Y esta frase es bien cierta, aunque muchas personas no suelen darse cuenta de ello hasta que de repente tienen un buen puñado de años encima. "¿Cómo se ha pasado tan rápido?", dicen muchos, o parafrasean aquello de "¿Quién se ha comido mi queso?" cuando se dan cuenta de pronto de que, más que sumar cumpleaños, ya han empezado a restarlos. La vida es tan breve que siempre me he preguntado cómo es posible que alguien en su sano juicio puede ser capaz de firmar un pacto con el Demonio para conseguir 30, 40 ó 50 años de riquezas, sexo y poder a cambio de entregar su propia eternidad una vez muerto.
"Alguien que hace eso es porque no cree en la vida después de la muerte, no le importa comprometerse con algo que no existe para él", suele argumentarse. Pero esta razón pierde peso por la propia naturaleza de un pacto similar. Desde el momento en el que uno cree en el Demonio y puede llegar a un acuerdo con él, automáticamente ha de creer en Dios y en la guerra entre ambos polos por "ganar seguidores" para su bando, que forzosamente tiene continuidad más allá de la aparente muerte. No tendría sentido competir por un alma si ésta desapareciera tras el óbito físico.
Sin embargo, la idea de la inmortalidad se hace muy cuesta arriba para la mayoría de las personas porque están hipnotizadas por la materia -por Maya, como dicen los orientales- y limitan su interés a tener, a acaparar cosas materiales que, oh paradoja, no podrá llevarse consigo tras la muerte. Es importante recordar esto: vivimos en un mundo material y todo lo que vive aquí nació en un momento y morirá en otro. Sin excepciones. Por eso las Escuelas Iniciáticas a lo largo de la Historia han enseñado siempre la importancia de escalar en la experiencia humana, viajando más allá de lo material. Los antiguos estoicos romanos tenían una expresión para esto: Memento mori. Recuerda que vas a morir.
Antes de ello, existía también un dicho acerca de las más conocidas estructuras egipcias: el hombre teme al tiempo pero el tiempo teme a las pirámides. Hace referencia a su antigüedad que, por lo que cuentan algunos investigadores, es probablemente mayor de lo reconocido de manera oficial (entre paréntesis, recomiendo ir al menos una vez en la vida a Egipto y plantarse ante la gran pirámide de Keops: uno puede haberla visto cientos de veces en ilustraciones, fotos y películas pero, lo garantizo, cuando estás delante de ella es como si se viera por primera vez y resulta mucho más impresionante de lo imaginado). Y, no obstante, este otro dicho es erróneo pues las pirámides son mortales y también morirán, una vez transcurra el tiempo suficiente. Ya están muy deterioradas respecto al momento de su construcción, desmoronándose día a día, aunque a primera vista resulte difícil apreciarlo debido a su impresionante volumen.
Ricos cada vez más ricos
Volviendo al asunto de la venta del alma al tipo untuoso y desagradable del piso de abajo, parece inevitable pensar en ello cuando uno se encuentra con estudios internacionales como los elaborados por entidades como Oxfam Intermón. Ya en enero de 2022, justo tras el paso de la tristemente famosa pandemia de Covid, uno de esos estudios aseguraba que cada 26 horas surge un nuevo milmillonario en el mundo y, por contraste, cada 4 segundos moría al menos una persona (21.000 al día, menudo matadero...) por culpa de las desigualdades económicas. El documento consideraba que era una estimación "conservadora" (es decir, que las cifras reales podrían ser peores) basada en el número de muertes causadas a nivel global por la falta de acceso a servicios de salud, la violencia de género, el hambre y los vaivenes del clima.
Es una comparación llamativa, sumada a un dato aún más impresionante aportado también por este informe: la fortuna de los diez hombres más ricos del planeta se duplicó (pasó de 700.000 millones de dólares a 1.500.000) durante los dos primeros años de una pandemia que empeoró los ingresos del 99 % de la humanidad y empujó a la pobreza a más de 160 millones de personas. Aún más, la información de esta ong concluía que, si esos diez hombres perdieran al día siguiente el 99,999 % de su fortuna, ¡seguirían siendo más ricos que el 99 % del resto de la gente en el planeta! Comparados con aquéllos en peor situación financiera, acumulaban seis veces más riqueza que los 3.100 millones de personas más pobres del mundo juntas.
Y otra vuelta de tuerca: si se aplicara un impuesto excepcional del 99 % sobre la variación de la riqueza generada desde el comienzo oficial de la pandemia a estos diez supermillonarios (que, por cierto, son los siguientes: Elon Musk, Jeff Bezos, Bernard Arnault y familia, Bill Gates, Larry Ellison, Larry Page, Sergey Brin, Mark Zuckerberg, Steve Ballmer y Warren Buffet), ese dinero serviría para producir vacunas suficientes para todo el mundo, así como para financiar servicios de salud y protección social universales, dotar de recursos a las medidas de adaptación climática y reducir la violencia de género en más de 80 países..., y aún así los diez magníficos seguirían teniendo 8.000 millones más que antes de que empezara todo el "circo" sanitario.
El resumen del estudio de Oxfam Intermón era así de duro: "más riqueza para unos pocos y más deuda pública para todos". Pese a todo, apuntaba que las dos economías más grandes del mundo, las de EEUU y China, habían comenzado a plantearse políticas para reducir las desigualdades, lo que permitía "albergar cierta esperanza de que pueda surgir un nuevo consenso económico".
No parece que la cosa haya mejorado mucho desde entonces, de todas formas, porque los sucesivos documentos de la misma ong arrojan análisis parecidos. El último, divulgado este pasado de octubre, afirma que el 0,1 % (ni siquiera el 1 %, sino su décima parte: un 0,1 %) más rico de la población mundial genera más emisiones de carbono que las 3.500 millones de personas más pobres del planeta juntas. Más que las emisiones, lo obsceno del dato es que permite imaginar la cantidad de despilfarros de todo tipo en el que incurre ese 0,1 % para que exista semejante diferencia.
Además, el pequeño porcentaje se beneficia económicamente hasta de las catástrofes que contribuye a agravar, según el documento, que identifica a un total de 217 empresas que operan en sectores que contribuyen a la llamada crisis climática así como a actividades de reparación, recuperación y reconstrucción tras las catástrofes. Porque el negocio de reconstrucción tras un desastre es tan amoral como rentable (y no digamos ya si el supuesto desastre natural no lo es tanto, pero ésa es otra historia). Por cierto, ¡qué causalidad!, resulta que los dos gigantes que casi monopolizan los mercados de inversión, BlackRock y Vanguard, invierten en el 92 % de esos dos centenares de empresas. Sería un ejercicio interesante comprobar cuánto dinero ponen en cada una de ellas los diez super ricos del documento anterior. En todo caso, las inversiones conjuntas de estas compañías superan el billón de dólares en el mercado mundial de recuperación tras desastres, que se estima podría crecer hasta los 92.000 millones de dólares anuales en 2029.
Un robo con zumo de limón
Insisto: ¿merece la pena ese pacto con el malo malote del subsuelo teniendo en cuenta que la vida pasa muy rápido (y no hace falta llegar a viejo: la mayoría de las personas olvida que la Parca te puede visitar en cualquier momento, a cualquier edad, en cualquier lugar) y que no te puedes llevar contigo los millones acumulados, ni el yate, ni la mansión, ni nada de nada, aunque seas más rico que el Tío Gilito?
Marco Aurelio, un estoico meritorio (porque hace falta tener mérito para serlo cuando ejerces no ya de humilde filósofo o de simple empleado sino como todo un emperador en la época más gloriosa de la antigua Roma) lo dejó muy claro en sus Meditaciones. Esta obra, que escribió en principio para sí mismo y que es uno de los diez libros que debería leer antes de morir cualquier persona con dos dedos de frente (o así al menos lo defiende Epicteto, mi profesor de Filosofía en la Universidad de Dios), lo dice así de claro: "Alejandro, el Macedonio (se refiere al gran Alejandro Magno) y su mulero, una vez muertos los dos, fueron reducidos al mismo estado". La Muerte, que en realidad es nuestra amiga, no nuestra enemiga, es la Gran Igualadora y llegará cuando le toque llegar: a todos y cada uno de nosotros. Incluso a los millonarios descerebrados que alimentan el sueño, o mejor dicho la pesadilla, del transhumanismo y que pretenden inmortalizarse a base de transfusiones sanguíneas, transplantes de órganos o sustitución de los mismos por partes mecánicas o digitales.
Estos obsesos por acumular riquezas, incluso con pactos diabólicos si hace falta, no han entendido nada sobre cómo funciona la vida y me recuerdan al caso de esos dos insensatos llamados McArthur Wheeler y Clifton Earl Johnson que en 1995 asaltaron un par de bancos de Pittsburgh, en EEUU sin máscara, a cara descubierta..., pero embadurnada con zumo de limón. Sus fotos, obtenidas gracias a las cámaras de seguridad y distribuidas entre los efectivos policiales, permitieron la detención de ambos a no mucho tardar. Y cuando les detuvieron, no se lo creían. Estaban realmente convencidos de que no podían ser identificados porque habían leído en alguna parte que el zumo de limón podía utilizarse (y, de hecho, así ha sido empleado en la antigüedad) como tinta invisible. Imagino que muchos de los lectores de este blog lo habrán hecho alguna vez: escribir con ese zumo sobre papel y, una vez seco éste, aproximarlo a una fuente de calor y ver cómo aparecen las letras que no se veían instantes atrás. El ácido cítrico y los compuestos orgánicos del zumo de limón, transparentes al secarse, se oxidan ante una temperatura elevada antes que el papel y muestran el mensaje escondido.
La ignorancia de estos atracadores era de tal calibre que, en su mente, si el zumo de limón permitía ocultar texto en el papel, permitiría también ocultar sus rostros ante la tecnología e incluso ante los ojos de los testigos de su crimen. Wheeler había hecho una prueba previa con una cámara Polaroid de fotografía instantánea y llegó a la conclusión de que todo iría bien porque la uso tras untarse el zumo de limón en su cara y no apareció en la imagen. Lo más probable es que ni siquiera apuntara correctamente o que la película estuviera defectuosa... Cuando le detuvieron, le enseñaron las imágenes de las cámaras de seguridad y no comprendía nada. No hacía más que lloriquear: "¡Pero si yo llevaba el zumo de limón!". No se lo podía creer. Niños: no os perdáis nunca la clase de ciencias naturales (ni las demás), que luego pasa lo que pasa cuando llegáis a adultos.
Dos psicólogos de la universidad neoyorquina de Cornell, David Dunning y Justin Kruger, examinaron el caso y en 1999 publicaron su investigación. Describieron un sesgo cognitivo según el cual la persona que sabe poco sobre un tema en concreto, aunque haya visto un par de películas y un puñado de publicaciones en Internet, tiende a sobreestimar lo que sabe porque no es capaz de percatarse de su propia ignorancia y, por supuesto, de prever los errores que cometerá por su culpa. El a partir de entonces denominado efecto Dunning-Kruger ha sido confirmado por múltiples experimentos y estudios elaborados desde entonces en sectores muy diversos, desde los negocios hasta la conducción de vehículos.
Hoy está demostrado científicamente lo que ya sabían los antiguos griegos -y otros, antes que ellos-. Es decir, que cuanto menos sabes sobre algo, más crees saber sobre ello y, cuanto más aprendes, más comprendes todo lo que no sabes todavía. Es el clásico: Sólo sé que no sé nada de Sócrates aunque en España lo hemos actualizado con el concepto de "cuñadismo": ese cuñado que todos soportamos en las comidas familiares y que ante cualquier problema se expresa con frases tajantes como, por ejemplo, "esto lo arreglaba yo en dos días" por complejo que sea el tema. La única condición es que el problema sea suyo porque resulta contradictoria la facilidad que dicen tener para solucionar los problemas ajenos y la incapacidad para resolver los propios.
Digo que este caso me recuerda a lo que comentaba más arriba porque imagino a todos esos enfermos de avaricia abrazados a sus millones el día en el que aparezca la Muerte para decirles: "Muchachos, se acabó lo que se daba". Y detrás de ella, el señor de los cuernecitos, las patas de cabra y el tridente diciendo: "Buenas, vengo a cobrar mi deuda". Y a todos los millonarios a coro: "¡Pero si llevábamos el zumo de limón!".






No hay comentarios:
Publicar un comentario