Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Decíamos ayer...


Cuenta la leyenda que, en el siglo XVI, después de haber estado cinco años encarcelado acusado de distintas herejías de las cuales al final fue exculpado, fray Luis de León regresó a la universidad de Salamanca y, fiel a su costumbre de resumir la clase del día anterior, comenzó con esta conocida expresión: decíamos ayer... Como si todos esos años no hubieran pasado en realidad. Fray Luis de León t
ambién podría haber empezado como aquel otro clásico: tempus fugit. El tiempo pasa volando, realmente. Puedo certificarlo. No son cinco, sino casi ocho años los que han transcurrido desde que no me paseo por esta bitácora y no ha sido por falta de ganas. No es éste el mejor lugar para contar mi vida pero puedo resumirla con el concepto del ave fénix: un monumental e inesperado apocalipsis personal que redujo literalmente a cenizas al autor de estas líneas y toda la vida que había construido ladrillo a ladrillo hasta ese momento y que, de forma igualmente insospechada, condujo a una posterior resurrección que yo mismo hubiera juzgado inimaginable en el momento más duro del desmoronamiento. Sé que recibí la ayuda, la protección y la guía de los dioses para salir adelante así que éste es un buen lugar para agradecerla de corazón.

 El cataclismo acaeció en la primavera de 2019, o sea que nada tiene que ver con otras catástrofes colectivas, como la tristemente famosa pandemia declarada por la ruin Organización Mundial de la Salud, que tiene muy poco de las dos últimas cosas porque la mayor parte de su presupuesto proviene de unos pocos donantes (algunos privados como las organizaciones del cínico Guillermito Puertas, si es que sigue siendo él el tipo que aparece en público con ese nombre -hay una teoría muy interesante acerca de su identidad, pero no es éste el momento de desarrollarla-) y porque sus políticas en favor de la peligrosa industria farmacéutica no han ayudado precisamente a preservar la salud de la humanidad sino más bien a multiplicar el dolor y la muerte si tenemos en cuenta los múltiples informes científicos que se han publicado en los últimos dos años.

Comprendo que se sorprenda de leer algo así si acaba de llegar, pero quiero creer que la mayoría de mis lectores antiguos no se dejaron arrastrar por el enorme teatro mundial organizado en torno a un virus tan "peligroso" que los ciudadanos tuvieron que ser acosados, injuriados, despedidos y presionados de todas las formas posible para inyectarse unas soluciones experimentales que supuestamente les iban a proteger de él (lo que con el tiempo hemos visto que no sucedió). 

Personalmente, puedo contar que me miraron mal en mi trabajo, me insultaron, me relegaron y me llegaron a decir que era la persona “más peligrosa” de la redacción: porque fui el único que se negó a inyectarse la presunta “vacuna”, porque iba a trabajar presencialmente cada día y porque me negaba a ponerme la mascarilla dichosa a todas horas en todas partes. Y, sí, pasé el famoso virus, estuve enfermo dos días. Mi sistema inmunológico funcionó perfectamente y al tercer día estaba recuperado. Fin. No tuve más problemas con ello, mientras que personas que conozco que se inyectaron tres y hasta cuatro veces siguen, todavía a día de hoy, enfermando de lo mismo o de algún tipo de dolencia que no tenían antes de pincharse.

Conozco a muchos que se pincharon y hoy se arrepienten pero no conozco a nadie que nunca se pinchara y que se arrepienta de eso. También recuerdo a algunos conocidos, e incluso algunos compañeros de trabajo, que fallecieron -en alguna ocasión, horas después de ofrecer su brazo a las inyecciones- a raíz de los efectos secundarios que sólo hoy se está empezando a reconocer oficialmente y de los que los grandes medios de comunicación evitan hablar. Los mismos que contribuyeron a generar no miedo, sino auténtico terror, en millones, quizá miles de millones, de personas por todo el planeta. 

Acumulando karma

Lo mejor es que muchas personas han empezado a abrir los ojos. Muchas otras temen hacerlo, aunque no lo digan en voz alta. Y muchas más no quieren hacerlo porque se niegan a reconocer lo fácilmente que les engañaron. Sin embargo, cientos de informes científicos publicados en los últimos años muestran que esos efectos secundarios eran conocidos, se diría que hasta previstos y esperados, por los principales impulsores de la campaña. 

Uno de ellos es ese hombrecillo siniestro llamado Anthony Fauci -también hay una teoría interesante sobre cierto personaje popular que podría ser uno de sus familiares directos pero tampoco es éste el momento de comentarlo- que podría afrontar un juicio con cargos penales tras la tensa sesión a la que se enfrentó a primeros de agosto pasado en la Comisión de Seguridad Nacional y Asuntos Gubernamentales del Senado de EEUU. En el curso de esa sesión, se le preguntó por muchos detalles respecto al origen del COVID 19 y se acogió a la Quinta Enmienda (un derecho constitucional estadounidense para evitar posibles acusaciones de perjurio o autoincriminación: los yankees siempre han sido especialmente duros con la mentira bajo juramento en investigaciones políticas o judiciales) para negarse a responder a más de un centenar de preguntas. 

Todo un ejemplo de transparencia, ¿eh? Sobre todo cuando el que fuera su asesor principal, David Morens, se ha declarado culpable este mismo mes de agosto de conspiración para ocultar y destruir documentos públicos relacionados con el tema. ¿Qué dirían esos documentos para tener que ocultarlos y destruirlos? 

¿Qué dirían los informes que también ha escondido sistemáticamente otra persona tan cuestionable como la presidenta de la UE, Úrsula von der Leyen, cuyo marido, Heiko von der Leyen, era director médico en la empresa estadounidense de biotecnología Orgenesis justo en la época de la pandemia? En cierto momento se acusó a von der Leyen -ella- de embolsarse un montón de dinero al comprar "vacunas" por valor de al menos 20.000 millones de euros a Pfizer, empresa que se supone no tiene nada que ver con Orgenesis aunque parece que en cierto momento tuvieron el mismo accionista principal. De hecho, la Comisión Europea asignó en 2022 hasta 320 millones de euros en subvenciones europeas a la compañía de von der Leyen -él-. Como suele suceder, no pasó nada hasta que esto se supo y sólo entonces von der Leyen -él- renunció al cargo pero von der Leyen -ella- se quedó silbando mirando para otro lado en lugar de plantearse renunciar también por el evidente nepotismo. Aunque si esto hubiera pasado en España, seguramente von der Leyen -él- tampoco habría dimitido de su cargo. Se habría limitado a decir que asumía sus responsabilidades, sin hacer nada más.

¿Se han ido de rositas? No. Todos los que estudiamos en la Universidad de Dios (sigo aquí, sí, y sigo en tercero de carrera, todavía no he logrado aprobar y pasar al cuarto curso: ya sabemos que son unos estudios difíciles) somos conscientes de que que la justicia humana es (bastante) imperfecta pero no así la de la Naturaleza. Puertas, Fauci, von der Leyen..., sólo están acumulando lo que los orientales llaman "karma" y nosotros preferimos denominar "deuda". Si hay algo que he aprendido en esta vida es que todo lo que uno haga, bueno o malo, acaba volviendo con intereses. Lo he visto en mucha gente y tambien en mí mismo. Así que, a su tiempo, que no es el que nosotros querríamos sino el que la Naturaleza dictamina, pasará el cobrador a exigir el pago y no quisiera estar en su lugar cuando lo haga. Si uno siembra cardo, recoge cardo; nunca patatas, ni remolachas, ni sandías.

Dios existe

Sé que hay lectores que, al menos en el pasado, han "desconectado" cuando alguno de mis textos toca los temas metafísicos, como esto del "karma", porque viven en el materialismo puro y duro y no creen más que en lo que ven (a pesar de que según lo que nos cuenta la ciencia lo que vemos no es más que el 4 % de lo que existe en el Universo porque el 96 % restante son materia oscura o energía oscura, que se llaman así no porque sean negras sino porque no se ven y nadie tiene ni idea de en qué consisten o cómo funcionan exactamente) pero para la primera entrada de esta nueva etapa de Fácil para nosotros he querido hablar precisamente del libro que comentaré a continuación porque creo que su lectura les resultará útil. Y también porque la última publicación de la etapa anterior trataba en parte sobre otro libro, así que es justo que establezca este puente para cruzar por encima de estos últimos casi ocho años.

El libro se titula Dios, la ciencia, las pruebas, lo publica Editorial Funambulista y sus autores son dos franceses: el ingeniero informático Michel-Yves Bolloré y el empresario y teólogo Olivier Bonnassies. Dicen que han tardado varios años en escribir las cerca de 600 páginas que lo componen -y que se leen bastante bien- para demostrar la existencia de Dios presentando sucesivas pruebas científicas cuya acumulación resulta realmente apabullante. 
Resumiendo mucho, los dos principales argumentos, muy potentes cada uno de ellos, son el Big Bang y el ajuste fino del Universo. 

 Aunque hoy es la teoría básicamente aceptada sobre el comienzo del Universo, la del Big Bang es muy novedosa desde el punto de vista histórico. El matemático ruso Alexander Friedmann fue el precursor de la idea, cuando afirmó, en el centro meteorológico de la Universidad de San Petersburgo en 1922, que en el principio de los tiempos el universo entero con sus miles de millones de estrellas estaba contraído “en un punto (de volumen nulo) y luego a partir de ese punto había aumentado de radio”. Un comienzo supone una creación y una creación requiere un creador. Así que Friedmann y sus discípulos fueron perseguidos por el régimen soviético a partir del invierno de 1923 porque el comunismo no podía aceptar la existencia de un Dios Creador. Según el dogma bolchevique, el universo era eterno y decir lo contrario suponía atacar los dogmas del materialismo dialéctico impulsando propaganda antisoviética. Friedmann, que se permitió el lujo de enmendar -y de hacerlo correctamente, además- la constante cosmológica de Albert Einstein, murió tras un sospechoso supuesto error de diagnóstico de fiebre tifoidea al regreso de su luna de miel en Crimea. Sus seguidores pasaron por la cárcel, la tortura, el gulag y la ejecución aunque algunos afortunados lograron huir a EEUU. 

En 1927 el físico y sacerdote belga Georges Lemaître retomó la idea planteando “el átomo primigenio” y en 1965 los radioastrónomos Arno Penzias y Robert Wilson descubrieron la prueba definitiva: la hoy famosa radiación de fondo cósmico de microondas. El astrofísico Fred Hoyle fue quien bautizó todo como Big Bang para burlarse de una teoría en la que no creía pero con los años abandonó su ateísmo militante para decir cosas como ésta: “la teoría según la cual la vida fue creada por una inteligencia es tan evidente que uno se pregunta por qué no es comúnmente aceptada: las razones son psicológicas más que científicas”. Imagino que quería decir ideológicas, más que psicológicas. 

Muy fino, el ajuste 

Respecto al ajuste fino, resulta asombroso comprobar la enorme cantidad de leyes y constantes de la Naturaleza que tienen el valor justo para que pueda existir la vida…, como si alguien se hubiera encargado de encajarlas para que todas las piezas funcionaran a la perfección. Cuando uno lo mira de cerca es casi increíble: hay una veintena de números precisos que caracterizan conceptos tan importantes como la masa, la fuerza de gravitación, el peso del quark, la constante de Planck, la carga del protón y el electrón, etc. Si uno solo de esos parámetros oscilara mínimamente, todo desaparecería. La vida ni siquiera habría surgido. Un ejemplo de hasta dónde llega el ajuste fino: de acuerdo con la fórmula descubierta por Newton sobre la gravedad (F=Gm1m2/d2) la constante G, que ha podido ser calculada hasta el quinto decimal, es exactamente 6,67418. Si el último decimal variara, tanto hacia arriba como hacia abajo en un solo número (¡en un solo número del quinto decimal!) y no tuviera una relación exacta de 1039 con la fuerza nuclear fuerte, la vida sería imposible en el universo. 

Otro ejemplo: John Lennox, profesor de matemáticas de Oxford, explicó que, para que la química que permite la vida pudiese llegar a existir al comienzo del universo, la relación entre la fuerza electromagnética y la fuerza de gravitación necesariamente tuvo que estar ajustada con la precisión en la que estaba, del 1/1040. ¿Qué probabilidad había de que esto fuera así? Según sus palabras: “es como cubrir toda la superficie de Rusia con pequeñas monedas y luego construir pilas con ellas en todo su territorio hasta una altura equivalente a la distancia que nos separa de la Luna y luego tomar mil millones de sistemas como éste y pintar una sola moneda de rojo, tapar los ojos a un amigo y pedirle que encuentre la moneda roja al primer intento. La probabilidad de que dé con ella es del orden del 1/1040. Se trata realmente de una probabilidad ínfima”. 

Otra muestra de ajuste fino, aportada por el físico norteamericano Robert Dicke, afirma que si la bola de fuego del universo primordial hubiese tenido una velocidad de expansión más rápida de un 0,1 %, la velocidad actual de expansión del universo habría sido 3000 veces mayor y eso habría impedido la formación de las galaxias. Pero si la velocidad de expansión inicial del universo hubiera sido un 0,1 % más débil, el universo no se habría extendido más allá de los 3 millonésimos de su radio actual antes de desmoronarse. ¡Eso es precisión!

Y otra más, del astrofísico vietnamita-estadounidense Trinh Xuan Thuan, quien afirmó que “si se cambiaran mínimamente las condiciones iniciales y las constantes físicas, el universo estaría vacío y sería estéril; no estaríamos aquí para hablar de ello” y concretó que la precisión del ajuste es tan asombrosa que se puede comparar a “la que necesita un arquero para clavar una flecha en un blanco cuadrado de un centímetro de lado colocado al otro lado del universo a 15.000 millones de años luz”

 El flautista invisible

El libro contiene argumentos, pruebas y experiencias aportadas por numerosos investigadores  contemporáneos que han estudiado el tema a fondo y que ofrecen una evidencia abrumadora de la necesaria existencia de una divinidad que no es que esté encima de nosotros vigilándonos desde lo alto de una nube, sino que en un principio fue la encargada de diseñar y echar a andar todo el mecanismo, fijando reglas y normas que funcionan desde entonces con un orden impecable. 

Entre los científicos citados no sólo hay astrónomos o cosmólogos, sino también biólogos, con otras ideas poderosas en favor de la existencia de un creador: la enorme complejidad del ADN y del increíble funcionamiento de la célula así como la completa imposibilidad de la generación espontánea. Es decir, del paso de la nada a la vida por mero azar. Aquí encontraremos también citas relevantes, alguna de ellas tan famosa como la del teórico de la complejidad James Gardner quien afirmó que imaginar que la vida apareció por pura casualidad en la tierra es un poco como “creer que, si se espera lo suficiente, un Boeing 747 va a ensamblarse espontáneamente a partir del polvo que existe en un cinturón de asteroides”. 

 Hay, por supuesto, un capítulo dedicado al omnipresente Einstein, con algunas citas menos conocidas que aquella tan popular de que “Dios no juega a los dados”. Por ejemplo, la que afirma rotundamente que “en nuestra época los científicos serios son los únicos hombres que son profundamente religiosos” o la que defiende que “todo está determinado por fuerzas sobre las que no tenemos ningún control y lo está para insectos y estrellas, para humanos, vegetales o polvo cósmico: todos bailamos al son de una tonada misteriosa y lejana de un flautista invisible”.  

Me complació encontrarme con otro capítulo dedicado al brillantísimo y por desgracia poco conocido Kurt Gödel, por cierto amigo de Einstein y profesor colega en la universidad de Princeton. Este genio, al que sus colegas consideraban “el más grande lógico desde Aristóteles” reventó las matemáticas con su complejo teorema de la incompletitud. Según cuentan los autores del libro, este complicado teorema mostró que o bien el espíritu humano existe realmente con independencia del mundo material o bien los objetos matemáticos tienen una realidad fuera de ese mundo material (lo cual revela la presencia de un Matemático espiritual que las maneja). Para él, ambas conclusiones eran reales pero el desarrollo de su teorema certifica que al menos una lo es. Touché, materialismo. 

En sus cartas, Gödel recuerda que “el mundo no es caótico ni arbitrario sino que, como lo muestra la ciencia, la regularidad y el orden más grandes reinan por todas partes”. Y dice algo también que siempre he compartido: “creo que en la religión hay mucha más razón de lo que se cree habitualmente, si bien no la hay en las iglesias” porque “las religiones son en general malas, pero la Religión no lo es”. Me da la impresión de que la palabra que buscaba para ponerle la mayúscula no era religión sino Espiritualidad. 

 Algún pero 

Como en el mundo de la materia no existe la perfección, algún pero habría que ponerle al libro y en este caso es bastante evidente. En su afán por demostrar la existencia de Dios, los autores no terminan el libro donde deberían haberlo hecho: en la parte de la ciencia. Al contrario, añaden un puñado de capítulos en los que tratan temas tan diversos como la supuesta “elección divina” del pueblo judío, la existencia de los milagros o la divinidad de Jesucristo, por ejemplo. Son capítulos más basados en la lógica que en la ciencia (de hecho, los agrupan bajo el epígrafe Las pruebas al margen de la ciencia) y por tanto enturbian la apabullante y demoledora demostración de que los científicos han comprobado con pruebas la existencia de una entidad divina creadora aunque esta idea todavía no haya calado en la sociedad por obvios intereses materialistas y porque ha pasado poco tiempo histórico desde su descubrimiento (hay que recordar que el hallazgo del ajuste fino se remonta a los años 80 y que el universo tuvo un principio sólo se comprobó de manera fechaciente en 2003). A mi juicio, estas “pruebas al margen” sobran, porque pueden hacer dudar al lector poco ilustrado sobre los datos científicamente incontestables de la primera parte del texto: hubiera sido mejor escribir un segundo libro con estos otros argumentos. 

Por lo demás, hay otros puntos del texto que me plantean dudas. Por ejemplo, los propios autores recuerdan los porcentajes que citábamos más arriba: sólo el 4 % del universo es materia. Como no entendemos el 96 % restante, cualquier prueba basada en la ciencia sólo se puede apoyar con solidez en ese 4 % pero ¿y el resto? ¿Obedece a las mismas leyes o no? Ojo, que ese 96 % no radica en una galaxia muy muy lejana, sino que está a nuestro alrededor, junto al porcentaje de la materia. Ergo, no tenemos en realidad ni idea de cómo funciona exactamente todo esto. Pasan un poco por encima de este concepto.

Podríamos discutir también sobre la posible existencia del Big Crunch (que los autores descartan porque se inclinan más por la teoría de la muerte térmica del universo, pero yo no puedo olvidar el concepto de la respiración de Brahma: creador de mundos al expirar su hálito divino, destructor al inspirar de nuevo) o de los multiversos (que directamente desdeñan como tema de ciencia-ficción). Es obvio que su perspectiva es cristiana o, mejor dicho, judeocristiana ya que constantemente establecen puntos de contacto con la Biblia.

Sin embargo, el libro da para pensar muchas cosas. Empezando por el concepto panteísta que identifica al universo, a todo lo existente, con Dios, por lo que cuando tomamos conciencia de lo que nos rodea en realidad no lo haríamos como personas independientes que descubren el lugar en el que existen sino como partes del universo experimentándose a sí mismo. ¿Es esa la clave?

Aunque, pensándolo de otra forma, se supone que el universo es todo lo existente pero, si existe algo aparte (Dios), entonces ya no lo es. Luego ¿hay un espacio que contiene a Dios y al universo, un superuniverso? ¿Tiene allí Dios un taller en el que construye universos y el nuestro sólo es uno de sus juguetes? 

Un momento: ¿y si Dios lo es solamente respecto a nosotros? ¿Y si no es un Dios absoluto? Quiero decir: ¿y si es un ser vivo a escala tan colosal que no alcanzamos a abarcarlo, de la misma manera que una célula en nuestro cuerpo que tuviera cierto grado de inteligencia no podría comprender que existe otro “universo” más allá del de “su” humano, en el que vive integrada y del que probablemente ni siquiera sospecha que es otro ser vivo consciente? En ese caso, Dios habría nacido de una Madre Diosa que, a su vez, habría tenido sus Padres Dioses que, a su vez…

Sí, el infinito es algo complejo, un tema recurrente en la Universidad de Dios, por cierto. 

En fin, lo importante es esto: he vuelto a Fácil para nosotros. Atención: no garantizo la periodicidad de las publicaciones en la bitácora como en etapas anteriores. Afronto muchos proyectos en muchas áreas diferentes (nunca he entendido cómo hay gente que pueda llegar a aburrirse) y a menudo me cuesta llegar a todo. Pero estoy aquí de nuevo.