Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

miércoles, 14 de octubre de 2026

El traidor

Quien más, quien menos, ha oído hablar alguna vez de Ícaro. O al menos le suena el nombre de aquella canción de Presuntos Implicados (a lo mejor ni eso, porque se publicó en 1991 y ya ha pasado tanto tiempo...). Decía: "Como un pequeño dios/desafiando a todo un sol.../Y se marchó/tan alto como un vendaval/tan lejos como una canción./Mas envidioso el sol le abrazó/derritiendo en cera su valor/y aunque le fue advertida la lección/Ícaro se derrumbó." Ícaro, sí. Se colocó unas alas artificiales en la espalda pegando plumas con cera pero al acercarse demasiado al astro rey la cera se derritió y el insensato se precipitó hacia abajo y murió.

¿Y Dédalo? Suele emplearse como una expresión: un dédalo de callejuelas, un laberinto urbano. Dédalo era el padre de Ícaro. En realidad fue él quien inventó las alas artificiales. Ambos son personajes secundarios en la historia de Teseo, uno de mis héroes favoritos. La historia de Teseo y el Minotauro es una de las mejores leyendas de todos los tiempos por el maravilloso simbolismo que encierra y es también una de las más entretenidas, si uno se queda en la capa externa, la de la aventura.

Recordamos rápidamente la base: Minos se hace con el trono de Creta tras pedir al dios Poseidón, del cual es devoto, que le ayude frente a las aspiraciones de sus dos hermanos, que también quieren ser reyes (esa estúpida ansia de poder material que caracteriza al Mono Sapiens). Poseidón le escucha y le envía un impresionante y hermoso toro blanco, que sale del mar Mediterráneo y se entrega sumiso a Minos delante de todo el pueblo: incluso sus hermanos reconocen entonces que al ser el favorito del dios debe convertirse en rey. Pero Minos traiciona a la divinidad: le había prometido sacrificar el toro blanco una vez se hubiera sentado en el trono. Sin embargo, el animal es magnífico y prefiere quedárselo como semental para su ganado. ¡Gran error! 

Para castigar a Minos, Poseidón hace que su esposa, Pasifae, se obsesione con el animal hasta el punto de que al ver su enorme miembro se excite sexualmente y desee ser montada por él. El fruto de esta unión antinatural, la venganza del dios, será el Minotauro. A los nueve meses, Pasifae dará a luz a un ser mitad humano mitad toro. Tan monstruoso, que tendrá que ser encerrado en un laberinto para que no pueda escapar. Es violento y agresivo, muy fuerte, y se alimenta de carne humana. Cada nueve años devora a siete jóvenes atenienses porque Atenas perdió la guerra con Creta y, entre las cláusulas de su rendición, el rey Egeo no tuvo más remedio que aceptar la de entregar a estas presas vivas para alimentar a la bestia, so pena de que su ciudad entera fuera destruida por las tropas cretenses. Teseo, el hijo de Egeo, será el encargado de matar al Minotauro, "disfrazándose" inicialmente de joven sacrificable para llegar hasta él y derrotarle en épica lucha. Para abandonar el laberinto, contará con la ayuda de Ariadna, hija de Minos, que se ha enamorado de él y que le entrega el famoso ovillo que le permitirá encontrar la salida. 

¿De dónde sale Dédalo?

¿Y quién es Dédalo, después de todo? Aunque parece un personaje poco importante en esta leyenda, su intervención a lo largo de toda ella es clave. Para empezar, Dédalo es ateniense, no cretense. Llegó a la corte de Minos expulsado de Atenas como un criminal..., porque es un criminal. Muy inteligente, muy astuto, pero un criminal, por culpa de su hybris: la soberbia enorme, la desmesura que los dioses no perdonan, que fue la que le condujo al asesinato.

Dédalo era un tipo muy respetado en su Atenas natal. Encontraba soluciones para cualquier problema, inventaba todo tipo de herramientas, resolvía prácticamente cualquier cuestión que le planteasen sus conciudadanos, que llenaban su casa a diario. Esta atención le conduce a la hybris: se cree un elegido de los dioses y se comporta como si lo fuera. Su hermana le envía entonces a su sobrino, para que se eduque con él. Y resulta -lo que es la familia...- que su sobrino es tan brillante como su tío, si no más: en poco tiempo inventa, entre otras cosas, el torno de alfarero y la sierra metálica, con lo que se convierte en la nueva estrella de la ciudad. Todo el mundo le halaga, todo el mundo le felicita, todo el mundo quiere departir con él. De pronto la casa de Dédalo se convierte en la casa del sobrino de Dédalo. Y éste no lo puede soportar, así que con engaños le conduce por la noche a lo alto de la Acrópolis y le arroja desde allí. 

El sobrino muere despeñado pero alguien ha visto al inventor cometer el crimen y le denuncia. Es juzgado en el Areópago, el tribunal supremo de Atenas, y sentenciado al exilio por el asesinato. En aquella época, el exilio era una pena casi peor que la muerte: la mayoría de la gente no abandonaba su ciudad si no era de manera forzada, para labrar el campo o pelear en su ejército. Ser desterrado, aparte de la humillación y el desprecio recibido por sus conciudadanos, era una especie de pena de muerte diferida porque equivalía a ser condenado a la soledad y la incertidumbre de los caminos, llenos de bandidos y de fieras, y la posibilidad muy cierta de no ser recibido en ninguna otra ciudad o, una vez allí, ser esclavizado como extranjero indeseado.

 No obstante, el ingenio y la habilidad de Dédalo le abren las puertas del reino de Minos. Los cretenses no dudan en acogerle y protegerle, decididos a aprovechar sus conocimientos e invenciones. De hecho, le acogen generosamente e incluso ponen a su disposición a una esclava, con la que concebirá a su hijo Ícaro que él quiere sea su aprendiz, aunque no parece hacerle todo el caso que debería para convertirle en un hombre de provecho. A cambio, se cobran su adopción llenando su casa tanto o más de lo que lo hacían los atenienses, planteándole todo tipo de problemas para que les ayude a resolverlos.

Todo el mundo va, incluso la reina Pasifae.

Atendiendo a toda la familia

Volvamos al momento en el que la reina arde en deseo por el toro blanco de Poseidón. ¿Cómo ser poseída por él sin ser aplastada por su enorme peso? Es a Dédalo a quien acude para que le ayude a ser montada por el animal. Y el ateniense construye un armazón de madera con un agujero detrás que cubre con una piel de vaca. La idea es que el toro monte el armazón pensando que está sobre una vaca real: Pasifae se acomodará dentro con su sexo junto al agujero para que el toro le penetre finalmente. De esa unión nacerá el Minotauro. 

Cuando el horrorizado Minos contempla al hijo híbrido de su esposa, no tiene valor para matarlo (los cachorritos son tan adorables, aunque sean cachorritos de monstruo...) y además teme que, si lo hace, Poseidón le castigue con algo peor. Pero comprende que aquel ser se convertirá en una preocupación permanente cuando crezca. Así que, desconocedor de la implicación de Dédalo en lo ocurrido, recurre también a él para que le ayude. Le pide que construya un palacio especial donde poder encerrarlo. Y Dédalo diseña su famoso laberinto: tan complejo, tan enrevesado, que ni siquiera él mismo es capaz de encontrar la salida si no es siguiendo sus propios planos, que serán destruidos una vez terminada la construcción para que nadie sepa cómo escapar de allí. 
Y, en efecto, a partir de entonces todo aquel que entra nunca vuelve a salir. Hasta que llega Teseo.

Dédalo ayudó a la reina, luego al rey y después a la hija de ambos: a Ariadna. Ella desea a Teseo (de hecho, se fugará con él una vez muerto el Minotauro, aunque su amor no sobrevive hasta el regreso a Atenas, pero ésa es otra historia) y le exige al inventor que le explique cómo salir del laberino. Sin embargo, ni él mismo lo sabe, como hemos visto. Es entonces cuando se le ocurre el truco del ovillo, que le entrega a Ariadna: Teseo deberá atar un extremo a la puerta de entrada y luego ir desenredando el hilo a medida que avance por los recovecos de la construcción. Una vez mate al monstruo podrá regresar siguiendo esa hebra. 

Minos se entera de que Teseo ha matado al Minotauro y se ha fugado con Ariadna y monta en cólera contra Dédalo. No hay que ser muy avezado para deducir que es el único que ha podido ayudar al héroe ateniense. En castigo, le encierra en su propia obra, junto con su hijo Ícaro. Ya no hay una bestia sanguinaria en su interior, pero sigue siendo un lugar del que es imposible escapar: la condena es a una muerte lenta por hambre y sed.

Incluso en esa circunstancia, la mente de Dédalo sigue trabajando. Él y su hijo sobreviven precariamente bebiendo el agua de lluvia que cae de vez en cuando y comiendo los pájaros que anidan en el interior del recinto y la miel de algunas colmenas que han construido las abejas. Es entonces cuando al inventor se le ocurre construir unas alas artificiales: la estructura, con huesos de las antiguas víctimas del Minotauro, es recubierta por las plumas de los pájaros, pegadas una a una cuidadosamente en orden de menor a mayor con la cera producida en las colmenas. Lleva tiempo, pero al final disponen de dos artilugios que les permitirán abandonar no sólo el laberinto, sino la propia isla de Creta, volando sin que nadie pueda perseguirles.

El desastroso final 

Dédalo hace varias pruebas con sus alas hasta que comprende cómo batirlas regularmente y manejarlas bien. Luego instruye a su hijo: no deberá volar muy alto porque, si no, el calor del Sol derretirá la cera, perderá las plumas y caerá en picado. Tampoco deberá volar muy bajo, porque la humedad del mar haría demasiado pesado el artilugio y caería también. La virtud, como ya sabían los antiguos filósofos griegos, está siempre en el justo medio. Luego, padre e hijo inician su aventura voladora...

Está claro que Ícaro no ha salido a la familia de su padre, sino a la de su madre, porque el muy insensato olvida las instrucciones de Dédalo en cuanto llevan un rato volando. Embriagado por la sensación de poder que le da la capacidad de volar, sintiéndose un verdadero dios por encima del resto de humanos que se ven tan pequeñitos allí abajo, sube y sube..., hasta que el calor derrite la cera, pierde las plumas y se precipita al mar, donde muere no se sabe bien si por la caída o ahogado. Todavía hoy se llamar mar de Icaria a una parte del Mediterráneo, en recuerdo del imprudente fugitivo. Está al norte de Creta, junto a la costa hoy turca.

¿Qué pasó con Dédalo? Sus alas sí aguantaron hasta que llegó volando a otra isla muy al oeste: Sicilia. Allí encontró refugio en la corte del rey Cócalo, quien le recibió encantado porque la fama del inventor se había extendido a raíz de la construcción del laberinto y, de la misma forma que los atenienses y los cretenses, aspiraba a aprovechar sus habilidades. Sin embargo, Dédalo vivía temiendo la venganza de Minos, porque sabía que el rey cretense se había consagrado a buscarle por todo el Mediterráneo para acabar con su vida personalmente. Minos llevaba consigo una trampa, un desafío para una mente brillante: donde quiera que hiciera noche, hacía correr la voz de que pagaría una gran recompensa económica a aquél que fuera capaz de pasar un hilo a través de una caracola espiral que llevaba consigo.

En su periplo, Minos desembarcó en Sicilia y, recibido y hospedado por Cócalo, le mostró el desafío de la caracola. El codicioso Cócalo quiso hacerse con el tesoro prometido y pidió a Minos que le dejara la concha para intentar resolver el problema. En cuanto estuvo en su poder, hizo que se la llevaran al oculto Dédalo, quien encontró la solución rápidamente. Practicó un pequeño agujero en un extremo y ató el hilo a una hormiga a la que metió luego en su interior. La hormiga salió por el agujero tras haber recorrido toda la espiral. Cuando Cócalo entrega el desafío resuelto, Minos deduce que Dédalo se encuentra allí y, encolerizado, llama a sus hombres y amenaza con matar a todo el mundo si no le entregan al inventor fugado. Cócalo promete entregárselo y mientras tanto, para congraciarse con él, prepara un banquete y le invita a un baño en el que podrá disfrutar de otro invento: un canalón que sirve como una especie de ducha primitiva. Además, sus hermosas hijas se bañarán con él. Ay, la lujuria... No sólo distrae al cretense sino que será su perdición, porque cuando se pone bajo el canalón es rociado por un aluvión de agua..., hirviendo. Minos muere escaldado. Poseidón sonríe en la distancia.

No se sabe bien cuánto tiempo más vivió Dédalo aunque se cree que terminó sus días  en Sicilia. Lo cierto es que, tras la muerte de Minos, se pierde su rastro y, desde luego, no inventó nada más digno de ser registrado por el mito. Lo que está claro es que Dédalo es un inventor extraordinario, pero también un asesino y, sobre todo, un traidor. Traidor a su sobrino, al que mata. Traidor a Atenas, su ciudad natal, a la que priva del genio de su sobrino, además del suyo propio al verse obligado a abandonarla. Traidor a Minos, en sucesivas ocasiones: facilitando la infidelidad de su esposa Pasifae, facilitando la muerte luego del Minotauro por no revelar la presencia de Teseo y la fuga de éste con Ariadna y, finalmente, matándole a traición con agua hirviendo. Traidor a su hijo, al que ha sido incapaz de proteger de sus errores. Traidor, en cierto modo, a Cócalo pues se aprovecha de su amparo pero más allá de su peculiar ducha es incapaz de aportarle nada interesante. Traidor, por encima de todo, a sí mismo, ya que se autocondena a una vida de huida, preocupaciones y maldiciones. Y de soledad, culpa y arrepentimiento en sus últimos días.

España sabe mucho de traidores. Nuestra Historia está llena de santos y de héroes, pero también de traidores. Lo que ha sucedido en los últimos años en nuestro país, en manos de la clase política más analfabeta y canalla de la que se supone es una democracia moderna, no es, por desgracia, novedoso. 
¿Hay redención para un grupo de miserables, corruptos y mafiosos, para unos traidores de esta calaña? En la Divina Comedia, Dante confina a los traidores en el más profundo de los círculos del infierno: el Cocito. En este lago congelado sufren eternamente todos aquéllos que han traicionado a sus familias, a sus huéspedes, a sus benefactores y a su patria, mientras Satán, en el centro, los devora. 

El traidor es, en el fondo, un inconsciente, y sólo despertará y se dará cuenta de lo que ha hecho cuando se vea entre los colmillos de Ammit, la Devoradora. Cuando sea masticado. Entonces, ya será tarde.



 

 
 

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