Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

miércoles, 4 de noviembre de 2026

Zumo de limón

 

El otro día escuché por casualidad (es un decir, ya sabemos que lo que existe es la causalidad, no así la casualidad) un tema de rap, un género musical que nunca me atrajo, aunque comparado con el reggaeton y otras cosas que se escuchan ahora casi parece música clásica. La letra incluía una serie de consejos de un padre para su hijo: simples, directos y bastante razonables... Algo bastante básico pero que precisamente por eso llamaba la atención de los críticos, que lo ensalzaban por contraste con la basura contenida en las letras de otras canciones hoy mucho más populares. Uno de esos consejos recomendaba vivir la vida, porque "es corta y es larga a la vez". 

Y esta frase es bien cierta, aunque muchas personas no suelen darse cuenta de ello hasta que de repente tienen un buen puñado de años encima. "¿Cómo se ha pasado tan rápido?", dicen muchos, o parafrasean aquello de "¿Quién se ha comido mi queso?" cuando se dan cuenta de pronto de que, más que sumar cumpleaños, ya han empezado a restarlos. La vida es tan breve que siempre me he preguntado cómo es posible que alguien en su sano juicio puede ser capaz de firmar un pacto con el Demonio para conseguir 30, 40 ó 50 años de riquezas, sexo y poder a cambio de entregar su propia eternidad una vez muerto.

"Alguien que hace eso es porque no cree en la vida después de la muerte, no le importa comprometerse con algo que no existe para él", suele argumentarse. Pero esta razón pierde peso por la propia naturaleza de un pacto similar. Desde el momento en el que uno cree en el Demonio y puede llegar a un acuerdo con él, automáticamente ha de creer en Dios y en la guerra entre ambos polos por "ganar seguidores" para su bando, que forzosamente tiene continuidad más allá de la aparente muerte. No tendría sentido competir por un alma si ésta desapareciera tras el óbito físico. 

De hecho, hemos leído mil historias de gente que hizo ese pacto y cuando se acerca el momento de pagar su deuda busca desesperadamente cómo liberarse del mismo. Quizá la más conocida sea la inmortalizada -nunca mejor dicho- por el gran Goethe en su Fausto. Esa guerra, que es la misma que se produce entre el Amor y el Sueño, ambos con mayúscula, define el estado perpetuo de este universo en el que la vida sólo puede existir por la interacción y el contraste entre dos contrarios, por el cambio constante. La vida es en sí misma el perpetuum mobile perseguido por algunos idealistas y el ser humano que sabe aprovecharla es que la utiliza para descubrir..., lo más interesante, lo que nadie enseña sino que es uno mismo quien ha de aprenderlo para dar significado a todo. No para limitarse a sobrevivir.

Sin embargo, la idea de la inmortalidad se hace muy cuesta arriba para la mayoría de las personas porque están hipnotizadas por la materia -por Maya, como dicen los orientales- y limitan su interés a tener, a acaparar cosas materiales que, oh paradoja, no podrá llevarse consigo tras la muerte. Es importante recordar esto: vivimos en un mundo material y todo lo que vive aquí nació en un momento y morirá en otro. Sin excepciones. Por eso las Escuelas Iniciáticas a lo largo de la Historia han enseñado siempre la importancia de escalar en la experiencia humana, viajando más allá de lo material. Los antiguos estoicos romanos tenían una expresión para esto: Memento mori. Recuerda que vas a morir.

Antes de ello, existía también un dicho acerca de las más conocidas estructuras egipcias: el hombre teme al tiempo pero el tiempo teme a las pirámides. Hace referencia a su antigüedad que, por lo que cuentan algunos investigadores, es probablemente mayor de lo reconocido de manera oficial (entre paréntesis, recomiendo ir al menos una vez en la vida a Egipto y plantarse ante la gran pirámide de Keops: uno puede haberla visto cientos de veces en ilustraciones, fotos y películas pero, lo garantizo, cuando estás delante de ella es como si se viera por primera vez y resulta mucho más impresionante de lo imaginado). Y, no obstante, este otro dicho es erróneo pues las pirámides son mortales y también morirán, una vez transcurra el tiempo suficiente. Ya están muy deterioradas respecto al momento de su construcción, desmoronándose día a día, aunque a primera vista resulte difícil apreciarlo debido a su impresionante volumen.

Ricos cada vez más ricos

Volviendo al asunto de la venta del alma al tipo untuoso y desagradable del piso de abajo, parece inevitable pensar en ello cuando uno se encuentra con estudios internacionales como los elaborados por entidades como Oxfam Intermón. Ya en enero de 2022, justo tras el paso de la tristemente famosa pandemia de Covid, uno de esos estudios aseguraba que cada 26 horas surge un nuevo milmillonario en el mundo y, por contraste, cada 4 segundos moría al menos una persona (21.000 al día, menudo matadero...) por culpa de las desigualdades económicas. El documento consideraba que era una estimación "conservadora" (es decir, que las cifras reales podrían ser peores) basada en el número de muertes causadas a nivel global por la falta de acceso a servicios de salud, la violencia de género, el hambre y los vaivenes del clima.

Es una comparación llamativa, sumada a un dato aún más impresionante aportado también por este informe: la fortuna de los diez hombres más ricos del planeta se duplicó (pasó de 700.000 millones de dólares a 1.500.000) durante los dos primeros años de una pandemia que empeoró los ingresos del 99 % de la humanidad y empujó a la pobreza a más de 160 millones de personas. Aún más, la información de esta ong concluía que, si esos diez hombres perdieran al día siguiente el 99,999 % de su fortuna, ¡seguirían siendo más ricos que el 99 % del resto de la gente en el planeta! Comparados con aquéllos en peor situación financiera, acumulaban seis veces más riqueza que los 3.100 millones de personas más pobres del mundo juntas. 

Y otra vuelta de tuerca: si se aplicara un impuesto excepcional del 99 % sobre la variación de la riqueza generada desde el comienzo oficial de la pandemia a estos diez supermillonarios (que, por cierto, son los siguientes: Elon Musk, Jeff Bezos, Bernard Arnault y familia, Bill Gates, Larry Ellison, Larry Page, Sergey Brin, Mark Zuckerberg, Steve Ballmer y Warren Buffet), ese dinero serviría para producir vacunas suficientes para todo el mundo, así como para financiar servicios de salud y protección social universales, dotar de recursos a las medidas de adaptación climática y reducir la violencia de género en más de 80 países..., y aún así los diez magníficos seguirían teniendo 8.000 millones más que antes de que empezara todo el "circo" sanitario.

El resumen del estudio de Oxfam Intermón era así de duro: "más riqueza para unos pocos y más deuda pública para todos". Pese a todo, apuntaba que las dos economías más grandes del mundo, las de EEUU y China, habían comenzado a plantearse políticas para reducir las desigualdades, lo que permitía "albergar cierta esperanza de que pueda surgir un nuevo consenso económico". 

No parece que la cosa haya mejorado mucho desde entonces, de todas formas, porque los sucesivos documentos de la misma ong arrojan análisis parecidos. El último, divulgado este pasado de octubre, afirma que el 0,1 % (ni siquiera el 1 %, sino su décima parte: un 0,1 %) más rico de la población mundial genera más emisiones de carbono que las 3.500 millones de personas más pobres del planeta juntas. Más que las emisiones, lo obsceno del dato es que permite imaginar la cantidad de despilfarros de todo tipo en el que incurre ese 0,1 % para que exista semejante diferencia.

 Además, el pequeño porcentaje se beneficia económicamente hasta de las catástrofes que contribuye a agravar, según el documento, que identifica a un total de 217 empresas que operan en sectores que contribuyen a la llamada crisis climática así como a actividades de reparación, recuperación y reconstrucción tras las catástrofes. Porque el negocio de reconstrucción tras un desastre es tan amoral como rentable (y no digamos ya si el supuesto desastre natural no lo es tanto, pero ésa es otra historia). Por cierto, ¡qué causalidad!, resulta que los dos gigantes que casi monopolizan los mercados de inversión, BlackRock y Vanguard, invierten en el 92 % de esos dos centenares de empresas. Sería un ejercicio interesante comprobar cuánto dinero ponen en cada una de ellas los diez super ricos del documento anterior. En todo caso, las inversiones conjuntas de estas compañías superan el billón de dólares en el mercado mundial de recuperación tras desastres, que se estima podría crecer hasta los 92.000 millones de dólares anuales en 2029. 

Un robo con zumo de limón

Insisto: ¿merece la pena ese pacto con el malo malote del subsuelo teniendo en cuenta que la vida pasa muy rápido (y no hace falta llegar a viejo: la mayoría de las personas olvida que la Parca te puede visitar en cualquier momento, a cualquier edad, en cualquier lugar) y que no te puedes llevar contigo los millones acumulados, ni el yate, ni la mansión, ni nada de nada, aunque seas más rico que el Tío Gilito?

Marco Aurelio, un estoico meritorio (porque hace falta tener mérito para serlo cuando ejerces no ya de humilde filósofo o de simple empleado sino como todo un emperador en la época más gloriosa de la antigua Roma) lo dejó muy claro en sus Meditaciones. Esta obra, que escribió en principio para sí mismo y que es uno de los diez libros que debería leer antes de morir cualquier persona con dos dedos de frente (o así al menos lo defiende Epicteto, mi profesor de Filosofía en la Universidad de Dios), lo dice así de claro: "Alejandro, el Macedonio (se refiere al gran Alejandro Magno) y su mulero, una vez muertos los dos, fueron reducidos al mismo estado". La Muerte, que en realidad es nuestra amiga, no nuestra enemiga, es la Gran Igualadora y llegará cuando le toque llegar: a todos y cada uno de nosotros. Incluso a los millonarios descerebrados que alimentan el sueño, o mejor dicho la pesadilla, del transhumanismo y que pretenden inmortalizarse a base de transfusiones sanguíneas, transplantes de órganos o sustitución de los mismos por partes mecánicas o digitales.

Estos obsesos por acumular riquezas, incluso con pactos diabólicos si hace falta, no han entendido nada sobre cómo funciona la vida y me recuerdan al caso de esos dos insensatos llamados McArthur Wheeler y Clifton Earl Johnson que en 1995 asaltaron un par de bancos de Pittsburgh, en EEUU sin máscara, a cara descubierta..., pero embadurnada con zumo de limón. Sus fotos, obtenidas gracias a las cámaras de seguridad y distribuidas entre los efectivos policiales, permitieron la detención de ambos a no mucho tardar. Y cuando les detuvieron, no se lo creían. Estaban realmente convencidos de que no podían ser identificados porque habían leído en alguna parte que el zumo de limón podía utilizarse (y, de hecho, así ha sido empleado en la antigüedad) como tinta invisible. Imagino que muchos de los lectores de este blog lo habrán hecho alguna vez: escribir con ese zumo sobre papel y, una vez seco éste, aproximarlo a una fuente de calor y ver cómo aparecen las letras que no se veían instantes atrás. El ácido cítrico y los compuestos orgánicos del zumo de limón, transparentes al secarse, se oxidan ante una temperatura elevada antes que el papel y muestran el mensaje escondido.

La ignorancia de estos atracadores era de tal calibre que, en su mente, si el zumo de limón permitía ocultar texto en el papel, permitiría también ocultar sus rostros ante la tecnología e incluso ante los ojos de los testigos de su crimen. Wheeler había hecho una prueba previa con una cámara Polaroid de fotografía instantánea y llegó a la conclusión de que todo iría bien porque la uso tras untarse el zumo de limón en su cara y no apareció en la imagen. Lo más probable es que ni siquiera apuntara correctamente o que la película estuviera defectuosa... Cuando le detuvieron, le enseñaron las imágenes de las cámaras de seguridad y no comprendía nada. No hacía más que lloriquear: "¡Pero si yo llevaba el zumo de limón!". No se lo podía creer. Niños: no os perdáis nunca la clase de ciencias naturales (ni las demás), que luego pasa lo que pasa cuando llegáis a adultos. 

Dos psicólogos de la universidad neoyorquina de Cornell, David Dunning y Justin Kruger, examinaron el caso y en 1999 publicaron su investigación. Describieron un sesgo cognitivo según el cual la persona que sabe poco sobre un tema en concreto, aunque haya visto un par de películas y un puñado de publicaciones en Internet, tiende a sobreestimar lo que sabe porque no es capaz de percatarse de su propia ignorancia y, por supuesto, de prever los errores que cometerá por su culpa. El a partir de entonces denominado efecto Dunning-Kruger ha sido confirmado por múltiples experimentos y estudios elaborados desde entonces en sectores muy diversos, desde los negocios hasta la conducción de vehículos. 

Hoy está demostrado científicamente lo que ya sabían los antiguos griegos -y otros, antes que ellos-. Es decir, que cuanto menos sabes sobre algo, más crees saber sobre ello y, cuanto más aprendes, más comprendes todo lo que no sabes todavía. Es el clásico: Sólo sé que no sé nada de Sócrates aunque en España lo hemos actualizado con el concepto de "cuñadismo": ese cuñado que todos soportamos en las comidas familiares y que ante cualquier problema se expresa con frases tajantes como, por ejemplo, "esto lo arreglaba yo en dos días" por complejo que sea el tema. La única condición es que el problema sea suyo porque resulta contradictoria la facilidad que dicen tener para solucionar los problemas ajenos y la incapacidad para resolver los propios.

Digo que este caso me recuerda a lo que comentaba más arriba porque imagino a todos esos enfermos de avaricia abrazados a sus millones el día en el que aparezca la Muerte para decirles: "Muchachos, se acabó lo que se daba". Y detrás de ella, el señor de los cuernecitos, las patas de cabra y el tridente diciendo: "Buenas, vengo a cobrar mi deuda". Y a todos los millonarios a coro: "¡Pero si llevábamos el zumo de limón!".









miércoles, 28 de octubre de 2026

Sumisión

Hace ya un decenio, Michel Houellebecq publicó una novela distópica que, releída años después, va adquiriendo algo de profética, mal que le pese a todos los que odian al escritor francés (que son, sorprendentemente muchos..., casi tantos como aquéllos que se dicen tolerantes pero luego son incapaces de soportar el leve roce sobre su piel de una opinión diferente). La novela la publicó en España la editorial Anagrama en 2015, apenas tres meses después que en Francia, donde ya estaba siendo un éxito. Para los profanos, recordaremos que Houellebecq es de esos autores que te gustan o no pero siempre vende. La novela se titula Sumisión y recuerdo que en aquella época la leí con curiosidad porque la Ciencia Ficción y la Fantasía son dos de mis géneros favoritos y me parecía curioso que un autor supuestamente realista se atreviera con una distopía.

La obra podría haberse titulado Islam, porque el título final es precisamente la traducción del título hipotético y también por el contenido del libro en sí. Islam significa literalmente sumisión a la voluntad divina, a la de Alá, que es otra manera de llamar a Dios en las llamadas religiones abrahámicas. El musulmán, etimológicamente, es el que se muestra sumiso a esa voluntad y actúa en consecuencia, practicando los preceptos de su fe. Contrariamente a lo que mucha gente piensa hoy día, musulmán no es sinónimo de terrorista, como cristiano no es sinónimo de torturador inquisidor, ni judío lo es de traidor maquiavélico, por ceñirnos a las susodichas religiones. Todas las creencias tienen sus fundamentalistas y sus pervertidos, empeñados en ser, como suele decirse, más papistas que el Papa.

Una de las primeras cosas que aprendemos en la Universidad de Dios es a respetar todas las creencias de los Homo Sapiens, por particulares que nos puedan parecer y aunque nunca las compartamos. Allá cada cual con sus ideas mientras no moleste a los demás. Esta especie homínida, que se cree la dueña del planeta Tierra, es tan primitiva que necesita tener fe para darle un sentido a su vida. Necesita creer que puede confiar en Algo Superior externo a ella y que no puede ver pero que aún así le protege y le cuida y, además, de manera personalizada. El astrofísico Hubert Reeves decía que "el ser humano es la más insensata de las especies porque venera a un Dios invisible y masacra una Naturaleza visible, sin darse cuenta de que esta Naturaleza que masacra es ese Dios invisible que venera". Por eso a lo largo de la Historia ha depositado su fe en una inmensa diversidad de dioses según la época o el momento, sin darse cuenta de que lo único que puede salvar a una persona, lo único que de verdad puede explicar el porqué de su existencia, no es realmente la fe -es justo al contrario- sino el conocimiento o, por hablar con más propiedad, la Sabiduría. Con S mayúscula. Pero nos desviamos del tema...

Volviendo a Sumisión, la novela no se limita al significado islámico sino que constituye una especie de juego de palabra, en singular, al referirse también a otras sumisiones diferentes, aunque relacionadas entre sí. La primera, la del protagonista (un individuo desagradecido y despreciable llamado François) respecto a las circunstancias de su propia vida. La segunda, la del país en el que vive (Francia en el futuro de 2022 -el futuro respecto al momento en el que se publicó el libro, en 2015-). La tercera, la del Viejo Continente (Europa) en el que está incluido su país y a cuyo impresionante legado histórico y civilizatorio han traicionado, y siguen haciéndolo por intereses espúreos, muchos si no la gran mayoría de sus habitantes contemporáneos. Evidentemente, me refiero a sus habitantes vernáculos, no a los importados.

 La biografía del propio Houellebecq explica mucho del contenido de su obra y de esta novela en particular. Su nombre real es Michel Thomas. Houellebecq era el apellido de soltera de su abuela paterna y lo adoptó, parece bastante claro, como homenaje a la persona que se encargó de su crianza, después de que sus irresponsables padres se desentendieran de él. Ambos eran militantes comunistas y ya sabemos que la familia -lo que hoy se llama "familia tradicional", compuesta por padre, madre e hijos- es un concepto "retrógrado" e "inservible" para ese tipo de mentalidades "progresistas" e infantiloides que se niegan a asumir tanto sus responsabilidades como las implacables leyes de la Naturaleza. Esas mismas mentalidades que tanto han hecho por intentar destruir Occidente en unas pocas generaciones.

El argumento

François cuenta en Sumisión la decepcionante historia de su vida. Es un académico universitario de segunda fila, un profesor de Literatura en la Sorbona, donde ejerce como especialista en la obra de Joris Karl Huysmans. Este escritor decimonónico francés, hoy bastante olvidado, tuvo su momento de gloria en vida publicando obras pesimistas -en la estela de Schopenhauer- que los críticos han calificado como el summum de la decadencia. En sus últimos años llegó a retirarse a un monasterio benedictino tras coquetear con el espiritismo. Paradójicamente, François está lejos de la espiritualidad y aún más de la religión..., aunque no de la decadencia. Es un tipo frustrado: por su incapacidad de triunfar en su profesión, donde no se le tiene muy en cuenta, pero también por su anodina y solitaria vida personal en la que ha sido incapaz de formar una familia -aunque no sea tradicional- y apenas tiene relaciones aparte del sexo sin mayores consecuencias con algunas alumnas y con una amiga judía, Miriam, que acabará emigrando a Israel ante el peso que el islam está adquiriendo en Francia. 

François también está frustrado por el paso del tiempo, que lleva mal. El deterioro físico que conlleva la vejez es una de las grandes venganzas de la Vida contra esas gentes que renunciaron a luchar por ella y, por tanto, perdieron la oportunidad de descubrir su significado. Es, además, un tipo miedoso, acobardado, apático e incompetente para afrontar grandes desafíos -tampoco puede con los pequeños- porque valora por encima de todo su comodidad egoísta. Eso sí: es un intelectual y alardea de ello, especialmente ante sí mismo, como si semejante condición le concediera un estatus superior al resto de la humanidad.

La inservible existencia de François contrasta con la efervescencia política que le rodea: Francia vive unas elecciones generales complicadas en un ambiente muy tenso. El deterioro institucional, económico y social del país polariza el voto y al final los ciudadanos tendrán que escoger entre los dos partidos mayoritarios que compiten por la presidencia: el Frente Nacional de Marine Le Pen y la Fraternidad Musulmana de Mohamed Ben Abbes. Houellebecq describe el Frente Nacional de su novela como el mismo que existía cuando la escribió, si bien hoy día se llama Agrupación Nacional y su líder actual tras la polémica inhabilitación de Le Pen en 2025 es Jordan Bardella. En cuanto a la Fraternidad Musulmana, no existe, aunque el nombre nos recuerde inevitablemente a los Hermanos Musulmanes -la organización fundada por Hasan Al Banna y considerada actualmente como terrorista por unos cuantos países-. Francia alberga en este momento en el mundo real a un elevado porcentaje de musulmanes entre su población pero el partido político más relevante relacionado con esta religión, la Unión de Demócratas Musulmanes de Francia creada por Nagib Azergui, ni siquiera tiene representación en la Asamblea Nacional.

La novela plantea una pregunta jugosa: si usted, como votante, tuviera que elegir entre aupar como presidente bien a un líder laico aunque presumiblemente cristiano de la derecha nacionalista (o de la ultraderecha, como dicen ahora los que nunca califican a los partidos ubicados a la izquierda de los socialistas como ultraizquierda) o bien a un líder declaradamente musulmán pero en principio de centro izquierda moderada, ¿a quién preferiría en el Gobierno? 

En Sumisión, el partido socialista de François Hollande y el centro derecha de la UMP (Unión por un Movimiento Popular) de Nicolas Sarkozy -otros dos fracasados de la Historia, cada uno a su manera-, que no han pasado el corte de la primera vuelta electoral, piden encarecidamente el voto para Ben Abbes y sus islamistas, a los que prefieren ver gobernando antes que a Le Pen. No es un escenario irreal, como creen algunos. La connivencia entre socialistas -y también derechistas- y musulmanes es un fenómeno en alza en distintos países europeos porque todo esto tiene que ver con grandes movimientos subterráneos que acontecen por debajo de la lupa, por lo demás bastante miope, de los grandes medios de comunicación. Tenemos un ejemplo muy próximo a nosotros, en España. No hay más que ver los movimientos y relaciones del PSOE -tanto de muchos de sus líderes a nivel personal como de la propia formación política- y de los partidos a su izquierda durante los últimos años.

La elección

Y, ¡cuidado: spoiler!, las elecciones las gana la Fraternidad Musulmana si bien, en contra de las predicciones más apocalípticas, Francia no se convierte en un califato de buenas a primeras. Muy al contrario, el relevo político se produce en un clima de bastante normalidad y Ben Abbes asume la presidencia del país. Eso sí: a partir de entonces se dedica a islamizarlo, lenta, pero inexorablemente. Y tiene ambiciones. De momento, cambia leyes para imponer una sharía que podríamos definir como light, permite la poligamia, anula la igualdad entre hombres y mujeres, convierte en islámica la universidad en la que trabaja François..., y sueña con reconvertir la Unión Europea a su fe, quizá incluso con cambiar la bandera azul con estrellas amarillas por una sola media luna, en un intento por crear una nueva entidad política, una especie de nuevo imperio musulmán que abarque ambas orillas del Mediterráneo y de la cual él sería el fundador y primer presidente.

¿Y qué pasa con nuestro protagonista? Es un tipo manejable, pasivo y débil: por lo tanto, perfecto para colocar en un puesto importante y que actúe como títere del poder. Sobre todo cuando una de las principales reformas del nuevo gobierno es la educativa, puesto que se trata de cambiar la mentalidad de los europeos e islamizarlos lo más rápida y eficientemente posible y, para ello, qué mejor que hacerlo desde la infancia y hasta los estudios universitarios (entre paréntesis, siempre he dicho que el principal problema de España desde hace mucho tiempo es el paupérrimo sistema educativo que padecemos, incapaz de cultivar los suficientes ciudadanos no ya con un mínimo de conocimientos útiles para afrontar la vida, sino con criterio, voluntad e iniciativa personales). Así pues, a François le ofrecen una elección: puede convertirse al islam y entonces le pondrán al frente de su universidad, con el prestigio y el sueldazo asociados al puesto y con la posibilidad de disfrutar de varias mujeres para su placer o puede mantener sus circunstancias personales..., pero en otro trabajo porque le despedirían. Un puñado de sus compañeros ha elegido respetarse a sí mismos y marchar o jubilarse, pero para nadie será una sorpresa la decisión que finalmente tomará el amigo François.

Sumisión saltó a las primeras posiciones en las listas de libros más vendidos casi de inmediato porque su publicación coincidió con el atentado contra la redacción de Charlie Hebdo, un semanario satírico francés de calidad en general mediocre pero con una gran habilidad para sacar de sus casillas a propios y extraños con textos y dibujos más que provocativos. Dos terroristas que fueron identificados como pertenecientes a la rama yemení de Al Qaeda y que más tarde se supo que eran dos "franceses" de origen argelino entraron en su redacción a tiro limpio y dejaron tras de sí dos docenas de víctimas entre muertos y heridos. Más tarde se produjeron otros tiroteos con musulmanes implicados y más víctimas. Y un pánico generalizado en la sociedad francesa. No se puede negar que fue una sangrienta y macabra gran campaña de promoción para esta obra de "política ficción".

De todas maneras, lo más terrible del libro de Houellebecq no es ya la denigrante y oportunista docilidad de François, camaleón dispuesto a renunciar a su historia y sus raíces por su confort personal basado en un materialismo puro y duro, sino lo que se lee entre líneas: enfrentados ante la misma situación, la mayoría de franceses haría exactamente lo mismo, según el análisis del autor. Y sin vuelta atrás, porque esa mayoría ha perdido su alma, ha sido envilecida con astuta habilidad por ciertas fuerzas que vienen operando impunemente desde hace ya bastante tiempo y que han logrado envenenar a los franceses (y a los europeos en general) con la búsqueda perpetua y estéril del placer y el bienestar. Esas fuerzas han logrado difuminar y desvirtuar nociones que antes eran importantes, como el honor, la paciencia, la sinceridad, la generosidad, la prudencia, la templanza e incluso el amor. Y con ello ha castrado a los ciudadanos empujándoles progresivamente al aburguesamiento -ese concepto tan mimado por la "progresía"- que les ha convertido en sombras cobardes y desquiciadas, incapaces de afrontar un desafío de verdad, porque se han perdido a sí mismos. 

"Es una simple novela, que exagera todo", dicen algunos especialistas en mirar hacia otro lado sin hacer caso de la Historia, de la misma manera que los venezolanos decían que en su país no se produciría la involución democrática que hubo en Cuba o de la misma manera que muchos españoles, por increíble que parezca después de lo que hemos soportado los últimos años, siguen pensando que aquí no sucederá lo mismo que en Venezuela (de hecho, ya hay muchas cosas que están sucediendo igual). Mas la islamización de un país es un fenómeno rápido cuando sus defensores toman el poder. Hoy poca gente lo recuerda (¿y les importa, si llegan a saberlo?) pero países como Egipto, Siria o Líbano, entre otros, que hoy consideramos musulmanes "de toda la vida" fueron hasta hace pocos decenios mayoritariamente cristianos. No se precisó mucho tiempo para cambiar las cosas de una manera radical.

¿Se hará finalmente realidad el escenario imaginado por Sumisión? Veremos.

En cuanto a Houellebecq, una vieja advertencia en el mundo de la creatividad dice que si te gusta un autor hasta el punto de convertirte en un auténtico fan que no se pierde ninguna de sus obras, jamás deberías intentar conocerle en persona porque, invariablemente, te decepcionará. Tiene su lógica: uno idealiza aquello que le gusta superficialmente y no conoce a fondo. Y la realidad destroza cualquier idealización.




miércoles, 21 de octubre de 2026

Ventanas

Dos constructores de ventanas han influido especialmente en el diseño y manipulación del mundo contemporáneo y ambos han sido norteamericanos. Uno de ellos es muy conocido y, cuanto más se le conoce, (mucho) menos se le quiere, como me ha comentado algún otro estudiante en los pasillos de la Universidad de Dios. Y eso que es uno de los grandes iconos económicos y tecnológicos de los últimos cincuenta años..., pero en las películas de superhéroes el peor de los supervillanos suele ser un tipo muy inteligente, carismático y (en apariencia) triunfador. El individuo al que hacemos referencia es, claro, William Henry Gates III, más popular como Bill Gates o, en el caso de esta bitácora, que es española y escribe en español (con algunos añadidos a veces en otros idiomas, cierto), es Guillermito Puertas. Siempre me ha parecido una sincronía chocante que un tipo apellidado Puertas inventara un sistema operativo llamado precisamente Windows (ventanas), sin duda el más famoso de la era de la computación, pero no existen las casualidades así que por algo será.

El otro muchacho, bastante menos popular entre el vulgo pero muy renombrado entre los que manejan el cotarro entre bambalinas, es Joseph Paul Overton, cuyo apellido no tiene nada que ver con ventanas. Si lo dividiéramos en dos palabras, over-ton, podríamos traducir su nombre literalmente como José Pablo Más-de-una-tonelada, aunque no era especialmente grueso. Entonces, ¿por qué traerlo a colación? Pues porque Overton, que pereció con cuarenta y pocos años en un accidente aéreo pilotando un ultraligero poco después de casarse, es el creador de un concepto reservado hasta ahora a unos pocos connoisseurs y que poco a poco ha empezado a calar entre el público en general a través de algunos artículos de periodistas curiosos. 

Ese concepto se llama la 'Ventana de Overton' y es uno de los modelos de ingeniería social más conocidos. Básicamente se trata de un conjunto de técnicas para convencer a la sociedad de que acepte una idea que hasta ese momento era tabú y por supuesto implanteable públicamente. De hecho, más que de una ventana habría que hablar de varias ventanas de Overton, porque el camino a seguir según el planteamiento de este ejecutivo era un sucesivo deslizamiento de ventanas que arranca impulsando un movimiento social y termina manifestándose con una ley formal.

Cómo funciona

Overton describe seis niveles (ay, el seis..., siempre presente en este tipo de cosas, ¿qué tendrá el número seis que aparece una y otra vez?) para lograr la transmutación de gusano en mariposa, como quien dice. Son los siguientes: la idea es 1) impensable -nadie la apoya, es rechazable y rechazada por el cuerpo social, así que hay que defenderla por ejemplo manoseando el principio de la libertad de expresión-, 2) radical -muy pocos la apoyan, casi todo el mundo la considera como algo excesivo, extremo, inaplicable..., así que se crean eufemismos para disimular su realidad e intentar justificar que "en determinadas circunstancias" igual no sería descartable-, 3) aceptable -aún no tiene una mayoría de apoyos pero la gente ya no la rechaza directamente, porque los medios de comunicación empiezan a hablar de ella y porque surge el "argumento" clásico de "tú no apoyas esto porque eres una persona anticuada, esto es lo verdaderamente moderno"-, 4) sensata -va tomando fuerza y mucha gente la ve como algo razonable que quizá debería tener su oportunidad, sobre todo cuando aparecen personajes públicos, influencers y artistas que la defienden-, 5) popular -la mayoría de la sociedad la apoya y considera conveniente aplicarla por lo que comienzan las presiones a los partidos políticos para que la legalice- y, finalmente, 6) política pública -los políticos se suben a la ola e impulsan la creación de una ley oficial para aplicar la idea definitivamente-.

Un ejemplo que suele citarse es la abolición de la esclavitud. Esta lacra ha existido siempre históricamente. Ningún pueblo de la antigüedad concebía la existencia de una sociedad sana sin una amplia base de esclavos empleados para distintas labores (y tan esclavos han sido los europeos como los africanos, los asiáticos o los americanos, aunque nunca se recuerde este punto porque, gracias a los analfabetos, los manipulados y los miserables, ya sabemos que la culpa de todo lo que pasa en el mundo es de la "malvada" Europa). De todas maneras, no hay que remontarse muy atrás en el tiempo para ver el final oficial de la esclavitud: en los países más "desarrollados" no desapareció legalmente hasta el siglo XIX. De ese planeamiento impensable en un principio se pasó a otro radical gracias a los grandes maestros filosóficos y espirituales, de los cuales el principal ejemplo -no el único- es Jesús el Cristo, que hablaron de la necesidad de liberar al hombre de sus cadenas, si bien no sólo de las materiales. En la Edad Media alcanzamos las fases aceptable y luego sensata, a medida que el Cristianismo se imponía en el Viejo Continente (y más tarde también en el Nuevo) y que los principios de justicia, honor, bien y bondad son extendidos por ciertas órdenes caballerescas y algunos trovadores que cantaban en código como los Minnesänger. El sentimiento se convierte en popular especialmente a partir del siglo XVIII y termina encarnándose en una política pública en el XIX. Y hoy lo impensable ha pasado a ser lo contrario: que pueda existir la esclavitud.

(Entre paréntesis, la esclavitud "a la antigua" sigue existiendo sin embargo en no pocos países del mundo aunque no se hable de ello porque hay muchos intereses en juego. Y, de forma mucho más disimulada, también existe en el resto del planeta, sobre todo a través de la usura financiera y de la actividad de distintas mafias.) 

Este ejemplo es muy a largo plazo. Por lo general se emplea este modelo en tiempos más cortos, pero siempre controlados: la clave en la aplicación de la idea es de hecho el tiempo. No se puede imponer un cambio de mentalidad y hacer aceptable lo inaceptable de un día para otro, sino que de forma gradual. La gente que está acostumbrada al color rojo no admite que de pronto todo sea de color blanco. Es preciso ir "blanqueando" progresivamente el tono y acostumbrando a la población a esa leve variación de una manera suave. Pasando por ejemplo de un tono burdeos o guinda a otro cereza o carmesí, y luego continuar la degradación: tomate, coral, rosa, marfil y, al final, blanco -por resumirlo mucho, puesto que hay muchos más tonos-.

Un ejemplo más sangrante

Veamos otro ejemplo, más moderno, que está intentando aplicarse en nuestra sociedad: la legalización de la pedofilia. Hasta finales del siglo XX, a nadie en su sano juicio, al menos en Occidente, se le habría ocurrido considerar algo normal las relaciones sexuales de adultos con niños (aunque algunos pueblos de la antigüedad consentían esas relaciones a partir de la adolescencia). Era algo sencillamente impensable, por más que siempre han existido pervertidos, canallas y auténticos hijueputas -como solía decir mi dentista colombiano- que han actuado a escondidas de la sociedad. Es la fase 1) de la ventana de Overton. 

El primer intento de pasar a la fase 2) se produjo a través de la puesta en marcha de grupos como la Asociación norteamericana por el amor entre adultos y niños (NAMBLA por sus siglas en inglés), fundada en 1978, ubicada en Nueva York y San Francisco y considerada como organización más numerosa de la Internacional de la pedofilia y la emancipación infantil (IPCE por sus siglas en inglés). Por supuesto, entre sus declaraciones públicas se incluye una condena contra la violación, la explotación sexual, el rapto y los castigos corporales: los cuatro factores de exclusión del grupo que pretende simplemente "dar libertad de elección sexual" a los menores para que puedan relacionarse con quienes quieran. No obstante, se hace difícil creer que un adulto excitado, pongamos por caso, por un infante de año y medio, pueda resistirse a la tentación de usar alguno de esos factores para satisfacer sus instintos malsanos. De hecho, aunque la NAMBLA como tal no ha sido nunca legalmente perseguida, sí lo han sido varios de sus miembros por distintos actos criminales contra menores. ¿Alguien sorprendido en la sala?

Otras organizaciones pedófilas occidentales hay que buscarlas en Francia, Reino Unido, Alemania, Dinamarca y (si seguimos olvidando alegremente a la caterva de hijos de Satanás implicados en la lista de Epstein en EEUU, donde además de pedofilia hablamos de canibalismo y otras barbaridades sobre las que nadie habla ya), especialmente, en los Países Bajos: ese país al que le gusta hacer honor a su nombre, buscando normalizar grandes "libertades" como la droga o la prostitución. 

En mayo de 2006, Marthijn Uittenbogaard presidió la fundación del llamado Partido del Amor Fraternal, la Libertad y la Diversidad (PNVD por sus siglas en neerlandés)... Usar Grandes Palabras para defender los más bajos instintos es característico de la gentuza que trabaja para destruir al ser humano. El programa de esta formación "política" defendía, entre otras cosas, legalizar la pornografía infantil y reducir la edad del consentimiento sexual. Pese al rechazo social cuando se conoció la noticia, un tribunal de La Haya sentenció en julio del mismo año que no se podía ilegalizar a este partido aludiendo a la sacrosanta "libertad de expresión y asociación" y justificando que debían ser los ciudadanos con derecho a voto quienes decidieran si lo apoyaban o no. Ignoro si alguno de los integrantes de ese tribunal compartiría en secreto los gustos del PNVD pero no quiero dejar de apuntar que fue precisamente en La Haya donde se formó uno de los primeros grupos de partidarios de "eliminar los prejuicios en lo referente a los contactos eróticos y las relaciones entre menores y adultos". Se llamaba el Círculo del Enclave. 

Lo cierto es que el PNVD nunca logró los avales necesarios para presentarse a las elecciones legislativas generales de Países Bajos y el grupo se disolvió oficialmente en marzo de 2010. De todas maneras, Uittenbogaard, que aparece en la fotografía junto a este texto, sigue a lo suyo porque en junio de 2022 fue detenido en Ecuador y en junio de 2023, condenado a diez años de prisión por varios delitos relacionados con pornografía infantil. Ya en marzo de 2021 los tribunales holandeses habían anunciado un proceso legal en su contra por continuar con las actividades de la también pedófila Asociación Martijn que había sido teóricamente ilegalizada en 2014.

Cómo son los holandeses, ¿verdad? Pero el fenómeno es internacional: ya en 2008 algunas informaciones periodísticas apuntaban a la existencia de unos 500 foros de pedófilos y a lo largo de estos últimos años hemos visto varios informes describiendo la inclusión de imágenes sexuales -disimuladas pero muy claras cuando uno sabe lo que está viendo, como sucede siempre con las imágenes subliminales- en dibujos animados infantiles y aparentemente normales. Por cierto, en España hemos hemos tenido hasta ayer mismo a una ministra de Igualdad enajenada -como tantos otros diletantes de la izquierda y la ultraizquierda- en su afán por reinventarse la Historia de este país, que llegó a defender el sexo infantil nada menos que en el Congreso de los Diputados. Recuerdo que esto ha pasado antes de ayer, en septiembre de 2022, aunque la sucesión de escándalos del actual Gobierno haya enterrado las palabras de esta mujer, tan violentas como su forma habitual de expresarse: "todos los niños, las niñas y les niñes (sic) tienen derecho (...) a conocer su propio cuerpo (...), tienen derecho a amar y a tener relaciones sexuales con quien les dé la gana, basadas, eso sí, en el consentimiento". Varias denuncias presentadas en los tribunales contra las cosas que dijo en sede parlamentaria fueron inadmitidas por el Tribunal Supremo, que no vio indicio de delito en sus declaraciones y en otras parecidas de ella o de su entorno, empeñados como están en sexualizar a los niños a temprana edad.

Y no sé si será coincidencia pero la emigración masiva con la que Europa está siendo invadida en los últimos años -entre cuyas secuelas hemos visto estos últimos días lo que ha pasado en países como Francia e Italia- es mayoritariamente musulmana. Y sabemos que la Sharia o ley islámica permite el sexo con niñas sin demasiados problemas. De hecho, según la propia tradición islámica el propio Mahoma tomó como esposa a Aisha cuando tenía seis o siete años y consumó el matrimonio (o sea, tuvo sexo con ella) a los nueve años. Una información publicada en noviembre de 2025 señalaba que en Marruecos, aquí al lado, más de 10.000 mujeres menores de edad se casaron el año pasado y da la impresión de que la gran mayoría de ellas no lo hizo por amor. ¿Es acaso la ya nada disimulada intención de islamizar Europa la gran baza para saltarse las distintas fases de la ventana de Overton rápidamente y consagrar la pedofilia como algo perfectamente legal? El tiempo lo dirá. 

En todo caso, Overton aparece no ya como un nuevo flautista de Hamelin, sino como un maestro de flautistas en las democracias -o en lo que parecen democracias-, un poco en la línea de Noam Chomsky cuando hablaba del viejo cuento de la rana hervida. Esa rana que queremos comernos pero que al echarla a la olla con agua hirviendo salta y se escapa..., así que es preferible meterla en el agua fría y luego calentar la olla poco a poco, para que la temperatura vaya subiendo y acabe cociendo al anfibio sin que éste se dé cuenta de lo que le ha pasado y, por tanto, sin reaccionar. 

¿Conclusiones? La más importante: la próxima vez que le pregunten su opinión sobre un tema concreto, antes de contestar medite un poco sobre por qué contesta de esa manera, sobre por qué defiende usted esa opinión y desde cuándo la tiene realmente. Si es una persona honesta, descubrirá que la inmensa mayoría de ideas y opiniones que bullen en su cabeza no son suyas. Alguien se las injertó en algún momento. Como tantas veces nos han repetido en las clases de la Universidad de Dios, la Tercera Guerra Mundial comenzó hace mucho tiempo ya, pero el premio para el vencedor no es simplemente el territorio o sus recursos económicos sino el interior de las cabezas de la gente.






















miércoles, 14 de octubre de 2026

El traidor

Quien más, quien menos, ha oído hablar alguna vez de Ícaro. O al menos le suena el nombre de aquella canción de Presuntos Implicados (a lo mejor ni eso, porque se publicó en 1991 y ya ha pasado tanto tiempo...). Decía: "Como un pequeño dios/desafiando a todo un sol.../Y se marchó/tan alto como un vendaval/tan lejos como una canción./Mas envidioso el sol le abrazó/derritiendo en cera su valor/y aunque le fue advertida la lección/Ícaro se derrumbó." Ícaro, sí. Se colocó unas alas artificiales en la espalda pegando plumas con cera pero al acercarse demasiado al astro rey la cera se derritió y el insensato se precipitó hacia abajo y murió.

¿Y Dédalo? Suele emplearse como una expresión: un dédalo de callejuelas, un laberinto urbano. Dédalo era el padre de Ícaro. En realidad fue él quien inventó las alas artificiales. Ambos son personajes secundarios en la historia de Teseo, uno de mis héroes favoritos. La historia de Teseo y el Minotauro es una de las mejores leyendas de todos los tiempos por el maravilloso simbolismo que encierra y es también una de las más entretenidas, si uno se queda en la capa externa, la de la aventura.

Recordamos rápidamente la base: Minos se hace con el trono de Creta tras pedir al dios Poseidón, del cual es devoto, que le ayude frente a las aspiraciones de sus dos hermanos, que también quieren ser reyes (esa estúpida ansia de poder material que caracteriza al Mono Sapiens). Poseidón le escucha y le envía un impresionante y hermoso toro blanco, que sale del mar Mediterráneo y se entrega sumiso a Minos delante de todo el pueblo: incluso sus hermanos reconocen entonces que al ser el favorito del dios debe convertirse en rey. Pero Minos traiciona a la divinidad: le había prometido sacrificar el toro blanco una vez se hubiera sentado en el trono. Sin embargo, el animal es magnífico y prefiere quedárselo como semental para su ganado. ¡Gran error! 

Para castigar a Minos, Poseidón hace que su esposa, Pasifae, se obsesione con el animal hasta el punto de que al ver su enorme miembro se excite sexualmente y desee ser montada por él. El fruto de esta unión antinatural, la venganza del dios, será el Minotauro. A los nueve meses, Pasifae dará a luz a un ser mitad humano mitad toro. Tan monstruoso, que tendrá que ser encerrado en un laberinto para que no pueda escapar. Es violento y agresivo, muy fuerte, y se alimenta de carne humana. Cada nueve años devora a siete jóvenes atenienses porque Atenas perdió la guerra con Creta y, entre las cláusulas de su rendición, el rey Egeo no tuvo más remedio que aceptar la de entregar a estas presas vivas para alimentar a la bestia, so pena de que su ciudad entera fuera destruida por las tropas cretenses. Teseo, el hijo de Egeo, será el encargado de matar al Minotauro, "disfrazándose" inicialmente de joven sacrificable para llegar hasta él y derrotarle en épica lucha. Para abandonar el laberinto, contará con la ayuda de Ariadna, hija de Minos, que se ha enamorado de él y que le entrega el famoso ovillo que le permitirá encontrar la salida. 

¿De dónde sale Dédalo?

¿Y quién es Dédalo, después de todo? Aunque parece un personaje poco importante en esta leyenda, su intervención a lo largo de toda ella es clave. Para empezar, Dédalo es ateniense, no cretense. Llegó a la corte de Minos expulsado de Atenas como un criminal..., porque es un criminal. Muy inteligente, muy astuto, pero un criminal, por culpa de su hybris: la soberbia enorme, la desmesura que los dioses no perdonan, que fue la que le condujo al asesinato.

Dédalo era un tipo muy respetado en su Atenas natal. Encontraba soluciones para cualquier problema, inventaba todo tipo de herramientas, resolvía prácticamente cualquier cuestión que le planteasen sus conciudadanos, que llenaban su casa a diario. Esta atención le conduce a la hybris: se cree un elegido de los dioses y se comporta como si lo fuera. Su hermana le envía entonces a su sobrino, para que se eduque con él. Y resulta -lo que es la familia...- que su sobrino es tan brillante como su tío, si no más: en poco tiempo inventa, entre otras cosas, el torno de alfarero y la sierra metálica, con lo que se convierte en la nueva estrella de la ciudad. Todo el mundo le halaga, todo el mundo le felicita, todo el mundo quiere departir con él. De pronto la casa de Dédalo se convierte en la casa del sobrino de Dédalo. Y éste no lo puede soportar, así que con engaños le conduce por la noche a lo alto de la Acrópolis y le arroja desde allí. 

El sobrino muere despeñado pero alguien ha visto al inventor cometer el crimen y le denuncia. Es juzgado en el Areópago, el tribunal supremo de Atenas, y sentenciado al exilio por el asesinato. En aquella época, el exilio era una pena casi peor que la muerte: la mayoría de la gente no abandonaba su ciudad si no era de manera forzada, para labrar el campo o pelear en su ejército. Ser desterrado, aparte de la humillación y el desprecio recibido por sus conciudadanos, era una especie de pena de muerte diferida porque equivalía a ser condenado a la soledad y la incertidumbre de los caminos, llenos de bandidos y de fieras, y la posibilidad muy cierta de no ser recibido en ninguna otra ciudad o, una vez allí, ser esclavizado como extranjero indeseado.

 No obstante, el ingenio y la habilidad de Dédalo le abren las puertas del reino de Minos. Los cretenses no dudan en acogerle y protegerle, decididos a aprovechar sus conocimientos e invenciones. De hecho, le acogen generosamente e incluso ponen a su disposición a una esclava, con la que concebirá a su hijo Ícaro que él quiere sea su aprendiz, aunque no parece hacerle todo el caso que debería para convertirle en un hombre de provecho. A cambio, se cobran su adopción llenando su casa tanto o más de lo que lo hacían los atenienses, planteándole todo tipo de problemas para que les ayude a resolverlos.

Todo el mundo va, incluso la reina Pasifae.

Atendiendo a toda la familia

Volvamos al momento en el que la reina arde en deseo por el toro blanco de Poseidón. ¿Cómo ser poseída por él sin ser aplastada por su enorme peso? Es a Dédalo a quien acude para que le ayude a ser montada por el animal. Y el ateniense construye un armazón de madera con un agujero detrás que cubre con una piel de vaca. La idea es que el toro monte el armazón pensando que está sobre una vaca real: Pasifae se acomodará dentro con su sexo junto al agujero para que el toro le penetre finalmente. De esa unión nacerá el Minotauro. 

Cuando el horrorizado Minos contempla al hijo híbrido de su esposa, no tiene valor para matarlo (los cachorritos son tan adorables, aunque sean cachorritos de monstruo...) y además teme que, si lo hace, Poseidón le castigue con algo peor. Pero comprende que aquel ser se convertirá en una preocupación permanente cuando crezca. Así que, desconocedor de la implicación de Dédalo en lo ocurrido, recurre también a él para que le ayude. Le pide que construya un palacio especial donde poder encerrarlo. Y Dédalo diseña su famoso laberinto: tan complejo, tan enrevesado, que ni siquiera él mismo es capaz de encontrar la salida si no es siguiendo sus propios planos, que serán destruidos una vez terminada la construcción para que nadie sepa cómo escapar de allí. 
Y, en efecto, a partir de entonces todo aquel que entra nunca vuelve a salir. Hasta que llega Teseo.

Dédalo ayudó a la reina, luego al rey y después a la hija de ambos: a Ariadna. Ella desea a Teseo (de hecho, se fugará con él una vez muerto el Minotauro, aunque su amor no sobrevive hasta el regreso a Atenas, pero ésa es otra historia) y le exige al inventor que le explique cómo salir del laberino. Sin embargo, ni él mismo lo sabe, como hemos visto. Es entonces cuando se le ocurre el truco del ovillo, que le entrega a Ariadna: Teseo deberá atar un extremo a la puerta de entrada y luego ir desenredando el hilo a medida que avance por los recovecos de la construcción. Una vez mate al monstruo podrá regresar siguiendo esa hebra. 

Minos se entera de que Teseo ha matado al Minotauro y se ha fugado con Ariadna y monta en cólera contra Dédalo. No hay que ser muy avezado para deducir que es el único que ha podido ayudar al héroe ateniense. En castigo, le encierra en su propia obra, junto con su hijo Ícaro. Ya no hay una bestia sanguinaria en su interior, pero sigue siendo un lugar del que es imposible escapar: la condena es a una muerte lenta por hambre y sed.

Incluso en esa circunstancia, la mente de Dédalo sigue trabajando. Él y su hijo sobreviven precariamente bebiendo el agua de lluvia que cae de vez en cuando y comiendo los pájaros que anidan en el interior del recinto y la miel de algunas colmenas que han construido las abejas. Es entonces cuando al inventor se le ocurre construir unas alas artificiales: la estructura, con huesos de las antiguas víctimas del Minotauro, es recubierta por las plumas de los pájaros, pegadas una a una cuidadosamente en orden de menor a mayor con la cera producida en las colmenas. Lleva tiempo, pero al final disponen de dos artilugios que les permitirán abandonar no sólo el laberinto, sino la propia isla de Creta, volando sin que nadie pueda perseguirles.

El desastroso final 

Dédalo hace varias pruebas con sus alas hasta que comprende cómo batirlas regularmente y manejarlas bien. Luego instruye a su hijo: no deberá volar muy alto porque, si no, el calor del Sol derretirá la cera, perderá las plumas y caerá en picado. Tampoco deberá volar muy bajo, porque la humedad del mar haría demasiado pesado el artilugio y caería también. La virtud, como ya sabían los antiguos filósofos griegos, está siempre en el justo medio. Luego, padre e hijo inician su aventura voladora...

Está claro que Ícaro no ha salido a la familia de su padre, sino a la de su madre, porque el muy insensato olvida las instrucciones de Dédalo en cuanto llevan un rato volando. Embriagado por la sensación de poder que le da la capacidad de volar, sintiéndose un verdadero dios por encima del resto de humanos que se ven tan pequeñitos allí abajo, sube y sube..., hasta que el calor derrite la cera, pierde las plumas y se precipita al mar, donde muere no se sabe bien si por la caída o ahogado. Todavía hoy se llamar mar de Icaria a una parte del Mediterráneo, en recuerdo del imprudente fugitivo. Está al norte de Creta, junto a la costa hoy turca.

¿Qué pasó con Dédalo? Sus alas sí aguantaron hasta que llegó volando a otra isla muy al oeste: Sicilia. Allí encontró refugio en la corte del rey Cócalo, quien le recibió encantado porque la fama del inventor se había extendido a raíz de la construcción del laberinto y, de la misma forma que los atenienses y los cretenses, aspiraba a aprovechar sus habilidades. Sin embargo, Dédalo vivía temiendo la venganza de Minos, porque sabía que el rey cretense se había consagrado a buscarle por todo el Mediterráneo para acabar con su vida personalmente. Minos llevaba consigo una trampa, un desafío para una mente brillante: donde quiera que hiciera noche, hacía correr la voz de que pagaría una gran recompensa económica a aquél que fuera capaz de pasar un hilo a través de una caracola espiral que llevaba consigo.

En su periplo, Minos desembarcó en Sicilia y, recibido y hospedado por Cócalo, le mostró el desafío de la caracola. El codicioso Cócalo quiso hacerse con el tesoro prometido y pidió a Minos que le dejara la concha para intentar resolver el problema. En cuanto estuvo en su poder, hizo que se la llevaran al oculto Dédalo, quien encontró la solución rápidamente. Practicó un pequeño agujero en un extremo y ató el hilo a una hormiga a la que metió luego en su interior. La hormiga salió por el agujero tras haber recorrido toda la espiral. Cuando Cócalo entrega el desafío resuelto, Minos deduce que Dédalo se encuentra allí y, encolerizado, llama a sus hombres y amenaza con matar a todo el mundo si no le entregan al inventor fugado. Cócalo promete entregárselo y mientras tanto, para congraciarse con él, prepara un banquete y le invita a un baño en el que podrá disfrutar de otro invento: un canalón que sirve como una especie de ducha primitiva. Además, sus hermosas hijas se bañarán con él. Ay, la lujuria... No sólo distrae al cretense sino que será su perdición, porque cuando se pone bajo el canalón es rociado por un aluvión de agua..., hirviendo. Minos muere escaldado. Poseidón sonríe en la distancia.

No se sabe bien cuánto tiempo más vivió Dédalo aunque se cree que terminó sus días  en Sicilia. Lo cierto es que, tras la muerte de Minos, se pierde su rastro y, desde luego, no inventó nada más digno de ser registrado por el mito. Lo que está claro es que Dédalo es un inventor extraordinario, pero también un asesino y, sobre todo, un traidor. Traidor a su sobrino, al que mata. Traidor a Atenas, su ciudad natal, a la que priva del genio de su sobrino, además del suyo propio al verse obligado a abandonarla. Traidor a Minos, en sucesivas ocasiones: facilitando la infidelidad de su esposa Pasifae, facilitando la muerte luego del Minotauro por no revelar la presencia de Teseo y la fuga de éste con Ariadna y, finalmente, matándole a traición con agua hirviendo. Traidor a su hijo, al que ha sido incapaz de proteger de sus errores. Traidor, en cierto modo, a Cócalo pues se aprovecha de su amparo pero más allá de su peculiar ducha es incapaz de aportarle nada interesante. Traidor, por encima de todo, a sí mismo, ya que se autocondena a una vida de huida, preocupaciones y maldiciones. Y de soledad, culpa y arrepentimiento en sus últimos días.

España sabe mucho de traidores. Nuestra Historia está llena de santos y de héroes, pero también de traidores. Lo que ha sucedido en los últimos años en nuestro país, en manos de la clase política más analfabeta y canalla de la que se supone es una democracia moderna, no es, por desgracia, novedoso. 
¿Hay redención para un grupo de miserables, corruptos y mafiosos, para unos traidores de esta calaña? En la Divina Comedia, Dante confina a los traidores en el más profundo de los círculos del infierno: el Cocito. En este lago congelado sufren eternamente todos aquéllos que han traicionado a sus familias, a sus huéspedes, a sus benefactores y a su patria, mientras Satán, en el centro, los devora. 

El traidor es, en el fondo, un inconsciente, y sólo despertará y se dará cuenta de lo que ha hecho cuando se vea entre los colmillos de Ammit, la Devoradora. Cuando sea masticado. Entonces, ya será tarde.



 

 
 

miércoles, 7 de octubre de 2026

Conspira, que algo queda

Suele decirse que la etiqueta de teórico de la conspiración o su abreviatura de conspiranoico se la inventó la CIA en un intento por ridiculizar y quitar así prestigio y fuerza a los análisis alternativos a la -si se mira con detalle- muy insuficiente narrativa oficial en el tristemente famoso magnicido de J. F. Kennedy. Ayyy..., esa película de Zapruder... En realidad, las conspiraciones existen desde el minuto uno y las ha habido de todo tipo: desde la que organizaron unos cuantos senadores para asesinar a Julio César hasta la que impulsó la Corona francesa con el indecente apoyo del Papado para destruir a los templarios o la de los "librepensadores" que organizaron y alentaron la Revolución Francesa, por citar algunas de las más conocidas.

En épocas más recientes, el primer registro documentado de la expresión teoría de la conspiración en la Biblioteca Nacional del Congreso en los EEUU se remonta al mes de abril de 1868, mientras que la descripción de teórico de la conspiración aparece en uno de los textos más demonizados de la literatura ad hoc del siglo XX: The Iron Curtain over America, publicado en 1951 por John Owen Beaty. Este hombre llegó a ser teniente coronel del servicio de inteligencia estadounidense (o sea, que algo sabría sobre el tema) y entre otras cosas estaba afiliado a la masonería (es decir, que algo más sabría) pero, aunque su libro tuvo cierto éxito en su época, hoy es complicado de encontrar. 

De hecho, si lo hubiera escrito hoy día es probable que ni siquiera hubiera podido publicarlo por los canales editoriales tradicionales, puesto que tocaba determinados temas tabúes en nuestra endeble sociedad occidental contemporánea que tanto dice defender la libre expresión pero que, a la hora de la verdad, es esclava de ciertos poderes, por mucha gente intuidos e incluso conocidos, pero sobre los que no se puede hablar mucho en voz alta... ¿Estoy siendo demasiado conspiranoico?

Durante años, ser calificado como conspiraonico equivalía a etiquetar a alguien con un desprecio sistemático, un desprestigio permanente, una especie de sambenito impuesto por la moderna inquisición que dirige la mentalidad y las opiniones de la mayor parte de los ciudadanos (los mismos que creen que piensan cuando en realidad son pensados). 

Sin embargo, algo ha cambiado después de todo lo que hemos visto en los últimos años, en los que para mucha gente el conspiranoico ha sido "ascendido" de categoría social y ha pasado a ser una especie de "vidente" debido a la alta proporción de aciertos de sus "predicciones", la cantidad de cosas de las que hablaba y que nadie creía pero que han resultado ser ciertas. Ahora ser conspiranoico es asumir el papel de una especie de Rappel de la geopolítica y la economía.

Algunos ejemplos 

Son numerosas las conspiraciones que no eran consideradas como tal pero que hemos visto transformarse en hechos oficialmente reales. Por ejemplo, la participación sistemática de la CIA en operaciones contra gobiernos extranjeros (como el derrocamiento del primer ministro democrático iraní Mossadegh, que echó a las petroleras inglesas y norteamericanas de su país y fue inmediatamente eliminado para poner en su lugar al títere anglosajón conocido como Reza Pahlevi) o contra su propia población (como los infames experimentos del proyecto MK Ultra (negados durante muchos años y que aunque ahora son reconocidos supuestamente terminaron en los años 70 del siglo XX... Supuestamente).

Los últimos cinco años han sido pródigos en la confirmación de conspiraciones de hechos hasta entonces considerados como improbables o directamente imposibles para cualquiera que haya seguido la actualidad más allá de los crímenes y traiciones de nuestra miserable clase política o el entontecimiento generalizado con el fútbol. Nadie le da ahora mucha importancia pero resulta que sí, que el gobierno de EEUU negó durante mucho tiempo lo que ahora reconoce y es que investigó y ocultó información importante sobre la existencia de los ovnis (aunque lo que han desclasificado hasta ahora son sólo migajas, comparado con lo que ocultan todavía). 

Poca gente se preocupa de lo que esto significa pero también se ha confirmado que la contaminación química puede cambiar el sexo de los animales, como se ha demostrado en al menos ranas, peces o camarones. Hay tontos que siguen negándose a mirar hacia arriba, pero también está certificada la existencia de la geoingeniería (una de cuyas principales pruebas son los chemtrails, algo muy diferente de los contrails, que es lo que multitud de gobiernos siguen diciendo todavía hoy que es lo único que existe, aunque ya hay varios estados norteamericanos que han puesto en marcha leyes para prohibirlos en sus cielos). 

Y qué decir de la filiación satanista de muchos de los actuales ídolos musicales, incluyendo algunos que van por el mundo con carita de buenas personas y declaraciones de paz y amor. Más allá de la impresionante abundancia de performances protagonizadas por figuras diabólicas, con crímenes sangrientos y paisajes infernales, en multitud de videoclips actuales, uno no deja de sorprenderse ante las confesiones más o menos explícitas de artistas como Mariyln Manson, Lady Gaga, Bob Dylan y hasta Katy Perry en distintas entrevistas. Algunas son más serias, otras imprimen un aparente tono de broma o de "no es más que una estrategia de marketing" pero jamás en toda la historia de la música popular hemos visto semejante proliferación de propaganda de don Pedro Botero.

Hay muchas otras conspiraciones que están en vías de confirmación, como el Plan Kalergi (basta mirar lo que está sucediendo ahora mismo en Europa, España incluida, con uno de los más grandes "elefantes en la habitación" del que nadie parece querer hablar en serio y que suele camuflarse con términos humanitarios como "crisis migratoria"), el Plan Andinia (muy menospreciado desde que trascendió en los años 60 del siglo XX pero que muchos argentinos han empezado a desempolvar y redescubrir, viendo lo que está pasando últimamente en este país) o quiénes fueron los verdaderos asesinos del almirante Carrero Blanco (a quien todo el mundo daba como sucesor de Franco hasta que un atentado atribuido oficialmente a la banda terrorista ETA le hizo volar literalmente por los aires..., estos últimos años han empezado a publicarse algunas investigaciones que apuntan hacia cierto país con barras y estrellas en su bandera)

En fin, podemos decir que la cuestión no es preguntarse si existen o no las conspiraciones sino más bien aceptar que vivimos en medio de una gran conspiración. Y el que no termine de verlo (es mucha la gente que todavía sigue dormida) puede aplicarse la reflexión del escritor norteamericano Thomas Ligotti: "En cuanto a esas personas que siguen con su vida ordinaria y promedio, disfrutando complacientemente de los cielos de la primavera y las flores del verano, inocentemente ajenos a las monstruosidades con las que coexisten, son niños".  

Ser conspiranoico no es para tanto

¿Qué define a un conspiranoico? ¿Por qué alguien empieza de pronto a no creerse lo que le cuenta una institución o un gobierno? Suele describirse a los conspiranoicos como gente un poco "fuera de la realidad" porque es desconfiada en extremo, está manipulada por el sesgo de confirmación (es decir, que presta atención sólo a aquellas informaciones que confirman sus sospechas y rechaza cualquier evidencia o prueba objetiva que contradice su opinión previa) y obsesionada con el control del entorno, que convierte en una necesidad desmesurada para explicarlo todo de manera muy sencilla cuando lo cierto es que las cosas suelen ser muy complejas. Suena equilibrado..., pero no es del todo cierto. En realidad, no es cierto en absoluto. 

Para empezar, cualquier persona un poco consciente del mundo en el que vive debe ser desconfiada en extremo a la hora de interpretar lo que sucede porque todo el mundo miente más que habla (empezando por las mentiras que uno se cuenta a sí mismo y de las que rara vez es consciente). Mentimos para protegernos y para hacer daño, para progresar en el trabajo y para conseguir pareja, para colocarnos en una posición ventajosa respecto a otros, incluso para sobrevivir...  Si aplicamos esto a la información, he de decir que hace más de 40 años que ejerzo el Periodismo. A él, entre otras cosas, le debo el cultivo de un poderoso y sano escepticismo que me ha permitido mantenerme al margen (a un alto precio) de la, para el público en general, inimaginable cantidad de sectas profesionales que se esconden en su interior y para las que la mentira es modus operandi sistemático. Esas sectas han deteriorado esta profesión hasta el punto de que la mayoría de los que trabajan en ella lo que hacen en verdad no es otra cosa que Propaganda o Publicidad. 

Si tuviera tiempo y ganas (no tengo ninguna de las dos cosas), escribiría una enciclopedia con las mentiras que me he encontrado en todas las ramas de la información en las que me he adentrado. En todas. Por ejemplo, no puedo sino reírme cuando alguien insiste en que sólo hay que atender a las fuentes oficiales. Las fuentes oficiales son las que han negado algunas de las conspiraciones que hoy sabemos a ciencia cierta que en realidad existieron, como indicábamos unos párrafos más arriba. Y en el caso de España, para nadie con dos dedos de frente es un secreto que el gobierno que hemos padecido en los últimos años, empezando por su propio presidente, está integrado por uno de los mayores grupos de mentirosos que han desfilado por la escena política española desde 1975. No son los únicos: habría que hablar de la inmensa mayoría de políticos que parasitan a nuestra sociedad desde distintas administraciones, desde la local hasta la europea.

Respecto al sesgo de confirmación, resulta poco menos que ridículo aplicarlo sólo a los conspiranoicos porque lo encontramos por todas partes, como la mentira. Desde el aficionado del club de fútbol que niega la evidencia del penalti con el que perdió su equipo por muy claro que haya sido filmado, hasta el fanático religioso empeñado en cumplir un precepto concreto que nunca se ha demostrado haya beneficiado a alguien pero sí perjudicado a otras personas, pasando por el científico que se niega a aceptar unas pruebas que suponen la destrucción de su trabajo de años y por supuesto por el periodista que decide publicar una información a toda plana aunque no merezca esa difusión sólo porque apoya ideológicamente lo que implica. El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra, como dijo un Maestro que fue perseguido y aniquilado por decir la verdad.

Y en cuanto al control del entorno... La mayoría de la gente que conozco sufre de ansiedad (en ocasiones, de manera enfermiza) por su incapacidad para controlar cuanto le rodea y poder dar una explicación que le resulte comprensible acerca de lo que sucede con su vida y por dónde debe tirar. No creo errar mucho si afirmo que a 9 de cada 10 personas (tal vez el porcentaje sea aún mayor) les gustaría saber lo que les va a suceder al menos durante las próximas 24 horas y, sobre todo, qué tendrían que hacer para afrontar cada situación y sacar así todo el provecho posible. Preferirían que todo fuera blanco o negro y no una interminable escala de grises en la que se sienten tan perdidas como un barco sin tecnología moderna envuelto por la niebla en alta mar. 

Casi todos los ancianos con los que he hablado lamentan que "antes las cosas estaban más ordenadas, eran mejor, hoy no hay quien entienda el mundo". Más allá de los implacables efectos de la Entropía, esa fuerza cósmica tan poderosa como desconocida por el común de los mortales, este tipo de reflexiones demuestra que es fácil encontrar sentido a lo que sucedió en el pasado porque, con el paso del tiempo, recolectamos muchas piezas del rompecabezas y podemos armarlo, darle un sentido a lo vivido y comprender cierto orden de las cosas. Pero vivimos en el presente, o deberíamos hacerlo, y procesar el instante mismo en el que nos encontramos requiere un elevado nivel de vigilia y una voluntad de hierro. Por desgracia, ambas virtudes son escasas.

En todo caso, parece que ser conspiranoico no es para tanto, después de todo. Y, lo mejor, cualquiera puede iniciarse en esta manera de ser con relativa facilidad. Con todo lo que está sucediendo hoy día, es más fácil que nunca. 

¿Inmigrante o presidente?

Y si a estas alturas todavía sigue pensando que ser conspiranoico es sólo para "gente que está mal de la olla", me voy a permitir añadir un ejemplo más de lo fácil que es tergiversar una información y construir una realidad alternativa a la existente para engañar a la sociedad y empujarla hacia las líneas de pensamiento que los-poderes-que-no-se-ven quieren que se conviertan en predominantes en un momento dado. De hecho, lo fácil que es hacerlo y las pocas consecuencias que tiene destapar una falsedad porque el ciudadano medio se traga cualquier mentira y, cuanto más grande sea, con más facilidad. 

No existen esos finales felices de las películas de Hollywood en los que, tras innumerables aventuras, los protagonistas logran al fin destapar la corrupción y el crimen de un político o un financiero de gran prestigio que hasta entonces había pasado por intocable y que al final acaba detenido y conducido a la cárcel en medio del revuelo y el escarnio público. Hemos visto ya demasiados casos en los que se ha demostrado esa corrupción y ese crimen y el "malo" ha pasado, todo lo más, una temporadita en una prisión bastante cómoda, antes de regresar a su vida normal disfrutando de lo robado que nunca devolvió porque lo escondió bien en manos de un familiar o de una sociedad opaca.

El ejemplo nos devuelve a la inmigración ilegal: esa arma de guerra híbrida, tan utilizada hoy contra los europeos nativos por aquéllos que tanto nos odian, y que no son los que la mayoría de las personas piensan, por razones que ahora no vienen al caso. Hace algo más de diez años, un joven senegalés llamado Abdou Diouf triunfó en las redes sociales con el relato de su peripecia. En su cuenta de Instagram fue publicando el peligroso viaje que le llevó primero en camión desde Senegal a Marruecos y, luego, en una patera, hasta España, donde al poco de desembarcar huyó de la Policía para esconderse en una gran ciudad. Muchas personas se convirtieron en fieles seguidores de sus selfies y vivieron desde la distancia su aventura, que se convirtió en viral. 

Pero resultó que era una aventura falsa: un fake en toda regla. En realidad, el senegalés era un actor de una campaña publicitaria para promocionar un festival de fotografía vizcaíno cuyo tema general de la siguiente edición estaba centrada en los viajes. No sé por qué la organización del festival decidió complacerse en una experiencia tan trágica en lugar de regodearse con otras más épicas como las de Marco Polo en China o Lord Byron en Grecia, pero lo cierto es que toda la "arriesgada" travesía se rodó en los alrededores de Barcelona en un solo día y luego fue promocionándose en Internet a gota a gota a lo largo de sucesivas publicaciones. Mucha gente que no se quedó hasta el final de la película nunca se enteró de que le habían tomado el pelo con las andanzas de aquel "valiente" inmigrante.

La gracia oculta de todo esto es que existe un Abdou Diouf de verdad. Es un político senegalés que fue primer ministro y posteriormente presidente del país. Y hasta 2015, el año en el que conocimos la historia del inmigrante fake, fue secretario general de la Organización Internacional de la Francofonía. En alguna parte de esta bitácora escribí hace años sobre los actores de crisis. Los hemos visto actuar muchas veces en distintas tragedias, pero hoy se usa más la IA para generar miedo o conmover corazones para generosas donaciones, como sucedió con algunos de los videos distribuidos a raíz de la catástrofe de Nepal el pasado mes de septiembre. Como si no fuera suficiente con la desgracia real.

Uno podría decir: "bueno, lo del inmigrante fake se hacía hace unos años pero hoy no, con tantos verificadores de información que existen". Permítame que me ría de nuevo, porque sé cómo funcionan algunos de esos verificadores y porque hemos visto un caso parecido hace pocos días publicado en el que en su día fuera el mejor periódico de España y hoy es una triste sombra de lo que fue. Este diario publicó la historieta de una supuesta inmigrante marroquí de 28 años llamada Wafae que había participado en la reciente invasión de Ceuta para "escapar" de su familia y de su país. Esta mujer se presentaba como una pobre víctima de la primera y de la del segundo, ya que decía que le habían impedido estudiar, trabajar, viajar e incluso decidir cómo vestir.

No contaba con que vivimos no sólo en la época de Internet sino en la de las redes sociales y algunas funcionan todavía con cierto (pequeño) grado de libertad. Precisamente por ello, la creciente dictadura de la UE apoyada por sus sátrapas locales, incluido el español, están emperrados en controlarlas y censurarlas con las excusas de siempre: la lucha contra el crimen y el terrorismo, la protección de la infancia y no sé cuántos más nobles argumentos. Como todavía no ha llegado ese momento, muchos internautas (imagino que unos cuantos de ellos, conspiranoicos, aunque la mayoría no podría seguramente incluirse en este redil) se tomaron la molestia de rastrear a la tal Wafae en sus redes sociales. Cuatro tenía en ese momento: TikTok, LinkedIn, Facebook e Instagram. Y resulta que lo que encontraron en ellas nada tenía que ver con el lacrimógeno cuento difundido por el diario.

En efecto, en sus propias publicaciones quedó bastante claro que la vida de la chica había sido muy diferente de lo que ella relataba: formación en inglés en el American Languaje Center de Tánger, vestidos caros y occidentales con maquillaje y peluquería impecables, trabajos de modelo, viajes lujosos por Dubái, Catar o Turquía, presencia en limusinas y fiestas... ¡Caramba con la "pobre inmigrante"! Lejos de reconocer el engaño, en algunos comentarios posteriores la mujer lo justificó diciendo que le recortaron la primera entrevista y que la gente entiende lo que quiere entender. Y el propio periódico que en su día tuvo tanto prestigio y hoy da pena hojear no sólo no reculó sino que se enrocó con alguna columna que no tenía un pase, presa de su sesgo de confirmación al igual que unos cuantos de los lectores que dejaron sus comentarios. Aunque eso me hace pensar que, al menos, la periodista que lanzó a la fama a Wafae también fue engañada y no hubo mala fe en su publicación.

Por cierto, Wafae es un nombre bastante común en el mundo árabe e irónicamente su significado está relacionado con fuertes conceptos morales como la integridad o la lealtad. El chiste se cuenta solo. Y su caso no es único. Muchos internautas han encontrado actuaciones similares entre los presuntos "desheredados de la Tierra" que asaltaron Ceuta y los han dado a conocer en las redes sociales. Pero esos casos no han saltado a los medios de comunicación tradicionales. ¿Por qué será?