Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

viernes, 21 de octubre de 2011

Enigmas egipcios

Periódicamente visito al Archivero Mayor del Cotolengo de Santa Eduvigis porque entre los muros de su congregación y especialmente en la abarrotada sala-almacén donde acumula documentos de las más diversas épocas se guardan algunos de los tesoros literarios más valiosos de nuestro tiempo. A veces he encontrado algunos legajos de interés acerca de uno de mis objetos preferentes de estudio: la Antigüedad y la verdadera Historia del homo sapiens que, como sabemos, ha sido cuidadosamente falsificada desde hace mucho tiempo. Pues bien, el otro día encontré al Archivero, fiel a su estilo, despotricando contra una serie de informaciones que se han publicado hace poco sobre la presunta tecnología empleada en el Viejo Egipto para levantar los imponentes edificios que caracterizaron aquella maravillosa civilización, de los cuales hoy apenas podemos admirar la sombra de lo que debieron ser en su momento.

Se da la circunstancia de que nuestro hombre posee grandes conocimientos acerca de aquel lugar y de aquella época, no sólo por lo que ha aprendido a lo largo de su extensa vida entre libros sino por pura intuición que no es otra cosa en realidad que recuerdo de la sangre, ya que él mismo vivió al menos una reencarnación al servicio de los antiguos faraones, en su caso como arquitecto real. Lo sé a ciencia cierta porque yo en aquel momento estaba reencarnado como el faraón. Lo que ocurre es que él no se acuerda conscientemente (han pasado tantas vidas...) y, como además no estudia en la Universidad de Dios como un servidor, su religión le impide plantearse la posibilidad de vidas sucesivas en el tiempo. Pero, a lo que íbamos...

Lo cierto es que el Archivero estaba visiblemente irritado por un artículo en concreto escrito por un señor llamado Christopher Dunn, que acaba de publicar en España su libro sobre las presuntas tecnologías empleadas por los antiguos egipcios con planteamientos bastante erráticos, puesto que las explicaciones con las que pretende aclarar los muchos misterios que rodean las formas de proceder en arquitectura, escultura y otras actividades no sirven para gran cosa ya que a la hora de la verdad sólo sirven para generar nuevas preguntas sin contestación.

- Es la tonta manía de intentar explicar la obra de nuestros antepasados con el punto de vista y los conocimientos contemporáneos -señala el señor del Cotolengo-, igual que en la Edad Media reproducían en pinturas y tapices a los héroes de la guerra de Troya vestidos con armaduras medievales en lugar de con su indumentaria real, entonces desconocida. Seguimos empeñados en ver a los antiguos e interpretar sus hechos y sus obras con los ojos de hoy, que nada tienen que ver con los de ayer.

Leo el artículo concreto que ha molestado a nuestro amigo y veo que empieza bien, aunque el tal Dunn no pierde la ocasión de presentarse como una especie de Indiana Jones más de los muchos que en los últimos años han viajado a Egipto para, de acuerdo con el siniestro Zahi Hawass Mr-Dedo-en-ristre (ahora estoy de jefe, ahora no lo estoy, ahora estoy otra vez...), hablar sólo de lo que al sumo sacerdote de la arqueología egipcia le interesa que se hable en lugar de las muchas cosas verdaderamente interesantes que se han encontrado y están perfectamente localizadas pero cerradas al público y sobre todo a los investigadores porque no coinciden en absoluto con la versión oficial (y rematadamente falsa) que se nos cuenta una y otra vez sobre la civilización egipcia.

Digo que el artículo empieza bien porque Dunn (a la izquierda, en plan recolector de datos) reconoce que en el Viejo Egipto se diseñaron y construyeron "edificios irrepetibles, tan descomunales en sus proporciones como delicados en sus detalles" y que las propias herramientas que se emplearon para erigirlos eran "igualmente extraordinarias, reflejo de las maravillas arquitectónicas que propiciaron" aunque no se ha hallado maquinaria alguna que "explique los elaborados y precisos diseños de la meseta de Giza o los templos del Alto Egipto" ni "cómo se tallaron superficies extremadamente planas a lo largo de cientos de metros cuadrados, acabadas con una exactitud óptica". Dunn también señala con acierto que en los museos se nos muestra habitualmente unas "escuadras de madera sumamente toscas y de dudosa eficacia a la espera de que creamos lo que nos cuenta la investigación académica (...) la teoría convencional aceptada según la cual todos los trabajos en piedra por más precisos que sean se tallaron y realizaron a mano con la ayuda de herramientas de cobre, trituradores de piedra, martillos y escuadras de madera y trozos de cuerda resulta poco menos que absurda. De hecho, los intentos de moldear hoy la piedra con mazos de dolerita o perforarla con brocas de cobre y la ayuda de arena de cuarzo han tenido muy escaso éxito."

Pero luego lo estropea todo al empezar a elucubrar qué se hizo y cómo demonios se hizo. En el artículo, Dunn se equipara a sí mismo nada menos que con el legendario egiptólogo sir William Flinders Petrie que ya en el siglo XIX se preguntaba por los métodos con los que los constructores de templos y pirámides cortaban las rocas más duras..., y dice haber hallado "respuestas a las preguntas de Petrie y a las mías propias" durante su visita en Abu Roash, cerca de El Cairo. Allí encontró una gran losa cóncava cuya mera existencia supone un enigma curioso, porque resulta muy difícil explicar cómo fue construida. Para no aburrir a los profanos, diremos que después de mucho cavilar Dunn llega a la conclusión de que los egipcios tenían unos discos dentados gigantes para cortar, serrándolo, granito, piedra caliza y basalto con hojas que medían unos 11 metros de diámetro y que podían cortar (como en el caso de la losa de Abu Roash) con un ángulo de inclinación de 46 grados y medio. E ilustra el asunto con un dibujo de la presunta sierra en acción.

- ¡Esto es de dementes! -insiste el Archivero Mayor- Este fulano lanza una hipótesis descabellada y se queda tan ancho..., y lo peor es que los ignorantes responsables de la publicación del artículo lo consideran una innovación y una interpretación científica digna de ser divulgada...

- Pero -interrumpí- ¿por qué es tan increíble? Parece una deducción lógica.
- ¿Lógica? Como se nota, hijo mío, que eres de Letras puras, ya que las Ciencias han pasado también a través de ti como a través de un cristal: ¡sin dejar huella!

Y a continuación el Archivero Mayor me plantea cinco preguntas que, "si Dunn hubiera pensado un poco y se las hubiera hecho a sí mismo", dice, "le habrían ayudado a ahorrarse una teoría que plantea más enigmas de los que resuelve". Son éstas:

1º) ¿En qué aleación se fabricó un material tan duro como para cortar tan fácilmente esos tipos de piedra? (y aquí añado yo algo para congraciarme con el Archivero Mayor: si hubiera existido esa aleación, ¿por qué no hemos hallado restos de la misma? Tendría que haber resistido el paso del tiempo mejor que los objetos de cerámica o las escuadras de madera...) 

2º) ¿En qué siderurgia del mundo antiguo se pudo laminar la pieza que serviría para sierra, que debería ser al menos de acero para soportar semejantes trabajos?

3º) ¿En qué taller mecánico y con qué máquinas se preparó la sierra y se tallaron sus dientes?

4º) ¿En qué laboratorio se realizó el tratamiento térmico de la sierra, antes de dejarla lista para su uso?

5º) Y, last but not least, ¿con qué fuerza motriz se ponía en marcha semejante invento, que necesitaría una velocidad elevada para poder tallar la piedra?

- Proponer la existencia de semejantes discos dentados -concluye el experto del Cotolengo- es presuponer la existencia de una industria que se supone no sólo no existía en aquella época sino que es, casi, casi contemporánea a nuestros días. ¿Está Dunn dispuesto a admitir algo semejante?

La realidad, reconocí, es que seguimos sin tener ni idea de cómo levantaron tantas maravillas, aunque una inmensa mayoría de ignorantes siga creyéndose, a día de hoy, esa tan hollywoodense como demostradamente falsa imagen de masas de gente arrastrando piedras sobre troncos de madera a latigazo limpio. Una patraña tan buena como la de Astérix y Obélix transportando bloques de piedra a golpe de poción mágica.
   







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