que uno de los mayores castigos concebidos en la cárcel es el de ser encerrado en una celda de castigo, es decir, de aislamiento total? (si alguna vez fuera a la cárcel, creo que me dedicaría a hacer el mayor número de barbaridades posible para que me encerraran en una de esas celdas: ¡qué oportunidad de oro para reencontrarme y conversar conmigo mismo con total tranquilidad y sin que nadie me molestara!) Los alumnos que no conseguían mantenerse en silencio durante el tiempo requerido, eran expulsados con la fórmula ritual: "si no has logrado cambiar, has muerto para mí"...  Sin embargo, los que lograban pasar la prueba eran honrados con el título de Matemáticos, ya que la escuela pitagórica le daba suma importancia al número -pero éste es otro tema que ahora mismo no nos interesa- e iniciados y, a partir de aquel momento, podían ver y relacionarse directamente con su maestro... De todas formas, no podrían olvidarse del silencio de ahí en adelante, pues el conocimiento que adquirían les obligaba al secreto.

Se han dicho muchas tonterías sobre el secreto en las Escuelas de Misterios. Recuerdo haber leído el ingenuo -o malintencionado- razonamiento de más de un articulista argumentando que, si las intenciones de una persona o de un grupo de personas son buenas y razonables, no necesitan ser mantenidas en secreto. De donde se deduce que todas las sociedades secretas son grupos de conspiración guiados por el Mal, encaminados a la dominación mundial y etcétera. Es un argumento que un niño pequeño podría rebatir pero, de alguna forma, un enorme porcentaje de personas supuestamente adultas de nuestra sociedad contemporánea se muestra incapaz de ver que ¡estamos rodeados de secretos por todas partes y sabemos que muchos de ellos no esconden una amenaza!

Hay, por ejemplo, personas que han ganado importantes cantidades de dinero en los juegos de azar y lo guardan en secreto gastando con discreción, porque saben que, en cuanto hicieran pública su fortuna económica, se expondrían a un constante acoso por parte de amigos, conocidos y desconocidos que acudirían a pedirles dinero para todos los propósitos imaginables, por no mencionar que se convertirían en objeto de deseo de muchos criminales. Hay, otro ejemplo, muchas empresas que se enfrentan a un entorno competitivo, especialmente complicado por la crisis, que les obliga, si quieren sobrevivir, a mantener en secreto la mayor cantidad posible de información sobre sus actividades -en realidad, casi todos los empresarios que he conocido hacen públicas cifras distintas de las reales, pero no por esconder dinero a Hacienda sino por proteger sus negocios y mantenerlos en marcha: para la gente que siempre ha estado a sueldo de alguien, es difícil comprender lo que cuesta tener en pie una empresa porque nunca se ha dedicado a ello-. Hay, un tercer ejemplo, que mantener forzosamente en secreto la verdadera potencia militar y de seguridad de un país si éste no quiere convertirse en una pieza apetecible para sus vecinos más expansionistas. Y así podríamos citar mil y un ejemplos más.

Las Escuelas de Misterios -las reales, no los clones que hoy florecen como setas tras la lluvia- guardan en secreto, en estricto silencio, sus conocimientos por dos motivos fundamentales. Primero, para protegerse ellas mismas de la codicia de los homo sapiens, siempre ansiosos de depredar todo lo ajeno para su propio beneficio. Segundo, para proteger a los mismos homo sapiens pues es muy cierto, aunque parezca un lugar común, que la sabiduría mal utilizada se transforma automáticamente en una pesadilla pavorosa. En alguna parte de esta bitácora citamos en su momento la versión Disney de El aprendiz de brujo de Paul Dukas -compuesta a partir de la idea original contenida en un poema del gran Goethe-, recogida en la película Fantasía. La lección más clara de esta historia es que la misma magia que, en manos del maestro, es capaz de bellísimas realizaciones se convierte, en las del alumno inexperto, en un arma terrible y descontrolada que amenaza la vida del propio alumno.

Los alumnos de Pitágoras no sólo guardaban el silencio y el secreto, sino que todas las noches, antes de dormir, debían meditar sobre sus acciones a lo largo del día, evaluando su comportamiento bueno o malo y lo que habían experimentado y comprendido durante la jornada. No, la meditación no es una técnica importada de Oriente, como nos insisten los supuestos connoisseurs esotéricos con que nos tropezamos tan a menudo por todas partes en estos días del Kali Yuga. Ya existía en Occidente y, probablemente mucho antes, aunque las vicisitudes históricas ocultaran éste y otros antiguos conocimientos a la mayoría de los ciudadanos con el velo del olvido.


Crotona es sólo un caso. El poder del silencio ha sido muy valorado entre "la gente que sabe" en todas las épocas y en todas las regiones del mundo. Tan valorado como, al mismo tiempo, era poco estimado o incluso despreciado por las sociedades en las que vivieron esas gentes con sabiduría... Pero es que resulta que un equipo de investigadores del Centro de Investigación de Terapias Regenerativas de Dresden, en Alemania, ha descubierto ahora que el silencio es realmente importante para el cerebro, desde el punto de vista meramente físico. Estos científicos experimentaron con el cerebro de ratones a los que dejaban en silencio durante dos horas al día, mientras a otro grupo de ratones les sometían a los ruidos normales. Descubrieron que, en aquellos roedores que disfrutaban del silencio diario, su hipocampo generaba nuevas células, lo que no ocurría con los otros. Esas células eran además capaces de diferenciarse e integrarse en el sistema nervioso central y cumplir allí distintas funciones. El hipocampo es una región cerebral relacionada con el aprendizaje, la memoria y las emociones. 

El significado de esta experiencia es sumamente interesante, entre otras cosas porque nos permite probarlo en nosotros mismos y observar los resultados: ¿qué pasaría si fuéramos capaces de reservar un par de horas diarias para retirarnos a nuestro interior y guardar ese silencio? ¿Qué encontraríamos allí dentro? ¿Cómo mejoraría nuestro cerebro y, con él, nuestra calidad de vida? Quizá sea mucho pedir empezar por dos horas diarias, pero seguro que cualquiera de nosotros puede, si así lo desea, reservar diez o quince minutos para comenzar a experimentar.

Otro equipo de investigadores, esta vez de la norteamericana Universidad de Harvard, estudió la red cerebral que se encarga de examinar la información que hemos acumulado a lo largo del día, para asimilarla definitivamente o eliminarla. Lo hace durante el sueño. De hecho, parece que dormir -y soñar- es tan necesario para nosotros porque durante ese tiempo, nuestro cerebro hace la digestión de la monumental cantidad de datos y estímulos que ha recibido a lo largo de la jornada. Es un proceso similar al de nuestro sistema digestivo, en el que el estómago procesa y prepara la comida ingerida para que, luego, a través de los intestinos, el cuerpo pueda asimilar los nutrientes y eliminar en forma de heces el sobrante. En ese sentido, nuestras heces mentales se manifestarían en forma de sueños irrelevantes. Pues bien, los investigadores yankees descubrieron que esa red que actúa durante nuestro sueño, también lo hace y de una manera particular cuando nos paramos a meditar y reflexionar sobre nosotros mismos. La red se activa siempre que no hay estímulos para distraerla; es decir, cuando estamos con los ojos cerrados..., y en silencio.

Se dice que el hombre inteligente habla poco, mientras que el sabio no habla (lo que, sobre la marcha, me descarta a mí como una cosa o como la otra, porque me paso el día hablando). Ahora que tenemos el fin de semana por delante, puede ser una buena oportunidad para probar a entrar en el reino del silencio y ver qué descubre cada cual dentro de sí mismo.