Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.
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viernes, 6 de febrero de 2015

Cinco por Infinito

Son numerosos los lectores de esta bitácora que se han interesado por los planes de estudio de la Universidad de Dios. No voy a ponerme a desvelarlos ahora, aunque a lo largo de esta ya larga recopilación de artículos bajo el título de Fácil para nosotros he tenido ocasión de referirme a algunas asignaturas concretas e incluso a algunos de mis maestros concretos, como gran Epícteto, mi profesor de Filosofía; el mulá Nasrudin, mi profesor de la asignatura de Misticismo y Paradojas; o Lee Jun-Fan, el de Destrucción del Paradigma a través de la Educación FísicaNo obstante, existe una asignatura en concreto que sorprende mucho a los neófitos y/o aspirantes a ingresar algún día en estas magnas aulas cuando alguien les revela su presencia y es Estudio Práctico del Arte. Y significa exactamente eso. Todos los alumnos que nos devanamos los sesos y hacemos examen tras examen al objeto de avanzar en nuestra educación para algún día poder tener el diploma oficial de Licenciado de Dios tenemos la obligación de aprender y practicar arte en todos y cada uno de los trece cursos de estos estudios tan particulares. Al fin y al cabo, si el trabajo de fin de carrera es la creación de tu propio Universo, tienes que saber cómo animarlo de mil y una formas. Además, hay una clasificación muy fácil de las artes elaborada ya desde hace mucho tiempo. 

Para empezar, hay que aprender las denominadas 6 artes "clásicas" que son Literatura (ésta la voy aprobando con nota), Música (sé llevar un ritmo con las palmas), Pintura (también la controlo sin problemas), Arquitectura (dibujo bastante bien los edificios en mis chistes e historietas, aunque sospecho que hará falta algo más para que me den el visto bueno), Escultura (no he pasado de la fase muñequitos-de-plastilina, lo reconozco) y Danza (mejor no hablaré mucho sobre ella, aunque he hecho grandes progresos últimamente y ya sé cruzar una pierna delante de otra sin caerme al suelo). Luego vienen las artes optativas, que uno puede desarrollar o no y que, en mi caso, aspiro a aprender también en la medida de lo posible, porque también me gustan. Al menos, las tres más famosas, que son las que vienen después de las clásicas: Cine (de momento soy más bien consumidor antes que productor, en cuanto a obras del séptimo arte pero..., ¡dadme tiempo!), Fotografía (con ésta no tengo problemas) y Cómic (o Historieta, el noveno arte, en la que progreso adecuadamente).

Por eso en mis fiestas de cumpleaños y aniversarios variados, que celebro prácticamente a diario (cualquier momento de cualquier día es bueno para celebrar cualquier cosa..., los -aprendices de- dioses somos así), siempre incluyo entre mis regalos un montón de tebeos. Bien escogidos, eso sí, porque en la historieta, como en la literatura, hay de todo y últimamente no demasiado bueno. Sin embargo, cuando miro mi colección de cómics y, mejor, cuando consigo un rato para sentarme y disfrutar de alguno de sus ejemplares, me encuentro razonablemente satisfecho. Ahí está desde la -para mi gusto- obra cumbre del tebeo que es Prince Valiant de
 Hal Foster (aquí a la derecha) y, debajo de él, una amplia selección que va desde los Sturmtruppen de Bonvi hasta el Alix de Jacques Martin, pasando por la Mafalda de Quino, el Flash Gordon de Alex Raymond, Los eternos de Jack Kirby o el Nippur de Lagash de Robin Wood entre otras joyas. Es curioso, porque a Mac Namara no le interesa nada de esto ni lo más mínimo. Nunca le he visto leyendo un tebeo (se podrá argumentar que resultaría raro ver a un gato leyendo, pero sí, él suele leer todas las noches después de cenar su correspondiente tazón de leche, aunque siempre sesudos libros de ensayo..., rara vez una obra de ficción y, desde luego, nunca un cómic; será por eso por lo que ha salido tan conspiranoico).

Toda esta amplia introducción viene a cuento porque uno de los últimos ejemplares que ha pasado a engrosar mi valiosa librería de historietas (encajonada por cierto en un pasillo del angosto apartamento que compartimos Mac Namara y yo junto al campus universitario) es el monumental integral de la maravillosa serie Cinco por Infinito de Esteban Maroto publicado por Ediciones Glénat. Por accidente (¿por accidente?) descubrí hace unas semanas que existía ¡¡¡nada menos que desde 2011, hace cuatro años, y yo sin enterarme!!!! esta reedición de las aventuras místico/espaciales de los cinco terrícolas dirigidos por el misterioso Infinito publicadas originalmente en 1967 y que yo llevaba no sé cuántos eones ya buscando infructuosamente en un formato más pequeño, desconocedor de esta edición de lujo. Así que gracias a las facilidades dadas por Internet para todo lo que sea compra y venta de cualquier cosa, hasta de la propia alma, pronto me pude hacer con uno de los ejemplares, que he devorado estos últimos días.


Confieso que Maroto nunca fue uno de mis dibujantes favoritos (demasiado pasteloso para mi estética y, en muchas ocasiones, repetitivo en sus figuras humanas), aún reconociéndole una habilidad extraordinaria con las tintas, así como el hecho de que tuvo que desarrollar su carrera en un país (España) y una época (comenzó su carrera de dibujante en 1955), ambos complicados. Eso, sin tener en cuenta que el de dibujante nunca ha sido un oficio bien pagado en tierras celtibéricas. Ni siquiera bien reconocido, a pesar de la extraordinaria nómina de dibujantes, ilustradores y pintores de la que ha disfrutado el arte español. Quizá sea por eso, porque por aquí tenemos la estúpida costumbre de opinar que "total, dibujar cuatro monos es muy fácil" aunque luego le pidas al listo de turno que te dice eso que dibuje él algo y lo único que le sale es lo de "con un 6 y un 4, pinto la cara de tu retrato". Pero hay que reconocer que se trata de un valor más que sólido de la historia de la historieta española y que debe figurar en ella por méritos propios. De hecho, ya lo hace, porque está formalmente incluido en algo que los especialistas teóricos llaman el Grupo de la Floresta, un grupo de seis dibujantes que se aliaron para trabajar conjuntamente en Barcelona a finales de los años sesenta del siglo XX. Además de Esteban Maroto, los integrantes de ese grupo eran Carlos Giménez, Luis García, Suso Peña, Adolfo Usero y Ramón Torrents.

De esa colaboración (y de la idea y los lápices originales de Maroto) surgieron, por cierto, los primeros capítulos de Cinco por Infinito, en los que colaboraron Torrents dibujando a las féminas, Usero a los machotes y Peña, los fondos. La multiplicación de trabajos de los artistas redujo el equipo inicial a Maroto y Usero en el cuarto episodio de la serie y, a partir del quinto, su creador se encargó de ella en solitario hasta el final de los veinte capítulos que duró esta interesante obra de Ciencia Ficción que obtuvo un éxito internacional muy merecido, ya que se tradujo y se vendió en varios países europeos y americanos, incluyendo los Estados Unidos, donde tuvo su propia versión con el nombre de Zero Patrol (Infinito cambiaba el nombre por Zero) impulsada nada menos que por Neal Adams.

La serie cuenta la historia de cinco terrestres con nombres de inspiración estelar: Altar, un catedrático de astrofísica y astronomía que posee una inteligencia superior y es una especie de Reed Richards pero a la española (aunque es profesor de una universidad rumana); Orión, un guardaespaldas profesional de gran tamaño y una fuerza extraordinaria (según Infinito, "muy pocos seres pueden comparársete" en fuerza aunque luego en las sucesivas historias veremos que tampoco es para tanto..., es sólo el muchachote del grupo), Aline, doctora en psiquiatría y especializada en ciencias ocultas y parapsicología (alguna vez utiliza sus poderes telepáticos, pero nunca aparece actuando de bruja, la verdad); Sirio, un doble de películas de acción, ágil y con gran capacidad de reflejos (y el guaperas del grupo) e Hidra, una estrella de cine inicialmente no invitada a la fiesta, pero que al estar junto a Sirio se ve arrastrada a la aventura (básicamente, la típica rubia mona y tonta, que se pasa el rato pidiendo ayuda a Sirio). Los cinco son convocados a través de una nave espacial por Infinito, el último (y calvo, además) representante de una desarrollada cultura extraterrestre que cometió el mismo error que nosotros estamos cometiendo ahora en la Tierra: es decir, dejar todo el trabajo progresivamente en manos de las máquinas con la excusa de la "civilización del ocio". Claro, un día las máquinas empiezan a autorrepararse y a regularlo todo y, al día siguiente, llegan a la conclusión de que el hombre es una criatura ineficiente y sobrante en la nueva dictadura de las tuercas que quieren imponer. Así que se rebelan y matan a todo quisque..., menos a Infinito, que logra escapar porque estaba en una estación espacial orbitando su planeta (lo que no se explica es por qué no se rebelaron también las máquinas de la estación).

Infinito pide ayuda a los cinco terrestres para vengarse destruyendo la malvada civilización de las máquinas, cosa que los humanos hacen sin grandes problemas con la ayuda tecnológica de su nuevo mentor. Como premio por su ayuda, Infinito les ofrece quedarse con él y formar una especie de minilegión galáctica autodenominada "Exploradores del Espacio" que se dedicará a partir de ese momento a recorrer el universo para recopilar todo el conocimiento posible sobre las diversas razas que lo pueblan (luego resulta que la mayoría de ellas son humanas o al menos de aspecto humano) y echar una mano si alguna se lo pide. Ni qué decir tiene
 que todos se apuntan (yo también lo hubiera hecho, a pesar de mi vértigo) y, a partir de entonces, vivirán extraordinarias aventuras. Más extraordinarias si tenemos en cuenta que fueron imaginadas y dibujadas por autores españoles en una sociedad en la que la fantasía y la imaginación fue (y sigue aún siendo) marginada y estigmatizada en favor del "realismo". Aunque justo es reconocer que Esteban Maroto contó con una "ayudita" adicional que cualquier buen aficionado al cómic detecta de inmediato. Y es que al Grupo de la Floresta no sólo les gustaba dibujar tebeos, sino leer los de sus colegas. Por eso resulta sencillo descubrir dónde se "inspiraron" Maroto y sus compañeros para dibujar algunas de sus viñetas. Se pueden reconocer fácilmente las copias de ilustraciones de Frank Frazetta o dibujos de Dan Barry, por ejemplo. O, como en la foto que vemos adjunta, nada menos que de un portaaviones que aparece en la primera de las aventuras de Tanguy y Laverdure de Jean-Michel Charlier y Albert Uderzo. En color, aparece el original de los autores franceses y, en blanco y negro, la historieta de Maroto.

En general, Cinco por Infinito mantiene de todas formas un nivel muy alto, sobre todo teniendo en cuenta el momento en el que la serie fue publicada por primera vez. Hay algunos episodios especialmente buenos como El sublime (donde un listillo secuestra a las mujeres más guapas y a los hombres más audaces de un pueblo primitivo haciéndoles creer que van a una especie de cielo..., luego se queda con las mujeres y arroja a los hombres al cubil de una araña gigante), Juicio a la Tierra (donde unos extraterrestres feos y cabezones están a punto de destruir al hombre por considerarlo un ser brutal, primitivo y prescindible y los exploradores tienen que hacer de abogados ante un exigente tribunal galáctico), Lluvia (en la que el agua que cae del cielo desquicia literalmente a toda una civilización), La diosa de las profundidades (donde nada es lo que parece, ni siquiera un malvado brujo) o mi favorita, El planeta de los espíritus (en la que una raza de poderosos pero crueles seres incorpóreos que viven en el viento aspiran a encarnarse en los humanos de carne y hueso que pueblan el planeta). El último capítulo, Energía vital, lleva a los seis protagonistas de la serie hasta el mismísimo límite físico del Universo y, con él, al final de una saga extraordinaria que seguramente podría haber continuado de manera indefinida si Maroto se hubiera encontrado con fuerzas suficientes para ello.












miércoles, 26 de junio de 2013

Retorno a los orígenes

 Hong Zicheng, también conocido como Hong Yingming, fue un señor que vivió a finales del siglo XVI y principios del XVII en China, en la última época de la dinastía Ming. Destaca como uno de los más principalísimos filósofos de la tradición taoísta-confucionista-budista. Sin embargo, con estos datos es probable que la inmensa mayoría de los connoisseurs de la Filosofía ignoren por completo de quién se trata. Yo mismo no tenía ni idea de que se llamaba así, pues toda la vida le había conocido como Huanchu Daoren, el autor de Retorno a los orígenes (también conocido como Retorno a las raíces), aunque bien es cierto que sin profundizar demasiado en su historia personal, de la que tampoco se sabe mucho. Y como a Mac Namara no le va mucho la tradición oriental, pues tampoco tuve ocasión de conocer vías alternativas para acercarme a él. Ha tenido que ser nuestro implacable profesor de Destrucción del Paradigma a través de la Educación Física, Lee Jun-fan, quien nos ha revelado el otro día que lo de Huanchu Daoren era un seudónimo que venía a significar algo así como Adepto-taoísta-retornando-al-origen (de ahí el título de su obra más famosa: una recopilación de meditaciones basada en la comparación de la experiencia vital con el cultivo de los vegetales: éste requiere paciencia, tranquilidad y austeridad, cualidades que recomendaba aplicar de la misma forma en el ser humano) y despertó mi interés por volver a leer algunos de sus textos, interesantes para el momento que hemos elegido vivir. 

Aquí copio algunas de sus, a mi juicio, más jugosas meditaciones:


* "Las plantas enterradas no tienen atractivo, pero se transformarán en brillo resplandeciente al brotar a la luz de la luna de verano. De la misma forma, sabemos que lo puro surge de lo impuro, que la luz nace en la oscuridad."

* "Si estás apegado al mundo sólo levemente, leve será también el efecto que el mundo ejerce sobre ti. Si estás enredado en diversas ocupaciones de manera intensa, también sus enredos se intensificarán sobre ti. He aquí por qué para las personas iluminadas lo simple es superior a lo refinado y la libertad, preferible al sometimiento a las formas."

* "La tranquilidad en medio de la quietud no es real. Si puedes estar calmado en medio de la acción, ése si es el verdadero estado de tranquilidad. De la misma manera, la felicidad en la comodidad no es real. Si puedes estar feliz en medio de la adversidad, ése si es su verdero estado."
 
* "Si temes que la gente sepa que has hecho algo malo, hay algo bueno en tu maldad. Si estás ansioso porque la gente reconozca que has hecho algo bueno, hay algo malo en tu bondad."

* "Cuando estás en medio de la adversidad, todo cuanto te rodea es como una medicina que te ayuda a mejorar tu conducta, aunque no te des cuenta de ello. En las situaciones agradables, puedes enfrentarte a armas que te despedazarán, aunque no seas consciente de su existencia."

* "Quienes viven de manera virtuosa pueden verse afligidos durante un tiempo pero quienes viven adulando al poder se encuentran desamparados siempre. Aquéllos que han despertado ven más allá de las circunstancias corrientes y reflexionan sobre la vida y la muerte. Pueden así experimentar la desdicha pero de un modo pasajero, no permanente."

* "Son puros de corazón aquéllos que no se acercan al poder y la fama, pero los más puros de todos son quienes pueden convivir con estas cosas sin verse afectadas o dominadas por ellas. Son personas de espíritu elevado los que ignoran cómo intrigar y conspirar contra otros pero son aún más elevados quienes, sabiendo como hacerlo, no lo hacen."
* "Los que saben cómo cambiar las cosas y hacer que éstas les sucedan, no se regocijan con sus ganancias ni se lamentan con sus pérdidas: el mundo entero es el espacio por donde pasean. Los que son utilizados por las cosas que les suceden sin tener ellos control odian que los acontecimientos vayan en su contra y aman que lo hagan a su favor. Lo más insignificante puede suponer una gran atadura."

  * "Agradece oír ofensas contra tu persona o enfrentarte a asuntos irritantes pues es en ese momento cuando dispones de una piedra de afilar para desarrollar tu carácter. Si sólo oyes palabras dulces y de tu agrado y sólo actúas en lo que te gusta, entierras tu vida en un veneno mortal."
 
* "Las bendiciones pueden también generar desventuras, así que, si las cosas te van bien, no te descuides. El éxito puede lograrse tras fracasar primero, así que no abandones aunque vivas un momento de decepción."


Me recuerda mucho a lo que dice mi profesor de Filosofía, Epícteto. Tal vez Huanchu Daoren no fuera, después de todo, mas que una reencarnación suya en China.




lunes, 6 de mayo de 2013

Actitud vs Aptitud

La actitud está en la base de cualquier éxito. Atención: la aCtitud, no la aPtitud. Una sola letra es fundamental para entender esto, pues la aptitud viene de fuera y se puede adquirir previo pago del tiempo y el esfuerzo necesarios para ello, pero la actitud es interior y se tiene o no se tiene. Un general con 6.000 hombres y carácter pusilánime, sin actitud, sufrirá una rápida y contundente derrota ante otro general que sólo cuente con 1.000 hombres y la actitud adecuada. Ésa fue precisamente la proporción de la batalla de Azincourt, en la que Enrique V y sus agotadas tropas inglesas derrotaron sin paliativos a las mucho más numerosas y descansadas unidades francesas. No me canso de leer la arenga con la que el monarca británico encorajinó a los suyos en la interpretación que le dio William Shakespeare y que, varios siglos más tarde, sigue resonando en mi interior y emocionándome como la primera vez que la escuché de los propios labios del rey Harry.

En el texto original del Bardo Inmortal, Westmoreland, primo del rey, se queja por no disponer de diez mil hombres más, aunque sólo fueran "de aquéllos que en Inglaterra están hoy ociosos". Y Enrique V le contesta: "No, mi buen primo. Si hemos de morir, ya somos bastantes para causar una pérdida a nuestro país y, si hemos de vivir, cuantos menos hombres seamos, mayor será nuestra porción de honor (...) si es pecado codiciar el honor, soy la más pecadora de las almas vivientes (...) el que no tenga estómago para esta pelea, que parta (...) No quisiéramos morir en compañía de un hombre que teme morir en nuestra compañía. Hoy día es la fiesta de san Crispín. El que sobreviva a este día y vuelva sano a casa, se pondrá en pie cuando se nombre este día (...)  
se alzará las mangas y mostará sus cicatrices y dirá: 'Estas heridas recibí el día de Crispín' (...) recordará con ventaja qué hazañas realizó en ese día y recordará nuestros nombres, familiares en sus labios como palabras cotidianas (...) El buen hombre contará este día a su hijo y nunca pasará San Crispín, desde este día hasta el fin del mundo, sin que nosotros seamos recordados con él. Nosotros, pocos. Nosotros, felizmente, pocos. Nosotros, un grupo de hermanos: porque el que hoy derrame su sangre conmigo será mi hermano. Por vil que sea, este día ennoblecerá su condición. Y los gentilhombres que están ahora en sus camas en Inglaterra se considerarán malditos por no haber estado aquí. Y en poco valorarán su virilidad, cuando alce la voz ante ellos alguno de los que luchara hoy con nosotros el día de San Crispín..."  ¿Cómo no seguir a un comandante así, hasta al mismo infierno si hiciera falta?

A veces echo de menos alguna arenga de este tipo por parte de nuestro profesor de Destrucción del Paradigma a través de la Educación Fisica. Lo cierto es que no habla mucho, más allá de sus lecciones de machaque sistemático del rival. El implacable Lee Jun-fan nos explicaba el otro día precisamente acerca de la actitud asegurando que "el estado de la mente del guerrero cuando se enfrenta al combate determina el grado de tensión excesiva que desarrollará durante su curso. El que está libre de un exceso de tensión muestra una típica autoconfianza. Posee lo que se conoce como 'actitud del vencedor' pues se ve a sí mismo como dueño de la situación a la que se enfrenta". Actitud
 que él insiste en que debemos desarrollar nosotros. Y añade: "Cuando se acerca un combate, el guerrero nota frecuentemente un sentimiento de debilidad en el centro de su cuerpo, lo que se describe como 'mariposas en el estómago', siente náuseas y puede llegar a vomitar, su corazón golpea con fuerza y puede experimentar dolor en la parte inferior de la espalda... Pero el guerrero experimentado reconoce estas sensaciones no como una debilidad interna sino como un exceso interno. Estos signos preparan para la actividad violenta. De hecho, aquél que en lugar de esto experimenta un sentimiento de euforia, probablemente está en un mal estado de preparación." Lo que me recuerda aquella enseñanza de otro antiguo maestro que me insistió mucho en la necesidad de comprender la idea de que valiente no es aquél que no tiene miedo: ése es un estúpido. Valiente es el que tiene miedo pero aún así se sobrepone al miedo, lo domina, y actúa sin ser frenado por él.

Lee Jun-fan también advierte de que si el guerrero no domina bien sus propias emociones, si no ejerce un auténtico control sobre ellas, "entonces los momentos críticos durante el combate, justo cuando la tensión emocional alcance su máximo nivel, producirán una pérdida de destreza en el luchador. Sus músculos se verán de pronto obligados a trabajar en contra de sus propios músculos en exceso tensados, lo que le conferirá rigidez y pesadez en sus movimientos".


Y respecto a la actitud, nuestro exigente y belicoso profesor afirma que "El esfuerzo ordinario no liberará ni permitirá usar el gran almacenamiento de potencia en reserva que el cuerpo humano posee en estado latente. Hace falta un esfuerzo extraordinario, unas condiciones muy emocionales o una verdadera determinación de ganar a toda costa para dejar libre esta energía extra (...) un guerrero estará tan cansado como él quiera sentirse de cansado pues, si está resuelto a ganar, puede seguir casi indefinidamente hasta alcanzar su objetivo (...) Ninguna cantidad de castigo, ninguna cantidad de esfuerzo, ninguna condición es un obstáculo real si se quiere triunfar. Una actitud semejante sólo puede desarrollarse si el triunfo está íntimamente unido a los ideales y los sueños del guerrero". 



 
 

lunes, 1 de abril de 2013

La "necesidad" de controlar las armas privadas

Hace algunas semanas, un uruguayo de 18 años sembró el pánico en una clínica privada de la localidad de Paysandú, ubicada a unos 400 kilómetros de Montevideo, al disparar tres veces con su arma. No causó heridos, por fortuna, aunque no ha quedado muy claro, al menos desde este lado del Atlántico, por qué decidió actuar en plan John Wayne desencadenado... El comunicado formal de las autoridades relacionó el suceso, como suele pasar en estos casos, con la matanza previa de la localidad norteamericana de Newtown, en la que pereció (en circunstancias por cierto un tanto extrañas, sepultadas bajo el acostumbrado informe oficial lleno de flecos sin resolver) una treintena de personas. Y, también como suele suceder en estas ocasiones, el médico que examinó al joven tras lo ocurrido certificó que padecía una "crisis de delirio severa" que incluía diversas versiones sobre el móvil de su acción. De hecho, según uno de los policías que intervino en su detención, "cada vez que le interrogas te da una explicación distinta". Por supuesto una de ellas hacía referencia a la "vocecilla interior" que le animaba a imitar a Adam Lanza, el presunto tirador solitario de la escuela de Newton.

Cualquier aprendiz de la asignatura de Conspiranoia en la Universidad de Dios ha oído hablar (aunque sólo sea porque hemos citado el asunto en esta bitácora en varias ocasiones) acerca de los proyectos de control mental del estilo MK Ultra, combinados con la aplicación de técnicas de presión social y manipulación de la información para conducir a las masas adormecidas y enceguecidas hacia el interior del redil o directamente del matadero, según las necesidades puntuales de los Amos del Mundo. Uno de los principales objetivos de estos simpáticos señores (y señoras) en este momento, al objeto de poder dar una vuelta de tuerca a sus planes de dictadura mundial es desarmar a los civiles norteamericanos como en su día lo hicieron con los civiles europeos (aunque les costó un par de guerras mundiales, entre otras cosas). Para ello llevan años empeñados en una campaña que sataniza la libertad de la que disfrutan los yankees para reforzar su defensa personal (y garantizar de paso que una posible estructura corrupta infiltrada en el Estado no pueda imponerse con facilidad sobre los individuos que integran la sociedad) y en la que sistemáticamente, sin que a nadie le extrañe, se repite regularmente el patrón de tipo-muy-inteligente-pero-introvertido-y-sin-amigos-conocidos-que-un-día-sin-saber-por-qué-y-sin-venir-a-cuento-se-lía-a-tiros-con-los-vecinos. Un tipo que además suele escoger un colegio o una hamburguesería, o cualquier otro escenario de esta clase en el que puede cobrarse con mayor facilidad un número interesante de víctimas preferentemente jóvenes, que siempre impresionan más.

Dentro de esa campaña, no sólo organizaciones especializadas como la Asociación Nacional del Rifle, sino cualquier persona medianamente interesada en el uso o el conocimiento de las armas es automáticamente etiquetada como filofascista, agresiva, violenta y potencialmente asesina. Poca gente se para a pensar que, si el mero hecho de tener una en las manos incitara al personal a utilizarla indiscriminadamente, en este momento no quedaría nadie vivo en los Estados Unidos. Es más, las estadísticas disponibles son bastante reveladoras. Resulta que en el coloso norteamericano se calcula que existen 90 armas de fuego por cada 100 habitantes, lo que equivale a unos 200 millones de pistolas, revólveres, fusiles, etc., en circulación, y que de los 14.000 asesinatos que se cometieron el año pasado, unos 10.000 son achacables a ellas. En Estados Unidos viven en este momento 314 millones de personas. Pues bien, en España, con 47 millones de ciudadanos, el número de asesinatos y homicidios (prácticamente sin el concurso de armas de fuego, que aquí están prohibidísimas y controladísimas..., pero no importa: los españoles tenemos una gran imaginación a la hora de idear muertes ajenas) es de poco más de unos 1.000 al año. Echemos cuentas y veremos que los porcentajes no son muy disímiles que digamos.

Por mucha máscara de santurrón que quiera lucir ese Nobel de la "Paz" llamado Obama, un análisis detenido de los hechos invita a pensar que las intenciones reales en el proceso de control y desarme de los ciudadanos corrientes son muy diferentes a las que Washington, con ayuda de diversos organismos "independientes" dice defender. Los propios norteamericanos con dos dedos de frente llegan a conclusiones parecidas y por eso se necesitan asesinos múltiples y despiadados del estilo de Adam Lanza, a fin de tratar de convencer a la gente que opina como el actor Samuel L. Jackson (al que hemos visto en películas por cierto muy violentas como las del trastornado Quentin Tarantino) que, en declaraciones a Los Angeles Times lo decía con bastante claridad. Le preguntaban por la masacre protagonizada por Lanza, con la idea
de recibir una respuesta de apoyo a la campaña del presidente norteamericano, pero el hombre se salió por la tangente y dijo: "No creo que la solución sea un control de armas. Yo crecí en el Sur, con armas por todas partes, y nunca disparamos a nadie (estas palabras son especialmente significativas, teniendo en cuenta que Jackson, como podemos apreciar en esta imagen cinematográfica, es negro). Esta matanza trata sobre otra cosa: sobre gente a la que no se le ha enseñado el valor de la vida."

Sí, es cierto. Un arma de fuego puede matar, pero también puede salvar la vida al ahuyentar a un delincuente violento o a un animal dañino. Es peligrosa, de acuerdo, pero como lo es un cuchillo bien afilado con el cual puedes rebanarle el cuello al vecino..., o cortar jamón para prepararte un sabroso bocadillo. "Pero, claro, luego tienes una pistola en casa y llega un niño pequeño que no sabe usarla y se pega un tiro", es uno de los argumentos tontos que se usa en contra de las armas de fuego..., sin tener en cuenta que de la misma forma el niño pequeño puede meter el dedo en el enchufe y electrocutarse o asomarse a la ventana y caerse desde un décimo piso. Tener un arma implica una responsabilidad personal, como tener un coche (con el que puedes atropellar y matar a otra persona) o una taladradora eléctrica (con la que puedes perforarle el cráneo a alguien, ya puestos a protagonizar historias de terror). El problema no radica en el instrumento, sino en el uso que le dé la persona y lo demás son demagogias. Hay que mirar más allá. ¿Para quién es especialmente peligrosa el arma de fuego? Para el Estado, evidentemente, que no desea perder eso que tan bobaliconamente se ha bautizado como "el monopolio de la violencia"... Un ciudadano apocado, pasivo, acomodaticio y huidizo como por desgracia son en este momento la inmensa mayoría de los ciudadanos europeos, además desarmados, es mucho más fácil de controlar y dirigir (incluso, por qué no decirlo, de atemorizar con los poderes de las "autoridades") que un ciudadano consciente y responsable de tener en sus manos una herramienta con la que puede defenderse en el mismo momento en el que es agredido sin necesidad de pedir ayuda. 

Tan es así, que en la actualidad no sólo el uso de armas de fuego está penalizado en Europa sino que, cada día que pasa, se dificulta cada vez más la autodefensa del ciudadano en caso de agresión. Por ejemplo, si uno aprende artes marciales en un dojo con un maestro mínimamente preparado, recibirá enseguida la siguiente advertencia que, personalmente, también me fue transmitida por un agente de la ley durante una amistosa conversación que tuvimos al respecto: "ojo, si te ves obligado a emplear tus técnicas en la calle, hazlo y sé todo lo contundente que necesites..., pero no te quedes en el sitio: lárgate, en cuanto termine la pelea." Yo protesté, inocente: "pero si me han atacado y yo me he limitado a defenderme nadie me puede decir nada..."  Y el agente me aclaró: "aunque tú no tengas la culpa, aunque sean delincuentes que tuvieran intención de atracarte, aunque la pelea la haya empezado el otro, o los otros..., si tú empleas artes marciales para defenderte y el caso va a juicio, podrán denunciarte pues el uso de técnicas de defensa de este tipo está considerado como posesión de arma blanca y el número de letrados sin escrúpulos dispuestos a aconsejar y proteger legalmente a todo tipo de criminales, incluso los de poca monta, es asombrosamente elevado". 

Ya se sabe: las ovejas no tienen derecho a morder a los lobos, deben dejarse devorar sin más... Ahí está el sheriff Obama, apoyado por otros fantoches políticamente correctos del mundo mundial para recordárnoslo.


A propósito de este asunto, mi maestro de combate callejero (un auténtico cerdo salvaje o aficionado a las motos, con un montón de danes bien a la vista en su cinturón negro) me contó en cierta ocasión cómo había resuelto el acoso de un delincuente de una manera tan pulcra que no se le pudo acusar de nada. Circulaba por la avenida de la Castellana, una de las calles más grandes y principales de Madrid, en su máquina favorita: una moto grande y pesada (y cara). Un semáforo interrumpió el tráfico y le obligó a detenerse en primera fila, junto a la acera. La ocasión la aprovechó un sinvergüenza que pasaba por allí y pensó en sacarse un dinero fácil robándole la moto y vendiéndola luego en el mercado negro. El tipo se adelantó con rapidez y le colocó una navaja en el cuello, instándole a que se bajara para poder subirse él y llevarse el vehículo. Por supuesto y como suele ser habitual en estos casos, aunque había muchos testigos de los hechos tanto en la acera como en el interior de los coches, nadie acertó a reaccionar. Ni siquiera a llamar por teléfono a la Policía.

- Supongo que le romperías varios huesos -le comenté con ironía, sabedor de las cualidades de mi maestro de combate, no en vano en su juventud campeón de Europa y, todavía en su actual madurez, un luchador temible.

- Sólo dos -dijo él muy serio, pues era muy consciente de las absurdas limitaciones legales y lo único que pretendía era darme una lección de la utilidad de la sangre fría-. Yo me limité a obedecerle.

Ante mi gesto de sorpresa, me aclaró lo ocurrido. Él en efecto se bajó del vehículo, pero no por el lado donde estaba el delincuente, sino por el otro. Con sutil habilidad y rapidez, nacidas del dominio sobre su cuerpo conferido por la práctica de años en las artes marciales, nada más poner el pie en el suelo dejó caer la moto hacia el de la navaja, que no pudo sujetarla. Consecuencia: cayó sobre su pierna, se la aplastó y le rompió la tibia y el peroné. Mi maestro de combate podía haber obtenido el mismo resultado golpeando con una patada, pero dejó que la moto se le "escurriera de las manos" en determinada dirección y con un efecto dirigido. El resultado fue el mismo y nadie podía culparle de haberlo hecho a propósito. Una vez el sinvergüenza en el suelo, muchos testigos se adelantaron insultándole e incluso dispuestos a golpearle (cuando ya estaba indefenso...), y felicitaron a mi maestro de combate por su inteligencia, aunque éste se hizo el tonto y achacó todo a una simple casualidad... Cuando llegó la Policía, había un montón de personas dispuestas a apoyar su versión de los hechos y a negar, si alguien les hubiera preguntado, que se había defendido marcialmente.







lunes, 25 de marzo de 2013

Fintas

Lo bueno de las lecciones que nos imparte en la Universidad de Dios nuestro profesor de Destrucción del Paradigma a través de la Educación Fisica, el terrorífico Lee Jun-fan, es que se pueden aplicar tanto al combate propiamente físico como al psicológico. Su Tao es como el de Sun Tzu en su archiconocido Arte de la Guerra.

Una lección especialmente interesante de esta misma mañana: "La preparación mediante una serie de ataques falsos y fintas ejecutada a un ritmo normal tiene el efecto de adormecer al adversario en un falso sentido de preparación, porque le acostumbra a reaccionar de un modo distinto al que luego tendrá que afrontar en el ataque verdadero. Los movimientos del ataque final deben ser bruscamente acelerados, con lo que probablemente le encontrarán retrasado detrás de ellos." Por ejemplo: amagas con dar un puñetazo derecho tres o cuatro veces seguidas a una velocidad normal, pero el ataque final viene con la pierna
izquierda y mucho más rápido. También se puede hacer al revés: "un cambio efectivo de cadencia es ralentizar, en lugar de acelerar, la acción final de un ataque o respuesta compuestas. Por ejemplo puede ser un golpe cuyo lanzamiento haya empezado pero se pare en su camino hacia delante y continúe cuando el adversario abandone la línea amenazada por otra en la esperanza de encontrar la mano que ha de golpearle finalmente."

Lo malo de esas lecciones es que se empeña en enseñárnoslas directamente y en detalle. Quiero decir: que nos atiza de lo lindo, una y otra vez, de manera inmisericorde y sin que podamos hacer nada por evitarlo. "Si no hay dolor, no os lo creéis", insiste, aunque estemos ya todos los alumnos en el suelo, con los brazos dislocados, la nariz sangrante, los ojos hinchados, las piernas renqueantes y el cuerpo amoratado.


lunes, 26 de noviembre de 2012

Dos errores en la lucha

Las películas de bofetadas y puñetazos, y no hablo sólo de las del tipo Steven Seagal o Chuck Norris porque el cine de Hollywood tiene muchos ejemplos en largometrajes de muy diverso género, han hecho caer a muchos ingenuos en dos serios errores. El primero es que uno puede aguantar un serio castigo físico durante mucho tiempo golpeando al adversario y dejándose golpear por él, en combates homéricos como el que mantienen John Wayne y Victor McLaglen en El hombre tranquilo, sin más secuelas que un ligero atontamiento y un poquito de sangre en la nariz (lo que pasa a un segundo plano, en todo caso, cuando después del combate se ingiere la adecuada cantidad de Guinness). En algunas ocasiones, incluso se defiende la leyenda de que, por mucho que uno esté siendo castigado, no hace falta golpear al rival más que una sola vez: la última..., los irreales finales de las películas de Karate Kid, por lo demás una serie muy meritoria y llena de valores, son una verdadera autoparodia en este sentido. Sin embargo, la verdad la conoce cualquier luchador veterano y es que en la inmensa mayoría de las ocasiones un combate se termina al tercer o al cuarto golpe, y no más.

El cuerpo humano es mucho menos resistente de lo que parece en la pantalla y un puñetazo o una patada bien dadas duelen e imposibilitan continuar la lucha, doy fe de ello. Incluso pueden matarte, dependiendo de donde impacten. Así que es tan importante, o quizá más, aprender a aguantar el golpe que a golpear en sí. Y, por supuesto, convertirse en un especialista en chequeos y bloqueos para desviar en la medida de lo posible los mazazos del adversario. Me viene ahora a la memoria cierto maestro español de Kenpo Karate con años de recorrido y unos cuantos danes en su cinturón (un auténtico ronin, porque traicionó a su maestro iniciador de muy mala manera y fue expulsado de su escuela, aunque hoy va por ahí pavoneándose en un puesto de responsabilidad conseguido gracias a su astucia) que tiene una técnica fabulosa y que puede dejarte fuera de combate en un abrir y cerrar de ojos..., si no le alcanzas antes. Porque posee una debilidad terrible: no aguanta físicamente un golpe fuerte. Por lo tanto, en cualquier campeonato (y en la vida real, si se ve obligado a utilizar su arte marcial) no tiene más remedio que pasar a la ofensiva desde el principio y ganar sus combates con rapidez y con agilidad, evitando el contacto del adversario, ya que es muy consciente de que si éste le toca acabará fácilmente con él.

Como decía el otro: "El que resiste, gana".

El segundo error de este tipo de películas es insistir en que uno tiene que aprender nuevas técnicas cada día, nuevas formas de atacar y defenderse, de moverse en un sentido o en otro, de empujar o estrangular, de acechar..., de incrementar el arsenal propio hasta el infinito, como si el hecho de poseer cincuenta armas confiriera una superioridad estratégica definitiva sobre aquél otro que sólo dispusiera de cinco. Pero no hace falta saber mucho, sino saberlo bien. Nuestro profesor de Destrucción del Paradigma a través de la Educación Fisica, el implacable Lee Jun-fan, siempre ha sido muy claro respecto a esto: "El luchador bien coordinado hace todo suave y graciosamente. Parece resbalar dentro y fuera de la distancia con un mínimo de esfuerzo y un máximo de engaño. Su forma de trabajar es buena porque sus propios movimientos son tan rítmicos que tienDen a establecer un riTmo complementario por parte del contrario, un ritmo que puede romper para ventaja propia a causa de su control perfecto sobre sus propios músculos. Parece adivinar a su contrario, porque toma la iniciativa de forma natural y hasta cierto punto fuerza las reacciones de su oponente".

Insiste Lee Jun-Fan: "Un luchador potente no es un luchador fuerte sino uno que puede ejercer su fuerza con rapidez. Ya que la potencia es igual a fuerza por velocidad, si el luchador aprende a realizar movimientos más rápidos, incrementa su potencia (...) los elevados niveles de fuerza llevan al éxito, si se combinan con velocidad, flexibilidad y resistencia (...) En un combate sin los atributos citados, un hombre fuerte resulta ser al final como el toro con su fuerza colosal persiguiendo inútilmente a un torero"

Y la clave definitiva de todo esto: "No es un incremento diario, sino una disminución diaria. ¡Elimina todo lo que no sea esencial!"








lunes, 29 de octubre de 2012

Lee Jun-fan nos machaca

Cuando empecé mis estudios en la Universidad de Dios estaba convencido de que en breve aprendería suficientes conjuros y hechicerías como para convertir a todos mis enemigos en un montón de carbonilla sólo con recitar las palabras mágicas adecuadas y sin necesidad de tener que levantarme del sofá. Gran error. En contra de las creencias de los neófitos, el desarrollo de la divinidad requiere una serie de trabajos y esfuerzos sostenidos que no tienen nada de sencillo y desde luego no se parecen a la hechicería ni a lo que el vulgo suele denominar magia. 

Una vez que uno ha adquirido cierto dominio sobre esos conocimientos, es cierto que puede presentarse ante el mundo y actuar sobre él con gran parafernalia y asombro de los homo sapiens corrientes, que enseguida creerán estar ante un gran brujo con poderes sobrenaturales, pero la verdad es que todo esto tiene un coste energético elevado. Lo del Harry Potter de turno consiguiendo grandes efectos con una varita mágica de forma casi gratuita es pura fantasía: uno puede agotarse hasta quedar al borde de la muerte si se excede en el uso de los poderes mágicos.

Es por eso por lo que el Rectorado de la Universidad se empeñó en que todos los alumnos fuéramos sometidos a una estricta disciplina física para ponernos a tono y enseñar a defendernos ante cualquier peligro empleando tan sólo los recursos corporales normales. Ahí fue cuando nos sometieron a las demoledoras clases de Lee Jun-fan, nuestro implacable profesor de Destrucción del Paradigma a través de la Educación Física, emperrado en convertirnos en una especie de armas humanas, mediante la adquisición de determinadas técnicas de combate.

El primer día de clase nos formó a todos en el patio del pabellón de deportes y nos advirtió:

- Encerrarse en lo físico conduce al engreimiento y la rigidez, y a perder lo sutil y delicado. Limitarse sin embargo a lo intelectual, os llevará al idealismo, al exotismo..., y os restará eficacia y visión de la realidad. El entrenamiento está muy olvidado: se concede demasiado tiempo al desarrollo de la destreza y demasiado poco al desarrollo del propio individuo mediante su participación. El entrenamiento trata no con un objeto sino con el espíritu humano, con las emociones humanas... E implica disciplina de la mente y potencia y resistencia del cuerpo. Entrenamiento no sólo significa el conocimiento de las cosas que constituyen el cuerpo sino también el de las cosas que lo destruyen o lo dañan. Así que todo el mundo a correr alrededor del patio.

Y ahí nos tuvo, trotando y dando vueltas durante la hora de clase. No hicimos otra cosa. Si alguno se cansaba y reducía el ritmo o incluso trataba de simplemente caminar, Lee Jun-fan iba junto a él y empezaba a darle tobas en las orejas, hasta que el sufrido alumno se veía forzado a volver a correr para quitárselo de encima.

Resoplábamos y sudábamos, corriendo alrededor del patio interminable y él no paraba de exigirnos más.
 
- ¿Por qué protestáis? ¿Por qué sois incapaces de correr? A diario en vuestra vida normal tenéis oportunidades para ejercitaros y reforzaros físicamente, pero no lo hacéis. Caminad siempre que podáis, aparcando el coche más lejos del lugar a donde vayáis. Evitad siempre el ascensor: en lugar de ello subid andando por las escaleras. Cultivad vuestra conciencia imaginando que alguien os ataca mientras estáis sentados, de pie, tumbados, haciendo lo que sea..., y enfrentad mentalmente el ataque con movimientos diferentes: los movimientos simples son siempre los mejores. Practicad el equilibrio quedándoos sobre un solo pie al vestiros o calzaros o simplemente mientras esperáis a alguien. Inventad vuestros propios ejercicios, siempre flexibles, siempre preparados, siempre en una posición de alerta tranquila, como el gato. Debéis conseguir un cuerpo de póker, que no es otra cosa que un cuerpo que no revela a los demás nada acerca de sus posibles movimientos, de la misma forma que una cara de póker nada revela a los demás acerca de sus posibles cartas.
   

Cuando sonó la campana de fin de la clase y nos dejó por fin descansar, estábamos todos convertidos en papilla, completamente derrotados. Y eso que era sólo el comienzo del curso de este año. Al salir del patio del pabellón  deportivo, un alumno le preguntó si no le parecía que había sido un poco duro para ser el primer día de clase. Serio y enigmático, como de costumbre, Lee Jun-fan replicó:

 
- Para llegar a ser diferentes de lo que somos, primero tenemos que tener alguna conciencia de lo que somos.









 

viernes, 18 de mayo de 2012

El Manual (con mayúscula)

Mi tutor en la Universidad de Dios insiste a menudo en advertirnos contra lo que él llama "tal vez el error más común del homo sapiens para enfrentarse a las circunstancias de la vida": en opinión del Gran Thoth, la gente pierde el tiempo buscando, como si pudiera existir, el Manual (con mayúscula) perfecto para resolver los problemas y desafíos que se le cruzan en cada momento. De ahí su obsesión en contar su vida a las demás personas buscando consejo o tratando de comparar lo que han hecho otros con lo que ellos pueden hacer o dejar de hacer. Su ideal sería encontrar un texto, bien ordenado por capítulos, en el que hallar las soluciones ipso facto. ¿Tiene un problema con el jefe? Vaya al capítulo 14 y vea el índice: en caso de tener que pedir aumento de sueldo, haga esto; en caso de querer cambiar de puesto laboral, haga lo otro; en caso de necesitar un curso de formación, haga lo de más allá...  ¿No sabe cómo actuar con su hijo? Vaya al capítulo 8 y vea el índice: en caso de tener que reñirle, haga esto; en caso de querer leer su diario secreto sin que se entere, haga lo otro; en caso de desear conocer a sus amigos, haga lo demás allá. Y así todo.

Algunas historias fantásticas han contribuido a alimentar la leyenda del Perfecto Manual para Todo, Todo, Todo. Por ejemplo, esos cuentos acerca de los grimorios y diversos libros de conjuros con los que supuestamente los grandes brujos de todos los tiempos podrían resolver cualquier problema con la varita mágica de turno. Un hechizo para enamorar a Fulanita, otro hechizo para encontrar un montón de oro, otro más para que al enemigo le parta un rayo por la mitad... Soluciones garantizadas. Soluciones mecánicas. Soluciones inútiles.

Precisamente lo divertido de la vida (y la única manera de afrontarla con éxito, obteniendo de ella el jugo de los dioses: la verdadera Ambrosía) es trabajar sin red enfrentando cada reto como si fuera nuevo, lo sea o no, y dándole una solución consciente y personalizada, que puede ser muy diferente para dos problemas en apariencia idénticos. 

Lo mismo piensa Lee Jun-fan, mi profesor de Destrucción del Paradigma a través de la Educación Física, que lo ha repetido una y otra vez:

- La comprensión surge mediante el sentimiento, de momento en momento. Para comprender lo real se necesita conciencia, una mente alerta y totalmente libre. Ten en cuenta que el esfuerzo dentro de la mente limita a la mente, porque el esfuerzo implica la lucha hacia un fin y, cuando uno tiene un fin, un propósito o una meta, uno pone un límite a la mente... Uno puede vivir algo totalmente nuevo por la tarde y experimentarlo, pero si mañana por la mañana trato de repetir la experiencia, la sensación que tuve con ella, la estoy mecanizando y la descripción deja de ser real. La realidad implica ver la verdad en el mismo momento en el que sucede porque la verdad no tiene mañana. El momento no tiene ayer ni mañana, no es el resultado del pensamiento y por consiguiente, no tiene tiempo, no se mueve en el tiempo.

Y aún más:

- Encontrarás la verdad al examinar de verdad el problema porque el problema no es independiente de la respuesta. El problema es, de hecho, la respuesta: comprender el problema disuelve el problema. 

Esto me repetía yo mentalmente ("comprender el problema disuelve el problema") mientras hacía las 555 abdominales consecutivas que Lee Jun-fan nos puso de tarea ayer por la mañana en su clase..., pero aún debo estar en un estado de semialfabetismo místico porque no sólo no se disolvieron las abdominales sino que hoy me duele todo el cuerpo del esfuerzo.







miércoles, 21 de marzo de 2012

Examen de Destrucción del Paradigma

Lee Jun-fan, mi profesor de Destrucción del Paradigma a través de la Educación Física, está obsesionado con la libertad absoluta de movimientos. Yo le doy la razón, naturalmente. Primero, porque estoy de acuerdo con su filosofía general y segundo, porque es mi profesor y me tiene que calificar así que más vale que me aprenda sus lecciones...  No obstante, a veces se pone un poco machacón. La verdad es que resulta difícil conservar en la memoria todas sus lecciones si las dicta como acostumbra. Es decir, mientras nos somete a una serie tras otra de abdominales o flexiones. Y eso, cuando no nos tiene toda la hora de clase corriendo alrededor del campus de la Universidad de Dios (le gusta hacerlo especialmente cuando hace más frío, llueve o, mejor, graniza: "para haceros fuertes", dice).

El otro día, nos hizo un examen parcial. Reunió a toda la clase y nos distribuyó todo tipo de armas: katanas, sais, nunchakus, bos, shirasayas, shurikens, ganchos y no sé cuántas cosas más. Parecía que fuéramos a asaltar los mismísimos infiernos. Luego exigió que le prestáramos atención y dijo:

- No golpeéis a ciegas ni toméis caminos sinuosos, sino seguid una línea recta hacia el objetivo: la simplicidad es la distancia más corta entre dos puntos. Esta simplificación significa tener libertad en el sentido primario, esto es sin dejarnos limitar por dependencias, confinamientos, parcializaciones, complejidades de los estilos de combate. La ausencia de una  técnica esterotipada significa ser total y libre, de manera que no hay líneas ni movimientos mejores que otros: todas las líneas y todos los movimientos son la función. Recordad que la naturaleza original del hombre es la independencia. La mente debe emanciparse de antiugas costumbres, prejuicios, procesos de pensamientos restrictivos e incluso de los pensamientos corrientes. La verdad no está limitada por un modelo, ni por varios, sino fuera de todos ellos. El hombre clásico no es más que un manojo de rutina, ideas y tradición y, cuando actúa, traduce cada momento actual en términos de lo antiguo. Es como el conocimiento normal, fijado en el tiempo, mientras la sabiduría es algo continuado, vivo, un movimiento...  Una mente condicionada nunca es una mente libre: condicionar limita a una persona dentro de una estructura de un sistema particular así que, para expresarte a ti mismo con libertad, debes morir a todo lo de ayer. Sí, para comprender la libertad, la mente debe aprender a mirar la vida, a aprender de la vida, que es un movimiento vasto, sin la limitación del tiempo porque la libertad está más allá del campo de la conciencia. Recordad: para comprender y vivir ahora, todo lo de ayer ha de morir en vosotros. Si seguís los modelos clásicos, estáis comprendiendo la rutina, la tradición, las sombras..., pero no estáis comprendiendoos a vosotros mismos...  ¡Atacadme todos, ahora!

¿Atacarle, todos a la vez? ¿Este hombre valoraba su vida? Los más aguerridos de la clase no se lo pensaron mucho y se lanzaron a por él. En aquel momento creí que lamentaría haber lanzado su desafío, pero no le costó mucho librarse de ellos. Sin embargo, pronto se le echaron encima otros alumnos, algunos deseosos de hacerle pagar tanta flexión de las clases precedentes. Y, de repente, estábamos todos envueltos en la batalla campal: todos nosotros, armados, contra Lee Jun-fan, con las manos vacías. A pesar de eso, el hombre se movía con una potencia y una precisión tremendas, como el ojo de un huracán que lo arrollara todo a su paso, empleando dinámicamente cada parte de su cuerpo para esquivar, golpear y desembarazarse de cuantos le rodeaban. En el reparto de armas, me había tocado un kamayari, así que pensé (optimista, como de costumbre) que podría frenarle a distancia, antes de que se me acercara demasiado... Eso pensé, pero a la hora de la verdad, el tipo se desplazó tan rápido que no me dio tiempo ni a intentar golpearle antes de recibir un sonoro mazazo de su puño derecho.

Lo siguiente que recuerdo es estar tumbado en el suelo, dolorido y con las sienes palpitando de dolor. Me incorporé un poco y descubrí que todos y cada uno de los alumnos de la clase estábamos despatarrados, vencidos. De manera increíble, nos había derrotado a todos juntos.

Lee Jun-fan nos miró sonriendo y concluyó la clase con una última recomendación: 

- Vacía tu copa para que pueda ser llenada, quédate sin nada para ganar la totalidad.





lunes, 13 de febrero de 2012

El Óctuple Sendero del Trompazo

Un dios tiene demasiadas cosas que hacer como para perder el tiempo poniéndose enfermo, y un aprendiz de dios (como un servidor, a pesar de que aún tengo la mayor parte de la carrera por delante) debe tratar de actuar siempre como si ya hubiera finalizado los estudios. Es decir, en este caso no se puede (no me puedo) permitir el lujo de andar con gripes, jaquecas, dolores o debilidades semejantes... Pero, claro, ésa es la teoría. La práctica es que aún no he logrado desarrollarme lo suficiente como para superar las limitaciones corporales y aquí estoy, arrastrando algunos problemillas físicos que no viene al caso enumerar y encima con pocas horas de sueño por la noche... 



Cuando le dije a Lee Jun-Fan, mi nuevo profesor de Destrucción del Paradigma a través de la Educación Física, que no me encontraba demasiado bien para asistir a su clase de hoy, me pasó amistosamente el brazo por encima de los hombros y me preguntó:

- ¿Conoces el Óctuple Sendero del Budismo? 

- Lo siento, maestro -respondí humildemente-. Lo único óctuple que conozco bien es el pulpo a feira...

Me observó sin inmutarse y a continuación se puso frente a mí y me explicó lo siguiente:

- Los ocho requisitos para eliminar el sufrimiento corrigiendo los valores falsos y dando conocimiento verdadero al significado de la vida fueron resumidos en el Budismo según los siguientes puntos: 1º) El punto de vista correcto o la comprensión: es preciso ver con claridad en qué estamos equivocados para poder afrontar el error y eliminarlo con éxito. 2º) El propósito correcto o la aspiración: debes decidir curarte sin dilación. 3º) El lenguaje correcto: habla como hablarás al estar curado. 4ª) La conducta correcta: tienes que actuar en consecuencia. 5º) La vocación correcta: tu sustento o medio de vida nunca debe entrar en conflicto con tu terapia de curación. 6º) Esfuerzo correcto: la terapia debe seguir adelante a velocidad "de crucero", es decir, la velocidad máxima que puedes mantener. 7º) La conciencia correcta o el control mental: debes sentir y pensar sobre esto que te interesa constantemente. Y 8º) La concentración correcta o meditación: debes aprender a contemplar profundamente con tu mente este objeto de tu interés.

Asentí como si me hubiera enterado de algo.

- ¿Estás seguro de haber comprendido todo?

- Hombre, tengo que meditarlo un poco -reconocí- pero creo que las líneas generales las he entendido.

- Yo te ayudaré -asintió... 


Y empezó a propinarme una serie de puñetazos y patadas marciales ante las que apenas pude cubrirme con una guardia de urgencia. Aguanté lo que pude, sin atreverme a contragolpear y limitándome a defenderme, pero en menos de medio minuto estaba en el suelo, atontado y magullado por los golpes.

- Óctuple Sendero: te golpearé marcialmente como si no tuvieras problemas físicos y estuvieras curado y ello te obligará a reaccionar como si de verdad así fuera... Levanta. Acabamos de empezar la clase... -y sonrió, me parece que con un cierto punto de sadismo.

No sé por qué pero en ese momento me acordé de las ordalías medievales para las mujeres acusadas de brujas, a las que arrojaban atadas de pies y manos al río: si flotaban, eran brujas, así que las sacaban del agua y las quemaban y, si no flotaban, es que no eran brujas, así que se ahogaban (aunque iban al reino de los cielos, benditas ellas)...